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Una mirada crítica de aristóteles al mundo contemporáneo - Telos y Ergon



Cada vez está más extendida la idea de que hay que ser un "ganador" y evitar ser un "perdedor" (aplicación casi literal del "winner" y el "loser" tan en boga en Norteamérica y tan en consonancia con el "modo de vida norteamericano"). Sin embargo, aunque casi nunca queda claro cuál es la "cumbre" que hay que ascender, o de qué "ganancias" o "pérdidas" se trata, no hay que ser un lince para poder captar pronto el verdadero mensaje: dinero, poder, fama, éxito... Cuanto más pronto y en mayor medida se posean cosas (y especialmente dinero), más "ganador" será alguien. Cuanto más alejado se encuentre uno de ellas, más se le tendrá por un "fracasado".

A no pocos les parece de perlas esta forma de ver y de afrontar la vida. En un mundo plural, cada uno es muy libre de escoger lo que considere más oportuno. Nada hay, pues, que objetar al hecho de que cualquiera se proponga como meta desmarcarse, gracias a su esfuerzo personal (y, lo que es más difícil, sin perjuicio de nadie), del inconmensurable rebaño de perdedores que sobrevivimos en el planeta. Sin embargo, tampoco habría que descartar la posibilidad -quizá tercermundista, pero posibilidad, al fin y al cabo- de que haya otras formas más saludables de vivir la vida. Muchos individuos, escuelas, partidos y movimientos se han dedicado desde los principios conocidos de la historia a pensar, proponer e -incluso- ensayar-algunas de esas formas de vivir confortable y placenteramente.

Como sería aburrido y muy extenso hacer un recuento relativamente exhaustivo de todas ellas, limitémonos ahora a una sola, muy antigua, intrínsecamente "perdedora", y sin la más mínima posibilidad de estar hoy de moda: la de Aristóteles.

Aristóteles, además de contar con una gran capacidad especulativa y unas asombrosas dotes como investigador y hombre de ciencia, procuraba mantener siempre los pies en el suelo y comprobar minuciosamente cuanto sucedía a su alrededor. Observador atento y de gran sentido común, gustaba siempre de atenerse a los hechos verificables. Pues bien, Aristóteles constató que cada ser del cosmos, animado e inanimado, y sobre todo los seres vivos, posee por sí mismo unas capacidades, características, tendencias y actividades propias y específicas, que le pertenecen a él y que le diferencian del resto de los seres. Estos rasgos específicos de cada ser que habita en la naturaleza son los que determinan que cada individuo y cada especie sea como es y se comporte como se comporta.

En principio, aunque a primera vista pueda parecer algo complicado, este descubrimiento de Aristóteles es algo bastante evidente: por ejemplo, la naturaleza del orangután (sus capacidades, características, tendencias y actividades) es bien distinta de la del mosquito, la del pino, la de una estrella enana roja o la del ser humano. Si nos fijamos en la forma de comportarse de cada uno, constatamos de inmediato que son diferentes en cada uno, a tenor de su propia naturaleza: la margarita, el dromedario, la libélula, la magnolia. la estrella de mar o el ser humano son muy diferentes, al igual que su comportamiento, aspecto, su estructura fisiológica, sus formas de alimentación o reproducción, sus modalidades de comunicación, sus medios de adaptación al medio, etc....

Y sin embargo, a juicio de Aristóteles, a pesar de todas estas peculiaridades y diferencias, todos los seres de la naturaleza coincidimos en algo fundamental: estamos en el mundo para llegar a ser lo más plenamente posible aquello que nos corresponde ser por naturaleza. En otras palabras, dado que a cada ser, a cada especie, le corresponde un modo de ser específico y propio determinado por la naturaleza, la misión primordial que cada uno tiene en el mundo es llegar a ser lo más perfectamente posible lo que se es, al menos en germen: llegar a ser él mismo, desarrollarse o realizarse a sí mismo en todas y cada una de las capacidades que la naturaleza le ha dotado. Pues bien, Aristóteles denomina a este objetivo fundamental de cada ser existente en la naturaleza con un término que él mismo inventó al efecto: "telos".

Cada ser, cada especie tiene su propio "telos", es decir, surge en la naturaleza para hacerse a sí mismo, desarrollar cabalmente todas sus potencialidades. Así, consideramos que una mazorca de maíz, un tomate, un delfín o un caballo van llegando, en circunstancias normales, mientras dura su existencia, a su pleno desarrollo, a su plenitud natural (a su "telos"). Desde esta perspectiva, resultaría ridículo y fuera de lugar declarar que una ballena es "más excelsa" o de "mayor valía" que un pulpo, pues para el pulpo sería una catástrofe aspirar a parecerse o convertirse en ballena, pues su "telos" natural consiste en llegar a ser pulpo (si no se malentiende la expresión, podría decirse "un buen pulpo"). Lo mismo podría decirse, por ejemplo, de la metamorfosis de la mariposa, las mareas, los eclipses, el desarrollo de un niño, la organización de las termitas en sus hormigueros o la pigmentación variable del calamar.

Por consiguiente, el "deber" primordial de cada ser de la naturaleza consiste en desplegar y culminar su "telos", es decir, en hacerse adecuadamente a sí mismo, no impedir el pleno desarrollo de su ser. Una abeja que tendiese a ser libélula o un ratón que suspirase por volar no llevaría a cabo su "telos" específico y propio, y se convertirían en un auténtico fiasco. En otras palabras, el mayor error que podría darse en la naturaleza consistiría en que alguien se empeñase en desconocer, ignorar o dar la espalda al pleno despliegue natural de su naturaleza, al propio" "telos"': cada uno ha de tender a ser él mismo de la forma más acabada posible.

Por ello, tampoco los seres humanos alcanzaríamos nuestro objetivo natural (nuestro "telos"), si nos empeñáramos, por ejemplo, en ser gaviotas, supermanes, dioses o máquinas, al igual que sería un desastre para la cebolla desarrollarse como palmera o como cactus o como cualquier otro ser que no fuese ella misma...

Por la misma razón, y dado que los seres humanos constituyen para Aristóteles la obra culminante, pero no por ello dejan de ser unos seres más de la naturaleza, estamos sujetos al mismo proceso de consecución del propio "telos", es decir, a la necesidad de desarrollar nuestras posibilidades naturales, si es que queremos alcanzar nuestra realización plena como humanos y, por consiguiente, la felicidad. Desde que nace un ser humano, se pone ineludiblemente en marcha para llegar a su pleno desarrollo como individuo humano concreto, y por ello y para ello vive, ama, se aburre, estudia, respira, habla, duerme, se apasiona, anda, sufre, se preocupa o suda... Cada etapa, cada situación, cada decisión, cada instante es un paso, progresivo o recesivo, hacia la construcción total y plena de uno mismo como ser humano.

Cada individuo humano debe esforzarse, pues, a lo largo de su vida por llegar a ser una persona cabal, por llevar a plenitud sus aptitudes y capacidades, de acuerdo con sus características individuales propias, por hacer realidad su "telos". Ahora bien, Aristóteles no concibe el "telos" como algo acabado, definitivamente hecho, exterior a nosotros mismos, como si se tratara de la línea de meta para un ciclista, el mueble terminado para el carpintero o el puerto para el barco de pesca, sino como algo que forma parte de uno mismo: es el propio ser el que está en proceso permanente de autorrealización. A este proceso constante por alcanzar el "telos" lo denomina Aristóteles con el término "ergon".

Al igual que el cuerpo de un ser adulto es resultado de un despliegue complejo y maravilloso del organismo a lo largo del tiempo, desarrollarse como persona es producto del esfuerzo continuado por hacerse a uno mismo día a día. En otras palabras, el "telos" no es una simple meta que nos aguarda al final de la vida, sino un proceso, una actividad, "ergon". El "ergon" es, pues, la actividad natural que cada ser ha de llevar progresivamente a cabo a lo largo de su existencia a fin de desarrollar adecuadamente el "teos", el propio ser, como individuo cabal.

Más aún, el ser humano no sólo está siempre por acabar, por realizarse, y en esto consiste radicalmente su esencia (tener que decidir día a día, instante a instante, quién es y quién quiere ser), sino que -precisamente por ello- cada uno debe descubrir cuál es su camino a recorrer, cuál es su horizonte a perseguir, pues lejos de ser un ente abstracto (clónico en lo fundamental, diferente sólo en lo accidental), es un individuo humano concreto, esta persona, yo, tú... La vida humana es para cada individuo una empresa siempre por hacer plenamente, un descubrimiento incesante, un navegar por aguas, a veces quietas, a veces procelosas, escrutando el rumbo adecuado.

Y aquí sería conveniente hacer un alto en el camino y volver a revisar el binomio contemporáneo "perdedor" - "ganador". En ningún caso se le ocurriría a Aristóteles descalificar lisa y llanamente los bienes y valores encarnados por el típico "self-made-man" triunfador (bienestar, confort, dinero, ocio, éxito...). Tenía demasiado sentido común y amaba demasiado la vida real y concreta como para despreciarlos. Sin embargo, no estaría de acuerdo en cargar exclusivamente las tintas sobre un solo aspecto, limitado y parcial, de la vida: el dinero, el bienestar, la fama, el poder, el confort, el ocio o el éxito.

El auténtico y pleno desarrollo humano no se alcanza con la simple obtención de estos bienes, aunque éstos pueden propiciar que el proceso sea más placentero y menos accidentado. El "telos" es un proyecto -un "ergon''- que se despliega lentamente, con constancia, a lo largo de la vida. Dentro de las características y limitaciones naturales de cada especie e individuo, cada uno debe desvelar el sentido y la dirección que quiere dar a su existencia para la consecución de su "telos". Frente al mensaje sesgado de los "ganadores" contemporáneos, Aristóteles supone una reivindicación de lo más genuino y profundo del ser humano, expresado con el término "telos".

Para la mayoría de los seres de la naturaleza la realización de sus potencialidades naturales es eminentemente un proceso ciego: no son capaces de elegir, ni bien ni mal, el desarrollo de su vida y de su personalidad, la calidad y el talante de su existencia, su "ergon" y su "telos" ; es decir, sus comportamientos, necesidades y pautas de adaptación están completamente predeterminados: tanto sus características fisiológicas, como sus conductas básicas, están prefijadas por un conjunto de factores genéticos e instintivos, que les dejan un margen bastante escaso, o incluso nulo, de decisión.

El ser humano, en cambio, puede convertirse en un ser excelente o deplorable según consiga o no desarrollarse adecuadamente: es un ser capaz de echar a perder lo que por naturaleza puede llegar a ser, es decir, puede "echarse a perder" lastimosamente. Por lo mismo, puede "ganarse" a sí mismo como ser humano cabal. Obviamente, el significado de "perder" o "ganar" nada tiene que ver en este caso con los "ganadores" o "perdedores" de determinados estratos de la sociedad contemporánea.

En efecto, aun dentro de ciertos límites impuestos por nuestra propia naturaleza biológica, somos el único ser de la tierra capaz de decidir cómo y qué queremos ser, de realizar nuestro ser de una u otra forma. Esto conlleva sin duda un riesgo, pero también la posibilidad de abordar la existencia como la aventura de llegar a ser nosotros mismos. Nos diferenciamos, para bien o para mal, del resto de los seres de la naturaleza en que somos capaces de hacer realidad o de abortar nuestro "telos", de pensar y reflexionar sobre él, de elegir el camino concreto para realizarlo, de llevado a cabo en el seno de determinados grupos y sociedades, de comunicado a través del lenguaje, de amarlo o destruirlo...

Sería, pues, un error envidiar otro "'telos" distinto. No sólo, por ejemplo, pretender ser hormiga, marciano o dios o ángel o demonio, sino empeñarme en ser cualquier otro, pero no yo mismo. Me puedo convertir en un desgraciado, si me paso la vida lamentándome de no medir dos metros treinta centímetros y no poder así jugar de pívot en un equipo de baloncesto, o no ser como mi vecino, o como mi amigo, o como el de la página quince de esa revista del corazón, o astronauta o Adonis redivivo, o Elvis Presley, o Superman...

Es curioso también observar cuántos individuos creen a veces que los demás siempre viven mejor que ellos o son menos desgraciados, o sus dolores son más intensos o más escasa su buena suerte... La cuestión es no estar conforme con lo que uno es realmente. Y difícilmente se puede mejorar si no es sobre la base de la propia realidad, del propio telos, del propio ergon concreto. Aún recuerdo la anécdota clínica atribuida a Sigmund Freud: dos hermanos gemelos andaban preocupados por el tamaño de su propio pene, pues cada uno consideraba que el de su hermano era mayor, y el suyo más pequeño... Pues bien, parece ser que cuando Freud los midió tenían exactamente el mismo tamaño... Quedaríamos quizá asombrados al comprobar cuánta gente anda por ahí desasosegada por sus propias dimensiones y por las presuntas dimensiones de los demás (y no exactamente del pene fisiológico...).

Es un error, por tanto, no esforzarnos por llevar nuestro ser, nuestro "telos", cabalmente a término. Los humanos no somos como los geranios existentes en las terrazas de tantas casas: es cuestión de sembrarlos en una maceta, de regarlos y... a crecer. Por el contrario, llegar a ser humano, en el sentido pleno de la palabra, exige siempre tensión, esfuerzo, reflexión, voluntad, ilusión, constancia, a veces también no pocos sacrificios. En otras palabras, el "ergon" humano es, en cualquier caso, una actividad ardua, que permite pocas siestas y vacaciones.

Esto nos permite descubrir el sentido real que Aristóteles da a la palabra "energía" ("en-ergon"', "en-ergeia'" o "en-ergía"): energético es todo factor o elemento que coopera o favorece el proceso de desarrollo que Aristóteles conoce bajo el nombre de "ergon". Así, hay cosas que son "energéticas" y otras que no lo son: la salud y lo que coopera a un buen estado de forma; el pensamiento y la cultura, la honradez y la sinceridad, el amor y la amistad, la gastronomía y el erotismo, el confort y la música, la fiesta y la belleza, la aceptación de los reveses de la vida y el esfuerzo, el sacrificio y la satisfacción, el placer y el estudio, la pasión..., son "energéticos" si y sólo si forman parte del proceso constitutivo del "ergon".

Hoy, sin embargo, sólo se consideran "energéticos" aquellos productos que confieren fuerza y vigor, poder y empuje. Debido a ello, lo "energético" se ingiere, se inyecta o se compra, y tras poseerlo, utilizarlo o asimilarlo , se "gasta" o se "emplea" en la actividad misma de subsistir y vivir (sean vitaminas, glucosa, pilas electrónicas o gasolina). Si carecemos, a nuestro juicio, de suficientes energías, parece que no tenemos más que comprarlas, inyectarlas, ingerirlas, etc. Aristóteles, sin poner en principio reparos a esta forma de ver lo "energético", echaría de menos una concepción más honda y radical de "energía": lo que fomenta la realización plena y veraz de cada ser, de la naturaleza de cada ser.

Hay cosas, por el contrario, que son "anti-en-ergéticas", aunque Aristóteles matiza bastante esta afirmación: más que las cosas en sí mismas y por sí mismas, son las proporciones o las dosis en que se toman o administran las que confieren realmente el rango de beneficioso o dañino, de constructor o destructor, de energético o no-energético. Todo puede ser conveniente o inconveniente, positivo e negativo, dependiendo de hasta qué punto y en qué medida favorecen o no, cooperan o no, a llevar a cabo el "ergon" personal y social.

En consecuencia, las drogas, el sexo, la lectura, la miel, el trabajo, el descanso, el ocio, el deporte, el riesgo, la comida, la bebida, el jolgorio, los ideales, los amigos o las angulas, todo -en desmesura- se vuelve en contra del "ergon", tiende a malograrlo, y todo -en su justa medida y en orden a su objetivo preciso- es energético, favorecedor del ergon, del desarrollo pleno del ser humano. Deberán ser la conciencia y la libertad de cada uno las que decidan dónde empieza o acaba la desmesura y cuál es la justa medida de cada cosa... Cada uno ha de juzgar, pues, qué le conviene en cada caso, al ser responsable, para bien o para mal, de su "ergon". Estamos hasta cierto punto en nuestras manos, somos producto de nuestras propias decisiones.

La vida debería ser ante todo un esfuerzo inagotable por llevar a cabo del modo más pleno posible el "telos", el desarrollo de nuestro ser, la culminación de nuestras posibilidades. De todas formas, somos seres que nos sentimos limitados e inacabados, por hacer. Siempre aspiramos a más, siempre estamos en pos de nosotros mismos, de nuestros proyectos e ideales. Parece que nunca podemos llegar al acabamiento perfecto y definitivo de nosotros mismos.

Que todos los seres del mundo y de la naturaleza, según Aristóteles, tiendan a su "excelencia", a su culminación perfecta, a la consecución de su "telos", al grado sumo de sus capacidades naturales, a su plena madurez, no deja de ser en cierto modo un ideal, y así lo reconoce el propio Aristóteles: en el caso de que alguien o algo alcanzase su "telos", su desarrollo completo, se convertiría en "en-telequia", en un ser naturalmente perfecto, que habría alcanzado el pleno y cabal desarrollo de su ser y de su vida. Pero, claro está, esto es más bien una aspiración, un ideal (de ahí la palabra "entelequia").

En realidad, somos seres inacabados, siempre en "en-ergía", siempre tendiendo al "telos", pero jamás consiguiéndolo del todo. Si llegásemos realmente a conseguir tal perfección de nuestro ser, al "telos" simple y puro, dejaríamos de ser humanos, de existir, pues en tal caso quedaríamos sumidos en un mundo donde nada habría ya que desear o querer, nada nuevo por lo que vivir o morir, ni siquiera tendríamos ya motivo para respirar, comer, amar o trabajar. Toda la realidad, incluido nuestro propio ser, quedaría petrificada en su perfección, al no tener nuevos objetivos que cumplir. Por suerte, la existencia humana es hacerse continuo, perfeccionarse, esforzarse, tendencia a lo que aún no se es, transcenderse, elegirse.

De ahí una de las mayores paradojas de los seres humanos: sabemos que nunca alcanzaremos plenamente el "telos" (dejaríamos de ser quienes somos, víctimas de nuestro propio logro), pero en ningún caso podemos tampoco renunciar a su consecución (quedaríamos sin objetivo, apresados en un mundo caótico, sin horizonte ni contornos).

Abordamos aquí la explicación de aquellos factores internos o externos que nos dan la explicación del Ser: las causas. Atendemos al proceso constitutivo de la realidad, pero no sólo a él sino al único modo de científico conocerlo.

Lo propio de las ciencias es conocer las causas de las cosas, el porqué de su existencia y de su ser. Las causas explican el comportamiento de los seres naturales. Considera causas todos los factores que son necesarios para explicar un proceso, los principios que lo hacen inteligible o lo explican en toda su extensión.

En todo proceso deberá explicarse el sujeto al que afecta (materia y forma o esencia) el agente que lo produce y lo que se pretende alcanzar o fin.

Todo ser natural, por definición, está sujeto a movimiento, la teoría de las causas intenta dar razón de los diversos aspectos que intervienen en el cambio. Aristóteles distingue cuatro causas:

a)      Causas intrínsecas:

      i.        Causa material: intenta precisar el principio material de los seres, designa aquello de lo que está hecha una cosa. En este sentido de causa diremos que el mármol es la causa de una escultura que esté hecha de este material. El precedente filosófico de este tipo de causa es la filosofía milesia que pretendía explicar el ser de las cosas atendiendo a principios materiales (arjé: aire, agua, fuego,...).

     ii.        Causa formal: es aquello que ha servido de modelo (real o conceptual) para producir algo, es la forma, modelo o figura de una cosa. En este sentido diremos que la causa formal de una escultura es el modelo que ha seguido el escultor para esculpirla. Es también la esencia de las cosas, lo que explica su ser, ya que la materia indeterminada necesita de una esencia que explique por qué es esa cosa y no otra. También es lo que se llama naturaleza pues determina sus actividades específicas y propias. El precedente filosófico de este tipo de causa está tanto en los pitagóricos con su concepción del número como límite o determinación, como en la forma o idea en Platón, ambos pretenden explicar las cosas atendiendo a un modelo.

b)      Extrínsecas:

      i.        Causa eficiente: (agente o motriz) es la causa productora de la cosa. Nos remite al productor del cambio, el agente que lo pone en marcha, puede ser externo a lo cambiado -como la mano del escultor respecto de la estatua- o interno como la naturaleza que es el principio inmanente del cambio para los seres naturales. Nuestro concepto habitual de causa es similar a éste. El precedente filosófico de este tipo de causa está Empédocles (atracción-repulsión) donde aparece diferenciada de los elementos.

     ii.        Causa final: nos remite al fin a que aspira todo cambio o comportamiento. Es aquello por lo que actúa el agente o causa eficiente. En el caso del escultor puede ser obtener fama, dinero, adornar una plaza, etc. Junto a la causa eficiente es la más importante para Aristóteles, ya que todo está orientado a un fin, la naturaleza se rige por un modelo teleológico. El precedente filosófico de este tipo de causa está en el Nous ordenador de Anaxágoras.

En los procesos naturales causa eficiente, formal y final coinciden, en ellos es la forma el principio inmanente del cambio. Por lo tanto en los procesos naturales las cuatro causas se reducen a dos: materia y forma.

GRADOS DEL SER: LA SUBSTANCIA Y LOS ACCIDENTES.

( Ninguno de los elementos que estructuran y constituyen el Ser tienen existencia por separado.

Lo único real existente es la substancia primera u objeto individual y concreto. En ella distinguimos entre la substancia, que es lo que permanece y dota de realidad a la cosa aunque esta cambie, y los accidentes, que son todos aquellos aspectos particulares de la cosa que cambian sin alterar su esencia.

Antropología.

CRÍTICA A LA ANTROPOLOGÍA ÓRFICO-PLATÓNICA.

Aristóteles es contrario al dualismo de los pitagóricos y de Platón: alma y cuerpo no son dos substancias distintas, sino dos elementos inseparables de una única substancia. Como consecuencia de ello rechaza la idea de inmortalidad del alma.

LA NATURALEZA HUMANA EN ARISTÓTELES.

La desarrolla en tratado De Ánima.

Aristóteles define el alma como: "acto (entelequia) de un cuerpo natural que tiene la vida en potencia, es decir, de un cuerpo organizado".

A diferencia de Platón, aquí la unión entre alma y cuerpo no es accidental sino que es sustancial, no tienen sentido, ni pueden existir, por separado. La naturaleza humana es, como el resto de los entes, un conjunto hilemórfico en el que el cuerpo funciona como materia y el alma como forma.

cuerpo

materia

potencia

alma

forma

acto

La unión del cuerpo y el alma se fusiona de tal manera que no es la suma de dos entidades, sino una nueva entidad, una nueva sustancia que se llama Ser humano. En esta nueva sustancia, el cuerpo y el alma, marchan juntos en una unidad de movimientos, de acciones, de operaciones. Es la naturaleza humana, una naturaleza como principio de operaciones. De tal modo que, las actividades de esta nueva sustancia, son actividades humanas, ni sólo del cuerpo, ni sólo del alma; ni sólo materiales, ni sólo espirituales.

CONCEPCIÓN GENERAL DEL ALMA EN ARISTÓTELES.

Aristóteles pone el acento, sobre todo, en la idea del alma como principio vital; tener vida es tener movimiento por sí mismo. El alma es el principio más radical de toda la actividad del ser vivo. Todos los seres vivos tienen alma, tienen vida, tienen automovimiento. Pero no todos poseen un mismo tipo de vida, no todas las almas poseen las mismas capacidades o funciones como veremos en el apartado siguiente.

TIPOS Y FUNCIONES DEL ALMA.

Aristóteles distingue entre tres capacidades o funciones del alma:

Teoría del conocimiento

CRÍTICA A LA TEORÍA DEL CONOCIMIENTO PLATÓNICA DESDE LA ANTROPOLOGÍA ARISTOTÉLICA.

Al rechazar la idea de inmortalidad del alma queda descartada la posibilidad de concebir el conocimiento como reminiscencia.

1.      Empirismo versus racionalismo.

En el conocimiento el alma tiene también el papel fundamental pero toma como base imprescindible los datos de los sentidos, la experiencia. Es por eso que se dice que la teoría del conocimiento de Aristóteles es empirista, frente a Platón que es racionalista (Podemos conocer la realidad recurriendo sólo al uso de la razón y prescindiendo de la información de los sentidos, ya que éstos nos engañan) Un ejemplo anterior de filósofo racionalista era Parménides.

2.      Unidad de operaciones: conocimiento humano, no sólo del alma.

El conocimiento es un conocimiento humano, y conoce el ser humano, conoce con el cuerpo y con el alma (no tiene un conocimiento independiente del cuerpo) No es el alma la que piensa y siente, sino todo el ser humano, aunque sea gracias al alma.

Aristóteles explica el conocimiento humano como mezcla de conocimiento sensible e intelectual. El ser humano tiene un conocimiento sensible que le viene del cuerpo y del alma sensitiva; y un conocimiento intelectual que le viene por el alma racional.

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Aristóteles explica el conocimiento a partir de los datos que nos proporcionan los sentidos; para él, todo conocimiento arranca de una percepción sensible: el alma no puede pensar nada sin representaciones que entren por los sentidos: "no hay nada en el entendimiento que antes no estuviese en los sentidos".

GRADOS O TIPOS DE CONOCIMIENTO. Sensación y percepción.

Tanto los seres humanos como los animales conocen las cosas concretas a través de las cualidades sensibles. Esta información procedente de los sentidos es la más directa e inmediata pero tiene sus limitaciones en cuanto a su precisión y fiabilidad. Permite una cierta discriminación del entorno de cara a la satisfacción de las necesidades y la supervivencia. Nos proporcionan el conocimiento de los accidentes, la apariencia, pero no de la esencia de las cosas.

Imaginación y memoria.

Común también a los animales superiores y al ser humano permite conservar y reproducir las sensaciones en ausencia del objeto que las produjo. Para Aristóteles las imágenes con las que trabaja la memoria son una especie de huella que dejan grabada las sensaciones. Permiten al ser humano y al animal el aprendizaje.

Experiencia.

Integra los niveles de conocimiento anteriores. Cuando algunas sensaciones se repiten en determinada secuencia causal, los animales y el ser humano son capaces de prever lo que va a ocurrir (supone anticipación, previsión). Tenemos como ejemplo el burro que gira entorno a la noria y es golpeado en un determinado lugar del recorrido. Tras la repetición del golpe es capaz de anticiparlo y dar respuesta a quién le está pegando.

( Estos tres primeros niveles se centran en acontecimientos concretos y puntuales, el siguiente requiere una capacidad abstractiva y generalizadora que sólo el ser humano posee.

Conocimiento intelectual: Teoría de la abstracción: formación de conceptos.

Es la piedra angular de este tipo de conocimiento. El ser humano se distingue de los animales por su capacidad para razonar, pero razonamos utilizando conceptos. Sólo puede haber ciencia sobre lo universal -no se predica sólo a un individuo sino de todos- y necesario -es así y no puede ser de otra manera-, pero para que ésta sea posible debemos explicar cómo formamos los conceptos que son la base sobre la que se construye la ciencia.

( Rechazo del innatismo platónico: Al igual que ha rechazado la teoría de las Ideas de Platón debe negar la existencia de conceptos innatos y desligados de la experiencia: los conceptos los ha fabricado nuestra mente, pero no son arbitrarios se construyen a partir de las imágenes sensibles que retiene nuestra mente. El proceso es realizado por el entendimiento del que Aristóteles distingue dos tipos:

a)      Entendimiento paciente: potencia.

Los sentidos captan los objetos y sus cualidades, elaborando una imagen mental de carácter inmaterial que sintetiza lo captado por los distintos sentidos. Es pasivo pues en él dejan su huella, a través de los sentidos, las cosas. Hace como de potencia, hace potencialmente inteligibles las formas o esencias de las cosas, y pasará al acto por acción del entendimiento agente.

b) Entendimiento agente: acto.

Actualiza estos inteligibles, es decir, abstrae las esencias de las cosas partiendo de los datos impresos en el entendimiento paciente. Después de ver muchas flores, extrae el concepto "flor"; este concepto estaba como en potencia en las imágenes de la percepción sensible.

El entendimiento agente elabora el concepto a partir de la imagen mental, extrayendo lo común y característico, excluyendo y pasando por alto lo accidental. El entendimiento por este procedimiento de abstracción (separación) capta lo general prescindiendo de los rasgos individuales, la esencia de cada tipo de objetos.

( Realismo: El concepto se ha convertido en algo universal y necesario: sólo están en la mente del ser humano, pero reflejan la estructura o naturaleza de las cosas, son un conocer certero de la realidad, pues han sido formados a partir de la información que nos facilita.

Los animales racionales son los únicos que son capaces de constituir una imagen única a partir de una pluralidad de imágenes.

EL ORIGEN DEL CONOCIMIENTO: EL SINGULAR -INDIVIDUO CONCRETO- Y EL UNIVERSAL -IDEA-.

Para Platón ontológica y gnoseológicamente el universal está antes que el particular; el particular, el ser material, concreto, físico, real, es una "copia" de la realidad, una tenue participación de la Idea. Se ha de recordar que las Ideas son causa -ontología- de las cosas y fundamento de nuestro conocimiento de ellas -gnoseología-.

Para Aristóteles es al revés, el proceso es el inverso; nuestro entendimiento conoce lo particular, concreto, físico, antes que lo universal, abstracto; más aún: al universal llegamos por medio del particular; éste es el origen del conocimiento en general.

( Para Aristóteles conocer es descubrir: la producción de universales, de inteligibles consiste en captar la esencia real de las cosas, su forma substancial (ser humano, caballo,...)

La imagen de la naturaleza y el universo.

Son las que, con leves variaciones, se mantendrán como las aceptadas científicamente hasta la revolución científica de los siglos XVI y XVII.

COSMOLOGÍA. El universo aristotélico.

Su modelo está construido a partir de las ideas de filósofos anteriores como Platón, Eudoxo y Calipo. Da unidad a estas ideas e intenta fundamentarlas racionalmente de acuerdo con los datos del momento y la experiencia sensible.

Características generales:

1.      El universo es eterno: siempre ha sido y siempre será. Por ello no desarrolla una cosmogonía. Esta idea durante el medioevo era considerada herética pues estaba en contradicción con el papel creador del dios cristiano.

2.      El universo es finito. Para los griegos el infinito es sinónimo de imperfección, de algo por concluir.

3.      Es una gran esfera, en la superficie interna de la cual están las estrellas fijas, y en cuyo centro inmóvil se halla la Tierra.

4.      Fuera de ella no existe nada -excepto el motor inmóvil- y dentro de ella todo está lleno pues el vacío no existe. Esto es lo que denominaron más tarde el horror vacui, o miedo al vacío. Éste no es preciso para explicar el movimiento que se produce por el desplazamiento de un cuerpo por otro.

5.      El universo de las dos esferas: en el interior de la esfera hay dos regiones, distintas y opuestas -que en "cierto sentido" nos recuerdan el mundo sensible y el inteligible de Platón- : la central es la terrestre o mundo sublunar, y la del cielo de los astros hasta las estrellas fijas, es el mundo supralunar( 33 de Calipo y 22 más de Aristóteles = 55esferas) .

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Características del mundo sublunar.

Es el mundo de la generación y de la corrupción, del nacimiento y de la muerte, de los cambios cualitativos, cuantitativos y de lugar. En él, por lo tanto se producen todo tipo de cambios, tanto sustanciales como accidentales. En él nada es eterno ni perfecto, es el lugar de la indeterminación y de la irregularidad.

Está compuesto por los cuatro elementos -el agua, el fuego, la tierra y el aire- que deduce de las cualidades táctiles principales -lo caliente, lo húmedo, lo seco, y lo frío-. Éstas se combinan entre ellas y caracterizan a cada uno de los elementos: caliente-seco (fuego), frío-húmedo (agua), frío-seco (tierra) y caliente-húmedo (aire) Los elementos mixtos que hay en la naturaleza se componen de éstos cuatro.

Características del mundo supralunar.

Está constituido por el conjunto de esferas homocéntricas y los astros que hay desde la Luna hasta la esfera de las estrellas fijas -el límite del universo-.En este mundo no hay generación ni corrupción. Los astros son seres vivos y divinos compuestos -al igual que las esferas- de la quintaesencia o quinto elemento: el éter -que corre siempre-, que es incorruptible y no sufre ningún tipo de alteración, aumento o disminución. Por lo tanto, en él, sólo se produce un tipo de cambio, el accidental de lugar -movimiento del éter-.

Los astros están sujetos a las esferas -que son corpóreas, aunque sutiles pues son de éter- y giran circular y uniformemente que es el único tipo de movimiento en este mundo, es el movimiento perfecto y propio -natural- del éter. Circularidad y uniformidad son dos dogmas platónicos sobre el movimiento de los cuerpos celestes que recogerá Aristóteles y con él todas las cosmologías hasta la de Kepler.

La envoltura más externa de la esfera, el primer cielo, en su rotación hace dar a las estrellas fijas una revolución completa cada 24 horas.

Para explicar los movimientos rotatorios de los astros y las diferencias de velocidad entre ellos Aristóteles, que seguía el homocentrismo de Eudoxo y Calipo, lo modifica intercalando entre las esferas de los astros unas esferas antigiros -que giran en sentido contrario- para ralentizar unos y acelerar otros. Como no hay vacío están en contacto y por lo tanto tendrían que ir todas a la misma velocidad, éste era el problema.

El primer motor.

Para Aristóteles "todo lo que es movido es movido por algo", lo que nos obliga a suponer, si no queremos hacer una cadena hasta el infinito, la existencia de un primer motor que mueve sin ser movido.

Situado en las lindes del universo es causa del movimiento, que imprime a la esfera de las estrellas fijas y se transmite sucesivamente a través del mundo supralunar hasta llegar al mundo sublunar. En éste es también la causa del movimiento pues si no fuera así encontraríamos cuatro esferas, estables e inmóviles, formadas por cada uno de los distintos elementos naturales.

El motor inmóvil es eterno -puesto que el movimiento también lo es-, inextenso, indivisible y sin magnitud, mueve sin ser movido y "toca" sin ser tocado.

Desde una perspectiva metafísica el primer motor es causa y razón del ser de las substancias. Es el pensamiento que se piensa a sí mismo .

Física

Diferenciación de la física clásica.

El aspecto más relevante y general es que en Aristóteles la física explica todo tipo de cambios y posee, por lo tanto, también un carácter ontológico, es decir, explica también el llegar a ser de los entes. La física clásica sería para Aristóteles sólo una teoría parcial para explicar lo que él denomina el cambio de lugar o local, y que en él se explicaría por su teoría general.

Aristóteles afirma que las cosas que se mueven lo hacen por naturaleza o por violencia, según tengan un principio interno o externo de movimiento. Desarrollará en su física explicaciones para ambos tipos de movimiento.

La teoría del lugar natural.

Los cinco elementos que constituyen el universo tienen, en función de su naturaleza, un tipo de movimiento que les es propio, sería su movimiento natural. Pero debemos diferenciar lo que ocurre en el mundo supralunar de lo que ocurre en el mundo sublunar.

a)      Dinámica del mundo sublunar.

      i.        En él el movimiento natural es el movimiento es rectilíneo. Se define hacia abajo y hacia arriba respecto al centro y la superficie de la esfera. Éstos son los lugares absolutos y naturales de los elementos. Hacia el centro se dirige lo pesado y lo ligero hacia arriba. Cada elemento tiene la tendencia a ir a su lugar natural en función de su naturaleza, de su peso o ligereza. El orden de pesado a ligero de los elementos es: tierra, agua, aire y fuego.

     ii.        En él el movimiento no es uniforme. Está determinado por el peso y la resistencia del medio. Para Aristóteles la velocidad de un cuerpo es directamente proporcional a su peso e inversamente proporcional a la resistencia del medio. Pese a que la observación contradecía consecuencias importantes de este principio, Aristóteles no se preocupaba de verificarlas ya que el mundo sublunar era el lugar de la imperfección y la imprecisión. Por consiguiente, desde esta premisa metafísica, la medición rigurosa no tenía sentido.

b)      Dinámica del mundo supralunar.

Por ser el lugar de la perfección el éter se mueve de acuerdo con el movimiento perfecto que será circular y uniforme ya que es regular y sin oposición, sin principio ni fin.

Teoría del movimiento violento.

Sólo sucede en el mundo sublunar. Aquí la fuente de movimiento es externa y está sujeta a los siguientes principios:

a)      Todo lo que es movido lo es por algo.

b)      Si cesa la causa cesa el movimiento.

c)      El motor y lo que es movido han de estar en contacto.

d)      En caso de que haya más de un motor actuando, nunca podrán actuar simultáneamente, sino uno cuando acabe de impulsar el otro. (Primero actuará el violento y, cuando éste cese, el natural)

Los problemas con el movimiento violento son las principales fuentes de críticas, por ejemplo en el lanzamiento de proyectiles: ¿Cómo explicar la continuidad del movimiento cuando en ocasiones no sigue el contacto entre el motor y el objeto?

Aristóteles contesta que:

a)      El motor mueve al mismo tiempo, que el objeto lanzado, el medio, que siendo movido también sirve de motor.

b)      Transmisión de la posibilidad de mover del motor inicial al medio que sucesivamente la aplica a sí mismo hasta ceder.