Taurus 22



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La portanaves intergaláctica Taurus 22 entró a la órbita terrestre y se posicionó suavemente en el lugar indicado, en línea inclinada euclidiana visible sobre la Península Ibérica, y desde allí enfocó sus teleobjetivos, hacia un lugar exacto de la capital hispánica, Madrid, y muy concretamente sobre la monumental plaza de toros de las Ventas, orgullo de los aficionados y simpatizantes de las corridas de Toros, de la ciudad, de otras partes de España, y hasta del mundo, según sus gustos por espectáculos violentos, y porque no decir también, sangrientos.

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Era domingo y el enorme recinto se encontraba abarrotado de entusiastas del bien o mal llamado arte taurino, que aplaudían, agitaban sus pañuelos, vociferaban, gritaban y gesticulaban como si se tratara del espectáculo de un antiguo circo romano. Y si la comparación no resultaba la adecuada, y es justo respetar los gustos y opiniones, para los habitantes del lejano planeta Taurus de la más cercana de las nubes o galaxias de Magallanes, esto era el calificativo que le daban porque la morfología de estos seres en su proceso evolutivo había devenido en alcanzar la forma de toros.

Sí, los ocupantes de la Taurus 22 habían adquirido esa forma en un largo y complejo proceso evolutivo desde animales inferiores, los Timios, sus primos hermanos lejanos, que aún vagaban por las verdes praderas del lejano planeta, digiriendo con sus dobles estómagos las verdes y jugosas yerbas que crecían rápidamente en sus prados, en tal abundancia que permitieron el rápido avance y desarrollo de la especie por sobre todas las demás.

Los taurianos, como se daban en llamar estos extraños y pintorescos visitantes, mantenían aún los cuernos de sus ancestros, pero derivados en una especie de antenas que le servían para comunicarse a través de las ondas de materia y energía oscura mediante un complejo lenguaje objetal-accional exento de letras, sílabas y palabras, donde la trasmisión era directa reflejándose en el cerebro las imágenes de los objetos y las acciones en que estaban involucrados, de manera que superaba en cientos de veces la cinética de comunicación humana, además de no emplear las molestas y estridentes ondas sonoras. y poder discernir en trasmitir en todas las direcciones o solo al interlocutor que se desease.

En este sentido, los cuernos habían servido de gran utilidad aunque su composición química difería de sus símiles, si se puede hablar así de la raza bovina terrestre. Eran menos robustos, menos densos y concentrados en minerales, pues no los empleaban como medio de defensa, pero más flexibles para moverse 180 grados si fuese necesario en función de la dirección desde donde llegaba la señal telecomunicativa.

También en el proceso evolutivo se habían mantenido los cascos, pues dada la abundancia de pastos no habían tenido necesidad de desarrollar dedos en las extremidades delanteras o emplear complejas técnicas para buscar otros alimentos, ya que las multinutricionales yerbas que éstos tomaban directamente del suelo al igual que sus parecidos terrestres le eran más que suficientes para el desarrollo físico integral de sus grandes cuerpos. los susodichos cascos les resultaban útiles porque en su universo digital no necesitan de manos y dedos, innecesarios ante tanta abundancia de fuentes proteicas y vitaminas, así como mínima existencia de animales carnívoros y depredadores.

La cola no se había perdido y jugaba un doble rol: el de ocultar el apetitoso y monumental sexo de las discretas y tímidas hembras taurianas, y en los machos para espantar a los molestos insectos que pululaban libremente en el universo paradisíaco en que había devenido aquel planeta de especies vegetarianas, no carnívoras, y sin la necesidad de costosas plantas industriales procesadoras de alimentos y productoras de contaminantes ambientales.

La Taucolliam, variedad de pastos prevalecientes en el planeta estaba asociada en sus raíces con bacterias nitrificantes, cuyos nódulos absorbían directamente el nitrógeno atmosférico, que en un 85 % componía la atmósfera del planeta. Este déficit de oxígeno, en comparación con la Tierra, lo suplían los taurianos en su respiración con sus amplias fosas nasales y su eficiente aparato respiratorio.

Las delgadas hojas de las hierbas cargadas en yodofila realizaban una fotosíntesis rápida y eficiente, de manera que las plantas no solo eran ricas en azucares y almidones, sino que gracias a sus nódulos bacterianos, contenían apreciables cantidades de proteínas por lo que las especies carnívoras escaseaban y abundaban las herbívoras, no teniendo necesidad en su evolución de adquirir posturas erguidas que les permitiera divisar a lo lejos a sus escasos atacantes. Aquello había resultado de gran utilidad para mantener el peso de más de 500 kilos de sus monumentales cuerpos en su marcha por la sabana horizontal invariable e infinita.

Todos estos factores habían posibilitado el desarrollo acelerado de esta especie, sin cambios morfológicos apreciables y sin preocupaciones de alterar el clima de su planeta, un par de veces mayor que la Tierra, y portador de dos lunas acompañantes simétricas, gemelas, perfectamente equilibradas gravitacionalmente y con velocidades de rotación idénticas, para no alterar la posición y movimiento del planeta dotándolo de condiciones climáticas estables durante todo el año.

Un sol joven rojo amarillento formaba un amplio disco en el horizonte del planeta que giraba de forma elíptica cerrada sobre su eje en un período de rotación de 18 horas, lo que posibilitaba mantener un clima fresco y agradable con pocos cambios de temperatura en aquel universo pletórico de felicidad y belleza.

Guerras, si las hubo no tuvieron comparación con las de la Tierra, y aquellos seres naturales no habían necesitado del desarrollo de armas sofisticadas para imponerse en una lucha fratricida.

Aunque dominaban el empleo de la energía atómica de fusión y fisión, nunca las habían empleado con fines militares, tan solo como fuente de energía, sobretodo en sus viajes interestelares y para desviar los cometas, meteoritos y otros cuerpos celestes que podían chocar y destruir su planeta, dado que en su Sistema Solar, para llamarlo de alguna manera, los cuerpos más grandes solo eran tres o cuatro veces superiores a Taurus e incapaces de realizar la labor de defensa, que para la Tierra ejercen los supergigantes del Sistema Solar: Júpiter y Saturno, cientos de veces mayores que la Tierra.

El alto desarrollo tecnológico alcanzado en Taurus había permitido que en épocas relativamente recientes recrearan, empleando complejos modelos físicos y matemáticos, cómo sería el futuro de su sistema y de las nubes y galaxias de Magallanes, separadas la más cercana, 170 mil años luz de la Vía Láctea, y calcularan su destino después de que valoraran que era inevitable el que en un par de millares de millones de años ésta chocara inevitablemente contra la gran galaxia, que las tenía atrapadas en su exterior lejano, en un evento descomunal y catastrófico que conllevaría la extinción de la vida en gran parte de estos enormes cúmulos estelares.

De acuerdo con estos cálculos, Taurus sería precipitado con fuerza hacia el centro de la Vía Láctea donde Sagitario A, el enorme agujero negro existente, rodeado por múltiples estrellas a digerir, atraería, succionaría, aplastaría y tragaría al planeta como si se tratara de un simple bocadillo.

Por esta razón, las primeras naves interestelares de Taurus dirigieron su atención hacia el exterior de Magallanes, pero no encontraron, por mucho que buscaron y rebuscaron, ningún planeta que reuniera los requisitos para conservar la vida tauriana una vez comenzada la funesta atracción gravitatoria incontrolada.

Ante la falta de un lugar adecuado para emigrar su civilización, fue necesario entonces, dirigir su atención hacia la enorme y peligrosa galaxia cercana y captora, la Vía Láctea, donde encontraron en su exterior un sistema solar que aunque no igual, pero si parecido, tenía un planeta con las condiciones adecuadas para albergar vida tauriana, y que con pequeñas modificaciones pudiese acoger su civilización en peligro de extinción, por el choque de las galaxias.

Después de estudiar detenidamente la trayectoria que seguiría el planeta Tierra y el Sistema Solar, al ser despedidos hacia el espacio exterior, quedaron algunos aspectos de menor relevancia, pero necesarios de resolver, como el hecho que poco después del choque o asimilación por la Vía Láctea de las dos Magallanes, sobrevendría un par de miles de millones de años después una nueva coalición, esta vez con la enorme y descomunal Nebulosa de Andrómeda, en que la Vía láctea al ser mucho menor, llevaría la peor parte y luego de un primer acto de esquivamiento, volvería un nuevo acercamiento con el violento choque de éstas y su unión o asimilación de la segunda por la primera, y por consiguiente, la fusión de sus temibles agujeros negros para producir uno aun mayor y más temible en el centro de la galaxia elíptica que resultaría. Pero los cálculos realizados hasta ese momento podrían dar un respiro suficientemente largo a la civilización tauriana para estudiar el nuevo panorama intergaláctico, si antes no ocurrían fenómenos paralelos que pudiesen acabar con la vida del planeta tomado como elección.

Quedaba pues otros nuevos problemas que investigar, pero por el momento la Taurus 22 había acabado su misión y debía regresar a Magallanes en el próximo bucle espacio-tiempo que se abriera entre las galaxias vecinas. Sin embargo, no querían abandonar el Sistema Solar sin tener una noción aproximada de las especies que habitaban el Planeta Azul.

Atendiendo a todo lo anterior, se enviaron dos pequeños garrapats de exploración pilotados por miembros de las fuerzas especiales taurinas, los temibles cuernos verdes, que después de sobrevolar varias veces el planeta camuflados en materia oscura para no ser descubiertos, enviaron noticias alarmantes sobre el alto nivel de agresividad de sus habitantes: los humanoides o simioides; y el estado de cruel explotación, desprecio y vejación con que eran tratados sus primos hermanos vacunos, manjares predilectos de aquellos fieros carnívoros que se hacían llamar humanos u homo sapiens

Taurómaco, el comandante de la Taurus 22, decidió entonces prolongar un tiempo más la exploración y ordenó a dos tripulantes de las garrapats que exploraran una de las zonas de mayor incidencia taurina y donde se apreciaba más interacción, esto es, crueldad en el trato hacia los congéneres de sus ancestros.

Por desgracia para los exploradores cayeron en una zona de animales de cría de toros de Lidia de un hacendado madrileño destinados a las plazas de toros, y pese a la intensa preparación de los taurianos acostumbrados a lidiar con especies vegetarianas poco ofensivas, se vieron apresados por confusión, por un empleado novato, pasado en tragos, que los incluyó sin darse cuenta en la partida del día siguiente, porque la elevada ingestión alcohólica no le permitía discernir ni a un paso a los ejemplares que participarían en la famosa, concurrida y propagandizada corrida que se llevaría a cabo en la Monumental Plaza de Las Ventas de Madrid.

Ante esta situación, y fiel al compromiso de velar por la integridad de su tripulación tauriana, al comandante Taurómaco no le quedó más remedio que enfilar su enorme portanaves intergaláctica hacia las proximidades de la Tierra y disponerse a un asalto de la Plaza aunque esto costara poner en peligro el secreto de su misión.

Puesto en posición de descenso, las temibles pulgatas de asalto perfectamente equipadas con el armamento más moderno, incluyendo fusiles desintegradores, solo esperaban las órdenes del Comandante para atacar, mientras el equipo de científicos taurianos a bordo de la nave, estudiaba otras medidas no convencionales y encubiertas, que fueron los que a la postre se pusieron en práctica. Mientras, en la plaza de toros todo era alegría, bullicio y gritería ensordecedora que contrastaba con la forma silenciosa de comunicación objetal-accional de los dos ejemplares taurinos dispuestos a saltar en breve al círculo de la muerte, después que los diestros se hubiesen cargado ya a varios de sus parientes lejanos en la etapa inicial del cruel espectáculo.

Los dos taurianos detenidos y prestos para salir al ruedo temblaban de miedo ante el enfrentamiento a los voraces humanos, y con su prodigiosa imaginación se veían degollados, descarnados y servidos en un restaurant en forma de chuletones. Ya uno de ellos era conducido hasta el ruedo, cuando por fin pudieron comunicarse con la nave nodriza donde un Comandante preocupado les informaba que en breve comenzaría la operación y el asalto para liberarlos.

Pero en breve era que ya uno de los exploradores tauriano estaba dentro de la plaza como un toro más y hacia él se dirigía un elegante diestro que capa en mano, después de saludar al público y a la presidencia del palco de aquel circo madrileño, lo invitaba a que lo invistiera. Pero el entrenado militar extragaláctico, pese al temor y el nerviosismo, no se dejó provocar, lo que motivó que el diestro ofuscado, cada vez se acercara más insultándolo por su cobardía e incitándolo a que atacara. Pero el inteligente tauriano no se dejaba engañar y permanecía quieto en medio del ruedo, hasta que se acercaron unos banderilleros para hacerlo salir de aquel impas, pero cuando estaban cerca éste se abalanzó sobre uno de ellos y lo derribó con sus patas y se dejó caer sobre aquel cuerpo fláccido cuya estructura ósea no fue capaz de soportar aquel enorme peso y quedó con las piernas trituradas, y si no perdió la vida fue por la agilidad de aquellos valientes auxiliares del diestro.

La gritería en la grada se hizo ensordecedora, así como los abucheos hacia aquel animal cobarde y traicionero, por lo que mientras era retirado el herido, el otro auxiliar trataba en vano de provocar al tauriano, que una vez comprobada su fortaleza se sentía más confiado por lo que se lanzó a toda carrera hacia el agresor que lo esperó de pie con la capota desplegada. Pero justo antes de llegar se paró en seco, cambió ligeramente la dirección y embistió de costado al diestro que salió disparado varios metros hacia atrás y justo, como el anterior, con destino a la enfermería.

Aquel espectáculo inaudito para una plaza de toros tenía perplejos a los espectadores, incluyendo al Presidente del palco y el dueño de la ganadería que quería bajar al espectáculo para cargarse al animal que ahora sonreía con su amplia boca, mostrando su dentadura: verde y perfecta, mientras exhalaba una bocanada de aquel aire cargado de oxígeno y se preparaba apara recibir ahora al maestro, al temible matador, que lleno de indignación se dirigía hacia él, como si los papeles se hubiesen cambiado y fuera el toro el que toreara al torero.

Estando cerca, el toro presentó batalla, y lo derribó con una zancadilla que lo hizo caer y rodar sobre la arena, pero el valiente matador no se amilanó y en contra de toda la secuencia de pases taurinos, lleno de furia se puso en pie, tomó la temible y afilada espada y se dispuso terminar cuanto antes con aquella pesadilla. Pero una y otra vez ocurrió lo mismo, hasta que de una fuerte patada propinada por el tauriano, cayó en la arena, junto a su temible espada, casi inconsciente e imposibilitado de moverse.

Pero no había terminado todo, lo peor estaba por llegar. De repente apareció salido de un lugar de la periferia del ruedo un rival aún más temible que todos los anteriores: un picador, lanza en mano y montado sobre un majestuoso animal (un caballo) cubierto por armadura listo para aguijonearlo. Aquella especie mitológica resultaba desconocida para los taurianos, que sin darse cuenta, con su rápida evolución, no habían dejado espacio alimentario a los caballos y otras especies herbívoras, y solo de su existencia se conocía por los restos fósiles y las leyendas al respecto, sobre todo de su elegancia, velocidad y resistencia.

Y en efecto, cabalgando se dirigía hacia él aquel humano montado sobre aquella bestia mitológica, y rápido tuvo que moverse el tauriano para no ser alcanzado por la lanza de aquel dúo agresivo colosal.

Jinete y corcel viraron rápidamente para atacar de nuevo y entonces el tauriano hizo lo que había evitado hacer hasta entonces: atacar directamente a la parte descubierta del animal con sus valiosos cuernos lo que afectaría su preciado órgano de comunicación. Pero no quedaba otra alternativa, no sabía cuando recibiría ayuda; y su compañero encerrado en los corrales no podía abrir la puerta que mantenía cerrada uno de los "chulos" de la plaza.

No quedaba tiempo para pensar, la decisión estaba clara para el taurionauta extragaláctico, sí salía vivo de aquello le podrían implantar dos nuevos cuernos antenas, pero de lo contrario, quedaría atravesado por aquel largo objeto cortante (lanza); por lo que lleno de coraje esperó de nuevo el ataque del temible dúo, lo esquivó y rápidamente se situó por detrás y clavó sus cuernos por el trasero del animal que emitió un fuerte grito de dolor y lanzó por los aires al picador con su lanza que cayó al suelo arenoso inconsciente, mientras el caballo espantado huía y detrás lo perseguía el tauriano con ojos cargados de furia. Luego regresó hacia el centro del ruedo, donde aún permanecía el cuerpo de su atacante, aun sin evacuar, pero solo con contusiones, y sin hacerle daño puso sus patas delanteras sobre el cuerpo del torero mientras el graderío enmudecido no daba crédito a lo que veía, hasta que alguien señaló hacia el que debía ser el culpable de aquel mísero y vergonzoso espectáculo, el acaudalado y hasta ahora famoso ganadero por haber entrenado y seleccionado tan mal los toros. Éste con el rostro pálido, exaltado, saltó hacia el ruedo como un espontáneo y sacó de su traje una pistola que siempre lo acompañaba para como dice la canción: "librarlo de todo mal", se acercó nervioso apuntando hacia aquel hermoso ejemplar extragaláctico que se encontraba en el centro del ruedo, desafiante echando espuma oxigenada por su boca, listo para combatir de nuevo.

Por primera vez en su vida el instinto animal de aquella especie enigmática de otro mundo sentía que los sentimientos de violencia prevalecían sobre los de humanismo y bondad, y ahora él era el que se mostraba agresivo y provocativo en el ruedo, sin que nadie se atreviese a intervenir, salvo el hacendado dueño de los toros en lidia esa tarde, que se dirigía ahora en loca carrera hacia el visitante extragaláctico. Sin siquiera esperar estar a distancia de tiro, descargó un par de disparos, uno detrás de otro, a escasos intervalos de tiempo, que rozaron el cuerpo del tauronauta que no oyó nada pues sus oídos después de generaciones de no uso en su evolución, estaban atrofiados y no se dio cuenta que un ligero hilo rojizo salía de su grupa, por el roce del proyectil y no sentir el dolor por lo fuerte de la emoción. El otro disparo había dado en la arena a un pie escaso del coloso visitante.

Ya el impaciente ganadero se disponía a disparar de nuevo, cuando el cielo quedó de pronto oscurecido y una tromba de viento, como las de un tornado, levantara una inmensa nube de polvo, y el hombre armado flotara por unos instantes en el aire impregnado de arena hasta chocar contra la cerca y quedar atontado por el golpe.

Aquella nube de polvo y arena levantada duró varios minutos, los suficientes para que el pelotón de asalto tauriano que lo había provocado evacuara hacia las garrapats a los dos tauroexploradores.

No se veía nada, había una gran confusión.

Los asistentes se aferraban a las sillas para no salir disparados por el aire, mientras los vestidos de las mujeres revoloteaban como abanicos mostrando sus cuerpos impúdicos, aunque algunos muy hermosos, esbeltos y contorneados, por cierto, pero no sabemos a cien si a cierta si de esto se percataron los taurianos desde los garrapatas en proceso de despegue y evacuación.

El viento y la oscuridad se mantuvo por cerca de diez minutos, mientras los concurrentes gritaban, lloraban, maldecían o rogaban por su salvación, hasta que al final todo volvió a la normalidad; se alivió la tensión de los brazos agarrados fuertemente a las butacas, o a cualquier objeto que evitase que fueran desprendidos los cuerpos y flotasen libremente por el aire, sin dirección fija. Los cabellos desordenados volvieron a caer sobre las frentes, las faldas y vestidos regresaron a su lugar original para tapar lo que se podía, mientras los sombreros, gorras y boinas regresaban al ruedo cayendo desde la altura hacia donde habían sido arrastrados por el fuerte viento huracanado.

Después, en la medida que desaparecía la nube de polvo y arena del violento tornado, comenzó a caer una espesa niebla que lo envolvía todo, semejante a las de Londres en los momentos de mínima visibilidad. No se veía nada a más de un metro de distancia y todo el enorme recinto parecía estar envuelto en hielo frappé.

Más tarde, al volver a la normalidad, no se vio ningún toro en la plaza, solo los últimos que salían a tropel por la puerta principal del recinto y que en libertad se dispersaban por las calles de Madrid galopando como si participaran en un encierro de los Sanfermines: sólo que lo hacían libremente, en cualquier dirección, destrozando muebles, mesas y cortinas de las terraza de los cafés, bajo los ojos asustados de empleados y clientes que se guarecían dentro de cualquier local.

Más de seis horas demoró la búsqueda y captura de los toros dispersos por diferentes sitios de la ciudad y para esa labor tuvo que venir en auxilio hasta las fuerzas regulares del ejercito y los drones militares, puesto que como locos, los soberbios, entrenados y bien comidos ejemplares masculinos de la raza, especie, o cruce de Lidia, invadieron cuanto sitio o local encontraron a su paso, incluyendo: casas, tiendas y hasta museos. Alguno incluso se acercó al Palacio de los Diputados, pero siguió de largo, porque al parecer ese no era su sitio.

La entrada de un toro en una boutique dejó a su dueño en la ruina, pues comenzó a degustar cuanta prenda de tejido se le pareciese comestible y en verdad tenían gusto los toros de Lidia, porque degustaron preferentemente las ropas de marca, dejando algunas, que después los expertos comprobaron que eran falsificaciones.

No quedaron exentos de la visita los museos de arte y exposiciones de pintura, en los que la visita de uno de aquellos robustos y pesados animales de pelambre negra y lustrosa creó la confusión y el pánico, mientras los empleados hacían lo imposible por salvar los originales más valiosos del apetito voraz de aquel animal, aunque luego de probar algunas obras de Monet y van Gogh: falsas u originales, que reflejaban suculentos pastos y girasoles, las resinas: nuevas o antiguas, amargaron su gusto y decidió abandonar el local en busca de manjares más suculentos, aunque ya a la entrada se encontraban cuerpos del orden con experiencia en Sanfermines, listos para capturarlo.

Una vez vuelto aparentemente todo a la normalidad y durante el conteo de los toros, encontraron que faltaban dos que no se sabía donde se encontraban, entre ellos el que había dado el espectáculo en la plaza. La búsqueda continuó por varios días hasta que alguien concluyó que el tornado los había arrastrado lejos, no se sabía hasta donde, pero que era infructuosa seguir su búsqueda.

Mientras, en la portanaves intergaláctica tauriana el comandante Taurómaco pasaba revista a su tripulación y hacía balance de lo sucedido. El rescate había sido todo un éxito, el rasguño sufrido por el militar tauriano había sido superficial, nada que necesitara de cuidados, pero sí requería de tratamiento psiquiátrico y emocional urgente y profundo, para extirpar sus sentimientos agresivos y borrar los malos recuerdos, así como implantársele un nuevo sistema de comunicación objetal-auditivo.

Luego, en su camarote, celebrando su victoria en soledad, como buen tauriano, el comandante repasaba los incidentes y sonreía con su enorme boca bajo su singular nariz. Ya verán el regalito que le hemos dejado, pensó

Efectivamente, varios meses después, las carnicerías y supermercados se lamentaban de una disminución notable de las ventas de carne, sobre todo de vacuno, y los restaurantes, a su vez, notaban un cambio de gusto y tendencia alimentaria de sus clientes en beneficio de los productos vegetales, fundamentalmente yerbas y hortalizas, que las personas acudían a comer con gusto y apetito. Paralelamente, esto se hizo sentir en los matadores y en todo el sector ganadero, y en poco tiempo aquello que parecía un virus se extendió por el resto de Europa, cruzó el Canal de la Mancha, también el Estrecho de Gibraltar hacia África, el Océano Atlántico hasta América y posteriormente el Pacífico y el Indico hasta Asia y Oceanía.

En poco tiempo las vacas, sin necesidad de ser adoradas por religión alguna, vagaban libremente por las calles, sin que nadie las molestara, y al igual que las palomas amenazaban con convertirse en una plaga mundial.

Con el tiempo, los terrícolas empezaron a notar que sobre sus frentes comenzaban a salir dos protuberancias óseas semejantes a cuernos que se movían libremente bajo el efecto de las ondas electromagnéticas, trasmitiendo imágenes poco nítidas hacia el cerebro en lo que seguramente era el inicio del sistema de comunicación objetal-accional.

Pero todo no quedaba allí, la NASA comenzó a observar efectos anómalos en el comportamiento de los planetas: como el acercamiento de La Tierra hacia Marte y la ligera sincronización de éste con el movimiento de la Luna, y como es natural, el imperceptible movimiento de alejamiento de la Tierra del Sol, de manera que quedara a distancia prudencial de éste en la medida que se acelerara el proceso de calentamiento consecuencia del incremento de actividad del Astro Rey, para que en los próximos mil millones de años, cuando regresaran de nuevo los taurianos, se encontraran las condiciones propicias para habitar su nuevo mundo abundante de hierbas y pastos.

No obstante, y sin saberlo, la nave también llevaba su caballo de Troya, pues el tauronauta héroe de la corrida había probado la sangre y la carne durante sus lances y embistes, y ese gusto extraño, misterioso, y provocativo, se trasmitiría rápidamente como un virus por todo el planeta, tan pronto la portanaves se posara de nuevo sobre Taurus, con consecuencias nefastas e imprediscibles para una avanzada civilización, hasta entonces pacífica y vegetariana, que había recorrido los confines extragalácticos con el único fin de encontrar un lugar adecuado para sobrevivir ante la destrucción de su hábitat por el colosal choque apocalíptico de las galaxias.

 

 

Autor:

Calixto López Hernández