Testimonio literario latinoamericano. Una reconsideración histórica del género



Resumen

Este trabajo sintetiza los avances de una investigación en curso, centrada en el proceso histórico de constitución e institucionalización del testimonio como género en el campo literario latinoamericano. Dicho proceso integra un conjunto de fenómenos políticos y culturales que adquieren manifestación en ciertos discursos de la época, y reenvían a la Revolución Cubana como acontecimiento fundador de una particular etapa histórica regional.

El artículo introduce primero el estado de la cuestión del testimonio, en tanto hecho de lenguaje propio del siglo XX, y revisa los alcances de su noción literaria, tal como ha sido desarrollada en la crítica de las últimas décadas. Se enfocan, en esa dirección, las dificultades que ha planteado la construcción de un corpus genérico. Más adelante, se especifican los fundamentos teóricos que, en la línea de Schaeffer (2006) y Steimberg (1998), orientan la indagación como estudio de un fenómeno genérico, y las implicaciones en la construcción de un corpus textual que un estudio tal conlleva. Finalmente, con las nociones teóricas explicitadas, se propo- ne un análisis correlativo de las obras premiadas por Casa de las Amé- ricas en su premio literario de 1970 -primera edición del certamen que incorporó la categoría testimonio-, y del metadiscurso crítico producido en torno de la premiación.

Palabras clave

Testimonio, siglo XX, Latinoamérica, género, campo, institución, histo- ria, discurso, metadiscurso, nombre de género, corpus, Revolución Cu- bana, politización de las prácticas artísticas, antropología, periodismo, documental, premio Casa de las Américas, Pozas, Barnet, Walsh, Ponia- towska, Gilio, Casaus, Calderón González

Acerca del testimonio en la reflexión contemporánea: precisiones conceptuales

Dentro de los estudios literarios recientes y, generalmente, en la teoría social dedicada con- temporáneamente al testimonio, el término designa una serie heterogénea de problemas no siempre remisibles a un mismo plano analítico, aunque a menudo entrecruzados en los trabajos críticos. Por ello, la indagación literaria del testimonio latinoamericano requiere, primero, de un número de precisiones conceptuales.

En efecto, las reflexiones de las que el testimonio ha sido objeto en las últimas décadas coin- ciden en caracterizarlo como una particular forma de lenguaje, vinculada a la producción social de la verdad, la memoria y la justicia, pero difieren sensiblemente en el alcance histó- rico que otorgan a la noción. Foucault proponía, en 1973, su acepción para el término, que asociaba a una manera de producir saber surgida en Grecia en el siglo V a.C. En una lectura de Edipo Rey, observaba la centralidad que en la tragedia ocupaba el recuerdo del pastor, único testigo de la muerte del padre de Edipo. La atestación de ese lacayo, forzada por la in- dagatoria del tirano, decidía el desenlace del drama, que, así, podía interpretarse como una teatralización del problema del poder y el saber, tal como este aparecía en la Grecia clásica habitada por Sófocles. La propuesta de Foucault, ausente de las reflexiones actuales sobre el testimonio, sugería, sin embargo, varias de las matrices conceptuales que la orientan en sus distintas vertientes: la estrecha relación entre lo testimonial y el sentido de la vista –si el lacayo había estado ahí, era porque había visto el asesinato de Layo–,1 su intrínseca ligazón con la memoria –"conocimiento por testimonio, recuerdos o indagación", decía Foucault (1978: 67)–, y la inscripción plebeya –hoy, subalterna– opuesta al discurso del poder, que ha constituido, como se verá más adelante, un núcleo conceptual básico de la crítica literaria del testimonio latinoamericano.

En la noción foucaultiana, por otra parte, el testimonio surgía en una situación histórica concreta, la antigüedad clásica griega. No obstante, recientemente se ha señalado la mayor extensión de su genealogía, que reenviaría, así pues, al Antiguo Testamento bíblico. Allí, como se sabe, el testimonio figura en una de las normas del Decálogo –"No darás falso tes- timonio ni mentirás", en la traducción de la fórmula catequética que difunde la Santa Sede, y en el Deuteronomio, según una de cuyas máximas se necesitan mínimamente dos testigos para establecer la culpabilidad penal de un hombre (Hartog, 2001). La larga duración histórica atribuida al testimonio en estos enfoques abre múltiples interrogantes en un campo posible de la antropología jurídica, ligados al problema ancestral de la resolución justa de los litigios, tal como este se ha configurado en particulares culturas y momentos históricos.

Ahora bien, no es sino en el siglo XX, violento y, más específicamente, totalitario,2 que los estudios sociales y humanos dedicados en las últimas décadas al testimonio sitúan su auge. En efecto, el interés que ha suscitado la Shoá en los círculos académicos europeos circunscribe para lo testimonial un eje problemático en que sobresalen los grandes traumas sociales de la historia contemporánea, los procesos de construcción de la memoria y la justicia, y el rol constituyente que en dichos procesos atañe al lenguaje. En ese sentido se presenta el traba- jo historiográfico de Wieviorka (2006), quien concibe al siglo XX como la "era del testigo". Para ella, el juicio a Eichmann en 1961 constituye un momento clave del período, pues se inicia allí la inscripción pública de los testimoniantes –fue el primero de los procesos que se televisó–, y su construcción como figuras de una memoria pedagógica, "rica en lecciones para el presente y el futuro" (Wieviorka, 1998: 89, traducción nuestra). Por otro lado, en una reflexión biopolítica sobre la Shoá, y basado en textos de Primo Levi, Agamben (2002) ha definido al testimonio como el decir propio de la subjetividad que sobrevive al siglo XX: un decir paradójico por lo doblemente imposible, de ese sujeto deshumanizado y privado de su lengua en los campos de concentración nazis, y del sobreviviente que atesta fallidamente el trauma irrecuperable de quienes sí murieron en Auschwtiz (Agamben, 2002: 39). Final- mente, Ricoeur (2000) instituye, en una consideración fenomenológica de la historia, la fórmula yo estaba allí como operación enunciativa básica del testimonio (2000: 204). Para él, su realización reside en la confianza en la palabra del otro, de allí que encuentre su límite en experiencias como la de la Shoá, incomprensibles por lo extraordinarias y, por consiguiente, carentes de una genuina audiencia.

De lo hasta aquí visto, notemos las distinciones que suponen los enfoques recientes del testimonio en los procesos históricos a los que remiten –así como en sus maneras peculiares de concebir lo social, la historia y el lenguaje. Este alcance vasto, al tiempo que daría cuenta del desarrollo del testimonio como forma de lenguaje en la larga duración histórica, puede constituir un obstáculo epistemológico para la especificación de los problemas que el término delimitaría en cada caso de análisis.

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El testimonio literario: un corpus problemático en el estado actual de la cuestión

Los estudios literarios incorporan su acepción al panorama polisémico del testimonio en la reflexión contemporánea. En este campo de investigaciones, el término describe, en rasgos generales, "una narración del largo de una novela o nouvelle, dicha en primera persona por un narrador que también es el protagonista o testigo real de los eventos que cuenta", elevada al estatus de "una forma importante, quizás dominante, de la narrativa en Latinoamérica" (Beverley, 1991: 2, traducción nuestra). Se trata, entonces, de un corpus específico del discurso literario latinoamericano de las últimas décadas del siglo XX, que integra entre sus ejemplares Biografía de un cimarrón, del cubano Miguel Barnet (1966), Si me permiten hablar..., de la brasileña Moema Viezzer (1974) y, como ejemplo paradigmático según la crítica, Me llamo Rigoberta Menchú, de la venezolana-francesa Elizabeth Burgos (1983).

El testimonio literario cobró centralidad en los círculos académicos estadounidenses, euro- peos y latinoamericanos a finales de la década de 1980. Pese a lo cuantioso de la crítica dedica- da desde ese momento al género, su discusión básica, en torno a su estatuto y al corpus textual que delimitaría, no se encuentra saldada. Así, se atribuye al testimonio una notoria flexibilidad en la descripción de materiales textuales y de los procesos históricos a que estos reenvían.

En tal sentido, un primer problema se plantea en el hecho de que la definición del género establecida como canónica por la crítica –que resume la cita de Beverley– no se adecua a la diversidad de textos que contemporáneamente a su institucionalización como género recubría la noción de la literatura testimonial. Así, por ejemplo, la obra de Barnet que al final de la década de 1960 él denominaba testimonial, no posee un estatuto unívoco según la crítica, que no ha vacilado sobre la incorporación de Biografía de un cimarrón al género, pero ha sido menos categórica en cuanto a Canción de Rachel, escrita en clara relación con su teoría de la "novela-testimonio".3 Algo similar ocurre con los textos premiados en la categoría testimonio de Casa de las Américas, cuya fundamental participación en la institucionalización del género, observada por la crítica, no ha sido el correlato de un análisis de las obras cuya canonización, con los galardones, la Casa buscaba promover.

Más generalmente, el diverso alcance atribuido por la crítica al género testimonial dificulta la constitución de un corpus estable. Entendido como práctica de lenguaje subalterna, opuesta al discurso hegemónico, su génesis remite, para Achúgar (1992: 53), al siglo XIX, momento de surgimiento de la historia oficial latinoamericana; mientras que para Gugelberg y Kearney (1991: 5) y Jameson (1991: 131) reenviaría a cierta narrativa africana de la mitad del siglo XX, emergida en confrontación con el africanismo a la Conrad. En estas aproximaciones críticas, el espectro histórico del testimonio se extiende hasta el final de la década de 1980, y por fuera del espacio cultural propiamente latinoamericano, con la inclusión de textos como Gal: life stories of Jamaican women, de Honor Ford-Smith (1986) (Carr, 1992) y Don"t be afraid, gringo, de Medea Benjamin (1987), publicados únicamente en inglés (Gugelberg y Kearney, 1991: 7).

Ahora bien, la inscripción subalterna del testimonio se cuestiona en otras propuestas de corpus que enfocan textos testimoniales producidos por sujetos letrados (Nofal, 2002), cuya integración genérica al lado de los testimonios "subalternos" describiría una serie textual muy heterogénea. Se han sugerido, pues, conceptualizaciones alternativas. Así, el énfasis en la dimensión no ficcional del género lo ha unido a otros como el nuevo periodismo estadounidense encarnado en Truman Capote, la autobiografía y la biografía no ficcionales en la forma de Semprún, y la novela histórica a la manera de Leñero (Amar Sánchez, 2008: 53 y ss.). Finalmente, su ligazón con la construcción de la memoria social, y en lo que atañe particularmente al caso argentino, incorpora al corpus del género producciones literarias de los años "80 y "90, con autores como Miguel Bonasso (Recuerdo de la muerte, La memoria en donde ardía, El presidente que no fue), Liliana Heker (El fin de la historia) y Alicia Partnoy (The little school) (Goicochea, 2005; Sarlo, 2007: 70-71).

Se ve, entonces, cómo la asunción de una serie textual relativamente estable implicada en la noción de género no tiene correlato analítico en el corpus designado bajo la categoría de "testimonio", que termina por recubrir un conjunto muy heterogéneo de materiales, no solo en lo que se refiere a rasgos textuales inmanentes, sino sobre todo en cuanto a los procesos históricos de los que distintamente dan cuenta.

Asimismo, el auge de lo testimonial en las ciencias sociales y humanas europeas, que arriba hemos reseñado, plantea nuevas dificultades al trabajo crítico sobre el testimonio literario. Particularmente, resulta problemática la extrapolación al estudio de la literatura regional, de nociones elaboradas para la reflexión sobre un proceso histórico europeo, y ajeno a lo literario. Así, se elude, por un lado, la especificidad histórica de la región.4 Es indudable, en efecto, que la violencia mundialmente característica del siglo XX constituye una condición de producción de literatura testimonial en Latinoamérica, cuyos protagonistas-narradores pueden identificarse en todos los casos como sobrevivientes (Jara y Vidal, 1986: 1; Vich y Zavala, 2004: 110), ya de crímenes perpetrados por el Estado –como los casos paradigmáticos de Operación masacre y La noche de Tlatelolco–, de la guerra –Girón en la memoria, de Víctor Casaus–, o de la pobreza y la enfermedad propias de la desigualdad del subcontinente como ejemplifica cabalmente Me llamo Rigoberta Menchú. No obstante, el testimonio literario manifiesta además la particularidad del proceso histórico latinoamericano en un característico sentido político, ligado al avance de las izquierdas en la región a lo largo de los años "60 y a la expansión del modelo revolucionario cubano. Así, y según se mostrará al final del trabajo, su sujeto promueve la superación política de la supervivencia a un mundo violento, rasgo que, en cambio, no resulta directamente observable en los testimonios de víctimas del nazismo.

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Por último, la incorporación de nociones filosófico-históricas de lo testimonial en el análisis literario es otro aspecto problemático por considerar. No hay que omitir, en ese sentido, que la literatura en tanto campo conforma una instancia significante específica, no solo una mediación transparente, sino un dispositivo modulador del conjunto de sus prácticas discursivas (Bourdieu, 1995; Maingueneau, 2006). El testimonio ejemplifica cabalmente el constitutivo papel del conjunto de instituciones y agentes del campo en la práctica literaria y los textos que de ella resultan: muchos de los ejemplares de su corpus no poseen rasgos tex- tuales constitutivamente caracterizables como literarios, y su inscripción en la serie literaria latinoamericana solo se explica por el rol desempeñado por la crítica y los mismos escritores del género. Es el caso, por mencionar uno, de Biografía de un cimarrón, una autobiografía etnológica cuya incorporación al corpus literario cubano y latinoamericano fue el resultado de operaciones del discurso del propio autor y de la crítica en torno de la obra.

Premisas teóricas e implicaciones analíticas para un estudio genérico del testimonio literario latinoamericano

La caracterización del testimonio como un género literario surgido en Latinoamérica hacia el final de la década de 1960 se sostiene, para nosotros, en una serie de premisas teóricas, relativas al estatuto de los géneros literarios y, más ampliamente, de los géneros discursivos. Así, partimos del postulado bajtiniano básico de la naturaleza histórica de los géneros, que el testimonio literario muestra en el inseparable vínculo entre su surgimiento y desarrollo, y el proceso político latinoamericano posterior a la Revolución Cubana, de 1959 (Duchesne Winter, 1992: 3). Las consecuencias de este acontecimiento en la configuración del campo intelectual regional son ya conocidas (cf. Terán, 1991; Gilman, 2003; Altamirano, 2010), y pueden conceptualizarse, en términos generales, como la dominancia progresiva de significaciones surgidas en el campo político sobre la vida intelectual –retomando la descripción de Altamirano (2007: 16) para el caso argentino. Este proceso de politización anticipa la emergencia del testimonio en transformaciones que conciernen no solo a la práctica literaria, sino también al periodismo y las ciencias sociales, particularmente la antropología. La radicalización de los antagonismos hacia el final de la década, 1968, articulada en movimientos como el de Tlatelolco, en México, o el Cordobazo en la Argentina, constituyó, finalmente, un factor decisivo en la institucionalización del género (Yudice, 1991: 223).

A la vez, sostenemos, en la línea señalada por Todorov (1988), el estatuto simultáneamente discursivo y metadiscursivo de las categorías genéricas, es decir, su operatividad como pará- metros descriptivos de rasgos textuales, y como manifestaciones de la actividad reflexiva de los sujetos sobre sus prácticas de discurso. El papel decisivo del metadiscurso sobre los géneros en su surgimiento y persistencia social ha sido observado por Schaeffer (2006), quien sitúa en la categoría metadiscursiva del nombre de género el punto de partida de cualquier aproximación al fenómeno genérico. Se trata, para él, del anclaje significante, culturalmente compartido, del conjunto de rasgos textuales atribuibles a una clase genérica (Schaeffer, 2006: 46). Análogamente, Steimberg (1998: 76) concibe al metadiscurso genérico como factor necesario en la constitución de géneros a partir de matrices previamente existentes en el universo discursivo.

En el caso del testimonio, su génesis al final de la década de 1960 se vincula a los primeros empleos del término en la descripción de textos producidos por escritores literarios latinoamericanos. Sobresale, en ese sentido, el artículo "La novela-testimonio: socioliteratura", publicado en 1969 por Miguel Barnet, que otorga legitimidad al género a partir de su papel en "Contribuir al conocimiento de la realidad, imprimirle a ésta un sentido histórico" (Barnet, 1991: 512). Además, resulta decisiva la incorporación de la categoría "Testimonio", al certamen literario de Casa de las Américas en su edición de 1970, y su difusión en la colección "Premio" de su editorial.

Esta aproximación al fenómeno genérico del testimonio latinoamericano permite superar el problema de la construcción del corpus señalado en el apartado anterior. Así, si el metadiscurso no es un fenómeno adicional del género, sino que, por el contrario, hace a su misma existencia, entonces no se trata de construir un corpus de género según parámetros discursivos inmanentes de los textos; sino, más bien, de indagar los nombres genéricos y sus descripciones metadiscursivas asociadas, en relación con los cuales los textos cobran sentido en coyunturas históricas dadas. En otras palabras, es cuestión de describir los géneros tal como sus dispositivos de clasificación textual operan en condiciones socioculturales concretas. Se subraya, de esa manera, el dinamismo de las clases genéricas, siempre dependientes de mecanismos metadiscursivos históricamente inscriptos que, en el caso literario, deciden la configuración de su específico campo de la producción artística.

En esta línea, es posible clarificar los límites entre el testimonio y la narrativa no ficcional estadounidense, que ejemplifica típicamente In cold blood (1966), de Capote. De hecho, las similitudes entre ambos géneros, vinculadas a los cambios productivos de los medios masi- vos de comunicación, con el declive de las modalidades discursivas tradicionales de la prensa gráfica (Amar Sánchez, 2008: 13), no opacan la especificidad histórica de sus fenómenos. El testimonio literario latinoamericano surge con un característico sentido político pro- revolucionario, y plantea un cuestionamiento a la noción de literatura sostenida paradigmáticamente por la narrativa de ficción, paradigma que, en cambio, se preserva como tipo literario ejemplar en el metadiscurso que sostiene la non-fiction. De esa manera lo exhibe el contraste entre las formulaciones fundacionales de cada uno de los géneros: si para Capote, creador del nombre no-ficción, cultivarlo válidamente requería "ser un muy buen escritor de ficción" (cit. en Plimpton, 1966), para Barnet, en cambio, la literatura ficcional aparecía como el horizonte genérico que el testimonio venía a superar: "La llamada ficción cada vez va perdiendo más consistencia" (Barnet, 1991: 504), proclamaba en su artículo fundacional del género. Más aun, el escritor cubano se oponía manifiestamente a Capote, a quien no solo criticaba por plantear una disolución del yo del escritor que acababa con "toda posibilidad de imaginación, de criterio", sino también acusaba de contradecir su programático objetivismo cuando, en el texto de la novela, se mostraba "todo el tiempo tomando partido por Perry" (cit.: 511).5

El testimonio literario como metadiscurso y discurso: momentos significativos de su desarrollo histórico

La operatividad del metadiscurso genérico condiciona tanto la escritura literaria como los modos de lectura socialmente activos en momentos dados de la historia de la cultura (Steimberg, 1998: 67), según lo expone la etapa inicial de institucionalización del testimonio, que situamos entre 1969 y 1970.

Así, desde ese período se observa, por un lado, la incorporación del nombre "testimonio" y sus parámetros genéricos asociados a los criterios orientadores de la escritura literaria, como lo ejemplifica el recorrido diacrónico por las obras de Elena Poniatowska y Rodol- fo Walsh. En el caso de la escritora mexicana, resulta significativo el cambio operado en Hasta no verte Jesús mío, de 1968, y La noche de Tlatelolco. Testimonios de historia oral, de 1971. El primer texto, elaboración literaria de una entrevista etnográfica, preservaba rasgos propios de la novela –organización narrativa, división en capítulos numerados, hete- rogeneidad enunciativa mostrada en formas como el diálogo y el discurso indirecto libre. El segundo, en cambio, no solo subtitula empleando el nombre del nuevo género, sino también propone una retórica distinta, que, sin hilo narrativo claro, recupera las escenas de la matanza en la representación "fiel" y "fotográfica" de la oralidad: una serie diversa de fragmentos de habla que remiten, más que a una sucesión cronológica, a la simultaneidad resistente de una multitud de voces. En cuanto a Walsh, ciertas modificaciones que opera sobre su obra Operación masacre a comienzos de la década de 1970 pueden explicarse por la inscripción en el texto de una matriz genérica testimonial, como la incorporación en la edición de 1972 del segmento "Operación en cine", que presenta a uno de los sobrevivientes de los fusilamientos narrados como narrador testimonial de su propia experiencia de resistencia política.

Por otro lado, en el nivel de la lectura, el proceso de institucionalización del género establece nuevos parámetros de reconocimiento literario, que generan la incorporación a la clase testimonial de textos originariamente no producidos bajo dicha noción –en lo que Schaeffer (2006: 97 y ss.) denomina "efecto de retroacción genérica". En este sentido, es también paradigmática Operación masacre, cuyo actual reconocimiento como testimonio remite a un tipo de relectura surgido a comienzos de la década de 1970. Fue, en efecto, en el momento de consolidación genérica del testimonio que la obra consiguió definitiva inscripción en el campo literario regional, con las dos ediciones publicadas en Cuba en 1970 y 1971.

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Por otra parte, desde el punto de vista discursivo, es decir, de los rasgos textuales retóricos, temáticos y enunciativos que permitirían hablar de una clase genérica (Steimberg, 1998: 44), es posible establecer filiaciones entre el testimonio y producciones textuales propias de otras esferas de la producción cultural, ligadas al proceso de politización del campo intelectual considerado más arriba. Se trataría de matrices de discurso que, originalmente pertenecientes a campos no literarios de la producción literaria, son reproducidos como literarios por la acción conjunta de escritores y críticos. Así, se observan filiaciones con la crónica, la entrevista y el reportaje periodísticos –como en la narrativa no ficcional de Walsh (Amar Sánchez, 2008), o en La guerrilla tupamara, de María Esther Gilio–; con el relato etnográfico empleado en las ciencias antropológicas –Biografía de un cimarrón, Manuela la mexicana, Hasta no verte Jesús mío, entre otros–; así como con el cine documental, ligadas a la iconicidad propia del discurso testimonial (Foucault, 1996; Dulong, 1998), y de cuyo diálogo con el testimonio constituye un ejemplo cabal la transposición al cine de Operación masacre.6

Estas operaciones de reescritura participan de los recíprocos desplazamientos entre práctica literaria e intelectual, propia del campo latinoamericano de la década de 1960 (Gilman, 2003: 69 y ss.). Dan la pauta, en efecto, de un tipo de literatura que se legitima en contra de la noción del arte "puro" o por el arte, y por la exhibición de la relación que mantiene con la realidad social –relación inherente a la actividad intelectual en sus diversas manifestaciones, y no así, necesariamente, a la actividad literaria. En el caso específico del testimonio, dicha relación se plantea como un haber estado allí: una presencia de la literatura y sus producto- res en el tiempo-lugar de los protagonistas y/o de los hechos, exhibida en el discurso como su motivo básico de legitimación. Así lo promovía la convocatoria al primer concurso lite- rario de Casa de las Américas que incorporó la categoría testimonio:

Los testimonios deben documentar un aspecto de la realidad latinoamericana o caribeña por una fuente directa. Se entiende por fuente directa el conocimiento de los hechos por su autor y su compilación de relatos o evidencia obtenidos de los individuos involucrados o de testigos calificados. En ambos casos es indispensable la documentación confiable, escrita o gráfica. La forma queda a criterio del autor, pero la calidad literaria es también indispensable (cit. en Beverley, 1991: 6, traducción nuestra).

Las alternativas de producción literaria abiertas por la propuesta de Casa proveen legitimidad retrospectiva y prospectiva a prácticas discursivas y figuras de escritor particulares. Por un lado, "el conocimiento de los hechos por el autor" integra en el rótulo testimonial textos resultantes de experiencias de inscripción privilegiadamente política en la "realidad latinoamericana o caribeña" que sitúa la enunciación del género. Es el caso de los textos del Che Guevara, cuya incorporación a un posible canon literario latinoamericano se remite a la publicación de Pasajes de la guerra revolucionaria, en 1963; pero también el de Perú 1965: apuntes de una experiencia guerrillera, premiado por Casa de las Américas en 1968, en la modalidad ensayo, y cuyo autor, Héctor Béjar, participaría eventualmente de la evaluación de las obras testimoniales del certamen de Casa. Por otro lado, la "compilación de relatos o evidencia obtenidos de los individuos involucrados o de testigos calificados" incluye en el potencial corpus del género un número vasto de materiales textuales cuya similar condición de producción consiste en la interacción comunicativa que el escritor ha de mantener con los sujetos latinoamericanos "comunes", primeramente –según predispone el orden formulado– con quienes se "involucran" en su realidad común. El requisito vuelve literarias prácticas discursivas como la entrevista periodística y la etnográfica, y también, nuevamente, la militancia política, impulsando un desplazamiento de la figura del escritor hacia el exterior del texto escrito que tradicionalmente, por el carácter reflexivo de la actividad literaria, ligado a su autonomización como esfera particular del arte, constituye su material básico de trabajo. Textos originariamente "no literarios" se vuelven, así, literarios, como en el caso de La guerrilla tupamara, basada en entrevistas y reportajes periodísticos que Gilio había publicado previamente en la prensa escrita de Montevideo.

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El mismo Casaus, además, y también Barnet, incursionaron en la realización documental cinematográfica.

Hacia un corpus genérico dinámico

Los corpora genéricos no poseen, según ya hemos planteado, un estatuto transhistórico, sino que se definen dinámicamente, en los momentos de la historia de la cultura en que operan como series textuales relativamente homogéneas. En ese sentido, cualquier estudio de un género literario es histórico: no solo establece relaciones entre textos e historia, sino también participa de la historia, al favorecer la vigencia social de ciertos géneros y no de otros, e intervenir en la (re)construcción de los corpora genéricos (Steimberg, 1998: 38-39).

Es históricamente, entonces, que el fenómeno testimonial literario puede deslindarse en el conjunto heterogéneo de materiales textuales que la crítica suele rotular bajo el polisémico nombre del género. Simultáneamente discursivo y metadiscursivo, nuestro corpus testimonial se construye considerando dos criterios que especifican históricamente el fenómeno genérico descrito: primero, su estatuto literario, y segundo, su carácter latinoamericano, en los sentidos que describimos a continuación.

La naturaleza literaria del testimonio ha constituido un problema recurrente en las aproximaciones críticas. En efecto, su pacto de no ficcionalidad y la estrecha vinculación que mantiene con prácticas culturales no literarias abren el interrogante sobre el tipo de literaturiedad, si alguna, sostenida en el género. En ese orden de cuestiones, y en re- ferencia a los formatos artísticos emergidos con posterioridad a la Revolución Cubana, Gilman (2003: 341) ha empleado la expresión de literatura con "virtudes extraliterarias" (destacado en el original). Retomando su afirmación, puede sostenerse que la literaturiedad testimonial se legitima por un carácter no literario –o, al menos, paraliterario–, que muestra y/o formula en su discurso, como una de sus básicas matrices de sentido. Ahora bien, ya que este tipo de legitimación se instituye en oposición a otros dispositivos legiti- madores que en los años "60 disputan su primacía en el campo literario latinoamericano

–en términos sencillos, el del arte literario por el arte, encarnado en la figura de Borges, y el de la revolución en el arte, al modo que lo promovía Cortázar–, y, más ampliamente, en el campo literario internacional, es dentro de las instituciones integrantes de dicho campo que los textos testimoniales inscriben su circuito de producción, circulación y reconocimiento. Así, si el testimonio es literario, es en tanto institucionalmente literario, como hemos planteado al comienzo: se define como tal en las relaciones constitutivas del campo literario regional, en que tomaban parte los escritores y los críticos del período.7 La crucial participación de Casa de las Américas en la estabilización del género es una ejemplificación cabal de este fenómeno.

De esa manera, definimos la pertinencia de los testimonios que integran nuestra investigación por su positiva inscripción en el campo literario, expuesta en formas diversas tales como: la circulación en formato libro –forma tradicionalmente asociada al discurso literario–8 y en editoriales y colecciones característicamente literarias, la participación en premios de literatura, su institución como obras en relación con nombres de autores literarios y su difusión en medios propios de la crítica literaria del período. Correlativamente, quedan excluidas de una consideración estrictamente literaria del testimonio aquellas producciones discursivas escritas por autores literarios en dispositivos no librescos de circulación de la escritura, incluidos aquellos textos que eventualmente se reedita- ron como libros testimoniales –que sí integrarían el corpus. Es el caso, por ejemplo, de las crónicas periodísticas de Rodolfo Walsh, que dieron lugar a su narrativa testimonial, y de los reportajes de María Esther Gilio, primero publicados en el semanario Marcha, y luego compilados en La guerrilla tupamara.

Asimismo, excluimos de nuestro corpus básico aquellos textos que, si bien poseen rasgos formales similares a los canónicamente considerados testimoniales, no se plantean como integrantes de una obra de autor, ni manifiestan inscripción en las prácticas constituyentes del campo literario regional de la etapa. Así puede diferenciarse entre casos como el de Los peli- gros del alma: visión del mundo de un Tzotzil, de la etnóloga Calixta Guiteras Holmes (1965), únicamente inscripta en el campo científico-social, y no latinoamericano, del período, de otros como el de Juan Pérez Jolote, de Ricardo Pozas (1948). Este último, por su momento histórico de producción y por su explícito sentido ahistórico, no puede caracterizarse, como lo ha sugerido Jameson (1991: 131), como el momento de creación de la literatura testimonial; pero sí aparece como uno de los textos releídos como testimoniales en el momento de institucionalización del género, que suponía la construcción de una tradición literaria alternativa. En efecto, si Biografía de un cimarrón reproducía varios rasgos de Juan Pérez Jolote, este hecho podía reafirmarse institucionalmente para la conformación de un canon del género, tal como lo realiza la actuación de Pozas como jurado de la categoría testimonio en la edición de 1970 de los premios Casa.

Sobre el carácter latinoamericano que atribuimos al género, este va asociado al proceso de configuración de una identidad latinoamericana que entre las décadas de 1960 y 1970 operó en los planos político y cultural de la expansión del modelo revolucionario cubano, como manifiesta voluntad antiimperialista y anticolonialista de búsqueda y promoción de "lo pro- pio" regional. Tal voluntad funda el género en la convocatoria a los Premios Casa de 1970, que, como vimos, colocaba "la realidad latinoamericana o caribeña" como su universo temático privativo, pero también en el programa testimonial de Barnet, cuya promoción del género se regía por la idea de que: "América lucha descarnadamente contra sí misma, contra la imagen que el europeo pretendió endilgarle. Por eso la literatura americana, latinoamericana [...] Tiene que por naturaleza luchar, oponerse, romper" (Barnet, 1991: 507).

Se excluyen del corpus, así, aquellos materiales cuyo reenvío a lo latinoamericano no describe la circunscripción de una identidad política y cultural propia, sino su construcción desde un espacio social y enunciativo externo, como sucede en el caso antes mencionado de textos testimoniales escritos en inglés en la década de 1980, publicados en Europa y Estados Unidos. La circulación de los textos es, en efecto, un factor relevante del análisis: se debe tener en cuenta su pretendido alcance, presentado ya en las características de sus dispositivos de edición, ya textual y/o paratextualmente, en formulaciones remisibles a la construcción de un público lector de situación latinoamericana.9

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Un momento fundacional: la edición de 1970 de los Premios Casa

El fenómeno genérico es, según hemos señalado, metadiscursivo en una de sus dimensiones. Las instituciones de la crítica cumplen un papel básico en la producción metadiscursiva sobre los géneros, contribuyendo a la legitimación de unos y favoreciendo el declive de otros. Consiguientemente, y dada la configuración del campo literario en la Latinoamérica de los años "60, el estudio del testimonio latinoamericano debe considerar la participación de Casa de las Américas en la institucionalización del género, cuyo momento fundacional constituyó la edición de 1970 de su certamen literario. Así, hasta 1969 este incluía cinco géneros: novela, cuento, poesía, ensayo y teatro. En febrero de ese año, una conversación entre algunos organizadores y jurados, entre los que se contaban Ángel Rama, Haydeé Santamaría, Noé Jitrik y Hans Magnus Enzensberg, culminó en la decisión de incorporar el testimonio a la convocatoria de 1970. La intervención de Rama en la charla explica el surgimiento del testimonio como matriz de lectura que, ya integrada al canon de la Casa, podía operar como dispositivo de escritura, necesariamente coadyuvado por la producción editorial de la institución:

yo voy a sugerir una cosa, voy a sugerir a todos los jurados si nosotros podemos proponerle a la Casa que cree, que establezca una colección que se llame Testimonio Latinoamericano; es decir, una colección en la cual una novela, un ensayo, la poesía, el cuento, dé testimonio de lo que está pasando en la América Latina y de lo que se está realizando. Hay algunos libros que tienen escrito todo el proceso de insubordinación estudiantil. No es una novela exactamente, es más bien un reportaje. Es decir, un testimonio (Rama et al., 1995: 122, destacado nuestro).

En la posición de Rama aquí expuesta, el testimonio se define sobre todo por un objeto de la realidad sobre el que debía dar cuenta: Latinoamérica, la del más inmediato presente, y, más específicamente aun, su ámbito de acción política: "lo que se está realizando, de la tarea y la lucha de América Latina a través de la literatura" (íd.). Se trataba de colocar ese objeto en la materialidad reproductible de un libro y repartirlo en el espacio latinoamericano que la Casa buscaba recubrir. Así, la recopilación editorial de textos ya existentes –como los libros vinculados a la lucha estudiantil de los que habla Rama, donde resuena centralmente La noche de Tlatelolco– devendría, en un segundo momento, estímulo para la escritura, a modo de "sugerencia" que la Casa podía explicitar en la convocatoria a su premio. Así lo reformuló el alemán Enzensberg, poeta, ensayista y colaborador asiduo de la revista Casa: