Aspectos éticos de la experimentación en animales

Monografía destacada


Introducción

Desde los inicios de la agricultura, momento en que el ser humano abandonó su vida de nómada y se asentó para formar ciudades, los animales han estado a su servicio. Y si en un comienzo la relación entre animales y seres humanos era algo cercano a la convivencia, ha ido poco a poco evolucionando en una relación de dominación de aquellos por estos. Hoy en día, muchos animales son asesinados diariamente para satisfacer deseos humanos, más que necesidades, y otros cuantos son utilizados en experimentos de laboratorio, que pueden o no traer resultados favorables para la especie humana. De hecho se estima que, en la actualidad, veinticinco millones de animales se destinan cada año a la experimentación. Y el obtener conocimientos científicos a expensas de estas criaturas no es algo que ocurra desde hace poco tiempo. Son conocidos y bastante nombrados por los defensores de la experimentación animal los experimentos hechos por Harvey en el siglo XVII en animales puestos a su disposición por el rey, que le permitieron elaborar su teoría de la circulación sanguínea, los experimentos hechos por Banting que lo llevaron a descubrir, en 1920, cómo aislar la insulina de páncreas de perros, y el primer trasplante de corazón entre dos perros, hecho por Demikhov en 1946. Y estos son sólo algunos de los experimentos que demuestran que, incuestionablemente, la experimentación animal puede traer consecuencias beneficiosas para el ser humano.

Sin embargo, este tipo de experimentos no siempre conlleva beneficios. Incluso, podemos decir sin temor a equivocarnos que esto ha ocurrido pocas veces en la historia de la experimentación animal, y que es frecuente que los experimentos no hagan nada más que proporcionar sufrimientos atroces y completamente injustificados a los sujetos de experimentación. A esto debemos agregar que no fue sino hasta hace poco que la experimentación animal comenzó a ser regulada por leyes, y antes de que esto ocurriera, los científicos eran libres de someter a los animales a cualquier tipo de práctica con el supuesto fin de realizar un aporte al conocimiento.

Hoy en día, el problema no está del todo resuelto. Si bien ha habido, incuestionablemente, avances en el trato de los animales de experimentación, aún sufren y mueren, todos los días, miles de criaturas en manos de los experimentadores, por razones que están lejos de ser justificables. Muchos de los experimentos a los que son sometidos estos animales son repetitivos, y solo se realizan para postulaciones a becas o publicaciones de trabajos que buscan notoriedad. Hay también muchos experimentos en los que mueren miles de animales y que no tienen ninguna consecuencia relevante para el ser humano, como lo son aquellos en que se testean productos como champús, colorantes alimentarios, cosméticos, productos de limpieza, etc… Por último, muchos de los experimentos que sí se realizan con fines médicos y en los que mueren otros miles de animales, carecen de validez puesto que una vez que el producto es testeado en humanos, no tiene las consecuencias esperadas.

Por estas razones, la experimentación en animales es un hecho frente al que no podemos permanecer indiferentes. Es preciso establecer hasta qué punto estamos dispuestos a aceptar que se utilicen animales para experimentación. Para ello, es necesario conocer cómo ha evolucionado la consideración de los animales en el mundo de la ética, desde los orígenes de la explotación animal hasta la situación actual. El primer eje de este trabajo tratará, pues, de los fundamentos de la experimentación animal; las razones que confieren al ser humano el poder para experimentar con otros animales, y las que le confieren la necesidad de hacerlo. En el segundo eje se contemplan, en cambio, los postulados filosóficos que aprueban la experimentación en animales así como los que la desaprueban, aplicando ambos a la ética. Finalizaremos este trabajo con el análisis de la situación actual de la experimentación en animales, y de cómo los postulados filosóficos antes mencionados han influido en ella.

El por qué de la utilización de animales para experimentación

1. Dicotomía ser humano/animal

Como dijimos anteriormente, de convivir con los animales, los seres humanos han pasado a explotarlos para beneficiar a su especie. Cabe entonces preguntarse cuál es el origen de esta relación entre seres humanos y animales, vale decir, qué factores han condicionado el desarrollo de una dicotomía entre ser humano y animal. Para responder a esta pregunta, se analizará el proceso al que ha estado sometido el entendimiento humano del mundo natural. Esto, porque las bases para el drástico giro en las relaciones entre ser humano y animales se encuentran en el cambio en la forma humana de entender y relacionarse con la naturaleza, que en muchos pueblos difiere de aquella que regía a los habitantes de los primeros asentamientos. Y cambios en las relaciones entre humanos y naturaleza implican cambios en las relaciones entre los humanos y todo lo que se encuentra en el mundo natural, incluidos los animales. Por lo tanto, es importante para comprender las relaciones que la humanidad mantiene con los animales, entender las que mantiene con la naturaleza

Es sabido por la mayoría de la humanidad que los individuos pertenecientes a su especie son animales. Sin embargo, pocos se oponen al uso de otros animales para fines favorables al animal humano, y la mayoría se opone al uso de humanos para los mismos fines. Esto demuestra que, si bien la mayoría de los humanos se saben animales, se saben a la vez distintos de otros animales. La pregunta que debemos hacernos es ¿en qué radica esta distinción? Existen innumerables diferencias entre seres humanos y animales, algunas más evidentes que otras. Sin embargo, la diferencia más grande, y la que condiciona en mayor medida las relaciones entre naturaleza y ser humano, es que este goza de racionalidad. Explicaremos a continuación por qué esta característica condiciona dichas relaciones, pero para ello es necesario detenernos brevemente sobre algunos conceptos y leyes de la ecología.

Todo lo que en el mundo natural se encuentra, ya sea viviente o no viviente, se halla sumergido en una red compleja de sistemas interconectados, cada uno de los cuales se denomina biotopo. Un biotopo es, por definición, el espacio físico limitado y autárquico que proporciona las condiciones necesarias para la manutención de la comunidad viviente que en él habita, llamada biocenosis (especies animales y vegetales que pueden coexistir dentro de un biotopo de modo estable y favorable). Juntos, los biotopos forman el biotopo mayor: la Tierra.

Todo biotopo está regido por ciertas reglas o leyes ecológicas. La más importante de ellas, es la ley del equilibrio, según la cual "Las especies que existen en una comunidad viviente, el número de individuos de estas especies, la forma en que están distribuidos, así como el modo como viven y pueden reproducirse, se encuentran todos en un equilibrio biológico. Este equilibrio es lábil y oscila en torno a una situación media, en tanto que no se modifiquen las condiciones del medio ambiente."[1]. Así, por ejemplo, en un biotopo existirá siempre una cantidad de individuos menor o igual al límite establecido por las propias capacidades del biotopo, y si las especies se reprodujeran hasta llegar a un número mayor, morirían los individuos más débiles de cada especie, por falta de alimento o de abrigo, o devoradas por especies más fuertes. Esto hace que la cantidad de individuos que habitan un biotopo tienda a un número constante; el equilibrio.

Ahora bien ¿es esta ley ecológica aplicable al ser humano? El ser humano, al igual que otras especies, está sometido a los "azotes" de la naturaleza como huracanes, terremotos, sequías, inundaciones y pestes, y no hay mucho que pueda hacer para prevenirlos. Si embargo, una vez ocurrida la catástrofe, el ser humano puede adaptarse mejor que cualquier otra especie, pues, utilizando la razón, es capaz de transformar y de poner a su servicio la mayoría, si no todo, lo que le entrega el medio. Por el mismo motivo, el ser humano no se encuentra limitado por las condiciones del medio en que habita; puede reproducirse tan rápido como sus propias condiciones biológicas y técnicas se lo permitan, puede arrasar con todos los seres vivos cuya muerte favorezca su supervivencia, y puede transformar su biotopo como le parezca.

No es de extrañarse, pues, que estas capacidades, de las que solo goza la especie humana, hayan condicionado enormemente su relación con la naturaleza. Los seres humanos pueden, deban o no, dominar la mayoría de lo que se encuentra en el mundo natural, y gracias al creciente poderío técnico del último siglo, pueden crear cosas que no se encuentren en él para ponerlas a su servicio. Así, la relación ser humano/naturaleza difiere de las relaciones que el resto de las especies mantienen con la naturaleza. Un ejemplo claro de ello es el hecho de que la mayoría de los seres humanos habiten ahora y desde el período neolítico (desde la invención de la agricultura, hace 9000 años), en un biotopo creado por nuestra especie: el biotopo urbano, donde la biocenosis es "suplantada por una antropocenosis"[2]. De hecho, las especies que cohabitan con los seres humanos en las ciudades son, en su mayoría, insectos y pájaros (cuyas cantidades son considerablemente menores que en las zonas no modificadas por el ser humano), y animales que los humanos tienen en cautiverio y a su servicio: animales de granja, de zoológico, domésticos u otros.

Así pues, el ser humano tiene, indiscutiblemente, un poder superior al de los otros animales de transformar y dominar la naturaleza, y esto ha condicionado sus relaciones con esta. Sin embargo, aunque en sus inicios el ser humano ya transformaba lo entregado por el medio, no pretendía dominar la naturaleza y lo que en ella se encontrara. No obstante, a lo largo de la historia, el ejercicio indiscriminado de estas facultades humanas ha aumentado en muchas culturas, aunque en algunas aún es débil. Esto se debe a distintas formas de entender la naturaleza, que varían según época y cultura. El bioeticista Léo Pessini, plantea que a través de la historia el pensamiento humano ha cursado por tres modelos de entendimiento de la naturaleza y su significado:

La mayoría de los pueblos de occidente operan desde hace décadas en base al último de estos modelos, llamado por muchos autores corriente antropocéntrica, pues basa el entendimiento de la naturaleza en el supuesto de que el hombre tiene derechos de posesión y dominio sobre esta, gracias al enorme poderío de los campos de ciencia moderna y tecnología. A causa de esto, durante mucho tiempo, los animales han sido explotados y puestos al servicio del ser humano: han sido criados para matarlos y comerlos, sus pieles y cueros han sido utilizadas para fabricar abrigos y zapatos, han sido enjaulados para que algunas personas lucren del afán de otros en pasear por zoológicos mirando a decadentes y muchas veces desnutridos animales, han sido obligados a llevar en su lomo a hombres y mujeres, han sido utilizados para evaluar los efectos de medicamentos y para muchas otras actividades humanas innecesarias y crueles. Para algunos bioeticistas esta tendencia se deriva de los preceptos de la religión cristiana. "Hagamos al ser humano a nuestra imagen y semejanza, y mande sobre los peces del mar y sobre las aves del cielo, sobre las bestias y las alimañas de toda la tierra"[3] es la oración que permite que muchos de los descendientes de la cultura cristiana se crean sin restricciones para explotar la naturaleza y los animales, explotación que ha derivado en las últimas décadas en la utilización de los animales para trabajos de laboratorio.

2. La necesidad de utilizar animales

Hasta aquí hemos explicado cuáles son las condiciones biológicas que confieren al ser humano la capacidad de dominar a los animales, y por ende, de utilizarlo en experimentación. También hemos establecido las variaciones que han sufrido las relaciones entre ser humano y naturaleza, y cómo estas han encaminado las relaciones entre humanos y animales hacia una indiscriminada explotación de estos por aquellos. Lo que ahora debemos preguntarnos es cuáles son los fundamentos técnicos de la experimentación, es decir, cuáles son los motivos por los que el ser humano experimenta con animales.

La experimentación animal desempeña hoy y desde hace mucho tiempo un papel fundamental en las áreas prioritarias de investigación, como la salud. Gracias a ella se hicieron muchos descubrimientos de importancia radical en fisiología, anatomía, y funcionamiento, diagnóstico y tratamiento de todo tipo de patologías. Y el uso de animales en estas áreas no está completamente injustificado. De hecho, la investigación en animales ha contribuido a una mejor comprensión de las bases moleculares de distintas enfermedades, al desarrollo de vacunas, de métodos de diagnóstico y de trasplantes, al refinamiento de métodos clínicos, y al desarrollo de fármacos, entre otros.

Ahora, sabiendo que es cierto que el uso de animales en experimentación puede traer beneficios en numerosas áreas, debemos establecer las razones que hacen del animal un buen sujeto de experimentación. La primera de ellas, y la más importante, es que la fisiología de los animales mamíferos es muy similar a la de los humanos. Esto permite extrapolar las reacciones de un organismo animal frente a determinados estímulos a un organismo humano.

La segunda razón es que los animales tienen un ciclo vital más corto que el de los humanos. Esto permite el estudio del desarrollo de una enfermedad a lo largo de toda la vida del animal, lo que es de gran utilidad, especialmente en enfermedades del tipo degenerativo.

La tercera razón es que los animales son manipulables. De hecho, hoy en día, se habla algunos animales como "reactivos biológicos", refiriéndose a aquellos animales "cuya calidad genética y ambiental ha sido controlada y asegurada y, por tanto, [son capaces] de dar una respuesta fiable y reproducible a la pregunta experimental"[4]

Esta concepción de animales como seres cuya genética se puede manipular, confiriéndoles la calidad de reactivos biológicos, es producto del poderío técnico que permite al ser humano modificar genéticamente a los animales. En los últimos años, y debido al enorme avance en el conocimiento de las bases moleculares y celulares de las enfermedades, ha surgido la necesidad de disponer de modelos animales en los que se pueda controlar la expresión y desarrollo de determinadas patologías. En este contexto, se han desarrollado métodos para modificar genéticamente a los animales destinados a experimentación, es decir, para generar animales transgénicos. Un organismo transgénico es aquel cuyo genoma tiene un gen agregado, alterado o suprimido, mutación que se expresa en la producción de proteínas. Para construir un animal transgénico se introduce, mediante micromanipulación, la secuencia del gen deseado en el núcleo de un cigoto. Las secuencias del gen se insertan aleatoriamente en el genoma de la célula. Luego, el cigoto es implantado en una hembra receptora, y los animales nacidos son examinados para comprobar si los genes inyectados se han incorporado a la cadena de ADN. Mediante esta técnica se puede inducir enfermedades en animales para estudiar su desarrollo, así como para elaborar vacunas o bien técnicas de diagnóstico y tratamiento. Por esta razón, la manipulación genética de los animales es una característica que transforma a estos en buenos sujetos de experimentación.

La cuarta razón por la que se utilizan animales en experimentación es la carencia de métodos alternativos lo suficientemente fiables. Aunque existen métodos que pueden reemplazar a los animales en ciertos procedimientos, para la mayoría de estos no los hay. Esto, porque los métodos alternativos, que son modelos computarizados, no pueden predecir con fiabilidad el efecto de una sustancia en los complejos sistemas de órganos de los animales. Por ello, es necesario verificar cuáles serán los efectos de un nuevo fármaco en un organismo completo antes de utilizarlo en seres humanos. Y si bien es cierto que algunas veces los productos aprobados en animales son letales para seres humanos, o aquellos que producen muerte en animales son completamente efectivos en seres humanos, la experimentación en animales sigue siendo el método más fiable para aprobar fármacos o procedimientos.

Por estas razones, principalmente, la investigación con animales es la más fiable. Son indiscutibles las ventajas que trae experimentar con los animales, pero esto no significa que el ser humano deba utilizar indiscriminadamente a animales en investigación, causándoles dolor y agonía sin poder asegurar que obtendrá resultados concretos. Tampoco es cuestión de abandonar completamente las prácticas en animales pues esto podría traer consecuencias fatales para seres humanos. Esta disyuntiva debe ser analizada desde el punto de vista ético. Para ello, debemos comenzar por analizar los postulados filosóficos que se han referido a la condición animal a lo largo del tiempo.

Análisis ético de la utilización de animales para experimentación

Postulados filosóficos a favor de la experimentación en animales

Desde los orígenes de la filosofía en Grecia, muchos, si no todos quienes la han ejercido se han pronunciado sobre el papel del ser humano en el mundo de los animales y las diferencias entre aquel y estos, así como sobre los preceptos que deben regir en sus relaciones. Muchos de ellos, basándose en las características que diferencian al ser humano de los otros animales, lo han hecho desde un punto de vista antropocéntrico, en especial en los primeros siglos, lo que favoreció el inicio de la utilización de animales en experimentación. Explicaremos a continuación los postulados de tres de estos filósofos, para luego analizar la influencia que estos ejercen hoy en la toma de decisiones éticas concernientes a los animales.

La filosofía griega ejerció una enorme influencia en el modo de pensar del pueblo occidental. Desde esa época, se hicieron importantes distinciones entre animales y personas. Aristóteles, por ejemplo, se refirió a los animales en muchos de sus escritos, y estableció diferencias entre las inteligencias y almas humanas y animales. Para él, "Existen, en efecto, en la mayoría de los animales, huellas de estados psicológicos que en los hombres ofrecen diferencias más notables. Así, docilidad o ferocidad, dulzura o aspereza, coraje o cobardía, temor u osadía, apasionamiento o malicia, y en el plano intelectual una cierta sagacidad, son semejanzas que se dan entre muchos animales y la especie humana y que recuerdan las analogías orgánicas de las que hemos hablado a propósito de las partes del cuerpo."[5]. Así, Aristóteles plantea que, en muchos aspectos, entre el ser humano y los animales no existe más que una mera diferencia de grado, que el hombre es al animal como un adulto es a un niño. Sin embargo, explica que ese no es el caso de lo concerniente a la inteligencia, ya que los animales actúan por instinto, sin tomar conciencia del acto que realizan. Por lo demás, Aristóteles atribuye un alma al animal, pero habla de un alma perecedera, mientras que la del humano era eterna e inmortal.

Más tarde, fue Descartes quien se refirió al animal en sus escritos, comparándolo con máquinas desprovistas de razón, que se diferencian enormemente del humano por la calidad de este de "sujeto pensante". Y esta característica, base para la distinción entre el ser humano y el animal, radica en el hecho de que, mientras que el hombre posee un alma que habita en el cuerpo y lo habilita para el lenguaje, el animal es una suerte de carcasa vacía, por lo que actúa mecánicamente. Descartes hace el ejercicio de imaginar una máquina que tuviera los órganos y figura de un animal, desprovisto de razón, y argumenta que no habría medio de distinguir esta máquina de un animal verdadero. Sin embargo, dice Descartes, si hubiera una máquina análoga a la primera para los humanos, siempre se podría determinar que no es un humano verdadero, ya que "Nunca podrían hacer uso de palabras ni otros signos, componiéndolos, como hacemos nosotros, para declarar nuestros pensamientos a los demás (…) pues no se concibe que ordene (la máquina) en varios modos las palabras para contestar al sentido de todo lo que en su presencia se diga, como pueden hacerlo aun los más estúpidos de entre los hombres; y (…) aun cuando hicieran varias cosas tan bien y acaso mejor que ninguno de nosotros, no dejarían de fallar en otras, por donde se descubriría que no obran por conocimiento, sino solo por la disposición de sus órganos."[6]

Kant expone argumentos similares a los de Descartes, pues plantea que el ser humano se distingue del animal por su capacidad racional. Todos los postulados referidos al mundo animal en los escritos kantianos derivan de su ética, que es una ética deontológica (en oposición a la teleológica) porque se opone al principio de que una acción se debe juzgar por las consecuencias que tiene. Kant plantea, por el contrario, que el ser humano sabe, a priori, como debe comportarse. Sostiene la existencia de dos tipos de imperativos: el hipotético y el categórico. El hipotético es del tipo "si quieres que suceda A, debes hacer B", mientras que el categórico es el que manda absolutamente, en toda circunstancia. Kant reflexiona sobre el origen del último de estos tipos de imperativos, y concluye que deben estar basados en la razón humana, pues no pueden ser aprehensibles por ningún otro medio. Los imperativos categóricos son entonces aquellos mandatos o deberes que se nos presentan como tales a priori, y que debemos cumplir incondicionalmente. Kant postula que los imperativos categóricos son, en su totalidad, representaciones de una ley objetiva de moralidad, la cual enuncia como sigue "Obra sólo según aquella máxima que puedas querer que se convierta, al mismo tiempo, en ley universal"[7]. Ahora, como todos los seres humanos tienen voluntad propia, que no se rige por ningún agente externo, el cumplimiento de estos imperativos dependerá de la voluntad de cada uno. Por ende, la voluntad adquiere un papel preponderante en la ética kantiana, porque la autonomía que reside en ella es lo que permite que todos los seres humanos tengan la capacidad de conducirse por las normas que su propia conciencia reconoce como universales, lo que les confiere a todos los seres humanos, y solamente a ellos, un valor absoluto. Esto se ve reflejado en la segunda formulación de la ley de la moralidad: "Obra siempre de tal modo que te relaciones con la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin y nunca solo como un medio"[8]. Aquí destaca la importancia del carácter de fin del ser humano, que deriva de la posesión de voluntad autónoma y que lo diferencia del resto de los animales.

Hemos analizado estos postulados filosóficos para representar el hecho de que, desde los orígenes de la filosofía, han abundado las visiones que pretenden cierta superioridad del hombre respecto del animal. Aristóteles, Descartes y Kant han argumentado esto de manera similar, basándose en la inteligencia, la capacidad de raciocinio del ser humano, que le otorga un valor absoluto y la cualidad de agente moral. Estas características, afirman estos y otros filósofos, no solo diferencian al ser humano del animal, sino que también sitúan sus intereses por sobre los de este. Lo que ahora debemos preguntarnos es cómo se pronuncian los filósofos que comparten esta visión sobre las cuestiones de ética de las que es objeto la utilización de animales para experimentación.

No es de extrañarse que, no solo entre los filósofos, sino que entre todos quienes creen en la superioridad humana respecto del mundo animal, la aceptación a las prácticas en que se utilizan animales para beneficio humano sea bastante generalizada. De hecho, muchos autores exponen en sus escritos aprobación a la vivisección animal, argumentando que los derechos son una suerte de privilegio al que solo acceden quienes poseen ejercicio de alguna facultad racional. Kant, por ejemplo, plantea que los animales, al no tener capacidad racional, no gozan de voluntad propia, y al no gozar de voluntad propia, no son ni pueden ser considerados como agentes morales. Esto otorga al ser humano la cualidad de único agente moral, y en tanto que tal, es el único beneficiario de acciones morales. Esta idea se refleja en el precepto de que los animales no tienen ningún deber para con nosotros, por lo que nosotros no tenemos ningún deber para con ellos. Sí, por el contrario, tenemos deberes para con la humanidad. Por ende, todo lo que pudiere hacerse para beneficiar a los seres humanos debería hacerse. Y, como hemos expuesto en el primer apartado de este trabajo, la utilización de criaturas animales en experimentación científica trae beneficios enormes para la humanidad. Por lo tanto, siguiendo la línea de razonamiento antes expuesta, la utilización de animales en experimentación es aceptable. Kant nos dice al respecto: "¿No es un acto cruel que los viviseccionistas tomen animales vivos para realizar sus experimentos, si bien sus resultados se apliquen luego provechosamente?; desde luego, tales experimentos son admisibles porque los animales son considerados como instrumentos al servicio del hombre, pero no puede tolerarse de ninguna manera que se practiquen como un juego (…) En resumen, nuestros deberes para con los animales constituyen deberes indirectos para con la humanidad"[9].

Hasta aquí ha quedado claro que esta línea de pensamiento, que se basa en los postulados de muchos filósofos sobre la superioridad humana y la reciprocidad de las acciones morales, ha estado muy arraigada en las sociedades occidentales, debido probablemente a la influencia que la filosofía griega y la tradición hebraica han ejercido sobre ellas. Esto ha condicionado el trato del animal por parte del ser humano, favoreciendo la vivisección animal. Sin embargo, las críticas en contra de la experimentación con animales son muy antiguas, menos frecuentes, pero tan antiguas como la experimentación misma. Y, aunque en un principio estas críticas fueron esporádicas y poco difundidas, poco a poco fueron filtrándose en la sociedad, dando a conocer las atrocidades cometidas en contra de criaturas indefensas. A continuación ahondaremos en los fundamentos de estas críticas y su influencia en el trato de los animales.

Postulados en contra de la experimentación en animales

Todos quienes se han opuesto a las vivisecciones animales lo han hecho por compasión, considerando el sufrimiento al que eran sometidas sus víctimas. Por ende, desde sus orígenes, las críticas a la experimentación en animales han radicado en la capacidad que estos tienen para sentir. Sin embargo, ningún filósofo hizo hincapié en esto sino hasta que Hume, en el siglo XVIII fundara lo que hoy se conoce como emotivismo moral. Hume postula que todo lo que conocemos nace del contacto entre nuestros sentidos y la realidad, y que tendemos a establecer relaciones de causalidad entre cosas o sucesos que ocurren a nuestro alrededor, pero estas son solo creaciones de nuestra mente[10]Por lo tanto, no podemos conocer nada que no nos sea entregado por los sentidos, lo que implica que la razón no es un buen instrumento para juzgar una acción. Solo basándonos en los sentidos podemos, entonces, juzgar una acción. En las palabras del propio Hume, la moralidad "es objeto del sentimiento, no de la razón".

Este emotivismo moral ejerció una enorme influencia en otros filósofos, especialmente en Jeremy Bentham, quien trajo de vuelta la ética utilitarista, por primera vez formulada por Sócrates. Bentham se opuso a las éticas deontológicas como la de Kant, que se basan en la existencia de una ley natural o derechos naturales y según las cuales existen deberes, derechos y obligaciones cuyo reconocimiento es clave para determinar la moralidad de las acciones. Propuso, en cambio, una ética teleológica, es decir, que juzgaba la moralidad de las acciones midiendo las consecuencias de las mismas.

Para Bentham, todo ser humano está constituido de tal modo que se encuentra gobernado por dos amos soberanos: el placer y el dolor. Dicho de otro modo, todo lo que un ser humano hace en su vida es escapar mecánicamente del dolor y buscar, del mismo modo, el placer. En este sentido, humanos y animales son iguales, por lo que Bentham aprueba o desaprueba cualquier acción según la tendencia que tiene a aumentar el placer y disminuir el dolor totales, considerando por igual los placeres de los animales y de los humanos. Esto queda plasmado en el principio utilitarista "Mayor felicidad para el mayor número", según el cual una determinada acción es correcta cuando contribuye a aumentar el placer y disminuir el dolor para el mayor número de seres capaces de sentir placer y dolor. Cabe destacar aquí el sentido que Bentham da al epíteto "útil", el que utiliza como aquello que contribuye a aumentar la felicidad y disminuir el dolor.

La teoría ética de Bentham fue la primera en considerar abiertamente el bien de los animales para juzgar una acción. De hecho, Bentham expresó en sus escritos su repudio a la vivisección animal: "Los franceses ya han descubierto que la negrura de la piel no es ningún motivo para que un ser humano sea abandonado sin remedio al capricho del atormentador. Puede llegar un día en que sea reconocido que el número de patas, la vellosidad de la piel, o la terminación del hueso sacro son motivos igualmente insuficientes para abandonar a un ser sensitivo al mismo destino… La cuestión no es ¿pueden ellos razonar? Ni tampoco ¿pueden ellos hablar? Sino: ¿pueden ellos sufrir?"[11]

La teoría utilitarista tuvo grandes repercusiones en la ética relacionada con animales. De hecho, fue el fundamento de lo escrito por Peter Singer en su obra más importante, Liberación Animal. En este escrito, Singer da a conocer muchas de las atrocidades cometidas en contra de los animales y demuestra, basándose en lo señalado por Bentham sobre la capacidad de sufrimiento como la característica que otorga a todos los seres derecho a igual consideración, por qué estos deben ser considerados en el principio de igualdad. Para ello, hace una breve revisión de los argumentos que permiten refutar el sexismo y el racismo para extrapolarlos a lo que el llamó, por analogía con estas corrientes, especismo (lo que definió como "prejuicio o actitud parcial favorable a los intereses de los miembros de nuestra propia especie y en contra de los de otras").

Singer, hijo del utilitarismo, considera que el principio de la igualdad de todos los seres humanos no exige un tratamiento igual, sino una misma consideración de los intereses de todas las personas. Afirma además que no se puede defender la igualdad de todos los seres humanos basándose en que no existen diferencias entre ambos sexos en lo que a capacidades intelectuales concierne, puesto que esto no reprueba la discriminación per se, sino sólo ese tipo específico de oposición a igualdad. Del mismo modo, no se puede defender la igualdad de todos los seres humanos atribuyendo a factores ambientales las causas de diferencias entre las facultades intelectuales de distintas razas o sexos, porque esto es, en cierta forma, admitir que, de ser atribuibles estas diferencias a factores únicamente genéticos, constituirían un argumento válido para defender las diferencias de consideración entre las personas. Concluye entonces que "El derecho a la igualdad no depende de la inteligencia, capacidad moral, fuerza física u otros factores similares. La igualdad es una idea moral, no la afirmación de un hecho. No existe ninguna razón lógicamente persuasiva para asumir que una diferencia real de aptitudes entre dos personas deba justificar una diferencia en la consideración que concedemos a sus necesidades e intereses. El principio de la igualdad de los seres humanos no es una descripción de una supuesta igualdad real entre ellos: es una norma relativa a cómo deberíamos tratar a los seres humanos".[12] Esto implica que nuestra disposición a considerar los intereses de los demás no debe depender de sus aptitudes. Y los animales, al tener capacidad para sufrir y para gozar, tienen, al igual que los seres humanos, intereses. Por ende, Singer sostiene que toda actitud que privilegie los intereses humanos, por el solo hecho de ser humanos, por sobre los de los animales, debe condenarse.

Ahora bien, todo lo que Singer plantea se basa en el hecho de que los animales pueden sufrir. Pero ¿podemos estar realmente seguros de que es así? Al menos, todo parece indicarlo. Basta con analizar la conducta de animales sometidos a estímulos que en los humanos causan dolor. Probablemente, este tipo de estímulo será desagradable también para el animal, por lo que este tendrá reacciones similares a las humanas: chillará, se retorcerá, intentará huir. Además, el sistema nervioso de muchos animales tiene similitudes irrefutables con el de los humanos, y la única gran diferencia es la posesión, por parte del humano, de una corteza cerebral más desarrollada, a la que se atribuyen las funciones del pensamiento. Estos son, para Singer, hechos que permiten que estemos tan seguros de que los animales pueden sufrir como lo estamos de que nuestro mejor amigo puede hacerlo.

Por otra parte, los animales no solo pueden sufrir por dolor físico, sino también por sentimientos comunes en los humanos como el miedo, estrés, o ansiedad. Y esto les es posible ya que tienen aptitudes para vivir en sociedad, aptitudes de las que algunos seres humanos, ya sea por la edad (como es el caso de recién nacidos o de ancianos seniles) o por trastornos psicológicos, carecen. Una prueba de ello es que los animales enjaulados por mucho tiempo sufren trastornos psicológicos graves que derivan en vicios como el canibalismo. Y no hay razón alguna para argumentar que los intereses de estos seres humanos, que carecen de las facultades que normalmente diferencian al humano de otros animales, deban ser puestos por sobre los de los animales; hacerlo sería, en palabras de Singer, un acto puramente especista. De hecho, lo lógico sería poner los intereses de los animales por sobre los de los humanos que no gozan de sus facultades racionales. Con esto, Singer concluye que rechazar el especismo no implica que matar a un animal sea igual de condenable que matar a un ser humano en pleno ejercicio de sus facultades; "no implica que todas las vidas tengan igual valor. Aunque la autoconsciencia, la capacidad de hacer planes y tener deseos y metas para el futuro o de mantener relaciones significativas con otros, etc., son irrelevantes para la cuestión de causar dolor —ya que el dolor es el dolor, sean cuales sean las otras capacidades que pueda tener el ser aparte de la de sentir dolor—, sí tienen relevancia cuando se trata de la privación de la vida."[13].

Este postulado constituye la base para muchos movimientos de liberación animal, y tiene importantes repercusiones en la ética del uso de animales en experimentación. De hecho, desde que salió a circulación la primera edición de Liberación Animal, se avanzó mucho en la eliminación de pruebas con animales, especialmente en el campo de los cosméticos, donde muchas empresas dedicaron fondos a la investigación de alternativas a los experimentos con animales. Lo que debemos preguntarnos ahora es cuáles son las repercusiones que tienen los postulados de Singer en la actualidad y cuál es la situación ética de la experimentación animal.

La situación hoy

Hemos revisado hasta ahora los postulados filosóficos de mayor influencia en el trato del animal por parte del ser humano. Ha quedado claro que, si bien en un principio los filósofos ignoraban los intereses de los animales en la consideración de lo éticamente correcto, desde el surgimiento del emotivismo moral con Hume esta situación ha ido poco a poco cambiando. De hecho, hoy en día son pocos los filósofos que consideran que experimentar con animales no constituye un tema moral. Las ideas de Kant, Descartes y Aristóteles sobre la consideración de animales en ética han quedado atrás, y hoy son muy pocos los filósofos que las sostienen. La mayoría está consciente de que los animales tienen capacidad de sufrir, por lo que deben ser considerados en las cuestiones éticas.

Consecuencias de los postulados de Singer

Todo este progreso en lo concerniente a experimentación animal es, sin duda, fruto de lo escrito por Singer. Volvamos al postulado de Singer citado anteriormente: aunque las facultades humanas "son irrelevantes para la cuestión de causar dolor, sí tienen relevancia cuando se trata de la privación de la vida". Repetimos este postulado porque, como dijimos, tiene importantes implicancias para la ética del uso de animales en experimentación. La primera de ellas es que hacer sufrir a un animal no es en ningún caso más justificable que hacer sufrir a un ser humano, sea cual sea la razón de este sufrimiento. Por ende, todo experimento que involucre a animales deberá ser diseñado de tal manera que el sufrimiento inducido a estos sea nulo. La segunda implicancia es que, de presentarse el caso en que se debiera elegir entre la vida de un ser humano en posesión plena de sus facultades y la de un animal, sería moralmente justificable escoger la del primero por sobre la del segundo. En consecuencia, es éticamente justificable sacrificar vidas animales, siempre y cuando estos no sufran, si ello permitiera descubrir, por ejemplo, la cura de alguna enfermedad.

Hoy en día esta idea es casi unánimemente aceptada por quienes mantienen la posición utilitarista en el tema de la experimentación en animales. Ellos son, por ende, reformistas, puesto que aceptan sacrificios animales que pudieren traer beneficios al ser humano, pero sostienen que se deben eliminar todos los daños que no estén justificados, y que se debe disminuir al mínimo posible el sufrimiento animal. Una postura distinta es la de los abolicionistas, que tienen una mirada deontológica, por lo que sostienen que hacer sufrir o dar muerte a animales va en contra de un principio moral absoluto. Para ellos la experimentación en animales no es justificable, por lo que debe ser detenida.

2. Los animales tienen derechos

Tanto abolicionistas como reformistas concuerdan en lo planteado por Singer: la vida humana es, en general, más valiosa que la del animal, pero esto no significa que el sufrimiento animal sea preferible al humano. Esta idea ha llevado a los eticistas a hablar de derechos animales.

Si bien la idea de derechos humanos ha estado presente desde el siglo XVII, la de derechos animales no fue mencionada sino hasta el siglo XX. Esto es porque, por mucho tiempo, estuvo presente la idea de que al no tener deberes no se pueden tener derechos. Esta idea es una conclusión errónea de la acertada creencia en que un derecho implica una obligación correlativa. A causa de ella, muchos filósofos, como Kant, sostenían que los animales, al no ser racionales, no eran agentes morales. Y al no ser agentes morales, no tenían derechos para con los seres humanos, por lo que los seres humanos no tenían derechos para con ellos.

Cuando Ross introdujo el concepto de deberes prima facie, esta idea perdió importancia frente a la idea de que animales, niños e incapacitados mentales tienen derechos sin necesidad de tener deberes. Para Ross un deber prima facie es un deber que, a primera vista, sabemos que tenemos. Si se asume la existencia de estos deberes, es válido hablar de que los animales tienen derechos prima facie, que se corresponden con deberes prima facie que nosotros tenemos para con ellos.

Asumir que los animales tienen derechos significó un gran avance en las relaciones entre animales y humanos. De hecho, en 1978, en la casa de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), en París, se proclamó la Declaración Universal de los Derechos de los Animales. En ella, ejerció influencia lo desarrollado por Singer en Liberación Animal sobre la experimentación en animales. En el artículo séptimo se refleja la idea de que el sacrificio de un animal es justificable en la medida en que sirva para salvar vidas humanas y sea libre de sufrimiento. Además, en él se exige el desarrollo de técnicas alternativas a la experimentación animal.

En esta declaración quedan implícitas ciertas normas que debe cumplir el científico que experimenta con animales. Estas normas se especifican a continuación: