Política, populismo y praxis



La nueva forma de hacer política ha desembocado inevitablemente en lo que se viene designando como populismo. Termino debidamente adecuado a los tiempos presentes, repudiado por los propios políticos, pero a cuyas prácticas se acogen todos inevitablemente. La razón es que el discurso político actual gira en torno a ganarse por cualquier método el apoyo del pueblo para que se refleje en el proceso electoral que les permita acceder al ejercicio del poder. Asunto sustancial de la política es la lucha por el poder -aunque como dice Foucault el poder no se posea-, lo que se entiende como el acceso y conservación del control del aparato estatal, como símbolo del poder oficial, formal y solemne, que lleva implícito el derecho a gobernar. Lo político, cuyo ejercicio corresponde al pueblo desde la síntesis de sus individualidades, se desplaza hacia el grupo, que aprovecha la ocasión frente a la dispersión de las individualidades para imponer sus intereses, disfrazándolos de interés general utilizando la fórmula populista -el pueblo como idea política-. En el fondo, la opción que ofrece el populismo no es otra que acercarse a la variada problemática del hombre común para sintetizarla y encauzarla políticamente desde la idea de pueblo, como fuente de legitimidad democrática, para arrogarse su representación y colocar a sus elites en el aparato del poder.

A medida que ha venido avanzando el proceso de civilización, la política ha pasado a ser el medio utilizado para el desarrollo de lo político con la pretensión de suavizar la violencia, apuntando a la racionalidad que ya adelantaba el mítico contrato social. Incluso los sistemas tradicionales de gobierno, basados en el sometimiento de los individuos por la fuerza, dada la dificultad de mantenerla permanentemente en ejercicio, optaron por la política como instrumento de gobernabilidad, encauzando la heterogeneidad del instinto político individual a través de la homogeneidad dominante que exige el orden social. Pero si bien la política aparece como una pretensión para racionalizar el sistema de gobernar al objeto de evitar la desintegración social, como todos sus miembros aspiran a imponer sus determinaciones en virtud de lo político, dadas las diferencias, acaba por imponerse el más fuerte. De manera que la política, concebida como racionalidad, se desvirtúa al pasar a ser la razón del dominante.

Desde sus orígenes, la política, entendida como sistema de gobernabilidad partiendo del ejercicio de ese poder colectivo residente en la sociedad, establece la base de la legitimidad del gobierno en la fuerza que predomina en cada momento histórico, y se reconduce en su aspecto práctico a desplegar la razón dominante expresada en los términos que establece la individualidad o el grupo que la ejerce. Por tanto, el proyecto inicial, racional en sí mismo en cuanto método de orden social desde el ejercicio de la política [1]decae al entregarse a la determinación del que se impone ejerciendo abiertamente la violencia desde una minoría que domina a la totalidad. Con el avance del capitalismo, la secular fuerza física acabará sucumbiendo ante el empuje de la fuerza económica. Si la primera no concilia con la racionalidad, tanto por el argumento violento que la sostiene, como por la condición minoritaria que corresponde al ejercicio del poder, la segunda, aun mostrando cierto avance al someterse a control la violencia, sigue sin responder a las expectativas depositadas en la política, puesto que la gobernabilidad la continúa asumiendo una minoría. Cambia el modelo de fuerza soporte del poder, pero no el planteamiento en cuanto a los términos de su ejercicio, es decir, elitistas. En todo caso, la política como práctica de gobierno, al estar particularizada, carece de legitimidad de origen, porque no responde a la voluntad general. Para aliviar la antinomia se acude a la democracia representativa, que sigue siendo el gobierno de unos pocos, desde un supuesto consenso de la mayoría gobernada. El principio de la ficción política queda instalado, el poder real -económico- no coincide con el poder oficial -burocrático-.

Históricamente puede señalarse un intento de alcanzar la coherencia política desde el sistema democrático, cuyas primeras referencias documentadas se remiten a la Grecia clásica, pero allí tampoco cabe hablar de racionalidad en la acción práctica del gobierno, fundamentalmente porque la voluntad gobernante no es general, sino la de aquellos mejor situados en la escala social de la polis. Las ciudades mercantiles medievales o las comunas utópicas son poco más que meras anécdotas a los efectos de la acción política de un Estado. El pensamiento político de Rousseau, aunque coherente, resultaba demasiado radical para llevarlo a la práctica, sin embargo vendría a ser útil suavizándolo, sustituyendo la democracia directa por la representativa. La Ilustración, con la llamada a la razón, permitió dejar apuntado que el asunto de la política no correspondía en exclusividad a las elites, reconociendo un pequeño papel a las masas, pero al final se optó por el modelo inspirado en el pensamiento político de Locke. Ha sido la democracia representativa moderna la que ha tratado de armonizar el autogobierno del pueblo con el gobierno de las elites mediante un arreglo circunstancial, de manera que la política adquiera cierta coherencia como método de acercamiento del gobierno a la racionalidad.

Si bien el desarrollo del aspecto práctico de la política desde el modelo burgués se reserva a las elites electivas por conveniencia de los intereses de la clase dominante -dedicada a crear capital, cumpliendo el mandato del capitalismo-, la parte estática, es decir, la institucional, se configura al margen del sentido de lo político, definiéndose en términos jurídicos [2]La consecuencia es que la política se desarrolla en el marco del Estado, en el que la política está subordinada a las normas del Derecho. De esta manera el Estado de Derecho define la política moderna, con lo que esta se estructura en el marco de instituciones y su funcionamiento no puede transitar al margen de las normas establecidas previamente. Formalmente, la gobernabilidad es el aspecto fundamental de la práctica política, siempre sujeta a las normas reguladoras de las instituciones y las que rigen su ejercicio, con lo que sólo queda un corto espacio para la creatividad, ya que casi todo está jurídicamente previsto, salvo las particularidades del orden, la recaudación y la distribución. A la política del gobernante sólo le queda la tarea de justificar los métodos por los que se rigen estas, como instrumento para ganarse el apoyo de la mayoría ciudadana a su gestión.

Sin embargo, siempre hay algo latente desde el lado de lo político que incide en la política llevándola más allá de los actos de gobierno, que la define como lucha por el poder. La democracia representativa ha permitido llevar a términos civilizados la contienda. Cuando ya no sirve la fuerza física para ejercer el mando, se trata de acceder al poder institucional haciéndole depender de la voluntad del electorado enfrentándose a los contrincantes, generalmente usando del ritual que acompaña al discurso. Hay que ganarse el voto acudiendo a cualquier procedimiento que no choque abiertamente con el ordenamiento jurídico; fuera de la limitación marcada, fundamentalmente tienen acogida la retórica y la demagogia, dirigidas a persuadir, cuando no ha manipular, a los espectadores que deciden con su voto los titulares de las instituciones del poder. Igualmente el que ejerce el poder oficial, aspira a conservarlo, con lo que necesitará moverse en los términos fijados por el Estado de Derecho. En ambas posiciones, quienes luchan por acceder al poder y por conservarlo, se someten a la decisión del votante que es el colectivo ciudadano, imaginariamente definido como pueblo, previamente seducido por alguna de las posiciones enfrentadas en una lucha en la que no interviene directamente, salvo como espectador, inclinándose por alguno de los contrincantes.

En la lucha por ejercer el poder y mantenerse en él, los políticos tienen que diseñar estrategias para ganarse el voto del pueblo, como entidad profundamente arraigada en la mentalidad colectiva, y la acción dirigida a tal fin se la llama populismo. Este ha pasado a ser un componente esencial de esa lucha por el poder al utilizarse permanentemente como argumento de ataque para desacreditar al oponente, aunque en el fondo todos lo practiquen. Y así se entiende en cuanto existe el convencimiento político de que de lo que se trata con tal práctica es de engañar al electorado para que se adhiera emocionalmente a unas pretensiones consideradas a menudo inconsistentes, que son la esencia del pueblo mismo, para el promotor, y populismo, para el oponente. Pese a todo, los que se encuentran situados en la titularidad del ejercicio del poder no se entienden populistas, porque han superado el populismo electoral desde que ha sido democráticamente legitimados en la función institucional. Seguramente pretenden que se olvide que han jugado al juego electoral en el que vale todo, salvo contravenir la ley, haciendo uso de mejores armas que el rival. Ahora su actitud populista toma un nuevo rostro asistido por el marchamo del poder, que le inviste de la solemnidad que le faltaba cuando buscaba la aproximación a las masas en el camino de ascenso a las altas esferas. El engaño, que de alguna forma anima el populismo, se transforma y adopta ahora el sentido riguroso de oficialidad, asistido por la propaganda que se ocupa de allanar el camino para que las masas asimilen la racionalidad invocada en sus actos como poder. Luego, esa propaganda camina un paso más allá para acabar imponiendo la doctrina oficial excluyente como último acto del populismo de Estado. Por contra, los otros rivales definidos como simples populistas, trabajan para convencer al pueblo con argumentos livianos para seguir ocupando un lugar en la lucha política. La propaganda dice que este último es el populismo a excluir.

Los ciudadanos comunes no participan en la lucha por el poder, e incluso en el ámbito de lo político su papel se ha visto considerablemente reducido. Dada su escasa relevancia, reconducida al ejercicio del voto en términos de sujeto, el individuo ha sido desplazado por los grupos que aspiran a definirse políticamente. Como todo está reglado desde la dimensión jurídica, y el poder real lo detenta el capitalismo en los palacios -que hace visible desde la actividad de sus empresas-, a la política sólo le queda como originalidad la lucha por el ejercicio del poder con sus contrincantes políticos para alcanzar la titularidad de las instituciones estatales situando a sus peones, que operan en defensa de los intereses del partido -un aparato ideológico tras el que se encubre un interés grupal-. El ciudadano se limita a dar su opinión sobre el espectáculo, dejando que los otros interpreten sus respectivos papeles en la escena. La práctica política se reserva a los políticos profesionales que asumen una función burocrática en el sistema y que son vistos por las masas en términos de clase definida por simples expectativas o por el ejercicio del poder. La profesionalidad requerida a los políticos viene dada por la exigencia del poder real, dedicado a su tarea económica, que decide descargarse del trabajo político cotidiano encomendándolo a empleados especializados puestos a su servicio. De manera que la estructura política visible es el Estado de Derecho, la clase política profesional el instrumental humano que lo desarrolla políticamente y, situado a cubierto, se encuentra el capitalismo como poder real impartiendo las instrucciones. Si esto es así , ¿qué les queda por hacer a los políticos?. Salvo aspira a colocarse como poder ejerciente y ejercelo, poca cosa. Una vez allí, acatar las normas del sistema y jugar al reparto. Lo rentable pasa a ser ejercer el poder de forma lo más duradera posible, y para ello hay que persuadir al electorado sin incurrir en el engaño abierto -aunque sí encubierto-, porque la tarea ahora resulta ser compleja dado que estamos en una sociedad que inevitablemente camina hacia la ilustración generalizada. La acción política trata de conciliar las exigencias del patrón con las que provienen de esas masas que desbordan los Estados, y la posibilidad de hacerlo es acudiendo al populismo.

Frente a la burocracia consolidada, encargada de ejercer la política como control de lo político, reconducida aquella, como dice Mouffe, a un conjunto de prácticas e instituciones dirigidas a crear un determinado orden, los aspirantes a burócratas políticos se limitan a pregonar sus virtudes acompañándose de la sinfonía que el pueblo quiere oír. Es el retorno de las masas al pueblo o bien a la nación. La oficialidad política utiliza la propaganda en términos de globalización porque así lo ordena el capitalismo, mientras que sus rivales políticos, ahora etiquetados como populistas, echan mano de la añoranza de los viejos términos. El populismo oficial que ejerce el poder acaba por situarse en el centro del espectro, a ambos lados pululan los populismos definidos como de izquierda y derecha, a tenor de los argumentos que les refrenda. Unos, destinados a los desfavorecidos que no tienen nada que perder, salvo la esperanza, y otros a los que temen perder algo. Los primeros promueven la libertad, el barullo, el desconcierto para a ver si se pueden obtener algo útil. Los otros el control y el orden para mantener su estado. El populismo se mueve en el terreno de lo conceptual, acogiéndose a lo que mejor encaja con los intereses del grupo patrocinador. El llamado de derechas, acude a la nación con su carga elitista tradicional, que ya dejó claro Ferrero, y los de enfrente, al sobado término de pueblo, tan caro a las izquierdas, referido a los comunes frente a las elites de siempre, pero no a las nuevas, que encuentran en Marx su referente perpetuo. Cualquiera de los extremos conduce al mismo punto: seducir a las masas para que se adhieran a su proyecto de lucha por ascender y mantener a unos pocos en el ejercicio del poder. Algunos, más próximos a la realidad, se agarran a soluciones cercanas, colocando a los suyos -elites y nacionales- en el centro del reparto, frente a los avances foráneos derivados de los compromisos de la burocracia oficial con la globalización. Su nación viene a representar la identidad colectiva que otorga derecho a la independencia política y económica frente a cualquier intromisión externa, centrando su desarrollo en lo nacional. Otros, señalando al pueblo como el único legitimado para la toma de decisiones, proponen la recuperación de una soberanía popular para que se imponga sobre las elites y la política elitista; lo que supone instaurar la acción directa e inmediata. Como ninguno ofrece soluciones realistas se acude a la utopía, seguramente no tan cercana como proponía Bloch, y se quedan con lo que agrada oír a las masas locales cuando se sienten despreciadas y desfavorecidas por los abusos de la clase dirigente y del sistema global auspiciado por las multinacionales capitalistas. En ambos casos, el populismo se oferta como una forma de publicidad ideologíca [3]comercializada con el etiquetado de lo político, pero en definitiva diseñada para vender ideas y pocas veces realidades para el pueblo como síntesis de sus gentes. El panorama real no es otro que la política aparece orientada a la lucha entre grupos definidos como políticos por acceder al gobierno de las masas desde aparatos institucionales enmarcados en el Estado, con la finalidad de guardar el orden social, dirigir el proceso de recaudación de ingresos y distribuirlos, ambos conforme a intereses de grupos políticos pero sin la intervención de los ciudadanos, que solamente tienen el deber de contribuir, quedando los derechos derivados de la distribución equitativa a voluntad de los gobernantes.

Hasta épocas recientes, el populismo se ha venido considerando en los llamados países adelantados en términos poco menos que despectivos, al considerarlo una forma de gobernar o de aspirar a ejercer el poder propia de aquellos que no han alcanzado la madurez democrática, ni sus nacionales el grado de ilustración precisa para decidir políticamente en términos de racionalidad. Aunque el populismo periférico del siglo pasado aparece como un fenómeno político relativamente original, ya se hablaba de populismo en el siglo XIX [4]pero prescindiendo de esta referencia la idea de populismo ha quedado referida a una forma particular de hacer política en algunos Estados periféricos, caracterizada por la dirección de un líder dotado de atractivo personal que permite seducir emocionalmente a las masas al margen de lo institucional y que aprovecha el sistema democrático para acceder al poder, suministrando al pueblo utopías políticas frente a lo que este reclama, es decir realidades económicas [5]Con la consideración de falsarios se etiquetaba también a los movimientos que proponían cambios políticos en los que el pueblo pasaba a ser el protagonista real de la política. Incluso las corrientes del pensamiento político que proponían la recuperación del poder popular alienado en favor de las elites se encasillaban como populistas. No había obstáculo para desprestigiar a estos últimos simplemente al considerarlos defensores de utopías. En cuanto a los gobiernos populistas propiamente dichos, bastaba con desplegar la debilidad argumental de caracteres como el paternalismo y la dependencia del líder carismático, haciéndolos emerger del propio pueblo, que representaba la única vía para resolver los problemas que acuciaban a la sociedad, tesis a la que se entregaban incondicionalmente sus seguidores. Otras consideraciones, como el típico discurso redentorista, la idea del bien -representada por los amigos- frente al mal -característica de los otros, los enemigos a combatir- o la democracia manipulada, desposeía de rigor político a quienes se autoproclamaban demócratas populistas. El culto al líder, junto con el mito del pueblo y la propensión a combatir cuanto se oponía al dogma oficial devaluaba el populismo de la vieja escuela. Hoy algunas de estas posiciones han quedado atrás, el nuevo populismo, el que trata de colocar teóricamente el interés general por encima de cualquier otro, salta fronteras y se instala en las sociedades avanzadas, con lo que los acostumbrados argumentos para devaluarlo políticamente no sirven, ya que se definen desde la democracia en libertad, sus líderes son puntuales y el pueblo expresa su voluntad desde la ilustración. De manera que la política se define como populista porque el eje de actuación es el pueblo, como aspecto espiritual que se dice identifica a las masas geográficamente localizadas en los términos de un Estado.

Dicho esto, ¿qué se entiende por populismo en sentido teórico?. Según Laclau, el populismo es un modo de construir lo político [6]En cualquier caso la construcción no compete a las masas, sino que se descarga la tarea en las respectivas elites, lo que le convierte en una construcción de lo político desde lo apolítico, porque lo particular domina sobre lo general. Al margen de esta cuestión, se trata de una forma peculiar de construcción que rompe con los esquemas elitistas tradicionales invocando como instrumento de legitimidad al pueblo de manera directa, ya que los populistas no son solamente son representación del pueblo, sino que se venden como el pueblo mismo.

Como sustituto del populismo del líder, característica del populismo clásico que realmente expresa la degeneración del término pueblo, en cuanto carecía de autonomía al ser entregado a la voluntad de un personaje que anulaba su capacidad de decisión política en términos de racionalidad, hay que hablar de un nuevo populismo del pueblo. En el primero se parte del principio de que el populismo es una estrategia política surgida de la tolerancia de las masas, localizadas como pueblo, nación o ciudadanía, de la que se aprovechan los que asumen por su cuenta la realización de lo político al objeto de ralentizar el proceso de autogobierno de las masas. El populismo de los últimos años, que tiene como referente el que ha venido afectando a los países periféricos, derivado de las injusticias sociales y de la incapacidad de sus elites políticas y económicas al objeto de suavizarlas, ha sido sustituido por otro de nuevo cuño, surgido como reacción a la globalización, instalándose en los países centrales, que reclama un cambio de modelo por vía democrática. Por tanto, ya no se trata de ese populismo caracterizado por el mesianismo del líder carismático que, en primer término, conectaba con los descontentos y centralizaba sus pretensiones, conducía al colectivo, amparándose en una pretendida relación directa con las masas como argumento fundamental de su carisma, y aprovechaba para ladear las instituciones políticas que no le eran propicias para obrar a su conveniencia. Las emociones que afectan a las masas, punto de referencia que explota el populismo, no miran ahora tanto al líder como al partido, desviando hacia él los efectos dinámicos de lo emotivo para reelaborarlo desde un mínimo de racionalidad.

Ahora el populismo se encuentra instalado en mayor o menor medida en las sociedades avanzadas demandando realidades, representando otro modelo de relaciones políticas y, en general, viene a reflejar la crisis del sistema. Desde un planteamiento general, de lo que se trata es de construir el modelo conciliador a su manera de dos posiciones enfrentadas -elites y masas- utilizando como pantalla las demandas populares desde la contestación al sistema, pero moviéndose dentro de los límites fijados por el sistema. Caracterizado por la heterogeneidad de su discurso, el término, casi siempre considerado ambiguo, permite acoger tendencias cuyo punto de coincidencia, aunque desde distintas perspectivas, consiste en tratar de utilizar a los miembros de la sociedad llevándolos al terreno de los intereses de grupo para consolidarse como poder, invocando su fuerza social contando con el apoyo de lo que llaman pueblo. Ideológicamente se mueven en el terreno de la irrealidad, proponiendo utopías que aspiran a transformar determinadas realidades mejorándolas a los ojos de las masas como instrumento de atracción, oponiéndose a aspectos puntuales de las reglas del juego democrático que representan al poder establecido, carente a su entender de la capacidad suficiente para mejorar el estado de cosas. Aunque, en sus comienzos no suelen definirse como instrumentos políticos, sino que maniobran en la sociedad civil explotando puntos de discordancia con la política oficial o el sistema, su finalidad es ganarse la voluntad de las masas con fines políticos. El instrumental es la retórica destructiva o sofística, la inconsistencia de sus argumentos, el típico clientelismo adaptado a los tiempos, acabando por definir la política en términos de amigo/enemigo [7]como confrontación permanente, apartándose del aspecto conciliador de la política como gobierno. Sembrando el recelo frente a las demás ideologías políticas, tratan de acercar a las masas a esta forma de entender la política, pero guiadas por los promotores de la idea, de manera que hábilmente manipuladas les confíen la defensa de sus intereses, que ellos mismos han creado; al antiguo líder carismático, toma el relevo el partido como personaje central. Se sirven de la apariencia usando al pueblo, a la nación o a la ciudadanía como procedimiento para instalar al líder pantalla y a su grupo en las esferas del poder. Sólo creen en la democracia en tanto les permita el acceso al poder y conservarse en él. No hay posibilidad de conciliación en la tarea común, porque el antagonismo es su causa política [8]

Pese a tales carencias, el populismo es la nueva forma de hacer política. Esta consiste, primero, en reelaborar el concepto de masas en términos de pueblo; segundo, reconstruir el pueblo como idea partiendo de la materialidad de las personas del conjunto social, para utilizarla políticamente por una minoría, haciendo creer a las primeras que son ellas las que gobiernan; tercero, llevar al terreno de la simbología el elemento pueblo, apropiándose de él como exclusivo en la lucha por el poder. Todos los caracteres que le acompañan -agrupación en torno al líder o al partido, simbología popular, proximidad clientelística ,...-son instrumentos dirigidos a imponer una tesis de poder dominante, que establece la soberanía del pueblo sujeta a la soberanía del gobernante. Pese al sentido peyorativo del término, sobre todo utilizado por quienes disponen del poder conferido por las urnas al amparo de la libre democracia representativa, el populismo es, por una u otra vía, el sistema dominante para hacer política. Si bien a veces, como se ha dicho, sirve de herramienta para descalificar al contrincante político, se cae en la paradoja, puesto que quien lo utiliza es igualmente populista. No aparecen en escena otras posibilidades para tratar de atraer la voluntad popular en la dirección que conviene a unos determinados intereses políticos, contando con su respaldo para tomar o mantener el poder, porque ya es un criterio asumido por todos que no es posible hacer política sin contar con las masas.

Aunque lo que caracteriza a los populismos es su pluralidad, que no obstante les permite adaptarse a las circunstancias y las demandas de cada pueblo, tal diversidad no ha impedido etiquetarlos como de derechas o izquierdas, tratando de mantenerse al margen del populismo el poder gobernante. En este punto lo que determina sus respectivas posiciones viene a ser la ideología que patrocinan y la referencia al núcleo de la legitimidad que invocan: pueblo, nación o ciudadanía. Los dos primeros pueden considerarse populismo disidente y el tercero populismo oficial.

Dentro del populismo disidente de izquierdas, hay tendencias que vienen a argumentar como elemento de coincidencia un soporte ideológico consistente en capitalizar el descontento social como arma puntualmente utilizable, dirigido a proponer soluciones a un problema de fondo de naturaleza existencial, basado generalmente en la oposición de las clases bajas frente a las clases superiores, a las que consideran opresoras. Las elites tradicionales desaparecen, y hacen acto de presencia de manera difusa unas nuevas arropadas por el líder, aunque ensombrecidas por el protagonismo de las masas en una primera instancia. El argumento definitorio es el pueblo, esa entidad imaginaria soportada en un colectivo de personas que el populismo representa en la figura del partido.

Otras tendencias igualmente disidentes -etiquetadas de derechas a fin de facilitar distinciones sustanciales en el posicionamiento político-, modernamente surgidas con el fenómeno económico-político de la globalización, invocando una crisis de identidad social, nacional y económica afectada por la migración masiva y la deslocalización, reclaman el cierre de fronteras y la vuelta al Estado-nación al entenderse autosuficientes. Domina la creencia de que la transposición de culturas foráneas supone la ruptura de ese espíritu identificador de lo nacional. Las nuevas elites reclaman abiertamente su puesto dirigente y se hacen fuertes en la prevalencia de la idea de nación, cuya representación asumen.

El populismo oficial, sostenido en la legitimidad en el ejercicio del poder otorgado por las urnas, que viene respaldada por la violencia simbólica de lo estatal, combate a sus contrincantes desde el monopolio de la ley e impone su ideología como dogma, usando lo que Foucault llama los aparatos ideológico del Estado. Se convierte en el depositario único de la voluntad popular oficializada, pasando a ser el populismo válido, sin aceptar ser designado como populismo. Mientras los otros populismos aspiran a imponer su modelo de orden, este ya lo ha consolidado, simplemente tiene que mantenerlo frente a las agresiones. Si estas se plantean en el terreno parlamentario se dilucidan en términos retóricos, sobre los que en todo caso se impone la ley, si lo es en terreno extraparlamentario a veces viene la represión. El populismo de los otros, puesto que el suyo no se entiende como populismo, sino como representación de la voluntad popular -que no es el pueblo mismo-, soporta una importante carga peyorativa, cuyo objetivo es presentar el populismo no oficial como un riesgo para conservar la viabilidad del sistema democrático.

La confrontación entre las distintas corrientes populistas, que tiene su origen en la lucha por ejercer y controlar el poder, adquiere distintos niveles de intensidad a tenor de sus posibilidades. En el caso del populismo que utiliza la bandera del pueblo, sostenido en creencias utópicas, carente del sentido de la realidad, se ve en la necesidad de acudir a la radicalización de sus posiciones, con lo que su acción política se planea en términos de nosotros somos el amigo del pueblo y todos los demás son enemigos a los que hay que combatir a muerte. El nosotros se aglutina en torno a la figura clientelista del líder de partido por razones de efectividad -como a la vieja usanza-, se le entiende como el padre de la revolución de las nuevas ideas que aspiran a imponerse por la fuerza, en torno a él se propone aglutinar toda una diversidad de tendencias haciéndolas homogéneas. El otro populismo nacionalista reduce el campo de sus enemigos a todos los situados fuera de sus fronteras naturales y aquellos que le contradicen. Las ideas, las culturas, las personas del otro lado son enemigos frente a los que hay que colocar barreras para que no se difumine el espíritu nacional. En el populismo oficial se propone el debate conciliador, la convivencia pacífica de las distintas posturas; de ahí que la política no se defina en términos radicales sino como debate civilizado [9]En este plano, la retórica de las plazas públicas y los mítines de club se sustituyen por la del parlamento. Mientras, la propaganda activa la persuasión y la amenaza se exhibe permanentemente desde los aparatos represivos oficializados.

Afirma Laclau, refiriéndose al populismo, que no existe intervención política que no sea hasta cierto punto populista. Toda acción política tiene su mirada puesta en el pueblo, porque no es posible prescindir del pueblo tanto para la conquista del poder como para gobernarle, se trata de conquistarle ofreciendo lo mejor para él e invocando el interés general. En el marco de la heterogeneidad que caracteriza a toda sociedad viva, lo político siempre se manifiesta en tendencias diversas, donde se define la tensión de lo común frente a las elites, y como dirigentes es a estas a las que se culpa, sea por incapacidad o prepotencia, de las circunstancias adversas que a unos y otros les aporta la vida real. En la mente del populismo siempre está presente capitalizar el descontento de las masas, cargando las tintas sobre los otros, ofreciéndose él para resolver la situación, bastando con que el pueblo le dé su apoyo. Se trata de suministrar ideas gratas al pueblo, como proyecto para acabar con las injusticias que padece, y le mueve a la acción adornada con sugestivos nombres como cambio, regeneración o revolución, que él se encargará de dirigir. Pero la radicalidad de las alternativas se ha limitado una vez desterrada la violencia política por el peso de la civilización, con lo que el asunto se ventila conforme a las reglas impuestas por el Estado de Derecho, la democracia representativa y el poder real. Por consiguiente, el fondo de las pretensiones apenas puede salirse de ese marco, no hay posibilidad de cambios profundos, con lo que en definitiva todo se reduce a sustituir una siglas por otras. Pero como existe un compromiso con esa ideología que le ha servido de vía de enlace con la sociedad para ilusionar a las masas y conquistar el poder hay que hacer concesiones para que no aflore el desencanto; en este sentido bastará con cambiar de nombre a las cosas. Es esta en síntesis la acción política que sostiene el populismo.

Prácticamente, casi toda la política en la actualidad se define como populista y se concentra en la lucha permanente en torno al poder, pero no lo hace en los mismos términos, puesto que depende de la posición que se ocupe.

En el caso de la disidencia, que permanece al margen del aspecto de gobernabilidad que incumbe al aparato institucional del Estado, opera con ventaja. Puesto que no tiene nada que perder y mucho que ganar, es más fácil radicalizar posiciones acercándose a los diversos intereses que se mueven en la sociedad y potenciarlos convenientemente, aglutinando todo aquello que late en lo político poniéndolo al alcance como utopía realizable, para que se haga creíble. Luego se trata de reunir todos esos grupos con sus adheridos a las respectivas causas y formar frente común, con lo que a efectos del juego electoral suman votos. El punto de referencia es el líder que, en nombre del grupo, baja a la arena para hacerse cercano a las masas y aprovechar su carisma sin exageraciones. Se trata de construir la homogeneidad en torno a la ideología en un panorama de heterogeneidad.

Por parte del populismo oficial, que dice moverse en el marco de las reglas democráticas, no puede evitar estar sujeto al peso de las instituciones que limitan sus posibilidades de maniobra, pero, de otro lado, está obligado a ser coherente con la ideología que le permitió acceder al poder. La utopía dominante en su época de disidencia cede ante peso de la realidad y se apaga, mas para no perder adeptos, queda la alternativa de ilusionar a las gentes a través de la propaganda, un recetario de palabras huecas encargado de dar salida a la ideología sin comprometerse. Esta actitud ilusionante no puede prescindir de la intervención del líder, que ya no se sitúa a pie de calle, sino en los altares, amparado por su grupo de oficiantes para conservar el culto. Pero la base es la ideología, como aparato que permite trascender las ideas programáticas a la acción, proceso en el que intervienen demagogia, retórica y propaganda.

3.1. El papel de la ideología.

Lo sustancial en el ejercicio político es vender ideas con la finalidad de, a través de ellas y dada su adaptabilidad, seducir a las masas. Resulta ser un negocio ventajoso ya que, de un lado, su coste de producción es mínimo, mientras que sus resultados pueden ser espectaculares en términos de poder. Conscientes de la necesidad de un discurso colectivo, soportado en ideas atractivas entre las que se mueven valores tradicionales de general aceptación, los políticos se acogen a la protección del grupo que, a su vez, busca la racionalidad en esas ideas para confeccionar un programa que despliega como paraguas. Las masas demandan ideas como expresión de progreso y exigen al poder imaginación para gobernar. Con lo que la política acaba por definirse como mercado de ideas etiquetadas como mercancía de bajo coste, para que esté al alcance del ciudadano común, al objeto de que los políticos puedan comerciar con ventaja. A tal fin, la política se mueve en el terreno de esas ideas mayoritariamente aceptadas dispuestas para ser llevadas a la práctica desde diversos planteamientos. Como actualmente todo sistema político tiene que acogerse a algún tipo de ideología para ofrecerse como alternativa de poder, el populismo, pese a sus ambigüedades, en cuanto se define como grupo con expectativa político-formal tiene que nutrirse de algún tipo ideología [10]Si bien el populismo es el resultado político de una serie de ideas ambiguas, a menudo sin trascendencia práctica, sólo a través de la ideología adquiere cierta consistencia, puesto que es la clave que permite tener algo que ofertar y darle sentido político desde un principio de estructura, de forma que pueda ser tomado en consideración con alternativa de poder.

Pese a la dispersión de ideas que caracteriza a la izquierda, algunas de las cuales no llegan a constituirse como ideología por la imposibilidad de llevarlas a la práctica, son de apreciar en ellas puntos de acercamiento, en cuyo desarrollo están presentes antinomias que tratan de pasarse por alto, y sin duda la principal es el culto a las elites. Cuando se construyen como ideologías de izquierdas, responden al enfoque de los dos puntos tradicionales esgrimidos como motivo de oposición referidos, de un lado, a la ineptitud de las elites dominantes y , de otro, a los abusos del capitalismo como poder real. Por ejemplo, hay coincidencia en casi todas las tendencias populistas de este signo en liquidar de una u otra forma el modelo establecido, de ahí su aversión al capitalismo como sistema dominante. Curiosamente son anticapitalistas, aunque beban de las fuentes del capitalismo decadente [11]simplemente se trata de explotar un posicionamiento que tiene buena acogida ante las masas. Las izquierdas, libres de compromisos tradicionales, se declaran abiertamente anticapitalistas, antielitistas e inicialmente antipolíticas [12]En su propensión a la inmediatez, esta forma de populismo sitúa a las elites políticas y económicas en el punto de mira de su proyecto como objetivo a batir, porque el elitismo es lo opuesto al principio de nivelación que se propone desde la idea de pueblo que han puesto a su servicio. Sin embargo, he aquí su principal contradicción, el líder redentor y su grupo de fieles aspira, primero a integrarse en la clase política y, después, a ser la nueva élite política. Desde esta condición, el elitismo se hace extensivo a lo económico, procurando concentrar toda la riqueza posible, mientras promueve el reparto equitativo entre el pueblo, dando prioridad a quienes le sostienen.

El populismo de derechas simplemente sueña en tiempo pasado reviviendo una ideología de mitos, tradiciones y leyendas, a través de la cual las elites locales aspiran a recuperar poder, reflejo difuso del que otrora disfrutó el señor feudal adaptado a estos tiempos, de cuya pérdida culpa a la globalización. Lo que no supone renunciar al capitalismo como sistema de poder, solamente al capitalismo global en la parte que afecta a sus intereses. Lo preferente es la grandeza de la nación y el bienestar de los súbditos, cercados políticamente en los límites del Estado-nación, aunque en lo económico aspiren a definirse como Estados hegemónicos.

Incluso el populismo oficial, al servicio del capitalismo global y del Estado dominante que le le da cobijo internacional, juega con el pueblo a la ambigüedad. Utiliza la ideología del orden establecido, porque a tal fin él es el comisionado del pueblo. Muestra una cara protectora frente a la ciudadanía, elaborando una legislación vacía que reconoce derechos que no se practican o se quedan a mitad de camino, mientras el aspecto efectivo de la legislación, aunque invoca el interés general, en realidad ampara los intereses representativos del capitalismo, manteniendo prebendas empresariales para que la cuenta de resultados no se vea afectada. El elitismo del cargo está implícito en el ejercicio del poder, puesto que es allí donde se toman las grandes decisiones por una minoría privilegiada acogida a la decisión de las urnas, aunque en periodo electoral las elites políticas decidan descender a la arena y mezclarse con los ciudadanos comunes para que les voten. La igualdad y la justicia que demanda la idea de pueblo es atendida en términos de equidad en el reparto, aunque favoreciendo a sus seguidores.

Otro punto a considerar es que las ideologías populistas predican la democracia, luchan por defender la democracia, pero cuando se instalan en el poder ya no practican la democracia. Aunque la incluyan en su ideario, al populismo no le gusta la democracia, y mucho menos cuando gobierna. Su función es la de un simple método instrumental para llevar a los promotores de la ideología a los aparatos del poder, pero una vez allí procura esquivarla. La democracia, aunque sea como democracia representativa, incluso hoy sigue siendo un obstáculo para perpetuarse en el cargo; de ahí que tienda a ser controlada para que el mandato temporal se convierta en permanente. La pretensión de todo populismo es construir una dictadura democrática, bien desde el presidencialismo carismático, desde el partido único que carece de oposición o desde el soborno electoral de una mayoría de ciudadanos favorecidos. Sin embargo esta aspiración oculta no se recoge en los panfletos.

Toda ideología populista no puede pasar por alto predicar la libertad y los derechos individuales, porque están bien vistos por el pueblo y adornan su programa político. Pero seguidamente, por el efecto del dogma ideológico, resulta que cuanto se oponga a él es rechazado con auténtica cerrazón, rompiendo con todo intento de racionalidad, e incluso esta debe ser debidamente acondicionada pasando por los filtros de pensamiento para reconducirla al punto de perder cualquier indicio de consistencia al transformarse en su razón. Pese a los principios dogmáticos dominantes en el respectivo cercado ideológico, se habla de libertad, igualdad y solidaridad en términos de amigos, frente al enemigo común que son los otros populismos. No se quiere caer en la cuenta de que el dogma excluye la libertad, que el elitismo es incompatible con la igualdad y que la solidaridad no puede plantearse en términos políticos. La moderación sucumbe ante el radicalismo -incluso en el populismo oficial-, todo lo que se encuentra al otro lado de sus creencias hay que combatirlo, y el enfrentamiento schmittiano amigo/enemigo se lleva a sus últimas consecuencias.