¿Qué significa la palabra "erotización"?



El instinto de vida y el instinto de muerte

En Psicología se enseña que en el hombre están en permanente conflicto dos instintos básicos, radicalmente antagónicos, llamados Eros y Tánatos, o sea el instinto de vida y el instinto de muerte. La sociedad en la cual vivimos se caracteriza por el predominio de Tánatos: La guerra en todas sus formas, frías y calientes, la violencia, la agresividad, la contaminación ambiental, el sufrimiento físico y emocional, la alienación, el materialismo crudo y cruel. En resumen, la inmensa mayoría de los seres humanos se encuentra sumergida en el dolor y la infelicidad, las cuales impregnan la Mente Colectiva con su fuerza terrible y sombría.

¿Pero de donde surgen ese dolor y esa infelicidad? ¿Del azar y la casualidad? ¿Del espacio ignoto? ¿De las manos de Dios? ¿De los cuernos del diablo? Ninguno de estos elementos es el causador de aquel sufrimiento: el único responsable es el ser humano. Esta afirmativa puede llevar a algunos pesimistas a regocijarse, hallando que esto significa la aceptación, como demostración cabal y definitiva, de la maldad o malignidad intrínseca del ser humano, pecador empedernido.

Sin embargo, el asunto no es así tan simple; él merece un análisis más profundo. En primer lugar, los conceptos de "bueno" y "malo" implican en una valorización moral, de modo que sería necesario discutir la naturaleza de tales valores. Pero, aún admitiendo la forma de juzgar utilizada generalmente, el hecho del hombre actuar mal, no significa que sea malo en forma innata, pues si así fuese, debería actuar mal siempre, independiente de la época o de la situación específica.

Llegados a este punto del análisis, es necesario pedir ayuda a la Antropología, para que nos informe acerca del comportamiento del hombre en otras épocas y otras culturas. Precisamente un error fundamental en muchos raciocinios, surge de extrapolar para toda la especie humana, los rasgos de comportamiento inherentes a nuestra cultura. Este fenómeno se denomina "centrismo de comunidad".

Y aquí llegamos al punto clave: el hecho de que el hombre de nuestra sociedad sea "poseído" por Tánatos, o sea el hecho de que sobreviva entre la violencia, la destrucción, el dolor, el sufrimiento y la alienación, no significa – necesariamente - que la especie humana está encadenada al instinto de muerte, como consecuencia de su malignidad innata o del pecado original.

Ocurre, sin embargo, que nuestra sociedad (y no la especie humana) está teñida por Tánatos, no porque éste sea el espejo adecuado que refleje el espíritu humano y sí porque la obstrucción del instinto de vida, ampliamente desarrollada entre nosotros, conduce a su opuesto, justamente el instinto de muerte. Oscuramente, tanteando en las tinieblas, esta situación es sentida, intuida o vivenciada por un número cada vez mayor de personas: el instinto de vida no es otro que Eros, y no es sorprendente, entonces, que una onda de "erotización" creciente se extiende rápidamente por el mundo entero.

Es claro que la estructura y el contenido de esa onda es aún completamente inorgánica: en realidad no se trata de una reivindicación de Eros y sí una reacción contra Tánatos, simbolizada por la famosa frase hippie: "Haga el amor y no la guerra". En verdad, faltan una teoría y una ética que proporcionen cimientos firmes al resurgimiento de Eros, aplastado por tantos años de represión puritana.

Por ahora, solo se trata de una procura desesperada, en nivel individual y a veces colectivo, de la sexualidad como más un elemento de consumo, con preocupación – como ya vimos – apenas por los elementos cuantitativos, como número de amantes y de orgasmos, sin considerar en forma suficiente los aspectos cualitativos, o sea: amor, cariño, ternura, protección y respeto mutuo.

En nuestro mundo actual se salta sin etapas, desde la restricción victoriana que imperaba cincuenta años atrás, al desenfreno y a la promiscuidad, actuales. Es probable que el nuevo extremo del péndulo, representado por estos valores, que son los opuestos complementarios del puritanismo, y que considerados desde el punto de vista marxista o dialéctico, serían un caso típico de "tesis" y "antítesis", estén evolucionando en este exacto momento para el estado de "síntesis", o sea el camino correcto.

La "síntesis" estaría, pues, representada por la integración armoniosa de las necesidades sexuales con las afectivas, el feliz casamiento entre en placer físico y el emocional, el abrazo incandescente entre dos cuerpos y entre dos corazones, que acaban transformándose en una unidad, en procura de su identidad divina. En una palabra, el arte de amar y ser amado solo estará completo, cuando el amor y el sexo se disuelvan en una cosa única, como dos palomas fundiéndose en el azul claro del cielo.

Debemos comprender, sin embargo, que somos seres imperfectos y en evolución, y el ideal será vivido en grados diferentes por diferentes personas. Cada uno de nosotros, está aprendiendo lecciones específicas, variables según nuestras necesidades. Por lo tanto, debemos ocuparnos con nuestra vida afectiva y sexual, tentando su integración completa, sin preocuparnos en fiscalizar a los otros. Ellos están en una fase diferente a la nuestra, más avanzados o más atrasados.

Bien sabemos que la mayoría de la Humanidad está muy atrasada aún, en su evolución. Si queremos superar este nivel, debemos purificar nuestra vida, no en el sentido de eliminar o reprimir el sexo y sí glorificarlo a través de su unión maravillosa con el amor. La abstinencia no lleva al camino de la felicidad; la única senda que nos lleva hasta allá es el amor integral, completo, que en la fase humana significa una fórmula mágica, compuesta por una dosificación exacta de sus principales ingredientes: sexo, ternura, cariño, protección y compañerismo.

Debe quedar claro, por lo tanto, que nuestro análisis y nuestra propuesta no tiene nada que ver con la defensa de una moral barata y arcaica que condena toda actividad sexual que escapa de la alcoba conyugal. Si hicimos comentarios negativos en lo relativo a "licenciosidad", "promiscuidad" o "pecaminosidad" existentes en nuestra época, no fue para escudarnos en la defensa de falsas e hipócritas apariencias de virtuosidad. Aquellos comentarios fueron hechos, apenas, para dejar en evidencia la desesperación, la frustración y el sufrimiento que están por detrás de las máscaras exteriores que dicen simbolizar la felicidad.

La posición que nos parece correcta no es la de designar la sociedad actual como "inmoral" y sí la de procurar las bases y los porqué de esa conducta. La llamada "inmoralidad" es apenas un efecto. Lo importante es determinar sus causas y operando sobre ellas, introducir cambios en el comportamiento humano, comenzando con nuestro propio comportamiento.

Pero estos cambios, no podrán estar basados en lo negativo: eliminación de la "inmoralidad" y sí en lo positivo: la conquista de la felicidad, la cual envuelve un redimensionamiento de nuestras necesidades eróticas. Este redimensionamiento es imprescindible porque en Eros reside uno de los más puros y bellos sentimientos humanos, piedra angular de la alegría, de la realización, de la armonía, de la paz y de la felicidad. Todo esto es verdad, a pesar de que los falsos moralistas confunden Eros con comercialización del sexo, promiscuidad, enfermedades venéreas y prostitución.

En verdad, Eros no es otra cosa que el instinto de Vida, solo que hoy – y seguramente desde mucho tiempo atrás – ese instinto que fluía como fuente maravillosa dentro de cada ser humano, ha sido tan contaminado por creencias deformadas, por sentimientos retorcidos, por pensamientos cargados de miedo y de odio, de modo que, en muchos casos, el interior de Eros, en lugar de parecerse con el rosicler de la aurora surgiendo amorosamente en el amanecer, parece una cloaca inmunda.

Pero, de la misma manera que los ríos y lagos, llenos de residuos tóxicos y de inmundicias deberán ser descontaminadas, como ya aconteció con el Támesis en Inglaterra, el gran desafío a ser enfrentado, una de las grandes tareas de la generación actual, será descontaminar Eros y volverlo a su verdadero destino, que es ser fuente de vida.

Mientras esta inmensa tarea social no es ejecutada, debemos emprender sin demoras, una micro-transformación: la transformación interna dentro de cada uno de nosotros. Si su objetivo supremo su meta esplendorosa, su destino soñado es amar y ser amado, comience a comprender que debe repensar sus conceptos, su comprensión, su interpretación acerca de la sexualidad humana.

Si usted cree que el sexo es un placer morboso, un pecado apenas autorizado para perpetuar la especie o una mancha en el camino del desarrollo espiritual, vigile sus pensamientos y sentimientos, analícelos con calma. Comience a desarrollar el concepto de que el hecho físico del contacto genital, no es lo más importante y sí el contexto que lo rodea. Y déjese anidar por la luminosa idea de que no existe – en nivel terreno – experiencia más gratificante, enriquecedora y fascinante que el amor integrándose con el sexo y el sexo integrándose con el amor.

El condicionamiento de la mente

La mente humana individual es constantemente penetrada por la Mente Colectiva, que deposita en sus rincones más íntimos, ideas y pensamientos negativos. Esto es verdad en muchas áreas del comportamiento humano, especialmente en lo relativo a las actitudes sexuales. El proceso es tan sutil, comienza tan temprano, que el ser humano pasa a actuar como un animal doméstico tan obediente, que frecuentemente percibe como execrable lo que es absolutamente normal y natural, así como acaba hallando aceptable lo que es aberrante, artificial, anormal y antinatural.

Lamentablemente en este aspecto, muchas de las enseñanzas religiosas han sido completamente negativas, influyendo poderosamente en la construcción de este condicionamiento, que acaba siendo auto-destructivo para el ser humano. En especial nos referimos a la noción de "pecado" que aún atormenta la realización emocional de millones de personas.

Un ejemplo muy ilustrativo acerca de esta problemática puede ser presentada a través de la comparación entre los sentimientos relativos al sexo y a la guerra. Manstein(*) describe el caso del periodista Walraff, que se hizo pasar por fabricante de productos químicos. Alegando que estaba siendo torturado por su conciencia, consultó veinte y tres teólogos, para saber si él debería aceptar o no una encomienda muy grande del gobierno americano para abastecerlo de las piezas necesarias para la fabricación de bombas de napalm (son bombas incendiarias a base de fósforo, muy usadas por los norteamericanos en su fracasada guerra del Vietnam).

Walraff describía a sus consultores religiosos – de diferentes iglesias "cristianas" – con detalles minuciosos, la crueldad de tal arma y como las desgraciadas víctimas eran quemadas vivas. El resultado de su encuesta fue que apenas cuatro de los consultores dieron una respuesta negativa clara; catorce (o sea sesenta por ciento) lo aconsejaron a aceptar la encomienda y los otros cinco le dieron respuestas nebulosas. En las respuestas dadas por el grupo principal ocurrían todo tipo de raciocinios "realistas" tales como: "Nosotros siempre nos vemos envueltos en cosas que en el fondo no queremos"; "Quien se esfuerza tanto como usted para tranquilizar la propia conciencia, podrá fabricar el material de guerra y apelar para su buena fe"; "Si usted no fabrica ese material, otro lo hará"; "Yo osaría decir que los americanos tienen razones – y razones positivas – para entablar esa guerra".

Si estas fueron las respuestas de los teólogos – supuestamente identificados con el Amor pregonado por el Maestro, con la divina luz que surge del "Amaos los unos a los otros" – es de imaginar cual sería la de los ejecutivos del gobierno y de la industria, preocupados apenas en matar vietnamitas los primeros y en facturar muchos dólares por una tarea tan "positiva", los segundos.

Las grandes masas de la población, por su parte, aceptaron esta situación como un hecho natural, normal, estando totalmente despreocupados con la carnicería, mutilaciones y sufrimiento inhumanamente intencionado de millares (o millones de personas), tan humanas cuanto ellas, apenas que separadas por el ancho océano y por el diferente pigmento de la piel.

Sólo cuando la guerra, gracias a la heroica resistencia de los vietnamitas demostró que los americanos se habían hundido en un pantano, es que la opinión pública reaccionó. Pero los motivos reales fueron bien egoístas: la elevación brusca de los impuestos para financiar la guerra y los cadáveres de americanos, que comenzaron a llegar a los millares del lejano frente.

No estamos interesados en una discusión política sobre Vietnam. La historia ya juzgó este lamentable acontecimiento. Su presentación aquí se debe al hecho que representa un ejemplo bien patente de cómo un pueblo (comenzando por los sectores supuestamente más espiritualizados, los teólogos), puede aceptar como normal cosas aberrantes, inhumanas, crueles y salvajes.

En el otro de la balanza – y es ahí donde queríamos llegar – está la actitud de esos mismos teólogos y moralistas, en relación con la sexualidad humana. En este campo, cualquier posibilidad de manifestación sexual es hipócritamente considerada en forma rigurosa o implacable: el sexo sólo será aceptable dentro de los estrechos marcos del matrimonio, Fuera de esto, será objeto de crítica, desprecio y discriminación.

La justificativa de estas actitudes es, sin embargo obvia: si la sociedad como conjunto está centrada en una represión y contención del instinto de Vida, Eros, es lógico que estimulará las actividades relacionadas con el instinto opuesto, Tánatos, el instinto de muerte (como los teólogos americanos), considerando normal la tortura, sufrimiento y mutilación de millares de personas y hallando sucia, pecaminosa, inmoral y execrable la satisfacción de necesidades naturales, claramente creadas por el Ser Supremo.

Pero un mundo nuevo, centrado en la Vida está en eclosión, porque el ser humano no soporta más los cerrojos que lo han ahogado durante siglos (o milenios). En este mundo nuevo, todo lo que es genuino quiebra las cadenas, todo lo que es verdadero derriba a los verdugos; el amor profundo y sin resentimientos recupera todo su brillo, todo su mágico esplendor, y la sexualidad plena, como una azucena recién abierta, adquiere un fulgor maravilloso. Fulgor propio que estará tan lejos de los espíritus mezquinos y frustrados que ven en el sexo una cosa sucia (inexplicablemente sacramentada en el acto de la concepción), como la de aquellos que lo consideran como un refinado producto con el cual nos obsequia la sofisticada sociedad de consumo.

Pero, sabemos que usted, lector, es diferente. Usted tiene como meta inmodificable, como destino marcado, llegar al tope sagrado de la felicidad, amar un ser maravilloso del sexo opuesto y ser excitantemente amado por él. Para que esto sea posible, para que esto se transforme en vibrante realidad, usted debe parar para pensar: vea lo que hay dentro de su mente. ¿Usted considera el sexo una actividad normal entre dos seres que se aman o aún está ligado emocionalmente a las arcaicas ideas de pecado y culpa? Revise sus pensamientos, observe sus sentimientos, registre sus actitudes.

Y por encima de todo, agradezca al Dios Todo-Poderoso por una nueva dádiva: El nos da alimentos para sobrevivir, aire para respirar, calor para entibiarnos, flores para admirar su belleza, estrellas para soñar, agua para apagar nuestra sed, inteligencia y creatividad para dirigir el mundo. Pero encima de todos nos dio sentimientos, nos dio el amor humano, integrado por un maravilloso haz de sensaciones físicas y de emociones que llegan a su máxima plenitud cuando el amado y la amada se funden en un fascinante abrazo íntimo.

El verdadero significado de la "erotización"

En realidad, es evidente que la moral "puritana" aún fuerte hace cincuenta años, poco a poco se bate en retirada, siendo sustituida por una moral más "tolerante". Ya no es crimen practicar sexo oral (en la legislación de algunos estados americanos, aunque actualmente en desuso, se conservan artículos del código penal, condenando a prisión por este motivo), ni es completamente deshonroso para una joven tener relaciones prematrimoniales.

Obviamente la liberalización del sexo (diferente de liberación) rinde magníficas dividendos a la máquina económica. Pero no se coloca el tema de la liberación sexual (diferente de la liberalización) por ejemplo, como un asunto fundamental, ni si discuten sus aspectos y fundamentos básicos. Da la impresión de que el sexo con su acompañamiento de factores afectivos, es una especie de diversión, para la cual los atareados educadores, filósofos y científicos no tienen tiempo y menos aún, deseos de abordar.

Para comprender mejor esta problemática, somos obligados a elevar un poco el nivel del análisis del problema, a través de un abordaje más profundo. Marcuse(*) en su lenguaje un poco enigmático dice: "Siglos de represión instintiva han recubierto el aspecto político de Eros: la concentración de la energía erótica en la sensualidad genital impide la trascendencia de Eros para otras regiones del cuerpo y su verdadero ambiente; impide así su fuerza revolucionaria y creadora".

Esta idea es extremamente importante y debe ser desarrollada. Los "siglos de represión instintiva" habrían llevado a la casi supresión de lo erótico, entendiendo por tal, el impulso sensual que nos dirige a relacionarnos con la Naturaleza y los seres humanos que nos rodean de una forma cálida, amistosa, cariñosa, vital, amorosa. Sin embargo, lo erótico ha sido identificado con lo genital y hasta con lo pornográfico; de este modo, el resto del cuerpo casi no nos sirve a los propósitos de la mencionada sensualidad, que sería – en verdad – un sentimiento de Unidad, de identidad, o sea, una genuina comunión con Dios (Es por eso que ciertos pueblos, como ocurre en la India, tienen una reverencia especial por el sexo, considerándola una actividad sagrada, una forma de acercarse al Creador).

En este contexto, el cuerpo, así desligado de sus canales energéticos auténticos, sobrevive apenas como un instrumento a ser usado en el ámbito del trabajo y de la alienación. Por su vez, la genitalidad, despojada de su contexto sensual – verdaderamente erótico – se transforma apenas en un acto mecánico. Es el sexo que hoy prevalece en el mundo, pero frustrado en su centro esencial, él no puede dar felicidad; apenas placer físico durante algunos minutos, o a veces solo durante una fracción de éste. Después, el tedio y la tristeza.

La "alegría de vivir" y la "alegría de amar" – si es que alguna vez existieron como tales – han dejado su lugar a la "práctica de vivir" y la "práctica de amar", expresadas apenas en términos cuantitativos.

El "saber vivir" es tener un auto más potente, más bonito y más rápido (es claro no se sabe bien porqué ni para llegar adonde); es tomar whisky importado de Escocia, porque es más caro y sofisticado; es comprar el artefacto X, porque se supone que da más "status". El "saber amar" es contabilizar más orgasmos por semana y tener amantes más impactantes y más bellas (o bellos) o simplemente tener mayor cantidad de ellas (o de ellos). Y ese es el signo característico de nuestra sociedad: tener más, no importa lo qué ni para qué. Ni como.

Para llegar a este punto, el Sistema Social precisó atrofiar o por lo menos amortiguar fuertemente la sensibilidad, la sensualidad, el verdadero erotismo humano, y lo que sobra, lo identificó con la genitalidad. De esta forma, el resto del cuerpo y aún toda la personalidad es eliminado de aquel su ambiente natural, quedando disponible para su "uso social".

Y este "uso social" no podría ser, partiendo de tal génesis más que un uso deformado, porque la aplicación del mismo no implica en beneficios para la sociedad tomada como conjunto y sí en beneficios para la sociedad como ella está organizada: o sea, una estructura básicamente opresora y esto no tiene apenas relación con los aspectos económicos, como algunos políticos teóricos quieren demostrar y sí con el ámbito completo en el cual se mueven, viven, sufren y aman los seres humanos: en lo psíquico, en lo estético y en lo afectivo.

En este contexto analítico, la idea de Marcuse proponiendo la "erotización" de todo el cuerpo y también de la mente, pasa a ser comprensible en el mundo concreto, físico, material en el cual vivimos.

Aquella idea tiene una dimensión auténticamente revolucionaria (que se acerca más al misticismo genuino que a cualquier otra cosa), pero ella nada tiene que ver con la "genitalización" de todo el cuerpo; ella implica la existencia de una dimensión a través de la cual el hombre recupera (si es que alguna vez lo tuvo, a través de su historia) o adquiere, el dominio sobre sus propios sentidos y sobre su mundo interior, volviéndose capaz de relacionarse con la Naturaleza y con los seres humanos que están a su alrededor, de una forma cualitativamente diferente.

Esta forma diferente significa el establecimiento de relaciones placenteras con los elementos naturales y el intercambio de experiencias, impregnadas de alegría y de solidaridad con los otros seres humanos. En este marco – y solamente en él – es que la genitalidad podría ser correctamente identificada con sensualidad; la relación genital dejaría de ser un mero contacto entre dos órganos excitados, para convertirse en la apoteosis de la sensualidad.

Si el mundo que nos rodea, la sociedad en la cual vivimos, la Naturaleza que gozamos, pudiesen ser sentidos como el contexto sensual donde los colores, los sonidos, las imágenes y los propios sentimientos se nos presentan como embajadores de la armonía, de la integración, de la fusión entre los hombres consigo mismo y de ellos con la propia Naturaleza, entonces – y solo entonces – la relación genital podría representar el grado más alto de comunicación posible, de modo que la unión física, la comunión emocional y el estallido fisiológico se identificarían con el clímax sensual, como los tres vértices del triangulo formando la Unidad.

En ese contexto, el sexo daría su salto cualitativo. No sería ya otro producto de consumo, cuyo criterio de valor está dado por la evaluación cuantitativa de su frecuencia; se transformaría, en cambio, en el modo por el cual el ser humano podría acceder no sólo a la comprensión y sí también a una vivencia completa de la Naturaleza que lo rodea y a la sociedad armónica, justa, pacífica y amorosa en la cual viviría como un ser integral.

Este es básicamente el concepto que Marcuse propone acerca del significado de lo que es "erotización". En lenguaje más simple, ese mundo "erotizado" que él describe, es comparable a aquello que los religiosos llaman de paraíso terrenal. En el paraíso, todo era felicidad, paz, amor y belleza. "Y ambos estaban desnudos, Adán y su mujer y no se avergonzaban" (Génesis 2:25). O sea, la gracia del sexo se mezclaba, se integraba con la gracia de la Naturaleza. La palabra clave era la armonía; no se conocía el sentimiento de culpa, el tedio, la angustia y la separatividad.

Es cierto, se puede pensar que esta idea de "erotización" es muy bonita, pero que no tiene relación con esta sociedad intoxicada en la cual nos toca vivir. ¿Cómo mudarla y transformarla en un "paraíso"? ¿No se trata de una misión imposible? Es claro que si primero hubiese que mudar el contexto de la sociedad, para después tentar nuestra realización afectiva, estaríamos sí, irremediablemente perdidos. Pero, felizmente, no es este el caso.

En efecto, el peso de la sociedad es tan aplastante que no podríamos cambiar su orientación apenas a través de nuestro esfuerzo y nuestra voluntad, por gigantescos que fuesen. Es obvio que si esto fuese posible, ya habría sido hecho por los grandes Maestros de la Humanidad, el Cristo a la cabeza de ellos.

Pero encima de los Maestros está El Creador y Él dio albedrío al hombre, transformándolo en administrador responsable por el planeta. El hombre tiene, pues, que recorrer un largo camino, y a través de su experiencia personal, reconocer y separar el Bien del Mal. Para esto estamos viviendo en este mundo tan ambivalente. El es capaz de crear, como bien lo sabemos, su propio infierno... pero también su propio paraíso.

Lo único que por el momento podemos afirmar es que ese paraíso no será encontrado nunca por aquellos que sólo quieren navegar por las densas aguas del materialismo, que con facilidad se transforman en un mar tenebroso. Para llegar hasta allá es necesario dejarse orientar por una luz intangible; luz que siempre estuvo dentro de nosotros y nunca tentará engañarnos: el Yo Interior. Para lograr esto, es imprescindible tener total confianza en esta luz, en este Yo, en este excelso Ser, pues él tiene acceso directo al Océano Cósmico, al Ser Supremo, al Dios de todas las religiones.

Es necesario, entonces, comulgar con el Yo Interior, por que así haciendo, podemos enfrentar el peso aplastante de la Sociedad. Irradie pues, los maravillosos rayos de la armonía y de buena voluntad sobre la Humanidad sufriente. Dios lo bendecirá y le dará un impulso para colocarlo en la Senda que procura, la del amor correspondido. Cuando la encuentre, tendrá la experiencia del sabor, del aroma y de la textura del "paraíso".

Ejercicio de aplicación

El mundo mantiene las personas en movimiento constante, o diciendo mejor: en dispersión permanente. La acumulación de asuntos que una persona debe atender para sobrevivir es aumentada geométricamente por una serie de actividades superfluas que ocupan mucho tiempo y espacio mental. La televisión es el instrumento ideal para mantener este estado negativo.

En efecto, cuando la persona percibe que está sin asunto, se refugia en la pantalla hipnótica para no tener que encontrarse consigo mismo. De esta forma, nuestro Yo Interior es completamente olvidado, despreciado, ignorado. Así el hombre moderno queda preso a las influencias dirigidas por la máquina social y preso al dogma de la realidad material, cortando el contacto con los niveles espirituales y con el propio Ser Supremo.

El hombre moderno es incapaz de concentrarse en su mundo interior, tantas son las atracciones (generalmente falsas e ilusorias) del mundo exterior. Se entiende por concentración la capacidad de vivir plenamente en este instante o en el instante que sea, sin pensar simultáneamente en otra cosa que ya aconteció o que imaginamos pueda acontecer. La concentración implica en la capacidad de mantenernos aislados de otras preocupaciones, abstraídos apenas en el asunto específico. Como ella es una actividad humana muy recortada, es necesario practicar su recuperación. Y la mejor forma de hacerlo es concentrarnos en la parte más olvidada de nuestro Ser, en la esencia más importante del mismo: el Yo Interior. En la próxima semana, tente diariamente el siguiente ejercicio:

Ejercicio no 4

 

 

 

Autor:

Prof. José A. Bonilla

(Universidad de la República, Uruguay; Universidad Nacional de Tucumán, Argentina, Universidad Federal de Minas Gerais, Brasil)