Cuentos cortos, costumbristas, contestatarios y críticos



Nada humano me es ajeno.

Publio Terencio[1]

El desorden privado refleja más directamente que antes el des-

desorden de la totalidad, y la curación del desorden personal

depende más directamente que antes

de la curación del desorden general.

Herbert Marcuse[2]

El concepto de texto definitivo no corresponde sino a la superstición o al cansancio.

Jorge Luis Borges[3]

Mis alumnos griegos

Mis alumnos son cubanos y… ¡griegos! ¡Sí!

Creo que encarno un endeble remedo de Tiberio Coruncanio, excelso maestro de leyes en la antigua Roma, aclamado por sus discípulos cuando les disertaba sobre normas compulsivas de comportamiento social, exigido por las autoridades esclavistas de entonces.

Mi aula (o mejor, mis aulas: son seis, en amplio diapasón del entramado de modalidades de estudios y carreras universitarias) integrada por cubanos y griegos (estos últimos, de la más rancia y recia prosapia helena), ni por asomo, reconocen mis empeños cuyo fin es el que perseguía el ilustre profesor romano.

Cuando en plena faena pedagógica me enzarzo con los alumnos del patio, aquellos reviven personajes y hechos entresacados de los anales de la península helénica y de los poemas épicos de Homero, evidencias del indeleble atavismo que los une con sus antepasados.

Aquí les van.

Con suma frecuencia, irrumpe con bríos Fidípedes, el otrora ganador de una corona olímpica, quien al caer muerto entre los brazos de sus compatriotas, exclama ¡Regocijémonos, ganamos!, luego de correr desde la llanura de Maratón y avisar a los suyos de la derrota de los persas; solo que ahora mis Fidípedes están pulsando sus celulares, en hora lectiva, para enviar un mensaje trivial que nada tiene de épico.

¡Y qué decir de mi Jasón! Se cuenta que el capitán de los argonautas, aunando fuerzas para conquistar el vellocino de oro en la lejana Cólquida, visita un reyezuelo para sumarlo a su expedición y, al cruzar un riachuelo, la corriente de agua le arrebata una sandalia; el mío se descalza, desenfadadamente, en medio de mi diatriba en la sequedad del aula.

Entre mis aqueos también está presente el rey de Ítaca, nada más y nada menos que Odiseo, el fecundo en ardides, quien, para sofocar sus ansias de Penélope, extrae, subrepticiamente, una fina y estilizada ánfora de material plástico (extraña a la cerámica dórica) y bebe agua o refresco, una y otra vez, sin importarle el discurso didáctico del maestro: ¡tanto desea calmar su sed insaciable!

¿Y la presuntuosa Helena? En pose y vestimenta francamente seductoras, alejadas del modo de las vírgenes vestales, resalta sobre estas, cuidando más su bien parecer físico que su entendimiento en normas y penas; a diferencia de aquella, la raptada por París, los progresos de la cosmética y de la moda le ayudan a exhibir largas y pintadas uñas y torneados muslos, impúdicamente desnudos, bajo los cortos pantaloncillos que usa, para beneplácito de sus cortesanos.

¡Y qué decir de los Hércules y Atlas que porfían sus estructuras anatómicas pespunteadas de tatuajes estrafalarios! Lo lamentable de estos es que, los primeros no cumplen con sus tareas académicas (el mítico personaje realizó doce de ellas), y los segundos, no sostienen sobre sus poderosos hombros el mundo (como aquel otro) sino que lo olvidan y lo circunscriben a sus personalísimos egos.

Otros aqueos ocupan asientos en mi salón de clases.

Los encantamientos también tienen su espacio. Es ahora la divina entre las diosas, Atenea, la que infunde dulce sueño en los ojos de, al menos, dos o tres de mis pupilos, que en su sopor levitan en zonas etéreas, bien distantes del encierro docente; cuando retornan de sus ensoñaciones, la conferencia está por concluir.

Pero con ella no terminan las reminiscencias griegas: ¡hay otras!

El célebre escultor Mirón, natural de la villa de Eleuteras, inmortalizó en su broncínea fundición a dos vencedores de los primigenios juegos olímpicos de la Hélade: Ladas y Timantes Licio, tocadas sus cabezas con sendas coronas de mirto y laurel, expresión de orgullo deportivo y de público reconocimiento.

No menos orgullosos que aquellos, pero sin el reconocimiento del pedagogo, asentados en sus sillas, se yerguen dos jóvenes, sin lauros atléticos pero tocados sus cráneos, a manera de fantasía coronaria olímpica, por dos gorras cuyas viseras apuntan hacia sus nucas, portando las letras mayúsculas NY (¡esta última es griega!), pero que de mala gana se destocan por pedidos del docente.

Digo más.

El mundo griego, preñado de augures y pitonisas con sus poderes de adivinación, a manera de alertas tempranas para lo que acaecerá en el futuro, contó con las premoniciones de Anfiarao, el más grande de ellos, anticipando fortunas y desgracias para los ciudadanos del Ática.

En mi aula cuento con más de un Anfiarao que, cuando enfrenta una evaluación escrita, escudriña el futuro de su nota en las mentes de sus condiscípulos pero, desde las profundidades del Érebo, se levanta Cancerbero, con sus tres cabezas y otros tantos pares de ojos, para frustrar la adivinación y así, sofocar la intentona del moderno adivino.

Estos son mis alumnos griegos.

¿Ha llegado a su aula algún náufrago de la nave Argos o víctimas de los monstruos Caribdis y Escila?

Yo creo que sí.

Pero también, afortunadamente, los más son cubanos que me infunden ánimos en la prosecución de la tarea educativa y, aunque a veces flaquee, como el mítico Anteo, mis pies sobre la tierra madre, me nutre y renacen mis fuerzas para proseguir la tarea de Tiberio Coruncanio. 

El celular

Tenían razón los partidarios de Próculo, insigne jurisconsulto romano, al sostener que los infantes (esta palabreja significa "no habla"), al dejar oír su voz, luego del alumbramiento, probaban irrefutablemente su condición de nacidos vivos; con las centurias, Alexander Graham Bell y Thomas Alva Edison, y sus invenciones (también se atribuyen la paternidad del aparato un ruso y un italiano, Antonio Meucci, menos conocidos), se encargaron de hacerlas escuchar en las distancias, mas no solo las de los recién nacidos sino, sobre todo, las de los adultos.

Así pues, desde entonces, el teléfono ha acercado, al menos en tiempo real, a los seres humanos, mucho más ahora con el celular (término acuñado por el inglés Roberto Hooke y arrebatado por esta industria) o móvil, portento tecnológico de la telefonía contemporánea.

¡Por Zeus! ¿Por qué Fidìpedes, otrora ganador de una corona olímpica de mirto, no contaba con uno de estos ingenios para exclamar ¡Regocijémonos, ganamos!, y no caer exánime al concluir su carrera desde la llanura de Maratón (hoy, entonces, no contaríamos con esta modalidad atlética) hasta la encumbrada Atenas, anunciando la victoria aquea sobre las huestes de Darío, el meda?

¡Por Júpiter! De igual manera, ¿por qué Julio César no tenía a mano un celular para informar al senado romano de su aplastante éxito militar sobre los contumaces rebeldes del distante Ponto Euxino, y hacer escuchar su célebre frase Veni, vidi, vici (vine, vi y vencí) para alegría y desconcierto, respectivamente, de amigos y adversarios senatoriales?

Y, ¡por Dios! ¿Por qué el Adelantado de la Mar Oceana no poseía este artefacto para comunicar a sus Altísimas Majestades Católicas el descubrimiento de tierras más allá del poniente ibérico, en el otoño americano, y honrar así las Capitulaciones de Santa Fe?

Entre nosotros, el dichoso aparato ha servido más para controlar que para comunicar noticias trascendentes como las arriba enunciadas.

Con él, los jefes controlan a sus subordinados (aunque estos, en cierta medida, también ganan control sobre aquellos); con su uso, los maridos controlan a sus esposas pero, estas, a su vez, controlan a sus consortes; los padres controlan a sus hijos, en cambio, con su empleo, los vástagos logran controlar a sus progenitores.

Así las cosas, tanto control recíproco ha provocado también situaciones inverosímiles pero reales, como las que más abajo se relatan.

I

Las asas intestinales, en convulso peristaltismo, anticipaban un colapso del esfínter anal: se apresuró hacia el retrete.

Ya aligeraba la presión en torno a su cintura cuando vibraciones electromagnéticas y un agudo chillido le alertan de la ansiada llamada; no vaciló: ¡Dime!, pronunció trémulo.

Su pituitaria olfativa se impresionó con un fétido olor proveniente de su inferior plano corporal y un magma pestilente y cálido le corrió corvas abajo, en pos de los talones del héroe griego.

II

Los cuerpos desnudos yacían fundidos en uno solo; los amantes, en el paroxismo del sexo, con rítmicos movimientos pélvicos, los subían y bajaban, en perfecta cadencia sensual, entre quejidos y suspiros, dando riendas sueltas a los potros del deseo.

Cercanos a la meseta del placer carnal, boca con boca, pubis contra pubis, manos crispadas y entrelazadas, estas con aquellas; sendos zumbidos extracorpóreos se dejan escuchar, y los amantes son sustraídos del éxtasis de la íntima comunión: la mucosa endometrial se relaja, la sangre, hasta ahora impetuosa, se hiela en las cavernas; destrenzados los dedos, a tientas, buscan los artefactos: ¡Dime!, musitan a dúo.

III

Experta en lances perinatales, el derrame de líquido amniótico que descendía a raudales por sus piernas, inequívocamente, le aconsejaba seleccionar la indumentaria apropiada para su ingreso hospitalario en la institución gineco-obstétrica; los dolores, reiterados y cada vez más intensos, avizoraban el alumbramiento en término.

Trasladada por su esposo al centro asistencial, ahí recibida por el personal médico y paramédico, y preparada convenientemente para el trabajo de parto, cuya insinuación arreciaba, arropó, bajo sus henchidas mamas, el prodigioso adminículo acompañante.

Ya en posición de parto, pujó una y otra vez; el dolor marginó su decencia, dando paso a groseras imprecaciones, salidas sinceramente de alma y cuerdas vocales, con tal profusión como los males de la caja de Pandora.

Con un pujo final, el vástago atravesó el canal del parto y se vino a la luz y a la vida extrauterina; entonces, la puérpera extrajo, mientras esto acontecía, el oculto celular, lo accionó y los primeros signos vitales del neonato quedaron apresados, en imagen y sonido, en el prodigioso aparato electromagnético.

El progenitor del recién nacido, con sonrisa dibujada en sus labios, apreció, gracias a aquel ingenio, las vívidas imágenes y sonidos procedentes del fruto de sus amores.

¡Feliz conjunción de ciencia e historia para constatar que su hijo vivía!

El sensato Próculo, una vez más, tenía razón: la voz emitida, escuchada por el padre en la distancia, gracias al celular, confirmaba la existencia de un nuevo ser.

IV

Hasta cerca de la medianoche la funeraria estuvo animada con la asistencia de numerosos condolientes del fallecido, los que, luego de rendir el fingido pésame a los familiares del occiso, se aglutinaron según sexos, hábitos y gustos, y se enzarzaron en sabrosas pláticas, hasta que comenzaron a despedirse con débiles excusas o a la francesa, tomando la ruta de las de villa diego; antes, de cuando en cuando, en medio del clamor conversacional, el zumbido o timbre de los celulares se erguía sobre el vocerío.

Al fin amaneció el nuevo día con sus anhelos y desesperanzas cotidianas; para las 8 de la mañana se había fijado la partida de la procesión fúnebre, y así fue.

Entre seis hombres fue levantado en vilo el pesado ataúd y conducido hacia la abierta portezuela del coche mortuorio; la escasa concurrencia se puso en pie, como postrer tributo al amigo desaparecido.

No bien los cargadores de los despojos mortales habían echado a andar unos pocos pasos en el silencioso salón, un celular repicó a vuelo una estruendosa música de la peor ralea; atónitos, unos y otros intentaron localizar su ubicación para acallarlo; algunos de los presentes palpaban en sus bolsillos o carteras pero los suyos observaban respetuoso silencio para la solemne ocasión; mas la horrísona melodía no cesaba.

Uno de los cargadores del féretro, más próximo a la cabeza del difunto, pudo percibir un ligero temblor que se expandía, casi insensiblemente, a lo largo del cristal que, a manera de aspillera, había permitido a los curiosos envalentonados apreciar el rostro amarillento de quien iniciaba su postrer viaje, trunco en la misma arrancada por el estrépito de un celular inoportuno.

Acercó su oído a las paredes de madera del traje a la medida, investido por el occiso, y con manifiesto asombro, exclamó: ¡Aquí está!

De nuevo el ataúd fue colocado sobre la plataforma que le sostuvo toda la noche y, convocado el funerario de guardia para destornillar su tapa, cubierta de basta tela gris, cuando la desagradable música resurgió con toda su fuerza, ahora libre de pantallas acústicas.

Con increíble sangre fría, el operario comunal de sarcófagos, introdujo su brazo por entre las malolientes mortajas y extrajo el nada pudoroso adminículo electromagnético.

Este incidente, tan singular, será recordado por mucho tiempo entre nosotros y con él, el difunto, amén de que aleccionará que, de ahora en adelante, el cadáver, antes de ser depositado en la caja funeraria, debe ser revisado integralmente, en busca de celulares, so pena de repetir esta escena, propia de lo real maravilloso americano.

Finalmente, el propietario del celular prefirió perderlo antes que revelar su identidad y le imputaran su desidia; el empleado de pompas fúnebres se quedó con él.

V

Las campanas doblaban por quien yacía a la espera de su entrada definitiva en la ciudad de los muertos.

Depositado el féretro, con su carga, en el interior del coche fúnebre, la corta caravana que lo seguía, se encaminó al cementerio.

En el campo santo, un improvisado orador, desafiando los impulsos electromagnéticos, sin recato, soltados a rebato por los celulares de los condolientes, exaltó las virtudes del fallecido y omitió sus defectos morales; concluido el discurso, los más allegados al difunto mostraron su agradecimiento al apologista; luego, a pie, la luctuosa procesión se dirigió hacia el panteón donde reposarían por toda la eternidad los despojos mortales del finado.

El ataúd descendió lentamente hasta descansar en la sima de la fosa cavada a propósito; a seguidas, varios concurrentes tomaron terrones en sus manos y los arrojaron delicadamente sobre el sarcófago; su golpeteo sobre la tapa funeraria, estremeció a los presentes, los que mascullaban una oración acompañada del persigno cristiano; luego, dos sepultureros, estimulados con la suma dineraria prometida por su ejecución, impetuosamente palearon la arcilla amontonada al borde de la zanja, y en pocos minutos, sobre el sarcófago se levantó un domo terrario cubierto con varias coronas tejidas sin gusto alguno.

Concluida la inhumación, unos pocos rezagados lanzaron de soslayo una mirada lastimera sobre el lote de terreno que semejaba un escaque de tablero de ajedrez, entre tantas opulentas criptas.

La noche otoñal sobrevino con su negro manto; la luna llena afloró de golpe y argénteas sombras iluminaron la soledad de las bóvedas graníticas; el aullido de un perro rompió el silencio del lugar, impregnándole un hálito sombrío y fantasmagórico.

De pronto, el gemido metálico de un celular se escuchó desde la profundidad de la tumba recién ocupada; espantado, el custodio de ronda en la necrópolis huyó, perseguido por el incesante y etéreo zumbido, que, cual ánima en pena, clamaba por un oyente.

¡Oh, celular! ¡Mimético y ubicuo ingenio, impronta de nuestros días; desde el nacimiento hasta la muerte nos acompañas, como la personalidad jurídica!

Amén.

El sonido del silencio

Apenas se insinuaba la hija de la mañana con sus rosados dedos, el vendedor de panes con su silbato y pregón, quiebra la quietud de la hora prima.

A este le suceden otros con sostenido tono en raudos ciclos, solo superados por las aceradas ruedas del solitario recogedor de basuras, con cansino y trepidante andar sobre el asfalto y ¡ni qué decir de sus colegas que sanean la ciudad en bulliciosa algarabía!

La chispa eléctrica inflama el combustible fósil y el ronroneo del motor, increpado por las convulsas pisadas del pie derecho del chofer sobre el pedal, al fin, alejan al vehículo del vecindario, cediendo vía al furioso que se aproxima.

El halo solar se levanta, sus haces dorados tiñen los multicolores uniformes de las prendas escolares, fundidas a la desenfadada cháchara juvenil, que se hace acompañar de un reguetón tempranero, salido de una minúscula reproductora, secundada por luminiscentes celulares.

Entretanto, furtivos vendedores de tonantes cuerdas vocales, se oyen a distancia, ofreciendo ventanas y puertas de aluminio, pescados, vinagre, dulces, aguacates, ajos, papas…, todo a buen precio; otros, en cambio, se conforman con la compra de relojes rotos y botellas vacías; tales transacciones en el amparo de la trepada acimutal del astro rey.

En las arterias citadinas portentos de la ingeniería automotora intercambian bramidos retumbantes con sus bíblicas trompetas, más que de advertencia y seguridad viales, como amistosos saludos entre colegas; como buenos corredores zagueros, los conductores de guaguas y almendrones, bien pertrechados de altavoces, a pesar de los añosos medios, irradian ondas acústicas de elevados decibeles sobre sus pacientes pasajeros; con ellos compiten, con no menos éxito, la fuerza bruta de equinos y el sudor humano en sendos coches y bicitaxis, confluyendo músculos y estela musical en la faena.

Como si no fuera suficiente en el viandar cotidiano, trabajadores sobre camas de camiones festejan el cumplimiento de planes económicos de sus entidades, en franco remedo de las steel bands jamaicanas, al golpear con frenesí hierro contra hierro; a este improvisado concierto se suma, de vez en vez, el ulular de alarmantes sirenas de apagafuegos en simulacros del oficio, sin interesar la quiebra del reposo de niños, ancianos y enfermos circundantes.

En el núcleo urbano, impresionantes bocinas, útiles pertenecientes a entidades gastronómicas y dependencias sociales, dejan escapar su barritar haciendo caso de omiso de la cercanía de círculos infantiles, escuelas y centros de trabajo a aquellas fuentes irradiantes; su mero interés es, parece, contagiar alegría a los caminantes.

¡Ni qué decir de la sacrosanta limpieza sabatina hogareña, donde en conjuro de escobas, colchas y baldes de agua se integran los movimientos corporales femeninos con el ritmo impuesto por los equipos que estremecen el vecindario!

¡Y los que practican el autoempleo en sus hogares que, sin contemplaciones para con los que viven pegados a sus paredes medianeras, fuere la hora que fuere, les endilgan un recital cacofónico cargado de zumbidos, golpes contundentes, aspersiones, ronroneos, chisporroteos!

La gritería elevada a franca competencia entre dolientes y acompañantes, asciende en el entorno lúgubre, punto de espera para el postrer viaje, donde aquellos y estos alcanzan elevadas marcas en la escala fonométrica, cual trinchera acústica contra las ondas provenientes de la concurrida calle.

Solo disminuye su intensidad con la partida de la procesión fúnebre.

En verdadero pandemonio, sin tratarse de fiestas de aquelarre, se torna la llamada del ómnibus que parte con destino a otra localidad; los pasajeros en estampida, empujados por la estentórea voz del altoparlante que los convoca a la puerta, se arrojan sobre el punto de embarque, profiriendo denuestos contra los colados o "autorizados", cuyo número les sobrecoge.

Con el ocaso, el obligado retorno a casa y, en tanto Apolo se hunde en el poniente, los tímpanos ciudadanos perciben disparidades acústicas generadas en centros recreativos, haciendo "pininos" en espera de la noche, los que en franco desconcierto, compiten en volumen y melodías, cada uno con sus fueros alcohólicos, vulgaridad y mal gusto, detenidos en el tiempo para solaz de sus concurrentes.

Ya en el barrio, los niños y adolescentes exhiben sus habilidades atléticas y vocales en pasatiempos deportivos, emitiendo gritos descompasados y vociferando las destrezas o torpezas de sus participantes.

Luego, el manto de la noche se tiende sobre todos; es entonces cuando se instalan, bajo un poste eléctrico o portal doméstico, las mesas para jugar el dominó, cuyo ejercicio posibilita el crujir de fichas sobre las superficies de aquellas, el estallido enérgico de las mismas como señal de victoria y se hacen oír denuestos, desafíos y obscenidades.

Otros escogen como pasatiempos encender "teatros en casa", equipos de video o escuchar potpurrí de música de la peor estirpe; tales hobbies tienen como denominador común la alta calidad de manufactura de sus equipos, probados día a día en largas sesiones de trabajo y a elevados rangos sonoros, para contento de sus propietarios.

Dispuesto el huso horario a cruzar de la medianoche al nuevo día, vencidos aquellos y anhelantes los insomnes, de consuno a la espera de la capa que cubre los humanos pensamientos, en su conciliación, escuchan la versión instrumental de El sonido del silencio del dúo norteamericano Simón y Garfunkel, arrobados en sus lechos; de pronto, el perro del vecino comienza a ladrar intempestivamente.

Renato, personaje cervantino en la novela Persiles y Sigismunda, exclama, en franca añoranza:

¡Oh silencio, voz agradable a los oídos, donde llegan sin que la adulación ni la lisonja te acompañen!

¡Oh qué de cosas dijera, señores, en alabanza de la santa soledad y del sabroso silencio!

Entre nosotros, el derecho a gozar de silencio no existe, se extinguió como los dinosaurios.

Carta abierta a todas aquellas y a todos aquellos que apoyan la distinción de géneros

Queridas hermanas y queridos hermanos, sean bienvenidas y bienvenidos, todas y todos, a su lectura.

Algunas atrevidas y algunos atrevidos proclaman, tendenciosamente, que en los sustantivos encaminados a designar seres animados, entre ellos mujer y hombre, basta con referirse al masculino para abarcar a todas y a todos de la misma especie, sin distinguir sexos, y se apresuran a afirmar, alevosamente, que es pura cortesía, en ciertos vocativos, la construcción de series coordinadas de sustantivos de persona que encarnan los dos géneros, y que el circunloquio es improcedente, sostienen, cuando el empleo del género masculino es suficientemente explícito para comprender a los individuos de uno y otro sexo.

¡Así que esas tenemos! ¡Decir que caballeros ya abarca a las damas! ¡Qué barbaridad! ¡Vaya cosas que tenemos que aguantar!

¡No! ¡Mil veces, no!

¡Defendamos a ultranza el derecho de todas y de todos a la distinción del género!

Para alcanzar tan altruista propósito lingüístico, nosotras y nosotros, desplegaremos un plan de rescate que involucrará, no solo a nosotras mismas y a nosotros mismos, sino también a nuestras hijas y a nuestros hijos, a nuestras nietas y a nuestros nietos, y a cuánta partidaria o a cuánto partidario podamos sumar al mismo.

El plan reivindicatorio de género se integrará con las siguientes líneas ofensivas:

Primera línea: la reivindicación de títulos de obras de cualquier naturaleza, científicas o literarias, en libros o en publicaciones periódicas, realizando las oportunas correcciones en sus títulos, sean cuales fueren, siempre que no muestren segregación de género.

Segunda línea: la reivindicación de las denominaciones de las organizaciones no gubernamentales con pérdida de la identidad de género, incluyendo, tanto en la propia denominación de la entidad como en sus siglas o acrónimos, el género preterido.

Aquí van las primeras acciones.

Deben ser modificados de inmediato y adecuados a la distinción de géneros los siguientes títulos de textos históricos, científicos y literarios:

a) La Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, pronunciada en 1789 al influjo de la Revolución Francesa, se denominará a partir de ahora Declaración de los Derechos de la Mujer y del Hombre y de la Ciudadana y del Ciudadano.

b) La obra El origen del hombre del sabio inglés Carlos Darwin, tomará por nombre el de El origen de la mujer y del hombre y, su subsiguiente saga de homo sapiens, hombre de Neandertal y hombre de Cromagnon, se complementará con los siguientes calificativos: mulier sapiens, mujer de Neandertal y mujer de Cromagnon.

Y, a propósito, a manera de colación, basta ya con aquello de que el hombre conquistó el espacio o el cosmos y la luna; de ahora y para siempre, será la conquista del espacio o del cosmos y de la luna por la mujer y el hombre. Ni más ni menos.

c) El ensayo intitulado El papel del trabajo en la transformación del mono en hombre de Federico Engels, comenzará a llamarse El papel del trabajo en la transformación de la mona en mujer y del mono en hombre.

d) El hombre mediocre del filósofo argentino José Ingenieros tendrá el título de La mujer y el hombre mediocres.

e) Del autor soviético Mijaíl Ilín, su libro Cómo el hombre se hizo gigante se denominará en lo adelante Cómo la mujer y el hombre se hicieron gigantes.

f) La novela del paraguayo Augusto Roa Bastos intitulada Hijo de hombre, desde este momento se rebautizará como Hijo de mujer y de hombre.

Así las cosas, pasemos a continuación a distinguir, con toda agudeza, los géneros en las organizaciones no gubernamentales de nuestro país, cuyas denominaciones, consecuentemente, deben ser atemperados a tal posición.

Estas son las primeras.

La Asociación Nacional de Agricultores Pequeños (ANAP) se identificará como Asociación Nacional de Agricultoras Pequeñas y Agricultores Pequeños (ANAPAP).

La Asociación Nacional de Innovadores y Racionalizadores (ANIR) se denominará Asociación Nacional de Innovadoras y Racionalizadoras e Innovadores y Racionalizadores (ANIRIR).

La Central de Trabajadores de Cuba (CTC) cambiará su identificación por la de Central de Trabajadoras y Trabajadores de Cuba (CTTC).

La Unión de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (UNAICC) tomará la nueva denominación de Unión de Arquitectas e Ingenieras y de Arquitectos e Ingenieros de la Construcción de Cuba (UNAIAICC).

La Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC) modificará su acrónimo por el de Unión de Escritoras y Escritores y Artistas de Cuba (UNEEAC).

Y así las cosas, poco a poco, todas las organizaciones no gubernamentales del país y otras tantas de carácter oficial, se sumarán, ganada la conciencia y justeza, a este pundonoroso reclamo reivindicatorio sobre identidad de género.

Finalmente, queridas compañeras y queridos compañeros, nos resta un bastión, último reducto de los machistas pero que, lamentablemente, no son los hombres los que lo defienden sino ¡Oh, paradoja!, son féminas las que se aferran con denuedo a él: las profesionales de la Salud se obcecan en autotitularse, si poseen el título de doctoras en Medicina, como médicos, en vez de la correcta voz de médicas, sustantivo para ellas ultrajante y ofensivo. ¡Luchemos a brazo partido para ganar en este campo!

Espero que todas las lectoras y todos los lectores a quienes llegue esta misiva, estrechemos fila en torno a la identidad de género, a su salvaguarda y defensa contra cualquier intento, lingüístico, oral o escrito, o no, de borrar los bien marcados caracteres sexuales identitarios que, con tanto celo y perseverancia, forjó la evolución biológica y que su condición distintiva humana se grabó para siempre en nuestra hermosa lengua.

Un estrecho abrazo para todas y todos, mujeres y hombres, niñas y niños.

Pensando en plagiadores

De acuerdo con el humorista venezolano Aníbal Nazoa "el buen plagiario debe elegir siempre como víctimas a autores y obras más o menos oscuros, evitando en lo posible a los coetáneos". "Si usted escribe" - continúa diciéndonos el humorista - "pongamos por caso, una novela copiada de Cien años de soledad y le pone como título Un siglo sin compañía, es muy probable que termine demandado por Gabriel García Márquez"- fallecido en 2014 - "o sus editores".

Apoyado en estas palabras, a continuación someto a la consideración de mis escasos lectores, encaminado particularmente a aquellos que carecen de musas inspiradoras pero con ambiciones personales en el campo de las letras, que les empujan al plagio, una serie de obras literarias, más o menos famosas, y más o menos contemporáneas, cuyos títulos originales pueden ser sustituidos por los que ofrezco, en adelanto para iniciar su dura pero tenaz tarea del plagio literario.

Por decoro, sin faltarle a la erudición de quienes leerán esta proposición, omito los autores de dichas obras, que por demás son harto conocidos.

Aquí van relacionadas sin orden cronológico ni escuela o movimiento literario al que se afiliaban, solo, repito, como punto de partida para facilitar el plagio en aquellos que se decidan.

¿Te embullas a iniciar tu narración plagiaria con estas sugerencias?

Espero que sí.

La misión

No pretendía la catequización de tribus autóctonas del Alto Paraná, al estilo hollywoodense con los actores Robert de Niro y Jeremy Irons en los papeles protagónicos sino el desarrollo social solidario con los pueblos.

Su anuncio estremeció a los empleados del centro cuando escucharon, de labios del directivo, la concesión de una capacidad para colaborar allende las fronteras nacionales.

Tan súbito como la buena nueva, se soltaron los cerrojos de la caja de Pandora, la primera mujer creada por Zeus, y el nudo del odre que Eolo, dios de los vientos, había regalado a Ulises, y, trenzados, males y tempestades circundaron a los presentes.

Cada uno de ellos, para su coleto, era el candidato ideal, pues en su persona se aunaban suficientes talento, habilidades y justa ambición profesional, concurrentes para su indudable elección, a contrapelo de los miembros de la comisión decisoria, a quienes correspondería la última voluntad.

Regodeados voluptuosamente en sus posibilidades, de inmediato los aspirantes se dieron a la tarea de asegurar su elección.

El primero de ellos, nombrado Jano, exhibiendo desenfadadamente sus mezquindades, se acercó a uno de los integrantes de la comisión de marras y le recordó, sin muchos ambages, los favores personales que este le adeudaba al aspirante.

La complicidad que los ligaba permitió revelar la necesidad habitacional en que se encontraba el candidato, a resultas de la cual, si cumplía la misión, obtendría buenos dividendos dinerarios, en moneda dura, para comprar un apartamento de tres habitaciones-dormitorios, al menos, en razón de los miembros de su familia, pero sin olvido de su confidente, cuya labor de zapa sería recompensada.

En honor a la verdad, al aspirante le importaba poco el encargo social de la misión.

El segundo, que por nombre llevaba el de Midas, sin apoyo evidente en el seno de la comisión, abrigaba la esperanza que la misión recayera en sus áureas manos, atendiendo a sus méritos personales, para, con denuedo, ahorros y tacañerías en su gestión extraterritorial, reunir una bonita suma de dinero en la moneda de circulación oficial en el país de destino y comprar bienes suntuarios tales como ordenadores, hornos, refrigeradores, televisores con pantalla de plasma, memorias flash, lámparas, ropas y calzados, aún más allá de la cobertura a sus necesidades familiares, con el propósito de lucrar con ellos, luego del retorno triunfal a la patria. Por supuesto, en tan justo fallo no olvidaría a los dirimentes.

En cuanto al encargo social de la misión, lo mismo le daba una cosa que otra.

En el tercero, remedo insular de aquél de Galilea, que respondía al apelativo de Judas, sus aviesas aspiraciones sólo moraban en su medio intracraneal, impermeables e invisibles para simples observadores.

Sólo se atenía a su destacada trayectoria laboral, llena de reconocimientos, supuesto que, pensaba, indudablemente volcaría a su favor la balanza de los conciliados en su destino.

Cuando ya pisara tierras foráneas, a la mayor brevedad posible, sin dejar huellas en el primer momento, como ladrón furtivo que escapa del lugar de los hechos punibles, se ausentaría de su puesto de ubicación social e inmigraría a país de elevadas latitudes septentrionales, en busca de mejores derroteros económicos; al menos eso conjeturaba.

La misión por cumplir solo le resultaba atractiva por este motivo.

El último candidato, conocido entre los suyos como Justo, caracterizado por su austero vivir, la modestia de su cotidianeidad y su ejemplaridad laboral en el ejercicio de su ocupación (su mejor arma personal), amén de las cordiales relaciones interpersonales que trenzaba con sus colegas y peticionarios de sus servicios, le hacían un temeroso contrincante para los demás aspirantes.

En su fuero interno, solo le preocupaba rendir faenas memorables en el cumplimiento de su misión social, enriquecer su acervo cultural y devenir en mejor profesional.

Por tales elementos, aquellos fariseos comenzaron a enarbolar sinrazones morales contra el sobrio aspirante, esgrimidas ladinamente ante los integrantes de la comisión.

Los días que siguieron transcurrieron llenos de sobresaltos, de admoniciones, de conjuros y de promesas.

Al fin, había amanecido el día de la revelación del escogido: velas encendidas, talismanes, resguardos y dedos, del medio entrecruzado sobre el índice, quedaban en las casas o acompañaban a los anhelantes escuchas, que nerviosamente aguardaban por la decisión del cónclave directivo.

El fallo de la comisión, así fue anunciado, era inapelable.

El seleccionado, atendiendo a su meritoria trayectoria profesional, elevado prestigio entre sus compañeros de trabajo y condiciones morales, anunció el portavoz de la comisión con voz engolada, para cumplir con tan honrosa misión social en otras tierras, es… ¡Jano!

La revelación cayó como un jarro de agua fría sobre las calenturientas cabezas de los aspirantes, salvo la de Justo que esperaba tal decisión.

Jano suspiró profundamente, aliviado, satisfecho con su triunfo, miró en torno suyo y, despreciativamente desplegó sus comisuras labiales en orgullosa sonrisa. Justo se le acercó y lo felicitó cordialmente.

Por su parte, Midas y Judas, sin ocultar el enfado que embargaba sus rostros, vociferaron la fraudulenta actuación del cónclave y amenazaron con recurrir a elevados estratos jerárquicos de la organización en denuncia de la componenda anudada.

Y así hicieron; a la vuelta de unos días, se personó en la entidad la comisión revisora del proceso, entrevistó a las partes en pugna, a sus superiores y a terceros vinculados, con más o menos cercanía, a los interesados. Justo no fue ni siquiera convocado para tomar en consideración su opinión.

Tras varios días de conciliábulos, aquella emitió su dictamen; en él reconocieron los tortuosos vínculos tendidos desde antaño entre Jano y el miembro de la comisión de marras, postura fraudulenta que había beneficiado al primero, la solicitud de la imposición de medida disciplinaria al segundo y, más aún, la exclusión de Jano de la lista de aspirantes y, concluyeron, con la exigencia a la comisión de instancia de un reanálisis de los candidatos restantes, ahora, tras la amarga experiencia, con más tino en su decisión.

De nuevo el sol marcó su derrotero en el horizonte por varias jornadas y la escarmentada comisión reveló, al fin, el nuevo fallo: en atención a sus méritos, el colega escogido para cumplir tan honrosa misión fue… ¡Judas!

Midas, devenido en moderno Tántalo o Sísifo, dolido hasta el tuétano de la injusticia de la segunda oportunidad, reemprendió la impugnación, pero en esta vez con poca fortuna: no fue escuchado.

Justo, todo el tiempo, se mantuvo sumido en su dulce rutina y en ella transcurrían sus días.

La ergofobia: enfermedad ocupacional de los cubanos

El origen multicausal de la ergofobia, cuya pluralidad desconcertante es admitida por sus estudiosos, sin que hayan descubierto hasta el momento su oculto morbo, impide su clasificación etiológica atendiendo a los tradicionales agentes desencadenantes de las enfermedades profesionales, vale decir, los agentes mecánicos, físicos, químicos y biológicos.

Los brotes iniciales de ergofobia (voz procedente de las raíces griegas ergon, trabajo y phobos, temor o miedo), reportados en nuestro país, sin distinción de provincias o localidades, se remontan a las postrimerías del pasado siglo.

No obstante, la ergofobia, como el resto de las enfermedades ocupacionales, reconocidas por las instituciones sanitarias oficiales, presenta características comunes con aquellas.

Ellas son:

a) Una evolución lenta y crónica, y, ya establecida, con fases agudas.

b) Un comienzo insidioso y solapado, pero con manifestaciones abruptas.

c) Un cuadro clínico típico, muchas veces irreversible.