La bestia de Gévaudan: Imaginario y terror en la Francia del siglo XVIII

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La Bestia

Grabado del siglo XVIII

Introducción

Hace 250 años, el 19 de junio de 1767, un simple campesino de la antigua provincia de Gévaudan ?hoy departamento de Lozére, Francia? terminaba, de un solo tiro, con uno de los episodios más sangrientos (en tiempo de paz) que se hubiera vivido en la región.

Según consignan las fuentes contemporáneas a los hechos, con su experiencia y extraordinaria puntería, Jean Chastel ?vecino del pequeño poblado de Besseyre-Saint-Mary? ponía fin a las criminales andanzas de una criatura asesina, conocida desde entonces bajo el nombre de la Bestia de Gévaudan.

Después de tres angustiosos años ?los que fueron de junio de 1764 a junio de 1767? y un número no del todo determinado ?pero alto? de víctimas, el animal, que asolara casi diariamente el sudeste de la Francia de Luis XV, yacía muerto y la vida rural recuperaba su cansina y primitiva normalidad.

Mucho se ha escrito sobre el tema, incluso desde el siglo XVIII. Informes, reportes al rey, artículos periodísticos, poemas y cuentos, circularon oportunamente alimentando la fascinación y el miedo. Pero tuvimos que esperar a fines del siglo XIX para que un sacerdote francés, el abate Pourcher (1831-1915), se tomara el trabajo de recopilar todos ?o la mayor parte? de los documentos disponibles por entonces (1889) y se pusiera a escribir y publicar por su cuenta un libro al que tituló La Bete du Gévaudan. Veritable Fléau de Dieu (La Bestia de Gévaudan. Plaga verdadera de Dios).

Desde entonces, las obras que tienen a la Bestia como protagonista no han parado de salir al mercado editorial francés. Varias decenas de trabajos de diferente calibre académico inundan los anaqueles de las librerías especializadas y los sitios de Internet; sin contar los cientos de artículos publicados en la Web y en revistas de historia, criptozoología y "misterios". Sólo en lengua española Google registra 27.500 sitios; 582.000 resultados en francés y 84.700 en inglés. En la mayoría de ellos se repite, una y otra vez, la cronología de los sucesos, sus protagonistas, hipótesis y pareceres de una inmensa legión de curiosos y estudiosos, a los que hoy yo me sumo.

Lamentablemente ?a no ser en algún que otro capítulo de libros no referidos específicamente al tema? no hay a la fecha (marzo 2017) ninguna obra traducida al castellano y ése es el principal inconveniente con el que me topé a la hora de interiorizarme en la problemática de Gévaudan. Así pues, aprovechando el esfuerzo previo de muchos antecesores, y haciendo uso de diccionarios y traductores online para leer en un idioma que no manejo (el francés), arriesgo este primer artículo con la esperanza de poder contribuir mínimamente a una temática que vengo estudiando desde hace por lo menos cinco años.

No pretenderé ser original. Es en extremo difícil serlo con la Bestia. Los hechos son conocidos de sobra y para ellos remitiré al lector a aquellas páginas que he considerado mejor documentadas en lengua española, guiándolo también, en la medida de lo posible, por el ingente universo de hipótesis que se han esgrimido a la hora de resolver el misterio, para después ?sí? centrarme en mis opiniones particulares.

Periodistas, escritores de ficción, criptozoólogos (buscadores de monstruos), antropólogos, ensayistas e historiadores, biólogos, naturalistas y especialistas en lobos, zoólogos y veterinarios, conforman el ejército de interesados en la Bestia; y no me extrañaría que, dada la actual coyuntura ?el doscientos cincuenta aniversario? no se sumen otros (como yo).

La lectura de estos trabajos ?repito: de muy diferente calidad? suele traer no pocos inconvenientes, en especial la inevitable conclusión de que es muy poco lo que sabemos a ciencia cierta sobre el entramado más profundo de la historia y su victimario (la Bestia propiamente dicha); que, como Jack el Destripador, jamás terminemos por identificar cabalmente.

Como en tantos otros temas, de los que carecemos de las fuentes y datos que quisiéramos, cuanto más se lee, más confusa se vuelven las cosas y menos claras quedan las respuestas a las principales preguntas; en especial la referente a qué fue la Bestia de Gévaudan, a qué animal deberíamos atribuirle los crímenes y porqué despertó el interés que despertó durante tanto tiempo un acontecimiento de provincia.

Me adelanto a decir que la historia tiene todos los ingredientes necesarios para que ese interés se haya mantenido: violencia, morbo, misterio, política, conspiraciones (supuestas o reales), sangre, miedo, desesperación, sensación de inseguridad y un monstruo, al parecer invencible, que después de dos siglos y medio sigue sin ser identificado.

No seré yo quien resuelva el enigma. Lejos está de mí la pretensión en la que muchos libros cayeron, anunciando el fin del problema (por ejemplo: René de Chantal, La Fin d"una énigme. La Béte du Gévaudan, 1983). Este artículo intenta ser sólo el humilde aporte de alguien que, desde hace años, se ha enfocado en el estudio de temáticas semejantes, utilizando las herramientas que brinda la historia de las mentalidades, el estudio del rumor y el rol jugado por el imaginario a lo largo de la historia.

Ojalá que el trabajo que el lector tiene ante su ojos le resulte interesante y lo motive a seguir indagando. En lo personal, el esfuerzo ha valido la pena. Pocas veces la pasé tan bien tratando de poner en claro las diferentes voces que nos llegan del pasado. Las mismas que, al analizarlas, nos permiten conocer ?más y mejor? nuestros propios miedos y los dificilísimos días que nos tocan vivir.

Si el pasado es ?como dijo Philippe Ariés (1914-1984)? un viaje hacia lo Otro para, al final de cuentas, poder afirmarnos mejor dentro de nuestros propios límites, espero que este artículo contribuya, en parte, a dicho cometido.

Siempre me ocurre lo mismo: cada nuevo tema en el que me sumerjo me absorbe por completo. Termino queriéndolo. Lo hago propio. Tal vez sea por eso que, aún sin conocer personalmente la región de Gévaudan, en muchas de las noches en vela que pasé investigándola, al cerrar los ojos, cansado, creí escuchar a lo lejos ?muy lejos? el aullido de la Bestia.

Buenos Aires, Argentina

Abril 2017

PARTE 1

Breve aproximación acontecimiental a los crímenes de Gévaudan

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La Bestia de Gévaudan según una ilustración de 1930

La enumeración cronológica y detallada de todos los crímenes registrados entre el 30 de junio de 1764 y el 17 de junio de 1767 ?período en el que oficialmente la Bestia estuvo activa en la antigua provincia de Gévaudan? me llevaría mucho tiempo y un espacio innecesario. La mayor parte de los artículos que han tratado el tema suelen empantanarse pura y exclusivamente en ellos; por lo tanto, me limitaré a dar un brevísimo resumen, remitiendo al lector más curioso a las páginas en los que mejor se los ha detallado.[1]

Como es de esperar, los hechos que jalonan esta historia se inician con un asesinato: el de una pequeña niña de 14 años, en junio de 1764. A partir de ese momento la feroz Bestia no dejó de matar, acumulando entre julio y setiembre un ingente número de niños y mujeres, todos destrozados por las fauces de un animal que, en principio, nadie sabía identificar.

El terror se apoderó de toda la provincia y el intendente se vio en la obligación de ordenarle al capitán Duhamel y sus soldados (Dragones) a que interviniera y diera muerte a la criatura.

A mediados de setiembre se organizaron las primeras batidas, pero no tuvieron éxito, muy a pesar del accionar de los miliares y de la recompensa de 2000 libras ofrecida por el gobierno regional. Ante los sucesivos fracasos, a fines del mes de diciembre, la iglesia ?encarnada en la figura del obispo de Mende? instó a toda la población a rezar y hacer penitencia. En plena era de la razón, el accionar de la Bestia fue interpretado como un azote de Dios. Pero el Todopoderoso pareció no escuchar las plegarias y durante los dos primeros meses de 1765 los crímenes continuaron, sin que Duhamel pudiera hacer algo al respecto. El animal parecía burlarse de todos.

La gente empezó a dejar de ir al campo. La actividad económica se retajo y, por encima de todo eso, se iniciaron las duras críticas hacia el proceder violento y arbitrario de los soldados. La crisis se agigantaba. Entonces, procedente de Normandía, un experimentado cazador de lobos, Martín Denneval, ofreció sus servicios. El rey Luis XV aceptó y el recién contratado arribó a Gévaudan a principios de marzo, rodeado de perros de caza y unos pocos asistentes.

Demás está decir que los ataques no cesaban y decenas de cadáveres pasaron a engrosar las estadísticas (controvertidas por cierto); no sin dejar en el camino algún que otro hecho heroico, como el protagonizado por un valiente niño (Jacques-André Portafaix) o una madre (Jeanne Jouve), quienes enfrentaron a la Bestia cara a cara para salvar sus pellejos y el de sus seres queridos.

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La primera ilustración de la Bestia de Gévaudan gaceta

publicada en abril de 1765 en Lyon.

En su epígrafe de lee:

"Representación de una terrible bestia feroz que entristeció a Gévaudan en 1764 y 1765 "

La llegada de Denneval generó conflictos con Duhamel, quien en abril de 1765 recibió la orden de retirarse de la región y volver su cuartel. Pero el normando no actuó con celeridad. Se tomó su tiempo estudiado el terreno y recién a fines de abril organizó la primer batida que, como era de esperar, fracasó.

Ya por entonces la Bestia era noticia dentro y fuera de Francia. Varios periódicos franceses (locales y nacionales) la convirtieron en el "villano estrella" y las críticas a Denneval aumentaron. La gente perdía la paciencia.

En mayo volvió a fallar y para el mes de junio, el mismísimo rey de Francia decidió tomar el toro por los cuernos y enviar a Gévaudan al Arcabucero Real, Francoise Antoine, para que finiquitara definitivamente el asunto.

Pocos días más tarde, Denneval fue despedido, dejando la zona en julio.

El señor Antoine, ejerciendo el inmenso poder que el monarca le delegara y sobrevalorando su experiencia, sentenció que la Bestia era un gran lobo, contrariando la opinión de los testigos que lo habían visto.

En agosto de 1765 organizó una famosa batida, en la que participaron miles de campesinos y nobles locales, pero de todos ellos sólo una alcanzó la fama, venciendo el olvido de los documentos. Se llamaba Marie-Jeanne Valet y se volvió popular por clavarle a la Bestia una larga lanza en el pecho al momento en que ésta estaba a punto de atacarla. No la mató. El animal resistió el embate, como parecía resistir también la docena de balas que, según los testigos, impactaban en su cuerpo. Así todo, Marie-Jeanne quedó en la historia simbolizando la valentía y el arrojo, tan necesarios en aquellos días; siendo conocida desde entonces con el apodo de La Dama de Gévaudan.

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La Dama de Gévaudan

Estatua en honor a la valentía de Marie-Jeanne Valet, Auvers, Francia

Realizada por el escultor Philippe Kaeppelin en 1995

Ese mismo mes de agosto, un relevante personaje dentro de los sucesos relatados, hizo su aparición en una de las cacerías que el señor Antoine organizara en el Bosque de Montchavet. Su nombre era Jean Chastel.

Chastel era un campesino bastante mal visto, sospechoso de herejía y con dos hijos ya grandes, Antoine y Pierre. De acuerdo con algunos autores, el Arcabucero Real sospechaba de él; especialmente después de un incidente en el Chastel y sus hijos terminaron presos y, durante los 4 días que duró el encierro, la Bestia dejó de matar. La hipótesis de que el monstruo era un animal domesticado y entrenado para asesinar empezó a tomar forma.

En setiembre de 1765 el "demonio" reapareció. El señor Antoine desplegó sus efectivos con celeridad y, en las cercanías de la abadía de Chazes, mató a un inmenso lobo de casi 60 kilos.[2] Llevó el cadáver al poblado de Saugues, hizo que Marie-Jeanne lo identificara junto con otros testigos y declaró a los cuatro vientos oficialmente muerta a la Bestia; la cual fue disecada y enviada a Versalles.

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El Señor Antoine, Arcabucero Real, mata a la supuesta Bestia en los bosques de Chazes

Grabado del siglo XVIII

Llegó a la corte el 1 de octubre de 1765, ante el beneplácito del rey y el del propio Antoine, que recibió en compensación una pequeña fortuna y no pocos honores. El asunto de Gévaudan quedaba cerrado.

Pero el terror no tardó en volver.

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El Lobo de Chazes en la corte del Luis XV, 1 de octubre de 1765

Grabado del siglo XVIII

Tres meses después, el 1 de enero de 1766, la Bestia atacó de nuevo.

El Estado Absolutista hizo caso omiso al pedido de ayuda. El rey no iba a permitir que sus enemigos se burlaran de él (como lo habían hecho Inglaterra y Prusia). Un simple lobo no desestabilizaría al gobierno, ni su imagen de poderoso protector de Francia. Así todo, los muertos siguieron acumulándose en Gévaudan; pero esta vez la censura impidió que se divulgaran en la prensa. Para la corona, la Bestia estaba muerta y no había discusión.

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Grabados del siglo XVIII en los que se observa la ferocidad de la Bestia

Durante los meses de enero y febrero de 1767 (invierno) los ataques se volvieron más frecuentes y violentos. Las comunidades campesinas se paralizaron. Niños y mujeres, decapitados, desmembrados, devorados, aparecían en los campos casi a diario. Entonces, tras medio año de imparables ataques, el 19 de junio de ese año, en una batida organizada por el Marqués de Gévaudan en el Bosque de la Tenazeire, Jean Chastel, haciendo uso de tres balas de plata bendecidas en una procesión, mató a la Bestia de un certero tiro en un sitio llamado Le Sogne du Auvers.

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Jean Chastel

Estela conmemorativa en Besseyre-Saint-Marie, Francia

"Vencedor de la Bestia de Gévaudan el 19 de junio de 1767"

La pesadilla había terminado. Los crímenes cesaron y el cuerpo del "monstruo" ?examinado, medido y embalsamado? fue exhibido durante 12 días en el castillo de Besque, a donde concurrió toda la feligresía a observarlo. Sólo después, el cuerpo ?muy mal embalsamado y en avanzado estado de putrefacción? llegó a París.

Luis XV se negó a verlo y descartó cualquier recompensa. Por su parte, Georges Louis Leclerc, conde de Buffon, el famoso naturalista y miembro de la Academia de Ciencias de Francia, lo inspeccionó brevemente. Dicen que dictaminó que era un lobo, pero no dejó ningún informe escrito que lo certifique. Asqueado por el estado en que estaba el cuerpo, mandó a que lo enterraran en los jardines del palacio (otra versión citada en la bibliografía sostiene que el esqueleto se conservó por años en el Museo Real, hasta que se perdió definitivamente en un incendio).

En septiembre de 1767, los vecinos y autoridades de Gévaudan, mucho más agradecidos que la corona, recompensaron con dinero a Jean Chastel.

La historia terminaba, pero lo que empezó en ese mismo instante fue el nutrido universo de interpretaciones que llega a nuestros días.

PARTE 2

La construcción de una bestia

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La Bestia según una fantasiosa representación actual

Los sangrientos sucesos ocurridos en Gévaudan entre 1764 y 1767 están encuadrados en un contexto de cambios muy profundos en la manera de ver el mundo. La Europa del siglo XVIII transitaba la Ilustración y el racionalismo luchaba por imponerse tras siglos de influencia eclesiástica y escolástica católica. Por este motivo, la aparición de la Bestia y las interpretaciones que empezaron a circular sobre ella, resultaron un fuerte embate a lógica cartesiana que la corte y la burguesía francesa empezaban a utilizar para comprender la realidad. Lo que en un principió parecía ser un simple lobo, derivó ?en el imaginario de los vecinos y autoridades de la iglesia? en una criatura demoníaca capaz de matar a un número altísimo de seres humanos, sin que nadie pudiera hacer nada.

La provincia de Gévaudan, al sudeste de Francia, era por entonces una región aislada, boscosa y pantanosa, que seguía arrastrando creencias y tradiciones de siglos anteriores.[3] Muchas supersticiones medievales se mantenían incólumes en el ámbito rural y no es de extrañar que las explicaciones en las que intervenían factores sobrenaturales fueran aceptadas y creídas por casi todos. El pensamiento mágico y un imaginario en el que todas las posibilidades estaban abiertas a invadir la vida cotidiana ?aún las más inverosímiles para la razón en ciernes? generaban las condiciones ideales para que un animal satánico fuera el responsable de las muertes denunciadas. Los viejos demonios del hombre, esos que habían surgido en las antiguas cuevas del paleolítico, sobrevivían con fuerza inusitada, recreando un complejo panorama cultural ?enredado e interesante? en el que el imperio de la lógica no desplazaba del todo a la magia ni a la brujería.

No deberíamos sorprendernos demasiado. El más acabado irracionalismo convive aún hoy día con el pensamiento académico-técnico más serio, entreverándose y desdibujando lo que por un tiempo fue la nítida frontera que separaba la realidad de la ficción. Siempre ha sido así. Lo que sucede es que hay momentos en que lo sobrenatural tiene más prensa, consiguiendo de esa forma instalarse en el imaginario colectivo con la misma fuerza con que se instala la existencia de un árbol o un cerro.

Lejos estamos, pues, de un siglo XVIII cerrado a la superstición y la Bestia de Gévaudan no resulta ser un caso aislado. Apenas cuarenta años antes, una supuesta epidemia vampírica desatada en Europa Oriental, había irrumpido en los ámbitos más cultos de Francia.

El año 1725 es clave en la historia documentada de la creencia en vampiros. En esa fecha, dos casos oficialmente consignados en archivos, terminaron impactando en la opinión pública dando origen a un debate en el que neófitos y académicos se trenzaron hasta el día de hoy.[4]

Desde entonces, y por influencia de los medios de información, las creencias, rituales y tradiciones del Este fueron puestas en consideración del gran público y así, dos realidades cosmovisionales diferentes (la oriental y la occidental) entraron en contacto difundiendo una temática que, al menos en Europa del Oeste, había sido exclusiva de un reducido número de escritores, viajeros y diplomáticos.

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Cuarenta años antes de que la Bestia apareciera, la "epidemia vampírica"

asoló el imaginario de la racional Europa Occidental

Fue por intermedio de los periódicos que se conocieron términos exóticos e historias inverosímiles que sacudieron la imaginación y el miedo en igual medida. La sombra de los "revenidos" (revenans) se espesó.[5] Sus contornos se delinearon y una palabra nueva, "Vampiro", terminó imponiéndose en casi todas las lenguas europeas. Término que alcanzó su momento de mayor éxito con la novela que Bram Stoker publicara a fines del siglo XIX (1897). Pero mucho antes de que Drácula se levantara de su tumba, hubo otros chupa-sangres, no tan famosos, que hicieron lo mismo.[6]

El hecho de que varios testigos afirmaran haber visto a la Bestia "chupar" la sangre de sus víctimas, debería ponernos en alerta y considerar la posibilidad de que, entre ambos fenómenos, haya algún tipo de conexión. ¿Estaremos ante un pánico parecido, con efectos sociales semejantes? Es muy probable.

Por otra parte, el contexto general que vivía la región de Gévaudan hacia 1764 puede resultar muy ilustrativo a la hora de explicar el brote de histeria colectiva y horror que pareciera asomarse detrás de la Bestia.

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La bestia con su aspecto más monstruoso

La miseria, el hambre y la violencia constituyen indicadores ideales para la emergencia de un monstruo; y Francia, que acababa de perder en 1763 la llamada Guerra de los 7 años, no estaba pasando por un buen momento económico, ni político. Había perdido sus colonias en Norteamérica y las arcas públicas estaban vacías. Además, los enfrentamientos confecciónales entre católicos y protestantes aún estaban frescos. Por esas razones, con el amor propio por el piso, la monarquía cuestionada y una iglesia católica tambaleante frente al embate de la ilustración, la aislada y mísera provincia de Gévaudan estaba lista para recibir a su demonio.

La Bestia. Así es desde el principio nombrada en los documentos. ¿Por qué no el "Lobo de Gévaudan", si todo indica que ese animal fue el responsable de las muertes? [Más adelante analizaremos este debate].

El término "bestia" remite a un aspecto claramente sobrenatural y no es de extrañar que haya sido Gabriel-Florent de Choiseul Baupré, obispo de Mende, quien lo utilizara por primera vez en su sermón del 31 diciembre de 1764:

"¿Hasta cuándo, Señor, vuestra cólera, como si ésta tuviese que ser eterna? Con casi todos los pueblos de Europa, hemos sentido las calamidades de una larga guerra que ha despoblado las provincias y arruinado los Estados.Apenas comenzábamos a disfrutar los gozos de la paz, cuando ésta se ha visto perturbada por nuevas desgracias: la mortalidad de los animales, la alteración de las estaciones, el granizo y las tormentas han llevado la desolación y la esterilidad a nuestros campos.

Pero pasadas esas primeras desdichas, he aquí una tercera, más terrible que aquellas que la precedieron. Este flagelo extraordinario, que nos es particular y que lleva consigo el carácter flagrante de la ira de Dios contra esta región, es demasiado.

Una bestia feroz, desconocida entre nosotros, se hace presente súbitamente como un milagro, sin que sepamos de dónde pudo llegar.

Donde se muestra, deja rastros sangrientos de su crueldad. Pero, ¿para qué describiros las funestas cualidades de ese monstruo, sobre las cuales vuestras propias desgracias os han ilustrado de sobra? ¡Ojalá pudiéramos mitigarlas, secar vuestras lágrimas y ofreceros el consuelo que necesitáis! 

La justicia de Dios, dice San Agustín, no puede permitir que la inocencia sea infeliz: la pena que Él inflige supone también la falta que la ha provocado. De ese principio, os resultará fácil concluir que vuestras desgracias sólo pueden provenir de vuestros pecados.

No dudéis que se debe a que habéis ofendido a Dios que ahora veis cumplirse en vosotros textualmente las amenazas que Dios puso antaño en boca de Moisés contra los prevaricadores de la Ley: "armaré contra vosotros –les dijo– los dientes de bestias feroces.

Si no ejecutáis todos mis mandamientos, pronto os castigaré con la indigencia. Haré que el cielo sea para vosotros como hierro y que la tierra sea como bronce, todas vuestras obras serán inútiles. La tierra ya no producirá más granos, ni los árboles frutos.

Enviaré contra vosotros bestias salvajes que os consumirán, a vosotros y a vuestros rebaños, que os reducirán a unos pocos, y que de vuestros caminos harán desiertos por el miedo que sentiréis de tales bestias, miedo que os impedirá salir para ocuparos de vuestros asuntos.

Se han hartado y saciado y me han olvidado; y yo seré para ellos como una leona, los esperaré como un leopardo en el camino de Asiria, vendré a ellos como una osa a la que le han arrebatado sus oseznos. Les abriré las entrañas y su hígado quedará al descubierto, los devoraré como un león y la bestia feroz los desgarrará. 

Las divinas escrituras nos proveen de ejemplos frecuentes de castigos similares a los que soportamos".[7]

"Bestia" es una palabra con claras connotaciones bíblicas, relacionada con el Apocalipsis y con el Diablo. Sinónimo clásico de "castigo" y "fin de los tiempos" dentro del lenguaje eclesiástico. Casi un anuncio del fin del mundo.[8]

Y Francia, como hemos visto, estaba en los umbrales del "fin de un mundo": el del Antiguo Régimen.[9]

Los momentos críticos, como hemos dicho, suelen sacar a los monstruos de sus cuevas ?tanto de las mentales como de las reales? y el lobo fue en Europa, de todos ellos, el más recurrente en asomar la cabeza.

Tal como indica Michel Pastoureau[10]en las enciclopedias y bestiarios latinos el lobo era la representación más acabada del que amenaza y devora. Una fiera terrible que sólo a fines de la Edad Media y sobre todo en la Edad Moderna empezó generar miedo en la gente. El autor señala claramente que durante los siglos XII y XIII, en las zonas rurales, no se le temía y que fueron las crisis climáticas, agrícolas y sociales modernas las responsables de semejante terror. No es casual que la historia de la Bestia de Gévaudan se sitúe cronológicamente en el siglo XVIII y después de los duros acontecimientos señalados más arriba.

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El lobo, animal satánico en el imaginario popular en épocas de crisis

El lobo siempre fue el compañero del hambre y de la guerra[11]enemigo de los rebaños y del hombre, máxime en la región que nos ocupa, cuya actividad económica principal era, justamente, la ganadería ovina. Misterioso y signo de penurias ?explica el historiador Jean Delumeau[12]el miedo al lobo fue enorme en Francia después de las guerras de religión, cuyo saldo de tierras abandonadas, devastación, carestía, revueltas frumentarias y violencia por parte de los ejércitos (aún de los propios), crearon las condiciones ideales para que se produjeran invasiones de lobos en las regiones más aisladas y boscosas. Por otra parte, desde hacía siglos era considerado un animal infernal que, según se creía, atacaba preferentemente a niños y mujeres (otro aspecto concordante con la historia de la Bestia); y, aunque en Gévaudan la criatura no tuvo a la noche como cómplice (la mayoría de los ataques se produjeron, según dicen, a la luz del día), las armas místicas que se emplearon a partir de 1764 (invocar a santos, bendecir las balas y rezar con el objeto de ahuyentarla) son idénticas a las utilizadas desde fines del medioevo.

Creencias de muy larga duración irrumpían ?irónicamente? en la Era de la Razón y una trama arcaica, presente ya en los evangelios y viejos cuentos infantiles, se hacía presente en tiempos de Voltaire.[13]

Escriben al respecto Román Gubern y Joan Prat:

"(…) Hay un rasgo que distingue y caracteriza al lobo: su hipocresía y falsía. Bajo la apariencia bondadosa y campechana, el lobo disimula una personalidad malvada y depravada. Una metáfora muy antigua que sigue presente en los filmes y leyendas de hombres lobos".[14]

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La mala fama del lobo

Si bien en Gévaudan no se registraron ataques en los que la Bestia se haya hecho pasar por un animalito dócil antes de devorar a su víctima, registros anteriores ?y posteriores? a 1764 señalan casos, ocurridos en el centro de Francia, en el que otra bestia sí lo hizo.

Corría el año 1693 cuando un lobo (o conjunto de lobos), conocido por entonces como la "Bestia de Benais", inició un sangriento raid devorando primero (el 19 de febrero) a un niño de 9 años y cinco días más tarde a una niña de siete.

"En marzo de 1694, otro lobo mató dos adultos en Benais; en abril los muertos fueron tres, cuatro en mayo y ocho en agosto, incluida una madre y su hijo.

Monsieur de Miromesnil, que estaba a cargo de la provincia de Touraine, organizó una serie de batidas y, según su informe de junio de 1694, "en menos de seis meses, los lobos han matado en la zona de Benais y sus alrededores a más de 70 personas y han herido a un número similar".

En junio, dos pastoras fueron halladas degollados, un padre murió en Ingrandes defendiendo a su hija; en julio se produjeron otras tres muertes en Benais, y lo mismo les sucedió a una niña pequeña y dos mujeres adultas en Bourgueil. No todas estabas muertes muestran los rasgos de un ataque de lobos. Hasta el invierno de 1693-1694 los ataques cesaron, pero la población de la zona estaba aterrorizada. Se mataron dos lobos durante las batidas organizadas por de Miromesnil, pero la muerte de un joven de 18 años el diciembre de 1693 y la de otros dos jóvenes de Saint-Michel-sur-Loire en enero de 1694, demostraron que el caso no había terminado, aunque hubo una pausa en las muertes hasta agosto de ese mismo año.

Años después, el 9 de junio de 1751, un joven pastor fue atacado y devorado en Nouzilly al norte de Tours. No se vio al animal, pero en la zona se habían visto lobos, que fueron culpados del hecho. El cadáver presentaba terribles mutilaciones, según el testimonio del párroco local, Danican, que se ocupó del funeral. En el poblado vecino de Varennes hablaban de animales que parecían lobos pero con mandíbulas de mayor tamaño. "Al ver a una personas eran amistosas como un perro, pero entonces saltaba a por sus gargantas". Estos sucesos se repitieron en 1808 e incluso en 1914. Se culpó a los lobos de estas muertes, aunque el comportamiento del animal culpable de esas muertes no se ajusta al comportamiento habitual de los lobos.

Otros relatos hablan de una bestia feroz y desconocida, tremendamente osada y feroz, que atacó en la zona del bosque de Benais, no muy lejos del pueblo. Comenzó sus ataques en 1693 y sus ataques se extendieron por espacio de un año y medio. Durante este tiempo mató a unas 300 víctimas. Los ataques cesaron en agosto de 1694. Nadie pudo matar a la bestia de Benais.

Otra fuente dice que los registros de las parroquias locales no hablan de 300 muertes, sino de 72 durante el mismo periodo (Marie-Rose Souty habla de 95 muertos). Los testigos hablaban de diversas bestias, no de una, parecidas a lobos, pero que no lo eran. De nuevo se habla de "lobos con mandíbulas de mayor tamaño", que "se dejaban acariciar para atacar de repente". Alguna gente decía que eran "loups cerviers", pero el resto no estaba tan seguro de ello. Un "loup cervier" es un lince. Pero este animal no tiene un comportamiento que se asemeje al de estas bestias".[15]

Por lo visto, a pesar de que la de Gévaudan sea considerada "la bestia de las bestias", no fue la única. Sin duda, resultó ser la más famosa, o por lo menos, la que mayor cantidad de escritos generó[16]pero el animal cazado por Jean Chastel no es tan extraordinario como parecía a primera vista. Otras bestias, a las que se les atribuyeron tantas o más víctimas, asolaron el territorio francés durante los siglos XVII, XVIII, XIX, e incluso el siglo XX.[17]

Y esto sí que resulta sintomático.

¿Fue, acaso, la Bestia de Gévaudan una exagerada explosión del imaginario colectivo?

Pero, en ese caso, ¿qué decir de los muertos confirmados en cédulas, certificados de defunción y actas parroquiales? ¿Qué decir de los testigos que afirmaron ver al monstruo con sus propios ojos, o aquellos que lograron sobrevivir a sus ataques, o los que inspeccionaron los cadáveres?

¿Dramatizaron la situación, volviéndola más traumática de lo que en verdad fue? ¿Qué rol cumplió el rumor en todos los acontecimientos?

Convengamos que han pasado muchos años (250) y que lo más probable es que carezcamos de la documentación necesaria para reconstruir con lujo de detalle todos los pormenores del caso. Las controversias en torno a la cantidad de víctimas son un reflejo de las contradicciones que todavía discuten historiadores y periodistas. Y ni qué hablar con relación al tipo de animal que la Bestia era en realidad.

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La cantidad de muertos producto del ataque de la Bestia todavía se mantiene en debate

En cuanto al número de muertos, la Bestia ha dividido a los estudiosos en dos grupos, a los que llamaré minimalista y maximalistas. En ambos casos, las cantidades varían en función de la época en que escribieron sus trabajos y el tipo de fuentes consultadas. Además, se sospecha que no todas las víctimas fueron registradas, especialmente después de que el rey diera por oficialmente muerta a la Bestia (1765).

Los minimalistas, más conservadores en lo cuantitativo y apoyándose en lo que dicen ser fuentes oficiales, calculan poco más de 90 personas muertas, sobre un total aproximado de 203 ataques consumados, según la documentación recabada.[18]

A medio camino están los que hablan de 112 víctimas mortales, 53 heridos y 75 ilesos.[19]

Finalmente, los maximalistas, entre los cuales se encuentra el periodista Jean-Claude Bourret, quien defiende el abultado número de 500 muertos.[20]

¿A qué se deben tales divergencias? ¿Son acaso cifras simbólicas con las que se pretende enfatizar hechos en verdad atroces, sin importar el número exacto? ¿O fueron las cataratas de rumores, que seguramente circularon por todo el Gévaudan, las responsables de tales desacuerdos? Por otra parte, ¿podemos considerar ciento por ciento fidedignos los testimonios de los testigos? ¿O hubo de parte de los medios ?El Correo de Avignon y la Gaceta de Francia? exageración y alteración de los datos (como ocurrió con el caso de los vampiros 40 años antes)?

Convengamos que, si las prácticas del periodismo amarillista estaban presentes en el siglo XVIII (y todo indica que así era), los periódicos pueden haber sido los principales divulgadores de amplificaciones y errores numéricos. Como sigue ocurriendo hoy en día ?aunque potenciados por Internet? los medios de comunicación tradicionales son los responsables de difundir miedo por doquier a través inexactitudes y noticias infladas (cuando no, inventadas), especialmente ante primicias con ribetes misteriosos.

Pero no tergiversemos los hechos. Los asesinatos ocurrieron. De ello no hay duda. Y despertaron un miedo generalizado. De eso tampoco hay dudas. Pero, ¿debemos atribuirle todas las victimas a la Bestia? ¿No estaban las sensibilidades locales demasiado alteradas ?por los motivos antes expuestos? como para exagerar y ver a la criatura en más muertes de las que en verdad fue responsable? ¿No habrán sido los identikit, que Duhamel y otros cazadores sembraron por toda la región, los subsidiarios de la exageración y colaboradores en la construcción de una bola de nieve en constante crecimiento que, en determinado momento, se volvió imparable?

En lo personal, sospecho que algo de eso hubo (con la de Gévaudan y las otras bestias nombradas).

Aunque no al punto de considerarla una leyenda al ciento por ciento.

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Rumores e historias infladas seguramente contribuyeron

en la construcción literaria de la Bestia

El otro aspecto que viene siendo discutido desde hace decenas de años es el referido a la identidad exacta de la Bestia.

¿De qué animal estamos hablando?

No voy a detenerme demasiado en esta problemática. La mayor parte de los libros y artículos que la tratan suelen centrarse exclusivamente en ella. Sólo diré que hubo un intento relativamente reciente por rehabilitar el buen nombre del lobo, quitándole de encima la mala fama que acarreaba desde fines del medioevo y endilgándoles los crímenes a otros animales (incluido el hombre). El listado es nutrido y muchos zoólogos (amén de periodistas y algún que otro historiador) vieron la oportunidad para explayarse y demostrar sus conocimientos.[21]

Los posibles culpables son: el consabido lobo, una manada de ellos (aunque los testigos hablan de uno solo); un perro (mastín) como los que se usaban en la guerra; un híbrido perro/lobo (de los que se han probado más de un caso); una hiena; un leopardo; un oso; un hurón; un león (de los muchos que la nobleza traía de África para engalanar sus zoológico privados); un glotón (quedaban algunos en Suiza); un sádico asesino serial (hubieron víctimas que mostraron claros signos de abuso sexual y violación); un grupo de fanáticos dispuestos a amedrentar a la gente con el objetivo de regresarlos a los atrios de la iglesia, adiestrando a un animal, cebado con carne humana y, finalmente, una bestia desconocida o ya extinta actualmente. Incluso, al decir de los buhoneros y campesinos de la época, se esgrimió la posibilidad de que se estuviera frente a la presencia de un hombre-lobo.[22]

Hay para todos los gustos, pero las opiniones más centradas coinciden en atribuirle los honores a un híbrido producto de la unión de un perro con una loba.[23] Así lo sindica un informe de autopsia realizado al animal que cazara Chastel y que, por más que no estuviera firmado[24]es la única prueba segura de la que agarrarnos ya que "la placa dentaria descripta coincide ciento por ciento con la de un lobo; y aunque sus proporciones y colores difieren en algo de la de ese animal, pueden asimilarse perfectamente al tipo de híbrido arriba nombrado".[25]

Pero a pesar de estas pocas certezas, un grupo de escritores muy sui generis, aprovechándose los baches que hay en el conocimiento y explotando la veta enigmática que el tema indudablemente posee, insisten en seguir hablando de animales extraños, de los cuales no hay una sola prueba fidedigna, pero que en el mercado del misterio venden muy bien. Me refiero a los criptozoólogos. Los consabidos "cazadores de Monstruos".[26]

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La Bestia de Gévaudan

según la mirada de la criptozoología

La criptozoología es por esencia romántica. Allí donde haya bosques y selvas inaccesibles, montañas inexpugnables, islas misteriosas, regiones aisladas y mares o lagos insondables, ella ?como la Bestia? hinca el diente; alimentándose de leyendas locales, historias fantásticas y rumores, tan propias de esas geografías. Es una pretenciosa disciplina que, nutrida por el misterio, arriesga hipótesis inverosímiles en función de considerar como verdaderas los más variados mitos, antiguos y modernos. Y en ellos se apoya a la hora de especular libremente respecto de la existencia de monstruos vivientes (críptidos, según su tan particular vocabulario).

Y así, captada por el interés de este gremio, la Bestia de Gévaudan pasó a ser parte de una ya famosa galería de seres enigmáticos, compartiendo la cartelera con Pie Grande, el yeti, el monstruo del lago Ness o el Mokele Mbembe; dando prueba, una vez más, de la tremenda fuerza que el imaginario tiene aún hoy en día.

Claro que entre los cripzoólogos tampoco hay consenso sobre el tipo de animal que aterrorizó a Gévaudan hace 250 años.

Los menos conservadores ?abiertos a hipótesis por demás fantásticas? consideran lisa y llanamente que la Bestia fue un claro ejemplo de licantropía, es decir, un hombre-lobo (Loup-garou). Un ser humano con la capacidad de transformarse en bestia (zoantropía) o individuo capaz de controlarlas a voluntad (los "loberos").[27]

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El Hombre-lobo, otra posible forma ?fantasiosa? de explicar qué fue la Bestia de Gévaudan

Grabado del XVI (izquierda)- Grabado alemán del siglo XVII (centro)

Grabado de la Bestia de Gévaudan (bípeda) del siglo XVIII (derecha)