El hombre y el misterio en Asia



Introducción

El enorme éxito alcanzado en todo el mundo por la obra de Ossendowski, Bestias, hombres y dioses, ha despertado en los lectores el vivo deseo de conocer con algunos detalles cuanto se refiera al pasado y presente del célebre autor y explorador, cuyas aventuras narradas en dicho libro le presentan al público como un ser verdaderamente extraordinario en los tiempos actuales. Para satisfacer tan natural curiosidad y presentar la figura de Ossendowski con su verdadero relieve, he aquí un resumen de su biografía, en el que quedan suficientemente expresadas sus condiciones de hombre de acción y de sabio eminente, dotado de ánimo entero, vigor físico y agilidad intelectual.

Considerado, merecidamente, como una autoridad en el problema de las minas de carbón en las orillas del Pacífico, desde el Estrecho de Behring hasta Corea, descubrió también un gran número de minas de oro en Siberia. Perteneció al ejército ruso como Alto Comisario de Combustibles, a las órdenes del general Kuropatkin, durante la guerra ruso-japonesa. En el transcurso de la gran guerra fue enviado a Mongolia en misión especial de investigaciones, y entonces aprendió la lengua de este país. Fue algunos años consejero técnico del conde Witte, para los asuntos industriales, cuando este político formó parte del Consejo de Estado. Se ha distinguido por varios trabajos científicos, que le valieron ser nombrado profesor de Química industrial en el Instituto Politécnico de Petrogrado, donde también desempeñó al mismo tiempo la cátedra de Geografía económica. Su experiencia como ingeniero de Minas le llevó al Comité ruso de minas de oro y platino, y más tarde a la dirección de una revista de minería. Se ha dado a conocer, tanto en lengua polaca como en la rusa, como periodista y escritor, con quince volúmenes de interés general, sin contar numerosos estudios científicos. La declaración de guerra le halló agregado como miembro técnico en el Consejo Superior de Marina. Después de la revolución pasó a ser profesor en el Instituto Politécnico de Omsk, de donde Kolchak le sacó para darle un cargo en el Ministerio de Hacienda y Agricultura del Gobierno de Siberia. La caída del almirante Kolchak motivó su fuga a los bosques del Yenissei, y le proporcionó ocasión para escribir Bestias, hombres, dioses.

Un capítulo de su vida parece estar en contradicción con sus opiniones declaradas, cuando en realidad, sus actos estuvieron también entonces de acuerdo con sus principios. Hacia el fin de 1905 presidió el gobierno revolucionario del Extremo Oriente, cuya capital era Karbin. Compartiendo con infinidad de súbditos rusos el amargo desengaño causado por la actitud del zar, repudiando los términos de su manifiesto de 17 de octubre de 1905, Ossendowski consintió en ponerse al frente del movimiento separatista que debía segregar la Siberia Oriental del resto de Rusia. Durante dos meses dirigió los esfuerzos organizados para tal fin, creando subcomités en Vladivostock, Blagovestcheusk y Chita. Cuando la revolución de 1805 fracasó, arrastró en su caída a esta avanzada suya en el Extremo Oriente.

En la noche del 15 al 16 de enero de 1906, Ossendowski fue detenido al mismo tiempo que sus principales asociados, los ingenieros Novakowski, Lepeshinsky, Maximov, Wlasenko, Dreyer y el abogado Koslowsky. Avisado con anticipación, hubiese podido huir, pero prefirió compartir la suerte de sus camaradas, y, condenado a muerte, le fue conmutada la pena por la de dos años de prisión, debido a la intervención del conde Witte. Preso en distintas cárceles de Siberia, conoció a fondo la vida íntima de los prisioneros., y de ella trata con gran conocimiento de causa en este libro al ocuparse de la isla de Sajalín, siendo después trasladado a la fortaleza de Pedro y Pablo, en Petrogrado. Su estancia en las prisiones criminales de Siberia le valió un nuevo indulto, y recobró la libertad en 1907.

Cuando Ossendowski se reintegró a la civilización, después de su fuga a través de Mongolia, le nombraron agregado a la embajada de Polonia, asistiendo a la Conferencia de Washington como consejero técnico para los asuntos del Extremo Oriente. Hace poco, y con motivo de la Conferencia de Génova, publicó un notable folleto sobre la política asiática de los Soviets. En la actualidad es profesor de la Escuela de Guerra de Varsovia, así como también en la de Estudios Comerciales Superiores de la misma capital. Hay una triste coincidencia íntimamente relacionada con la redacción de ésta obra, que no se puede pasar en silencio. Dos personas, una de las cuales figura con preferencia en la narración, mientras que a la otra se le debe la conservación del original en polaco de ella, han fallecido el 6 de mayo y el 11 de julio de 1923, respectivamente. Eran el profesor Zaleski y la madre del doctor Ossendowski. El primero acompañó a Ossendowski en-dos de las expediciones descritas en el libro que encabezamos con estas notas, y la segunda, al escapar de la Rusia bolchevique en 1920, llevó consigo los apuntes de las expediciones científicas de su hijo y copias de cinco de sus trabajos en ruso, en los que narra algunos de los episodios insertos en el presente volumen. Existe otro incidente que asocia al profesor Zaleski y a la madre del doctor Ossendowski, que también merece ser referido, especialmente a los que han leído el palpitante relato de la huida de Ossendowski en Bestias, hombres, dioses. Sucedió, que en un bosque de las orillas del Yenissei, cercano a una ciudad, se encontró envuelto en unos harapos el mondado esqueleto de un hombre que había sido devorado por los lobos. En un bolsillo de la chaqueta, que las fieras desgarraron pero no destruyeron, hallaron los partidarios de los bolcheviques el pasaporte del doctor Ossendowski. Como éste era muy conocido y odiado por los gobernantes rojos de la ciudad siberiana, el hallazgo llenó de regocijo a sus enemigos, y la noticia de la muerte del célebre adversario del bolchevismo se difundió por medio de todos los órganos rojos en Siberia y Rusia. El profesor Zaleski, cuando huyó, llevó la triste nueva a la madre de Ossendowski, y en junio de 1921 se celebró en Varsovia un funeral por el alma del viajero polaco. Hay que reconocer, sin embargo, que la madre de Ossendowski se negó siempre a admitir que su hijo hubiese muerto, y que a pesar de la ceremonia religiosa, a la que asistió devotamente, en el fondo de su corazón creía que éste vivía aún, y que en el momento menos pensado volvería a su lado. Sus presentimientos no la engañaron, y sólo falta explicar cómo se encontró el pasaporte en el bolsillo de la chaqueta destrozada. Luchando en la selva con una partida de bolcheviques, el doctor Ossendowski, en defensa propia, mató a uno de los comisarios que le perseguían, y necesitando poseer documentos más útiles y menos comprometedores que los extendidos a su nombre, cambió los suyos por los del muerto, originando esta estratagema de nuestro autor la confusión que acabamos de referir.

Lewis Stanton Palen

Nosotros los polacos estamos históricamente unidos a Siberia y Asia. Ya en el remoto siglo XIII defendimos las fronteras de la civilización occidental de la asoladora Horda Amarilla capitaneada por Gengis Jan, y muchos de nuestros compatriotas, apresados en las batallas que con ella sostuvieron, fueron llevados a las playas del Pacífico y a las cumbres del Kuen-lun.

Más tarde, después del reparto de Polonia, los zares rusos desterraron a Siberia multitud de polacos, sentenciándolos al sufrimiento y a la muerte. Media Asia conoció a nuestros mártires, quienes, arrastrando sus cadenas, trabajaron a lo largo del interminable camino a Siberia, desde los Urales al río Lena, en busca de un fin tan fatal como inevitable, y todo porque, cual seres libres, no quisieron inclinarse ante el conquistador nórtico y pelearon por su patria con valor y fidelidad. Durante los últimos cincuenta años del régimen zarista, el gobierno ruso, en su deseo de tener a los súbditos polacos lo más lejos posible de su tierra, envió deliberadamente a Siberia a los funcionarios, doctores, estudiantes y militares naturales de Polonia.

En la inauguración del Casino Siberiano, de Petrogrado, recuerdo que uno de los invitados, un polaco, dijo con evidente acierto: «Los polacos tenemos dos patrias: una, Polonia; otra, Siberia». Mi propia vida ha estado íntimamente relacionada con Siberia. He vivido en este país muy cerca de diez años estudiando sus riquezas naturales, tales como carbón, sal, oro y petróleo, o haciendo expediciones científicas para descubrir yacimientos minerales o fuentes termales, algunas de ellas positivamente salutíferas y eficaces.

Es significativo y característico que, recorriendo toda Siberia, de los Urales al Pacífico y de la frontera Índica a las regiones Árticas, haya encontrado con frecuencia a otros exploradores polacos como los profesores Estanislao Zadeski, Leonardo Jaczewski, Carlos Bohdanowicz, J. Raczowski, los ingenieros Batzevitch, Rozycki y otros. Estos inesperados encuentros, a veces en las desiertas orillas del lago Kolundo, en las praderas del Altai o en las costas rocosas del mar de Ojotsk, parecen extraños, pero la suerte ha dispuesto que los rastros de los polacos se crucen en todos los parajes del globo.

Hace muy poco que poseemos de nuevo nuestra amada patria, a la que todos tendemos para aportarla las riquezas materiales y espirituales que hemos ganado.

De mis variadísimas aventuras y arriesgadas andanzas, que abarcan un período de muchos años, he escogido un número considerable de impresiones y recuerdos, a mi juicio curiosos e interesantes, para formar esta narración. Las descripciones puramente científicas de mis viajes han aparecido en distintas ocasiones en revistas científicas y en libros separados, pero todas se han publicado en ruso, puesto que realicé mis expediciones por órdenes del gobierno de esta nación o patrocinado por instituciones rusas técnicas e industriales.

F. Ossendowski

La tierra de los fugaces nómadas

El lago amargo

EL caudaloso Yenissei ha ejercido siempre una influencia dominadora e irresistible en el reino de mi imaginación. En otra obra ya he relatado cómo vi la inmensa corriente dé puras aguas frías, verdosas y azul obscuras, descender del nevado manto que cubre las cimas de los Sayans, Áradan, Ulan Taiga y Taunu Olo, y cómo llegando al máximo de su desmedido poder rompió los pesados grilletes de hielo con que el invierno pretendía sujetarla, haciéndome admirar la terrible belleza del espectáculo, y por fin cómo me conturbó y obligó a desviar la vista del río la increíble masa de sufrimientos y tristezas humanas que transportaba hacia el Norte, para ofrendarlas a su amo el Mar, al unirse a él con el entusiasmo propio de su libertad primaveral.

Cuando contemplé todo esto en el comienzo de mi huida de los soviets de Siberia a través del Urianhai, Mongolia, parte del Tibet y de China hasta Pekín, en mi pecho brotó la llama del odio y de mis labios salieron constantemente palabras de maldición. ¡Cultura, civilización, cristianismo, progreso, siglo XX; qué horriblemente anacrónico me parecía entonces todo esto a orillas del Yenissei, como si sus aguas fuesen las del salvaje Amazonas!

Pero mi primer encuentro con el Yenissei, el cual tuvo lugar hace bastantes años, fue completamente distinto. En aquel tiempo la agitada vida a la que conducen las pasiones políticas no había blanqueado mis cabellos; yo era joven y tenía una fe inquebrantable, no sólo en el progreso de la Humanidad y en el poder de la ciencia técnica, sino en la moralidad de las personas y en el dominio del espíritu sobre la materia.

Esto ocurrió en 1899, el año en que iba a doctorarme en la Universidad de Petrogrado; pero en el mes de febrero del mismo los estudiantes hicieron una demostración contra las medidas adoptadas por el gobierno ruso, y como protesta de los medios de represión usados por la policía, renunciaron a presentarse a exámenes, no apareciendo nadie por la Universidad. Entonces, precisamente un eminente hombre de ciencia, químico y geólogo, el profesor Estanislao Zaleski, fue enviado por el gobierno a estudiar la sal y los lagos minerales de las praderas del Chulyma-Minusinsk. Me ofreció el puesto de ayudante, que acepté gustoso, y salí de Petrogrado para emprender mi primer viaje a Siberia.

Llegamos por ferrocarril a Krasnoyarsk, y desde allí viajamos hacia el Sur, Yenissei abajo, en un vaporcito hasta el cabo Bateni, donde desembarcamos para continuar nuestra excursión en unos carricoches llamados piestierki, tirados por tres vigorosos caballos de las praderas. Cerca de ese promontorio, las orillas del Yenissei son unas praderas bajas, que se elevan gradualmente en dirección Oeste, para convertirse por último en los cerros y acantilados de Kizill-Kaya, formados por capas de piedras areniscas, rojas y de arcilla esquistosa.

La enorme roca Bateni surge abruptamente de la margen del Yenissei, el cual corre a su pie, siendo en aquel sitio un profundo abismo. El peñasco, de unos veinte metros de altura, se compone de esquistos obscuros ocultos por abedules y matorrales espesos. Una estrecha senda conduce de la base a lo alto de la roca y desde este punto se disfruta de una vista maravillosa. Las praderas cubiertas de crecida y nutritiva hierba, se extienden hacia el Oeste y ofrecen vastos pastizales a los rebaños de caballos tártaros y de ganado lanar. Más lejos las recortadas siluetas de las crestas medianamente elevadas de los Kizill-Kaya, se distinguen en el horizonte. Las pardas yurtas de los campamentos nómadas de los tártaros negros o del Abakan, y las hogueras de los pastores se vislumbran allí y acullá en las praderas. La ancha cinta del Yenissei salpicada de islas, se desenvuelve hacia el Este, mientras que allende el río se divisa la orilla derecha con sus campiñas cultivadas y las aldeas de los colonos rusos, que bajo la égida y con la protección del gobierno, quitaron esos amplios y fértiles terrenos a sus primitivos dueños, los tártaros, a quienes empujaron a la orilla izquierda, donde continúan hasta hoy su nómada existencia. En la cima de la roca Bateni, que se alza sobre el río como una enorme columna, se encuentran siempre peregrinos tártaros que acuden allí de muy lejos. Vense en ella incluso mongoles del Altai y de la región de los Siete Ríos, al Norte del Turkestán, y aun naturales del Pamir.

Esta solitaria roca tiene su historia. Cuando Batyi Jan con sus hordas atravesó las praderas del Chulyma, apresó a sus pobladores para hacerlos soldados y les arrebató sus rebaños y caballos. Uno de los príncipes tártaros, Aziuk, intentando cortar estas depredaciones, formó un gran destacamento de tártaros de las distintas tribus, atacó la retaguardia de Batyi Jan y recuperó los ganados que les pertenecían. El ensalzado Jan envió contra el rebelde a su paladín Hubilai, quien dispersó la partida de Aziuk, y después de alguna lucha, persiguió al jefe de ésta y a un escaso grupo de sus secuaces hasta la misma peña Bateni. Allí resistieron largo tiempo; pero por último, vencidos por el hambre, se arrojaron al Yenissei antes que rendirse, y perecieron en la rápida corriente del implacable río. Después de la muerte de Aziuk nadie se atrevió a oponer resistencia a los atropellos de los triunfantes mongoles. Los tártaros recuerdan con gratitud el nombre de Aziuk, a quien creen envuelto en la luz de un muelin o santo. Los peregrinos suelen acudir a Bateni en el mes de julio y desde lo alto del peñasco echan al río comida, cuchillos y hasta carabinas, como presentes al heroico, aunque infortunado príncipe.

La pradera próxima a Bateni está totalmente desierta, porque los tártaros evitan esta comarca, temiendo al contacto de los oficiales rusos, que acostumbran a imponerles fuertes tributos, y también por miedo a encontrarse con los colonos de la ribera opuesta, a los que naturalmente odian, por usurpadores de sus tierras. Un espacioso y bien atendido camino conduce a través de esta parte de las praderas del Chulyma, de la estación ferroviaria de Atchinsk a la ciudad de Minusinsk, a 420 millas de ella, situada cerca del punto donde el río Abakán desagua en el Yenissei.

Las praderas están cubiertas de alta y fuerte hierba, excelente para el ganado. A trechos, relucen al sol, como enormes hojas, parecidas a espejos, lagos de sal y de agua fresca. Los de sal se hallan bordeados por una ancha franja de fango negro o por marjales, y despiden los desagradables olores del hidrógeno sulfuroso, de las hierbas podridas, bacilos y otras clases más grandes de seres vivos. A los lagos de agua fresca les rodean juncos y cañas. Siempre que tuvimos la suerte de acercarnos a uno de estos lagos, quedamos sorprendidos por la cantidad de aves acuáticas que en ellos viven. Numerosas variedades de gansos salvajes y patos, de gaviotas, garzas, y aun de cisnes, flamencos y pelícanos, volaban en grandes bandos y permanecían largo rato en el aire lanzando agudos graznidos, hasta que se posaban de nuevo en la superficie del lago o desaparecían entre los tupidos cañaverales. Yo llevaba conmigo, por entonces, una escopeta Lepage de calibre 16, que aunque vieja y de poco alcance, me sirvió para hacer estragos en aquella volatería y enriquecer mi colección con ejemplares de garzas chinas y de flamencos indios.

Encontramos mucha caza de pluma, no sólo en los lagos, sino en el espeso herbaje de las praderas, donde anida el gallo silvestre. (Tetrao-gallus campestrls Ammam) llamado en tártaro «Strepat», nombre que ha pasado también al idioma ruso. Recorriendo a caballo las praderas he visto a menudo grandes aves grises salir de sus escondrijos, las cuales, después de un corto vuelo, desaparecían otra vez entre la hierba o bajo los diseminados arbustos de rododendros alpinos (Rhododendron flavus), comunes allí. No era difícil matar esas aves, porque dejaban que nos acercásemos a ellas y su vuelo era lento y en línea recta por lo general, presentando, por tanto, un blanco fácil.

El gran lago Szira-Kul, que significa «lago amargo», está situado entre Bateni y la cadena montañosa de Kizill-Kaya, muy próximo a las laderas de ésta. El lago es un óvalo de siete millas de largo por tres de ancho, que se extiende en un valle sin árboles. En su extremo Norte hay un cañizal, junto a la boca de un riachuelo de agua fresca, que desagua en él en ese punto. El Szira-Kul es un depósito de agua mineral, amarga y salina, buena para baños calientes y eficaz en las enfermedades del estómago; en su orilla Oriental han levantado un balneario que tiene fama en la región.

Al día siguiente de nuestra llegada nos pusimos en seguida a trabajar. Nos proporcionamos un pequeño y ligero bote, que cargamos con nuestros distintos instrumentos: un aparato para medir la profundidad y sacar muestras del fondo; otro para conocer la temperatura en diferentes profundidades y un tercero para ciertos estudios químicos.

Cuando íbamos a empezar nuestras tareas, nos rodearon multitud de tártaros, que vivían en el pueblo o acampaban cerca del lago, quienes vigilándonos atentamente y moviendo la cabeza con ademán de duda, murmuraban con voces atemorizadas los más y con entonación profética los ancianos:

-;Esto no traerá nada bueno. El lago es sagrado y se vengará terriblemente de los extranjeros que lo profanan.

Nos sorprendió oírles llamar sagrado al lago, porque los tártaros son musulmanes y los adeptos del Islam no suelen tener tales tradiciones. Nos contaron que durante siglos el Szira-Kul había sido considerado como un lago sagrado y que conservan esta creencia a modo de legado de las tribus que anteriormente acamparon allí y que han desaparecido sin dejar rastro de ellas.

A pesar de todo, no parecía que el sañudo augurio referente a la venganza del lago fuese a cumplirse, porque el Szira nos permitió trabajar tranquilamente. Hicimos una labor interesante. Nuestras medidas de las profundidades demostraron que el lago tiene forma de embudo, con su parte más honda cerca de la costa Sur, que es muy escarpada. A poca distancia de ella hallamos una hondonada de 976 metros; pero esta depresión no pasa de tener 15 metros de diámetro, y junto a ella el fondo se encuentra a unos 30 o 36 metros de la superficie. Imagínese nuestra sorpresa cuando algunas semanas después, tomando nuevas medidas, no dimos con el sitio que tan cuidadosamente habíamos determinado. Sin embargo, a cosa de unos 1.000 metros más al Norte, descubrimos un abismo de 963 metros. Dedujimos de esto que el fondo del Szira es movedizo y se halla sujeto a errantes y poderosos cambios, producidos probablemente por intensas fuerzas tectónicas.

Sacamos del fondo del lago muestras de limo, negro y frío, cuya temperatura no excede nunca de 34,6° y que siempre huele a hidrógeno sulfuroso, y observamos en ellas un extraño fenómeno. Después de exponerlas algún tiempo al aire libre, les salió en la superficie un musgo bastante consistente, de color amarillo pálido, que desapareció pronto y completamente. Diríase que algunos seres que viviesen en el limo tendían sus antenas y luego las recogían. En realidad esto era lo que ocurría: se trataba de colonias del bacilo Beggiatæ, esos precursores de la muerte de los mares y los lagos, que aparecen cuando algunas de las sales se descomponen y forman el hidrógeno sulfuroso, que agota toda la vida en esos depósitos.

Continuando nuestros estudios, hallamos a cierta distancia, debajo de la superficie, una inmensa red formada por un gran número de estas colonias, entretejidas, que subían del fondo cada vez más, destruyendo todos los síntomas de la vida. El lago estaba, por tanto, totalmente muerto, excepto la parte de encima de la red, donde todavía vivían algunos diminutos cangrejos llamados hammarus, similares a los camarones corrientes, pero muy pequeños, pues sólo tienen un centímetro de largo, si bien son tan rápidos e intrépidos como sus congéneres del mar. No obstante, llegará un día en que la cantidad de hidrógeno sulfuroso creado por los Beggiatæ, también matará a estos últimos representantes de la fauna anterior del lago, y el proceso de putrefacción de éste habrá terminado, porque los mismos bacilos a su vez serán envenenados por su pernicioso gas.

Más tarde he estudiado, con el profesor Werigo, las caleras cercanas a Odessa y las de algunas regiones del Mar Negro. En ellas se realiza un proceso idéntico de descomposición, y después de un período más o menos breve, también quedará completamente destruida la vida del Mar Negro. Los peces, presintiendo este proceso, están poco a poco abandonando este mar, debido a que encuentran en sus hoyas esas envenenadas capas de agua que gradualmente suben a la superficie.

Esta es la triste y repugnante suerte reservada a los grandes estanques de agua, que se convierten en muertos depósitos de agua salina, despidiendo hidrógeno sulfuroso. El Mar Muerto, en Palestina, ha sido hace tiempo un lago así, y gran número de otros semejantes a él están esparcidos en las inmensas llanuras de Asia.

El hammarus es un animal muy curioso. Miles de estos cangrejos nadan cerca de la superficie del lago de Szira y traidoramente atacan a los bañistas, acometiéndoles con el duro caparazón de sus cabezas y desapareciendo inmediatamente. Cuando echamos al agua pedazos de pan o trozos de corcho, vemos enjambres de esos insignificantes crustáceos rodearlos, girar en torno de ellos en todas direcciones y devorarlos con rapidez.

Durante nuestras excursiones por el lago, desembarcamos con frecuencia en la orilla septentrional, donde desembocaba el riachuelo de agua fresca entre cañaverales y junqueras. Nos sentíamos atraídos a aquel paraje por los grandes y negros patos, denominados turpanes o cuervos del mar. Claro que vivían en otro lago, pero sin duda tenían alguna razón para ir al Szira, quizás porque las aguas salinas de éste, excelentes para las enfermedades del estómago, gozasen de fama entre esas vistosas aves. Matamos algunas y lo sentimos, pues su carne es dura y sosa.

Una vez, estando sentados a la orilla del arroyo, tomando té, oímos un ligero ruido, y, mirando alrededor nuestro, divisamos entre la hierba una cabeza, que se ocultó sin perder tiempo. Nos dirigimos al sitio donde la hablamos visto, y encontramos escondida allí a una linda muchacha tártara que, cuando nos acercamos a ella, se echó a llorar. Nos costó mucho tranquilizarla. Por último, se sosegó y fue con nosotros junto a la hoguera. Allí, bebiendo té y chupando un terrón de azúcar, nos contó su triste historia, típica ¡ay! de toda Asia, excepto de Mongolia. Aunque sólo tenía catorce años, sus padres la habían ya entregado en matrimonio a un rico y viejo tártaro, que poseía seis mujeres además de ella. Como su familia era pobre y carecía de influencia, las otras mujeres la trataban con desdén y crueldad, y a menudo la pegaban, la tiraban de los pelos y arañaban o pellizcaban su agraciado rostro. La muchacha sollozaba desgarradoramente al referirnos su lamentable situación.

-;¿Por qué ha venido usted aquí? -;la preguntamos.

-;He abandonado el campamento de mi marido, para no volver jamás a él -;contestó.

-;¿Y qué va usted a hacer ahora?

-;¡Voy a ahogarme en el Szira! -;exclamó con apasionada desesperación-;. A una mujer maltratada Alá la perdona y favorece cuando se mata en este lago. En sus honduras abundan los montones de huesos de mártires como yo.

Nosotros éramos entonces jóvenes e impresionables, y lanzamos una mirada de sincera pesadumbre a las perezosas y saladas olas del Szira, que, bajo sus extrañas curvas, ocultaba los huesos de las infelices y sacrificadas mujeres que habían buscado en su calma el olvido y la paz eterna. No tuvimos, sin embargo, tiempo de sobra para reflexionar, porque algunos jinetes llegaron de repente, demostrando sumo recelo, y ordenaron a la muchacha que montase en un caballo que traían y volviese al rancho de su marido. Con las lágrimas en los ojos la tártara cumplió el mandato de su amo y montó a caballo. Uno de los jinetes dio un latigazo al animal con tal fuerza, que le hizo encabritarse, y todo el grupo arrancó a galope, desapareciendo pronto de nuestra vista en la lejanía de la pradera.

Durante muchos días no pudimos borrar de nuestra imaginación el recuerdo de la escena, y semanas después, cuando nadábamos en el lago, involuntariamente lo mirábamos, temiendo tropezar con el cuerpo de la desventurada y hermosa joven. No volvimos a verla nunca, y sigo ignorando si mejoró su suerte o si continuará padeciendo las afrentas, insultos y torturas que la impulsaron a pensar en suicidarse.

Mientras, el lago nos preparaba su venganza. Un día, a la sazón que trabajábamos en nuestro bote, a unos veinte metros del borde Sur, sentimos de repente que la embarcación se mecía con violencia. Miramos en torno nuestro. Grandes e impetuosas olas, que salían de las rocas a lo largo de la orilla, corrían hacia el Noroeste. Era un fenómeno sorprendente, porque en el cielo no había una nube y apenas soplaba el viento. No obstante, el lago estaba agitado y las olas iban y venían de costa a costa cada vez más altas, sacudiendo nuestra frágil barquilla y cubriéndola con una densa espuma, que casi la llenaba. Nuestro bote se inclinó varias veces tanto, que el agua empezó a entrar en él.

-;¡Malo, malo! -;dijo un compañero-;. Imposible trabajar así. Más vale que vayamos a tierra.

Asentí a la idea; pero el Szira pensó de otra manera. A pesar de que los dos éramos fuertes y diestros remeros, y de los esfuerzos que hicimos, no conseguimos llegar a la orilla. Las pesadas olas de densa agua salada nos empujaban cada vez más lejos hacia el centro del lago, embate va y embate viene, medio sumergiendo nuestro bote. El agua nos llegaba ya a las rodillas, nuestros brazos se cansaban de bogar inútilmente, y, aunque luchamos lo indecible, comprendimos que nos afanábamos en balde, porque el Szira había decidido jugarnos una mala pasada. Resolvimos entregarnos a su merced, suponiendo que las olas nos llevarían a la costa Sur, y dedicamos toda nuestra atención a la empresa de achicar el agua del bote y de mantenernos a flote. Para estar dispuestos a cualquier contingencia, nos pusimos los cinturones salvavidas y emprendimos la tarea de achicar el agua con la única lata que teníamos. En varias ocasiones una enorme ola sacudió la embarcación, y estuvo a punto de arrebatarnos de ella.

Nuestro trance atrajo la atención de los ribereños. Algunos hombres se embarcaron sin vacilar en una lancha, tumbada perezosamente en la playa para solaz de los bañistas; pero como sólo tenían un par de remos, se aproximaban a nosotros con desesperante lentitud, y pronto la rotura de un remo les obligó a regresar al pueblo, a costa de grandes dificultades.

Entretanto las olas nos empujaban a la margen opuesta. Los acantilados rojizos de Kizill-Kaya se veían con mayor claridad a cada momento, y no tardamos en distinguir la orilla baja del lago cubierta de rododendros, mimbreras y de las altas y puntiagudas hojas de los gradiolos. Por fortuna, la tormenta empezó a apaciguarse. Empuñamos de nuevo los remos y nos dirigimos a la orilla con rapidez.

Hasta entonces no habíamos estado nunca debajo del Kizill-Kaya. Esas montañas nos atraían vivamente por su brillante color rojo y su aspecto matoso, que tapa los pedriscales y los hondos barrancos. Esperábamos encontrar allí más caza que en las interminables y monótonas praderas del otro lado del Szira. No nos equivocamos, pues hallamos en aquel país, como veremos más adelante, una clase de caza por completo desconocida para nosotros.

La huida de las aves cautivas

Sacamos el bote a la orilla, y tras descansar un rato, después de nuestra fatigosa lucha con las olas del vengativo Szira, partimos en dirección de los Kizill-Kaya, que empezaban a elevarse desde el mismo borde del lago, aumentando en altura constantemente hasta formar a lo lejos una escarpada muralla roja. Tuvimos que abrirnos paso a través de los bajos pero muy espesos cañaverales y matorrales de la ribera y de las laderas. Cuando penetramos en el monte volaron las perdices de todas partes con el ruidoso batir de sus alas, lanzando agudos chillidos. Como no teníamos escopetas los pájaros escaparon con felicidad, no sin dejar víctimas en nuestras manos.

Una de las perdices salió casi de mis pies y se ocultó bajo una mata próxima, chirriando furiosamente. Comprendiendo que el nido no debía estar lejos, comenzamos a buscarlo junto a nosotros, y pronto lo encontramos a algunos pasos de donde nos hallábamos, oculto en la maleza. Doce pardos perdigones con manchas rojas en los lomos y cuellos piaban en él, formando una piña, y seguían atentamente todos nuestros movimientos con sus brillantes y negros ojos. Eran una pollada de perdices rojas o de roca, que suelen habitar en las regiones elevadas y secas.

En cuanto nos acercamos al nido se dispersaron en todas direcciones como hojas caídas empujadas por el viento. Sin embargo, notamos que al llegar a la hierba intentaban ocultarse pegándose materialmente al terreno. Empezamos a darlas caza, y pronto cogimos toda la pollada, llevándonosla al bote y poniéndola sobre una capa de hierba seca, a modo de nido, en una lata vacía de petróleo. Deseábamos soltarla luego con los pollos en nuestro corral, para ver si se acostumbraba a las condiciones de las aves domésticas, junto con las gallinas que en él teníamos.

El resultado de nuestro experimento fue instructivo, si no provechoso. Los perdigones siguieron con presteza a la gallina, metiéndose obedientemente con los pollos debajo de sus alas, y con mucha energía y éxito lucharon por el alimento con los pollos más grandes que ellos. Eran más fuertes, ágiles y valientes que sus primos domésticos, y lo que nos sorprendió en primer término fue el hecho de que cuando un perdigón se ponía a reñir, los demás acudían, sin perder tiempo, en auxilio suyo. Pasaron algunos días, durante los cuales vimos a las gallinas y perdices vivir pacíficamente en el corral, que estaba cercado por una alta valla, jugando, escarbando y buscándose la comida, así como haciendo todo el ruido que podían.

De improviso, al cabo de dos semanas, desaparecieron dos perdices sin dejar rastro. Al día siguiente se perdieron tres más. Hicimos cuidadosas pesquisas para encontrar las aves desaparecidas, que no dieron el menor resultado. Como no faltaba ninguno de los pollos, no podíamos deducir que los perdigones hubiesen caído en poder de un merodeador de cuatro patas o de pico corvo. Luego desaparecieron otros dos. Como era domingo y teníamos tiempo para dedicarnos a esas menudencias, nos pusimos en acecho. Pronto observamos que dos de las perdices andaban junto a la valla, y que empezaron con gran energía a escarbar un agujero en la arena, entre dos tablas de la cerca, por el cual se escurrieron, ansiosas de libertad. Durante el día siguiente, el resto de ellas abandonó a su madre adoptiva y el hospitalario corral de la misma manera, dejando a la gallina sola con sus polluelos.

Uno de los viejos cazadores siberianos a quien relaté este sucedido, me dijo:

-;Es imposible domesticar las perdices y los gallos salvajes. Estos bichos viven en cautiverio pensando siempre en la libertad. Una ráfaga de viento que venga del bosque o la pradera, un grito de los pájaros libres, e inmediatamente buscan el modo de escaparse, aunque les vaya en ello la vida. La libertad, señor, es una gran cosa; sólo los hombres no lo entienden así.

Mientras tanto, después de asegurar a nuestros pequeños prisioneros en el bote, empezamos a subir las laderas del Kizill-Kaya. El núcleo de esta montaña está formado por piedra arenisca de Devon, dura y roja, cortada en algunos sitios por vetas de arcilla endurecida. En medio de la cadena llegamos a anchas terrazas con señales claras de olas en la superficie de las vetas, mientras que los profundos hoyos y grietas en las caras de las terrazas denotaban con evidencia el hecho de que las aguas de algún gran lago habían golpeado antiguamente sus muros. Como las praderas del Chulyma-Minusinsk constituyeron durante una anterior época geológica el fondo del mar Centro-asiático, que ha dejado de su existencia numerosos lagos minerales y salados, desde los Urales a los grandes Khingan y Kuan-lun, es del todo admisible que hace siglos el extinguido mar tuvo en los Kizill-Kaya su costa occidental. Esto se desprende también de la presencia de gran cantidad de conchas fósiles, especialmente belemnitas, desparramadas profusamente. En una palabra, del moribundo Szira a Kizill-Kaya, vimos la vasta tumba en la que la naturaleza ha enterrado un inmenso mar.

Los puntos culminantes de la cordillera han sido modificados por el viento, la lluvia y las heladas, destruyendo la piedra dura y convirtiéndola en el polvo y la arena que han cubierto cada vez más los vestigios del mar y de las épocas hace tiempo desaparecidas. Encontramos en las cumbres hondas grietas y cavernas hechas por el frote de las arenas del Gobi, llevadas allí por los vientos otoñales. Algunas de esas rajas eran muy anchas.

Al aproximarnos a una de ellas, nos asombró ver una leve columna de humo que salía de su fondo. La mirábamos con curiosidad, cuando de repente tres campesinos, descalzos y harapientos, surgieron de la profunda quebrada y echaron a correr hacia la ladera occidental hasta que ganaron una altura, desde la que nos hicieron fuego. Estaban a demasiada distancia para que pudiesen tirar con acierto, y además, como el arma que usaron era un revólver, las balas probablemente ni siquiera llegarían hasta nosotros. Mi conocimiento de Siberia y las varias aventuras de igual clase que me habían sucedido, me permitieron comprender quiénes eran con los que tenía que tratar. Indudablemente los fugitivos debían ser presidiarios escapados de alguna prisión rusa, quizás de Sajalín, adonde los Tribunales rusos enviaban los criminales más empedernidos. Por tanto, les grité en seguida que no éramos policías ni oficiales, y que no pensábamos hacerles daño. Se volvieron y acercaron a nosotros, pero con vacilación, desconfianza y visible temor. No obstante se quitaron los gorros y se mostraron muy respetuosos, aunque no separaban la vista de nosotros, buscando nuestras armas u otra prueba cualquiera de nuestra condición militar. Por último, cuando les dijimos que éramos hombres de ciencia, ocupados en estudiar el lago, y les referimos las peripecias de aquel día. Se tranquilizaron, y con afabilidad nos invitaron a visitar su guarida. Esta era una caverna hecha en la roca, ancha y profunda; grandes peñas que habían rodado desde la cima del monte dificultaban la entrada a ella. Nuestros nuevos conocidos se habían agenciado allí bastantes comodidades. En el rincón más apartado se veía un suave lecho de hierbas secas. Unas piedras colocadas a propósito formaban un hogar, donde sobre el fuego hervía el té en un caldero ennegrecido, y en los socavones de las paredes se ocultaban zurrones con mendrugos de pan, negros y duros. En otro rincón divisamos sacos y hachas, esos utensilios necesarios al merodeador siberiano que se ha evadido de una prisión o de algún lugar de confinamiento y vaga por la tundra septentrional, atravesando montañas y bosques vírgenes o taiga, hasta que por último cruza los Urales, igual en verano que en invierno, torturado por la lluvia, el calor o el frío más cruel, mientras intenta volver a Europa.

El vagabundo fugitivo lleva en su saco toda su fortuna, muy modesta pero utilísima. Con su hacha corta la leña que necesita, y en caso de precisión la emplea como arma para cazar o combatir con los policías y las patrullas cosacas. Esos evadidos se valen de su hacha con maestría, y saben arrojarla por el aire con increíble velocidad, y partir con ella la cabeza de un oso o de un hombre, si es que amenaza al fugitivo en su selvático refugio.

Nuestros nuevos amigos llevaban dos años viajando de este peligroso y emocionante modo. Eran unos sujetos muy interesantes. Uno de ellos, llamado Hak, se había escapado en pleno invierno de Sajalín, cruzando a pie la helada corteza de la Manga de Tartaria, que separa la isla de la tierra firme.

Como era de suponer, a Hak le perseguían sin tregua, por tratarse de un despiadado criminal, que en cierta ocasión mató a quince personas en el ataque a una casa de correos. En su saco guardaba un disfraz especial, propio del invierno, que consistía en una capa o sudario de tela blanca. En cuanto notaba que alguien le perseguía, inmediatamente se tumbaba en la nieve del suelo y se envolvía él y sus efectos en la capa blanca, confundiéndose así con la blancura del helado y dormido campo sobre el cual silbaba el viento norteño del mar de Ojotsk, transportador de nubes de nieve y granizo, que pronto descargaban sobre él.

El segundo de los fugitivos respondía al nombre de Sienko y era un incendiario que había huido de una prisión a orillas del Amur, atravesando toda Siberia, en dirección a un pueblo cerca de Moscú, con el fin de asesinar a los testigos que, por declarar contra él ante el tribunal, contribuyeron a que fuese condenado. En oposición a Hak, que era cortés y sociable y con frecuencia jovial, aunque procuraba evitar las miradas de los extraños, Sienko se mostraba huraño y taciturno, y sus ojos, reveladores de un odio reconcentrado, parecían clavarse en los de quien le miraba.

El tercer habitante de la caverna de Kizill-Kaya, Trufanoff, era el tipo más curioso de los tres. Tratábase de un hombrecillo, casi siempre en movimiento, de pelo largo y canoso y de ojos negros, de expresión encantadora y penetrante; si se sentaba un minuto, al siguiente se levantaba, y sorprendía además por la verbosidad con que hablaba, sin prestar atención a las conversaciones de sus compañeros de correrías. Continuamente entraba y salía de la caverna, dando la impresión de un perro inquieto y jadeante. No nos dijo nada respecto a él, y cuando le preguntamos por qué había estado preso y de dónde se había escapado, contestó sencillamente:

-;De la cárcel, en la que me encerraron injustamente-; y sin añadir más, se fue de la caverna, bajando la cabeza.

-;¡Pobre hombre! -;murmuraron sus camaradas.

Algunos días después supe por Hak que Trufanoff había sido condenado por un robo insignificante que cometió siendo un jovenzuelo. El afán de reunirse con los suyos le indujo a intentar escaparse, por cuya tentativa le aumentaron la condena y le enviaron a Siberia. Tras varios años de permanencia en un presidio siberiano logró fugarse de él; pero no tardó en caer de nuevo en manos de la policía, y al ser capturado mató a uno de sus carceleros, lo que le valió ser condenado a quince años de trabajos forzados, durante los cuales se escapó varias veces de la penitenciaría en que se hallaba. Cuando yo le encontré, andaba huido por décima vez.

Nuestro contacto con los fugitivos nos incitó a preguntarles si querían ayudarnos en nuestras tareas en el lago, para lo cual obtendríamos del único policía que había en el pueblo el permiso para que pudieran vivir allí. Aceptaron; pero nos rogaron que no revelásemos a las autoridades sus antecedentes criminales y nos limitásemos a decirles que eran hombres que habían perdido sus documentos. El acuerdo de los fugitivos con los particulares es un hecho corriente en toda Siberia. Cualquier escapado de presidio se confía a las personas que no desempeñan cargo oficial, porque en Siberia los labradores, y en general todo el mundo, prestan ayuda a los que se libran del peso de la ley, ocultándoles a la policía o poniendo comida en la entrada de las casas para los que vayan durante las noches, evitando presentarse de día donde los agentes de la autoridad puedan apresarles.

¿Por qué los siberianos muestran tan buena disposición para con los fugitivos? Por dos razones. Una, de orden práctico, por el gusto de convertir en amigo al salvaje y a menudo peligrosamente brutal merodeador, perseguido y acosado como una bestia feroz. La segunda, de índole moral, estriba en que los siberianos saben que los tribunales del Zar sentenciaban con frecuencia al destierro en Siberia a personas realmente inocentes, a causa de sus opiniones políticas, y que estos infelices, olvidados por los gobernantes y los jueces, se hallaban en el dilema de escapar o de hacer frente a la muerte o la locura.