Signos para el camino y vivir en pascua



Introducción

La Navidad, el nacimiento del Niño divino, nos resulta enseguida hasta cierto punto comprensible. Podemos amar al Niño, podemos imaginar la noche de Belén, la alegría de María, de san José y de los pastores, el júbilo de los ángeles. Pero resurrección, ¿qué es? No entra en el ámbito de nuestra experiencia y, así, el mensaje muchas veces nos parece en cierto modo incomprensible, como una cosa del pasado. La Iglesia trata de hacérnoslo comprender traduciendo este acontecimiento misterioso al lenguaje de los símbolos, en los que podemos contemplar de alguna manera este acontecimiento sobrecogedor. En la Vigilia Pascual nos indica el sentido de este día especialmente mediante tres símbolos: la luz, el agua y el canto nuevo, el Aleluya.

La luz

«Que exista la luz» (Gn 1,3). Donde hay luz, nace la vida, el caos puede transformarse en cosmos. En el mensaje bíblico, la luz es la imagen más inmediata de Dios: Él es todo Luminosidad, Vida, Verdad, Luz. En la resurrección Dios dice de nuevo: «Que exista la luz». La resurrección de Jesús es un estallido de luz. Se supera la muerte, el sepulcro se abre de par en par. El Resucitado mismo es Luz, la luz del mundo. Con la resurrección, el día de Dios entra en la noche de la historia. A partir de la resurrección, la luz de Dios se difunde en el mundo y en la historia. Se hace de día. Sólo esta Luz, Jesucristo, es la luz verdadera, más que el fenómeno físico de luz. Él es la pura Luz: Dios mismo, que hace surgir una nueva creación en aquella antigua, y transforma el caos en cosmos.

Cristo es la gran Luz de la que proviene toda vida. Él nos indica la senda. Él es el día de Dios que ahora, avanzando, se difunde por toda la tierra. Ahora, viviendo con Él y por Él, podemos vivir en la luz.

En la Vigilia Pascual, la Iglesia representa el misterio de luz de Cristo con el signo del cirio pascual, cuya llama es a la vez luz y calor. El simbolismo de la luz se relaciona con el del fuego: luminosidad y calor, luminosidad y energía transformadora del fuego: verdad y amor van unidos. El cirio pascual arde y, al arder, se consume: cruz y resurrección son inseparables. De la cruz, de la autoentrega del Hijo, nace la luz, viene la verdadera luminosidad al mundo. Todos nosotros encendemos nuestras velas del cirio pascual…

Cuánta compasión debe sentir Cristo en nuestro tiempo por tantas grandilocuencias, tras las cuales se esconde en realidad una gran desorientación. Él es la Luz. El cirio bautismal es el símbolo de la iluminación que recibimos en el Bautismo. Pidamos que seamos con Él personas amanecidas, astros para nuestro tiempo.

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El agua

El segundo símbolo de la Vigilia Pascual – la noche del Bautismo – es el agua. Aparece en la Sagrada Escritura en dos sentidos opuestos. Por un lado está el mar, que se manifiesta como el poder antagonista de la vida sobre la tierra, como su amenaza constante, pero al que Dios ha puesto un límite. Por eso, el Apocalipsis dice que en el mundo nuevo de Dios ya no habrá mar (Cf. 21,1). Es el elemento de la muerte. Y por eso se convierte en la representación simbólica de la muerte en cruz de Jesús: Cristo ha descendido en el mar, en las aguas de la muerte, como Israel en el Mar Rojo. Resucitado de la muerte, Él nos da la vida. Esto significa que el Bautismo: con Cristo es como si descendiéramos en el mar de la muerte, para resurgir como criaturas nuevas.

El otro modo en que aparece el agua es como un manantial fresco, que da la vida, o también como el gran río del que proviene la vida. Sin agua no hay vida. Impresiona la importancia que tienen los pozos en la Sagrada Escritura. Son lugares de donde brota la vida. Junto al pozo de Jacob, Cristo anuncia a la Samaritana el pozo nuevo, el agua de la vida verdadera. Él se manifiesta como el nuevo Jacob, el definitivo, que abre a la humanidad el pozo que ella espera: ese agua que da la vida y que nunca se agota (cf. Jn 4,5.15). San Juan nos dice que un soldado golpeó con una lanza el costado de Jesús, y que del costado abierto, del corazón traspasado, salió sangre y agua (Cf. Jn 19,34). La Iglesia antigua ha visto aquí un símbolo del Bautismo y la Eucaristía, que provienen del corazón traspasado de Jesús. En la muerte, Jesús se ha convertido Él mismo en el manantial. El profeta Ezequiel percibió en una visión el Templo nuevo del que brota un manantial que se transforma en un gran río que da la vida (Cf. 47,1.12): en una Tierra que siempre sufría la sequía y la falta de agua, ésta era una gran visión de esperanza. El cristianismo de los comienzos entendió que esta visión se ha cumplido en Cristo. Él es el Templo auténtico y vivo de Dios. Y es la fuente de agua viva. De Él brota el gran río que fructifica y renueva el mundo en el Bautismo, el gran río de agua viva, su Evangelio que fecunda la tierra. Pero Jesús ha profetizado en un discurso durante la Fiesta de las Tiendas algo más grande aún: «El que cree en mí... de sus entrañas manarán torrentes de agua viva» (Jn 7,38).

En el Bautismo, el Señor no sólo nos convierte en personas de luz, sino también en fuentes de las que brota agua viva. Todos nosotros conocemos personas de este tipo, que nos dejan en cierto modo sosegados y renovados; personas que son como el agua fresca de un manantial. No hemos de pensar sólo en los grandes personajes, como Agustín, Francisco de Asís, Teresa de Ávila, Madre Teresa de Calcuta, y así sucesivamente; personas por las que han entrado en la historia realmente ríos de agua viva. Gracias a Dios, las encontramos continuamente también en nuestra vida cotidiana: personas que son una fuente. Ciertamente, conocemos también lo opuesto: gente de la que promana un vaho como el de un charco de agua putrefacta, o incluso envenenada.

Pidamos al Señor, que nos ha dado la gracia del Bautismo, que seamos siempre fuentes de agua pura, fresca, saltarina del manantial de su verdad y de su amor.

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El canto nuevo: aleluya

El tercer gran símbolo de la Vigilia Pascual es de naturaleza singular, y concierne al hombre mismo. Es el cantar el canto nuevo, el aleluya. Cuando un hombre experimenta una gran alegría, no puede guardársela para sí mismo. Tiene que expresarla, transmitirla. Pero, ¿qué sucede cuando el hombre se ve alcanzado por la luz de la resurrección y, de este modo, entra en contacto con la Vida misma, con la Verdad y con el Amor? Simplemente, que no basta hablar de ello. Hablar no es suficiente. Tiene que cantar. En la Biblia, la primera mención de este cantar se encuentra después de la travesía del Mar Rojo. Israel se ha liberado de la esclavitud. Ha salido de las profundidades amenazadoras del mar. Es como si hubiera renacido. Está vivo y libre. La Biblia describe la reacción del pueblo a este gran acontecimiento de salvación con la expresión: «El pueblo creyó en el Señor y en Moisés, su siervo» (Cf. Ex 14,31). Sigue a continuación la segunda reacción, que se desprende de la primera como una especie de necesidad interior: «Entonces Moisés y los hijos de Israel cantaron un cántico al Señor». En la Vigilia Pascual, año tras año, los cristianos entonamos después de la tercera lectura este canto, lo entonamos como nuestro cántico, porque también nosotros, por el poder de Dios, hemos sido rescatados del agua y liberados para la vida verdadera.

La historia del canto de Moisés tras la liberación de Israel de Egipto y el paso del Mar Rojo, tiene un paralelismo sorprendente en el Apocalipsis de san Juan. Cantaban el cántico de Moisés, el siervo de Dios, y el cántico del Cordero» (Ap 15,2s). Con esta imagen se describe la situación de los discípulos de Jesucristo en todos los tiempos, la situación de la Iglesia en la historia de este mundo. Humanamente hablando, es una situación contradictoria en sí misma. Por un lado, se encuentra en el éxodo, en medio del Mar Rojo. En un mar que, paradójicamente, es a la vez hielo y fuego. Y ¿no debe quizás la Iglesia, por decirlo así, caminar siempre sobre el mar, a través del fuego y del frío? Considerándolo humanamente, debería hundirse. Pero mientras aún camina por este Mar Rojo, canta, entona el canto de alabanza de los justos: el canto de Moisés y del Cordero, en el cual se armonizan la Antigua y la Nueva Alianza. Mientras que a fin de cuentas debería hundirse, la Iglesia entona el canto de acción de gracias de los salvados. Está sobre las aguas de muerte de la historia y, no obstante, ya ha resucitado. Cantando, se agarra a la mano del Señor, que la mantiene sobre las aguas. Y sabe que, con eso, está sujeta, fuera del alcance de la fuerza de gravedad de la muerte y del mal – una fuerza de la cual, de otro modo, no podría escapar –, sostenida y atraída por la  nueva fuerza de gravedad de Dios, de la verdad y del amor. Por el momento, se encuentra entre los dos campos de gravitación. Pero desde que Cristo ha resucitado, la gravitación del amor es más fuerte que la del odio; la fuerza de gravedad de la vida es más fuerte que la de la muerte. ¿Acaso no es ésta realmente la situación de la Iglesia de todos los tiempos? Siempre se tiene la impresión de que ha de hundirse, y siempre está ya salvada. San Pablo ha descrito así esta situación: «Somos... los moribundos que están bien vivos» (2 Co 6,9). La mano salvadora del Señor nos sujeta, y así podemos cantar ya ahora el canto de los salvados, el canto nuevo de los resucitados: ¡aleluya! Amén.

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Características generales de la religión romana

La pietas: Los romanos daban una gran importancia a la religión en la vida privada y en los asuntos públicos. La pietas era atender al culto y a sus ceremonias.

Sentido práctico: Los romanos esperaban que a cambio de su veneración, los dioses se sintieran obligados a atender sus peticiones (DO UT DES).

Formalismo: La práctica de los ritos y fórmulas era escrupulosa y formalista, las palabras exactas y los gestos exactos.

Conservadurismo: Los romanos seguían practicando los mismos ritos y empleando las mismas fórmulas que habían practicado los primitivos latinos.

Apertura: Al practicar un politeísmo abierto, los romanos eran receptivos respecto a los dioses de todos los pueblos con los que entraron en contacto, y los fueron incorporando a su panteón: los dioses etruscos, los del Olimpo griego, los cultos de la zona oriental del Mediterráneo y finalmente, abrazaron el cristianismo.

Las tensiones políticas de la época de los Julio-Claudios son un reflejo parcial de conflictos ideológicos más profundos. Las corrientes filosóficas, religiosas y artísticas de Oriente van ganando cada día más adeptos en el Occidente del Imperio. Los hombres nuevos de la aristocracia romana procedentes de las provincias hacen aportaciones decisivas en la defensa de las tradiciones romanas.

El universalismo político de Alejandro Magno fue superado por Roma. La apertura de nuevos horizontes comerciales y el contacto con pueblos de tradiciones tan diversas contribuyeron a la creación de ideologías universalistas. El Occidente pudo frenar aún el auge de los cultos orientales: incluso reconocido el culto de Isis bajo Calígula, pasará tiempo hasta ser un culto difundido; y más aún puede decirse del culto minorasiático de Cibeles y Atis, del culto a Júpiter Dolicheno y de otros cultos orientales.

En cambio, no se encuentra una oposición abierta a algunas corrientes filosóficas del helenismo. Eran conocidas por sectores de la oligarquía romana cuando completaban su educación en las escuelas filosóficas y retóricas de Atenas, Rodas, Antioquia o Alejandría. El carácter práctico de los romanos había dado ya figuras eclécticas como Cicerón, quien había ofrecido una síntesis vulgarizada del epicureismo, estoicismo y platonismo. Se adaptaba bien a la mentalidad romana el eclecticismo, porque permitía servirse de fragmentos de las distintas escuelas con vistas a su aplicación política o social. Además de predominar la ausencia de sectarismo filosófico, la escuela de mayor empuje y con más seguidores, el estoicismo, ya se había despojado de muchas concepciones originarias como la de la antigua teoría de la conflagración o absorción de las cosas por el fuego divino. Posidonio de Apamea (130-46 a.C.), que gozó de gran prestigio en Roma, defendía un estoicismo de contenidos éticos. Así, para los romanos, la filosofía estoica era ante todo un modo de vida. Y Séneca es un fiel representante del estoicismo del siglo I d.C.

La visión religiosa de Séneca, puramente estoica, ha dado pie a que muchos hayan pensado en su proximidad al cristianismo. En una de las cartas a Lucilio (XLI, l) tiene frases como ésta: "Dios se encuentra cerca de ti, contigo, en ti. Lucilio, en nuestro interior reside un espíritu sagrado al que no se oculta ninguna de nuestras obras, buenas o malas; y nos trata igual que lo tratamos. Nadie es honrado sin Dios...." La incitación a la resignación, las consideraciones sobre el escaso valor de las riquezas materiales, el estímulo para soportar con serenidad los reveses de la fortuna, la defensa del ascetismo... son contenidos presentes en el estoicismo romano del siglo I representado por Séneca.

Es cierto que, para los estoicos de esta época, los hombres eran todos iguales pero en su interior, en su espíritu; por lo mismo, la auténtica libertad es la interior. Así, el estoicismo ofrece la coartada ideológica para el sostenimiento de la esclavitud. En todo caso, si el estoicismo no era una ideología revolucionaria, contenía el germen de una defensa de las libertades y, por lo mismo, rechazaba el sometimiento al tirano: en la conjura de Pisón contra Nerón estaban comprometidos muchos estoicos (Séneca y Trásea Peto) que pagaron su adhesión con su vida.

El politeísmo romano era aceptado por el estoicismo pero éste introducía en el mismo la idea de la existencia de un principio divino único, del que los diversos dioses eran sus manifestaciones. De este modo, el estoicismo contribuía a la preparación de un mundo espiritual más dispuesto a reconocer y aceptar las religiones monoteístas. El fenómeno que tendrá mayor trascendencia en la posterior cultura occidental, el cristianismo, da sus primeros pasos durante los Julio-Claudios.

Los seguidores directos de Jesús eran judíos y muchos cristianos primitivos entendieron el mensaje cristiano como una variante del judaísmo. El propio Pablo, judío y ciudadano romano, participaba al comienzo de esa visión. Los judíos cultos están acostumbrados a las adaptaciones en la interpretación de la Ley. Filón, filósofo judío, había buscado la forma de hacer coherente la Ley con la doctrina estoica. Pero el intento de Calígula de que su propia estatua fuera introducida en el Templo había superado todas las medidas y conmocionado a la comunidad judía. Y Filón, como el propio Pablo, esperaban el triunfo del pueblo judío contra esos enemigos externos.

La conversión de Pablo (32-33 d.C.), su visión de Damasco, no hubiera tenido tanta trascendencia sin su segundo gran viraje (34-36 d.C.) cuando se decide a no defender la necesidad de la circuncisión para mantenerse dentro de la Ley y dentro del cristianismo. En sus viajes misioneros por Asia Menor, Pablo predicaba en las sinagogas.

El 49 d.C., en Jerusalén, a duras penas convenció a algunos apóstoles (Pedro, Juan y Jacobo) de prescindir de la circuncisión y de la necesidad de llevar el evangelio también a los gentiles. Ese encuentro de Jerusalén marcó la primera gran división del cristianismo; la comunidad cristiana judaica quedó muy reducida frente las pujantes comunidades posteriores, en las que había antiguos judíos y gentiles.

El año 41 d.C., prohíbe las reuniones de judíos en Roma porque organizaban tumultos bajo la instigación de Cristo, impulsore Chresto tumultuantes. Bajo Nerón, ya se distingue entre judíos y cristianos. Y, si nos atenemos a las cartas de Pablo, la comunidad cristiana de Roma del 57-58 d.C. era ya significativa.

Así, bajo los Julio-Claudios, se consolida el monoteísmo cristiano diferenciado del monoteísmo judaico. Pero, a su vez, el propio politeísmo romano, ante todo bajo la influencia platónica y estoica, comienza a tener intérpretes de formas religiosas más espiritualizadas en las que la variedad de los dioses encuentra la explicación coherente de ser manifestaciones de un único principio. Pero para la religión romana, tal idea no pasó de ser una elaboración culta sin arraigo y aceptación entre las masas populares.

La cultura de la religion romana

La Cultura romana fue el resultado de un importante intercambio entre civilizaciones diferentes: la cultura griega y las culturas desarrolladas en Oriente (Mesopotamia y Egipto, sobre todo) contribuyeron a formar la cultura y el arte de los romanos. Uno de los vehículos que más contribuyó a la universalización de la cultura romana, que pronto fue la de todo el imperio, fue el uso del latín como lengua común de todos los pueblos sometidos a Roma.

La religión

Los romanos eran politeístas. La religión romana refleja los mismos elementos procedentes de otras civilizaciones que el resto de sus manifestaciones culturales. La religión griega, sobre todo, desempeñó un papel fundamental en la creación del panteón romano.

Durante la Monarquía y en los primeros tiempos de la República, los dioses estaban directamente relacionados con las actividades agrícolas y la vida doméstica.

Los romanos veneraban a los números o espíritus de la naturaleza, a los manes o espíritus de los antepasados, a los lares o espíritus del hogar y a los penates o espíritus de la vida y de las provisiones.

La religión romana tuvo un carácter práctico que se tradujo a la creación de un tipo especial de sacerdotes, los augures, encargados de interpretar determinados signos (el vuelo de las aves, las entrañas de los animales sacrificados, los fenómenos naturales como el trueno) para tomar decisiones relacionadas con la vida pública.

La Religión Romana era elemental y propia de una cultura rural. Se caracterizaba por ser politeísta, polidemonista, comunitaria (se practicaba en familia y en los cultos públicos) y ritualista.

Los romanos entendían por religión la relación entre ciudadanos y dioses, en la cual los primeros buscaban el favor divino y trataban de mantener la paz con los dioses. El gran número de dioses y la cantidad ilimitada de seres divinos en la religión romana antigua respondía a la necesidad de reconocer la acción divina en lo más cercano y cotidiano y actuar en armonía con ella. Existía un tipo de divinidades especiales para cada tipo de actividad agrícola, la ganadería, los que cuidaban a los hombres de su nacimiento hasta su muerte, en el matrimonio, etc.

Corte Celestial de los Romanos

La huella más evidente de la cultura grecorromana tiene forma de esculturas y templos, pero su pensamiento y mundo divino es parte de una herencia que perdura e influye en el pensamiento occidental.

Como la mayor parte de las religiones de la Antigüedad, los romanos eran politeístas. Sus divinidades eran personificaciones de las fuerzas de la Naturaleza. La base de la religión consistía en creer que sus dioses eran inmortales, veleidosos y con los mismos defectos que los seres humanos. Por eso, aquellos dioses tendían a procrearse tanto con divinidades como con seres humanos.

Los romanos bautizaron a los dioses griegos con nombres que imponía el Imperio Romano. Así, Afrodita era Venus, Apolo era Febo, Ares era Marte o Poseidón era Neptuno.

Así la genealogía comenzó con el Caos, desorden del que nacieron 2 hijos, la Noche y Erebo (muerte). De estos dos nació Amor que creó la Luz y el Día. Después la Tierra y el Cielo, Tellus/Gea y Urano. Tras un extenso árbol genealógico, se llega a Júpiter, que era el Dios Supremo, padre espiritual de los dioses y hombres.

Su mujer, Juno, era la reina de los cielos y guardiana del matrimonio. Otros dioses asociados con los cielos son Vulcano, dios del fuego y los herreros, Minerva, diosa de la sabiduría y de la guerra, y Febo, dios de la luz, la poesía y la música. Vesta, diosa del hogar, y Mercurio, mensajero de los dioses y soberano de la ciencia y la invención, eran encargados de reunir al resto de los dioses del firmamento.

Atlas, uno de los doce titanes, fue condenado a soportar sobre sus hombros el planeta Tierra por toda la eternidad como castigo por haber participado en la lucha de los gigantes contra Júpiter.

Saturno era otro de los Titanes. Devoraba a sus hijos según iban naciendo, sólo escapó Júpiter. Tellus (la Tierra) le había predicho que sería destronado por sus hijos, como así fue.

De la unión de Urano y la Rea nacieron los 12 titanes, de los cuales dos, Saturno y Cibeles, engendraron a la primera generación de dioses, a saber: Júpiter, el todopoderoso dios del cielo; Juno, su esposa, diosa del cielo y del matrimonio; Neptuno, que reina sobre el mar; y Plutón, señor del reino de los muertos. Además, la virilidad de Saturno tuvo una polución sobre el mar y de ella nació Venus, la diosa del amor y la belleza. A estos dioses sumaban los de la segunda generación, nacidos unos de la unión de Júpiter y hera y otros de las múltiples aventuras en las que el fogoso Júpiter se complacía: Marte, dios de la guerra; Vulcano, dios del fuego; Minerva; la inteligencia; Apolo, el sol y las artes: Diana, la luna, la castidad; y Tellus, personificaba la madre tierra, hija de Caos.

Enviado por: Ing.+Lic. Yunior Andrés Castillo S.

"NO A LA CULTURA DEL SECRETO, SI A LA LIBERTAD DE INFORMACION"®

Santiago de los Caballeros, República Dominicana, 2016.

"DIOS, JUAN PABLO DUARTE, JUAN BOSCH Y ANDRÉS CASTILLO DE LEÓN – POR SIEMPRE"®

 

 

 

Autor:

Yunior Andrés Castillo Silverio.