Verídica historia de vida del autor de Espejo de Paciencia



Silvestre de Balboa y Troya Quesada da fe de vida

Mojando, una y otra vez, la punta de su pluma de lechuza, a falta de las de ganso, cuyos cálamos tupidos por el uso inveterado de la burda tinta elaborada por el propio amanuense, le impedían rasguear el papel, Baltasar de la Coba y Consuegra, escribano público y de registro de la villa, con letra menuda, pulcra y legible, sosteniendo el instrumento sustituto, estaba por concluir la fe de vida que levantaba:

(…) ha vivido el dicho Silvestre de Balboa y Troya Quesada los veinte días que manda Su Majestad que vivan los tales renunciantes, conforme a la Real Cédula de las Renunciaciones, y para que de ello conste, y de su pedimento, di el presente en la Villa del Puerto del Príncipe, el quince de julio de mil seiscientos y cuarenta y un año.

Contaba Balboa con 78 años de edad cumplidos (viviría 8 más) cuando asiste ante el escribano actuante, su colega, cuñado y viejo amigo, el nombrado Baltasar de la Coba y Consuegra, para redactar su fe de vida, la cual requería para dar constancia de que vivía a los veinte días posteriores a su renuncia como escribano, formalidad exigida por las regulaciones reales peninsulares.

Concluido como fue la solemne ceremonia, declarante y fedante estrecharon sus manos, en afectuoso ademán de despedida, y abandonaron la escribanía; el uno se enrumbó por San Ignacio, el otro, por Candelaria; ambos sorteando el fango y los pantanos de las callejas principeñas: dos tormentas recientes, propias de la temporada, de agua y viento, habían anegado la villa, tumbaron montes firmes y ahogaron gran cantidad de animales de todas suertes.

El canario Silvino de Balbuena y Tróade Quijano

Inocentemente dormido el chiquillo en brazos de su madre, acudió a la pila bautismal; el cura pronunció el sacro-santo ritual de conversión de pecadores en cristianos, casi terminado con la frase latina In nomine Patris et Filiis…, y su registro eclesiástico como sigue:

Miércoles treinta del mes de junio, Año del Señor de mil quinientos sesenta y tres, fue bautizado Silvino de Balbuena y Tróade Quijano, hijo de Silvio de Balbuena y su mujer doña Melesia de Quijano; fueron sus compadres José Pinto, bautizólo el reverendo Bachiller Serra, cura párroco de la Parroquia Sagrario Matriz, testigo Bartolomé Vicente y yo, que lo firmo con mi nombre. El Bachiller Serra.

Acaeció tan fasto suceso en el barrio de Vegueta, villa de Las Palmas de Gran Canaria, Islas Canarias, territorio de la Castilla peninsular, bajo el reinado del monarca Felipe II.

Así pues, escudriñando en la vastedad de la Mar Oceana atlántica, una vez surcada por tres carabelas al mando del marino genovés Cristoforo Colombo, cuya recala en las Islas Canarias aún se recordaba entre aquellos que le vieron partir, más las narraciones de los cronistas conquistadores, como aquellos que recogieron la llamada Noche Triste de Hernán Cortés, cuando lloró amargamente tras la derrota de su ejército, el 30 de junio de 1520, ante las huestes mexicas y aztecas en las cercanías de Tenochtitlán, capital de aquel imperio aborigen; creció Silvino de Balbuena y Tróade Quijano, ensimismado en las narraciones de sus mayores, soñando con las tierras del Nuevo Mundo colombino; pero con mucho más vuelo épico cuando, sentado sobre las añosas piernas de su abuelo, le escuchaba su participación en el descalabro naval sufrido por la llamada Armada Invencible, enviada por el rey hispano contra las huestes de la pérfida Albión en el año 1588.

No pudo más resistirse a tales encantamientos; la Gran Canaria le resultaba pequeña para sus búsquedas de aventuras y riquezas, y con 28 años de edad, se embarca como polizón en un viejo galeón en ruta hacia el puerto de Sevilla.

El mozo canario, entretanto logra enrolarse en una tripulación cuyo derrotero lo arrojara en costas americanas, en su deambular de mata tiempo y de buscavidas por las angostas calles sevillanas, cierto día casi se da de bruces con un hombre que frisaba la media rueda, enjuto de carnes, con dientes mal dispuestos en su boca y enteco su brazo izquierdo, en inequívoca señal de ganancia de la guerra, de quien escucha las siguientes palabras:

La imagen de ese hombre nunca fue olvidada por Silvino de Balbuena y Tróade Quijano; siempre se lamentó de no saber el nombre de tan singular personaje aunque le pareció escuchar Miguel de Cervantes Saavedra.

El canario cruza el Atlántico

El más de medio centenar de embarcaciones, surtas en los muelles del puerto de Sevilla, entre aquellas, esbeltas galeras, pesados galeones y ligeras naos, henchidas sus velas con viento favorable, se enrumban al Nuevo Continente.

La Flota de Indias va acompañada de las naves militares comandadas por el bizarro marino Alonso de Bazán, noble de prosapia marinera, en justificada escolta dado la sempiterna presencia de buques ingleses en la alta mar, siempre prestos al pillaje, como perros del mar, los temidos bucaneros de la monarquía asentada en las márgenes del Támesis; los nombres de los intrépidos capitanes Martin Frobisher y John Hawkins, son muy bien conocidos por el almirante hispano.

El canario Silvino de Balbuena y Tróade Quijano, probadas sus habilidades manuales y marineras por sus empleadores, embarca en calidad de estibador en la nao Mal Tiempo, apelativo que el denodado canario rechaza como presagio de mala fortuna para su recién comenzada empresa.

El Mal Tiempo era una galera de 115 varas de eslora, con una capacidad de carga de 2400 arrobas, cuya bodega estaba repleta de útiles de labranza, cuerdas y bastas telas destinadas a los pobladores castellanos de los nuevos territorios del rey Felipe II, allende El Escorial.

Con viento favorable casi todos los días, sin calmas chichas, las flotas se adentraban cada vez más en el azul y anchuroso océano.

Estaban cercanos al avistamiento de las playas de las Islas Azores, cuando el capitán Don Alonso de Bazán, auxiliado de su catalejo holandés, en su rutinario escudriñar del horizonte marino, creyó percibir un enjambrazón de puntos blancos y oscuros en lontananza; aguzó la vista y, convencido de lo que suponía, dio la orden de zafarrancho de combate: supuso, con acierto, que se trataba de la flota del almirante inglés Thomas Howard, archienemigo de la marinería hispana, advertido de su presencia en estas latitudes antes de abandonar el estuario del Guadalquivir en Sevilla.

Las señales y gritos de advertencia recorrieron las cubiertas de todos los buques de la Flota de Indias al mando de Bazán; la marinería alistó sus cañones, desenfundando sus negras bocas; los arcabuces fueron baqueteados, prestos al inminente combate.

Las embarcaciones desarmadas rezagaron su marcha, retirando trapos y velamen, en tanto que las artilladas, a toda vela, se les adelantaban, guareciendo a las indefensas; Alonso de Bazán consultó la bitácora y el calendario: 9 de septiembre de 1591.

La conflagración marina estallaba; se le recuerda con el nombre de Batalla de Flores.

El canario Silvino: testigo excepcional de la Batalla de Flores

El preludio del combate naval entre las escuadras enemigas lo delató la combustión de la pólvora de cañones, bombardas y culebrinas, en la propia intensidad de las distancias entre los buques rivales; el zumbido de los proyectiles arrojados, anunciadores de fuego y muerte, fue su clímax; luego vino la ensordecedora fusilería, y por último, el abordaje de los marinos de una u otra flota, de una u otra nao.

La suerte de la contienda entablada sobre crestas de olas, esta vez, anticipada por la superioridad numérica de navíos y armas de fuego, estaba a favor del almirante Bazán.

A poco, las naves británicas fueron cediendo en número: algunas hundidas, otras con fuego sobre sus cubiertas; muertos y heridos, en todas.

Comprendiendo la magnitud del desastre, el almirante Howard ordenó el repliegue de las restantes.

En el ínterin, un buque inglés, fuertemente artillado, apenas averiado por la metralla castellana, avanzó resueltamente entre los pesados galeones hispanos; su capitán Nelson, de la estirpe ancestral de aquel otro que ganaría renombre en la batalla de Trafalgar, apuntó sus cañones contra el indefenso Mal Tiempo, al pairo en ese instante sobre las azules aguas, como el resto de la Flota de Indias, aguardaba por el desenlace de la porfía bélica en los dominios de Neptuno.

La tripulación y la oficialidad del Mal Tiempo, consternados, observaban cómo el navío inglés se les aproximaba atrevidamente, a pesar de los infructuosos disparos de las naos castellanas intentando su hundimiento.

Tanto se acercó que todos los hombres, de pie sobre la cubierta del Mal Tiempo pudieron leer en su proa el nombre de registro inglés de la embarcación de guerra: Odiseo.

El Odiseo ya no disparaba contra el Mal Tiempo, su pólvora y proyectiles estaban agotados, pero las miradas atentas de los hombres del segundo, no tardaron en descifrar la obstinada intención del capitán del primero, Nelson: hendir con su proa la banda de estribor de la nao hispana.

Y así fue, la dura proa del Odiseo penetró con violencia en las cuadernas del Mal Tiempo.

La colisión provocó el desconcierto entre los marinos ibéricos, muchos de los cuales saltaron a las agitadas aguas.

El canario Silvino de Balbuena y Tróade Quijano, buscando refugio en la sentina del barco, calculó que la embestida no causaría el hundimiento del Mal Tiempo, sino que el encaje trabado entre ambas naves los mantendría a flote, al menos hasta que sus compatriotas vinieran en su rescate, luego de dar buena cuenta de las huestes de Albión.

Sentado en lo más profundo de la bodega del Mal Tiempo, el canario leyó otra vez el nombre de la embarcación inglesa: Odiseo.

Reflexivo, conjeturó que ese apelativo del héroe aqueo, rico en ardides, que llevaba el buque inglés, de una manera u otra se relacionaba con su apellido paterno: Tróade.

Desechó la peregrina idea por absurda.

En estas cavilaciones andaba cuando una fría onda recorrió toda la línea de su cuerda espinal, encendiendo una llamita en las profundidades de su cerebro que despertó su numen poético.

Miró en derredor de la sentina, buscó entre los fardos amontonados unos pliegos de papel, seleccionó los secos y, con un carboncillo improvisado, escribió:

Valientes caballeros que en Bretaña,

Flandes, Italia y otras cien mil partes,

En honra de Filipo, rey de España,

Enarboláis banderas y estandartes;

Los que en acometer cualquier hazaña

Sois en el Nuevo Mundo muchos Martes,

A todos os convido a oír un canto

Lleno de admiración, valor y espanto.

¡Había descubierto su don de bardo!

No sabía si las musas Calíope o Euterpe se disputarían su cacumen poético pero sí se convenció que su inmortalidad yacía en los versos.

El canario continúa viaje hacia el Nuevo Mundo

Empeños y fuerzas mancomunadas tomó retirar la proa del Odiseo, devenida en ariete clavado en el costado del Mal Tiempo y, logrado, con celeridad taponearon el boquete, so pena de su rápido hundimiento.

Como estas labores tomaron varios días, el almirante Bazán, temeroso de un nuevo enfrentamiento con el astuto enemigo inglés, ordenó a su flota levantar anclas y, a todo trapo, proseguir el derrotero hacia el poniente americano.

El Mal Tiempo, apenas carenado su casco, también enrumbó surcando el rastro espumoso de sus mayores, distancia que mantuvo gracias a sus palos, trinquetes, jarcias y velas indemnes.

Así, con el paso de los días, las leguas navegadas acercaban a todas las naos de la Flota de Indias a su destino meridional.

El canario Silvino, de cuando en cuando lo permitían sus faenas, hilvanaba bastos octosílabos que no se atrevía recitar a la marinería del Mal Tiempo.

El otoño todavía se insinuaba caluroso, el viento amainaba ostensiblemente las jornadas marineras y el mar perdía su acostumbrado azul para adquirir tintes verdosos en estas latitudes.

El 12 de octubre de 1591, justo 99 años después del cruce atlántico de las carabelas La Niña, La Pinta y La Santa María y del descubrimiento del Nuevo Mundo por el genovés, el Mal Tiempo se hallaba literalmente atascado en el llamado Mar de los Sargazos, denominado así por los portugueses dado la enmarañada población de algas en sus aguas, convertido en obstáculo para la navegación de las naos.

Como el calor arreciaba y el Mal Tiempo cabeceaba apaciblemente sobre la líquida planicie, varios de sus marineros decidieron tomar un chapuzón en las tranquilas aguas, entre ellos el canario Silvino.

Alegremente platicando mientras nadaban en torno a la quilla de la embarcación, a menos de una vara de profundidad, Silvino sintió bajo su cuerpo una masa animada que coleteaba grácilmente provocando una corriente exhalante de agua; luego vio emerger una enorme aleta dorsal que cortaba la superficie líquida del mar, alejándose del canario pero, inmediatamente, la aleta cambió de rumbo, exhibiéndole al isleño la extensión del tegumento dorsal y enfilando hacia su cuerpo, la aleta segmentaba a toda velocidad la superficie marina: se trataba de un tiburón blanco, de doce varas de largo, contadas desde su nariz hasta su aleta caudal, ¡el devorador de hombres!

Paralizado por el terror Silvino de Balbuena y Tróade Quijano se encomendó a Dios; su vida terminaría en las fauces del monstruo marino; cerró los ojos, rezó y su último pensamiento fue: ¡Qué poeta pierde la posteridad!

Pero nada aconteció: una descarga cerrada de arcabuces, disparada desde la cubierta de la nao Mal Tiempo, mató al escualo.

Trémulo, el canario fue subido a bordo por sus compañeros; mientras lo izaban, su mirada resbaló de soslayo sobre el nombre de la embarcación, grabada en su proa: Mal Tiempo.

Lo maldijo, después se persignó y se hundió en la sentina de la nao otra vez; durante tres días no se le vio en sus obligaciones sobre cubierta.

Varias jornadas marineras posteriores, el cielo barruntaba tormenta, las claras auroras del otoño americano cedían el paso a nubes grises y negras; una ligera llovizna acompañada de tenue brisa se transmutó en chaparrones cada vez más frecuentes e intensos, el viento arreciaba, la mar convulsionaba: luego irrumpió el ciclón.

El Mal Tiempo, como cascarón de huevo encabritado, trepaba las crestas de olas de varas de altura; el huracán, como le llamaban los aborígenes del lugar, le arrancó el palo mayor y todo el velamen; el canario Silvino de Balbuena y Tróade Quijano, hundido como siempre en la sentina, temblaba al compás del crujido de las cuadernas mal reparadas del buque, se maldijo una y otra vez, también a su abuelo y a su padre.

La furia salvaje del oleaje lo precipitó sobre un macizo apero de labranza; el golpe le rompió el cráneo, la sangre le enmascaraba el rostro; cayó al piso desmayado.

Cuando volvió en él, se encontraba postrado en un cómodo camastro, cubierto su cuerpo con mantas; la fiebre no le abandonaba pero la pesadilla de la tempestad había terminado.

El Mal Tiempo, arrojado por los vientos huracanados contra la formación rocosa de la costa, había encallado en la boca de una estrecha entrada que daba paso a una espaciosa bahía, en el puerto naval y militar de Carenas, cercano a un villorrio bautizado como La Chorrera: se encontraba en la Isla de Juana, colonia hispana en el Nuevo Mundo conocida por sus naturales como Cuba.

El dichoso canario había salvado su vida; indagó la fecha del naufragio y le informaron: 27 de octubre de 1591, ¡noventa y nueve años después del descubrimiento de esta isla por el Gran Almirante!

Sorprendido por la coincidencia histórica, intuyendo su predestinación en esta tierra virgen, su numen poético, aguzado por la circunstancia, se inspiró y produjo estos octosílabos:

Embravecióse el mar en aquel punto

Como sentido de la humana afrenta,

Y con el viento hizo contrapunto,

Tan triste como suele en gran tormenta.

Todos mostraron el color difunto,

Que el miedo de morir, y dar la cuenta,

Hace mudar al hombre los intentos,

Y mejora la vida y pensamientos.

De un tirón abandonó el lecho, se puso en contacto con los habitantes de la región e indagó por zonas de villas y hatos. La gracia personal del canario rápidamente le granjeó el reconocimiento de los naturales de La Chorrera y de los militares de Carenas.

Silvino de Balbuena y Tróade Quijano incursiona en la Isla

Como hombre de buena estrella, probada con creces en su cruzada atlántica, el canario en pocos días se había enrolado como tripulante en el bajel Buen Tiempo (este nombre le inspiró seguridad) cuya misión oficial sería, a manera de bojeo, conducir a un importante funcionario de la Real Audiencia de Santo Domingo, de visita en la Isla, a las villas fundadas en el oriente de Cuba, para comprobar la justeza en la aplicación de las reglamentaciones dictadas, encaminadas al buen gobierno de aquellas.

Antes de zarpar el bajel, Silvino observó en el muelle la presencia de dos distinguidos caballeros enfrascados en amena plática, ambos con sendas espadas toledanas que pendían de sus cinturas, clara distinción de su alto rango oficial.

Efectivamente, se trataba del capitán general de la Isla de Cuba, Maestre de Campo Juan de Texeda, en tanto que el otro personaje de baja estatura, regordete, cuya espada en su punta rozaba el piso, de barba terminada en perilla, con expresión grave y aire de magistrado, era Alonso de Cáceres y Ovando, oidor de la Real Audiencia de Santo Domingo, en la Isla de La Española, con jurisdicción sobre este territorio cubano.

Luego de estrechar sus manos, se separaron, el oidor abordó la embarcación, las amarras se soltaron y, al principio, lentamente, el bajel se dirigió a la salida de la bahía a través de un estrecho canal; ya en la mar se enrumbaron al este; atrás quedaban Carenas, La Chorrera y la villa de San Cristóbal de La Habana.

La navegación transcurrió en un mar calmo, con buen viento en popa y, sobre todo, sin perder de vista la línea costera de la Isla, elemento que complacía sobremanera a Silvino por la seguridad que ofrecía en caso de un evento meteorológico severo.

Uno de esos días, mientras atendía sus labores en cubierta, Silvino pudo trabar un diálogo con el enigmático caballero regordete, que en sus inicios fue trivial, mas cuando supo que el oidor era su paisano, se tornó más atrevido y campechano con el dignatario, en la propia medida en que corría el tiempo.

Así supo que el doctor Alonso de Cáceres y Ovando, oidor, como sabemos de la Real Audiencia antillana, había redactado en 1574 las Ordenanzas para el cabildo y regimiento de la villa de La Habana y las demás villas y lugares de esta Isla de Cuba, minuciosa reglamentación que requería ser comprobada in situ; de tal suerte, el periplo supervisor comprendía las villas de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, Santiago de Cuba, San Salvador de Bayamo, Santa María del Puerto del Príncipe, La Trinidad y Sancti-Spíritus, asientos urbanos ya colonizados.

Tal revelación agradó con sumo placer al canario Silvino, quien nunca pudo sospechar la trascendencia de dicho bojeo para el éxito de su vida personal en el Nuevo Continente.

La navegación cercana a la costa cubana permitió al bardo canario admirar las bellezas naturales del país, sus amplias bahías en forma de bolsas, sus elevados picos montañosos, tupidos montes y, sobre todo, la presencia de indígenas de piel cobriza, semidesnudos (pensamientos libidinosos surcaron su mente al ver a las jóvenes y hermosas indias, vestidas como buenas hijas de la bíblica Eva) y el creciente número de negros esclavos.

Inspirado, ni corto ni perezoso, acometió otros octosílabos:

Ahora brotarán todas las flores

Con que se matizaban mis orillas;

Cantarán sin dolor los ruiseñores,

Jilgueros, pentasilbos y abobillas;

Abundarán los frutos en mejores,

Alegraránse todas estas villas,

Y en vos verán con santidad y alteza

Sinceridad, quietud, amor, nobleza.

Apenas terminados, buscó al adusto juez a quien le dedicó la rima; leída por este, fruncido su ceño, le respondió al rapsoda que, a su vez, en pago le prestaría una copia de sus Ordenanzas para que en ellas se instruyera, si su destino era permanecer en la Isla más fermosa.

Así sería.

El canario Balbuena se instruye en leyes con el canario Cáceres

Sagaz consejero del Conde Lucanor, su preceptor Patronio siempre concluía su narración con una aleccionadora moraleja, de acuerdo con el Infante Don Juan Manuel, creador de la prosa narrativa hispana, obra leída, muy probablemente, por ambos canarios; o los consejos brindados por Don Quijote a su fiel escudero Sancho Panza, cuando este último se preparaba para asumir el embustero cargo de gobernador de la ínsula de Barataria, por esta fecha solo en la mente del autor, el Príncipe de los Ingenios, hasta que cobraran vida en el papel los célebres personajes cervantinos, poco después; lo cierto es que el canario Balbuena escuchaba atentamente, como embriagado, las lecciones que el canario Cáceres le impartía, cual remedo de aquellos pares de interlocutores de la literatura castellana, sentados en la cubierta del bajel sobre su popa.

El hombre de leyes se quejaba con su pupilo, lastimosamente, que el fárrago de provisiones, pragmáticas y reales cédulas promulgadas en la península, dados su lejanía y profusión, se desnaturalizaban al cruzar la mar Oceana y arribar a estas costas insulares, a tal extremo que los asentados en esta orilla del Atlántico se mofaban de ellas al exclamar, socarronamente, que las leyes de Indias se acataban pero no se cumplían, apotegma duradero hasta nuestro días.

Tales argumentos, razonaba el magistrado, obligaron al presidente de la Real Audiencia de Santo Domingo a nombrar uno de sus oidores como visitador de esta Isla para que entronizara el orden en las villas y demás lugares de Cuba, nombramiento que recayó en su persona.

En cumplimiento del mandato judicial, expuso a Silvino, fue trasladado a esta Isla donde comenzó a redactar sus Ordenanzas en el año 1573, razón por la que ya era hora, veinte años después, para constatar sus avances con este periplo insular iniciado en San Cristóbal de La Habana.

Balbuena y Tróade Quijano escuchaba al funcionario y, cuando consideró oportuno, solicitó al oidor que le explicara en qué consistían tales Ordenanzas.

De Cáceres, complaciente con su paisano, le expuso que este cuerpo legal contenía 88 órdenes y mandatos que abarcaban asuntos tan diversos como el funcionamiento de los cabildos, de los alcaldes y regidores de las villas cubanas: medidas encaminadas a detener la galopante corrupción administrativa presente en alguaciles y procuradores; la punición de indios y negros levantiscos transgresores del orden; el repartimiento de hatos y solares a los pobladores de las villas, así como la ventilación de trámites en los litigios judiciales entre sus moradores.

Particular atención prestó Balbuena al tema de las defraudaciones fiscales y mercantiles, así como al robo de ganado vacuno.

De esta manera aleccionadora, se sucedieron los días de navegación hasta que el Buen Tiempo recaló en la villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa, primera parada oficial en el largo bojeo a la Isla de Cuba.

Los dos canarios habían hecho buenas migas.

El oidor visitador se encuentra en Baracoa

Avistado como fue en lontananza el bajel Buen Tiempo y corrida la voz de su inminente atraque en el pequeño muelle del puerto baracoense, las autoridades locales, a tropel, se reunieron para rendir merecida bienvenida a tan ilustre personaje.

Por él aguardaban el alcalde mayor de la villa, los dos alcaldes ordinarios, el primero y el segundo de estos así llamados en cuanto a sus deberes de gobierno, los tres regidores del cabildo de la Villa Primada, el alguacil mayor y su lugarteniente y un sacerdote, cura de la propia vecindad.

Uno a uno, prosternados ante el magistrado de La Española, estrechó su mano.

Observadas las reglas protocolares, el funcionario de tan alta investidura fue invitado a cenar en la morada del alcalde mayor; el canario togado se hizo acompañar del canario bardo.

Luego de ingerir suculentos platos de viandas criollas y carne de puerco, el oidor le recordó al alcalde que, como al día siguiente sería viernes, convocara a todos los miembros del cabildo, como era de oficio, para celebrar esta sesión ordinaria que contaría con su presencia.

El sol se elevó más temprano que de costumbre en el oriente cubano, quizás en señal de respeto a la inusual visita de la dignidad curial, y con el astro todos los miembros del cabildo baracoense, el propio oidor visitador más el canario Silvino, devenido técnicamente en su asistente, y todos, puntualmente, se congregaron en el umbral de la puerta principal de acceso al modesto cabildo cuando el reloj del visitador marcaba justo las 8 de la mañana.

Se cumplía así con las ordenanzas números 1 y 6, redactadas por el mismísimo visitador:

Ordenamos y mandamos que justicia y regimiento de esta Isla se junten los viernes de cada semana a las 8 del día a tratar y proveer cosas del buen gobierno de esta villa y del bien público, y proveimiento de ella, en las casas del cabildo, que hay para ello diputados y no en otra parte, y que para haberse de juntar los dichos días viernes de cada semana, no se menester llamar a los regidores, ni gobernador, ni alcaldes, pues está ya dispuesto el día y hora de cada semana, sino que ellos tengan cuidado de ir a la hora. Y si viernes fuere fiesta, se haga el cabildo el día antes.

Que los cabildos ordinarios se haga cada viernes, aunque no hagan, ni haya cosa que hacer en ellos y que estén en dicho cabildo juntos, a lo menos una hora, tratando y confiriendo qué cosas pueda haber para el bien de esta villa y aumento de ella.

Vale aclarar que en esta oportunidad sí había qué hacer en el cabildo puesto que el oidor visitador escucharía las cuentas que le rendiría cada uno de sus miembros colegiados.

Antes de iniciarse la sesión ordinaria de trabajo, todos los asistentes, incluido el visitador y su ayudante, el bardo canario, se despojaron de sus armas blancas, en observancia a la ordenanza número 11:

Que en el cabildo y ayuntamiento ninguno pueda entrar con armas, so pena de que el que entrare con espada, la tenga perdida para el Arca del consejo, y si metiere daga, por ser arma que se puede encubrir, y es más peligrosa, que sea echado del cabildo por dos meses.

Cumplido el trámite, fue iniciado el plenario: primero expuso el alcalde mayor, luego los alcaldes ordinarios primero y segundo, más tarde, dos de los tres regidores y, por último, el alguacil mayor.

En tanto cada uno de aquellos alegaba sus pertinencias y buen gobierno en sus respectivas competencias, el magistrado lo interpelaba con asuntos de fondo sobre su gestión pública.

Para continuar la reunión Cáceres y Ovando se interesó por los libros de cédulas y provisiones reales y del estado de cuentas del erario público, todos ellos encerrados en las arcas del cabildo.

Para tal fin se hizo prudente llamar al escribano del cabildo, ausente en el cónclave, para que con su llave, sumada a las otras dos, en poder del alcalde mayor una, y la otra en el bolsillo del regidor más antiguo, se procediera a la apertura de la segunda arca, como exigía el numeral 28 de las Ordenanzas:

Que en las casas del dicho cabildo haya una arca donde estén los libros de cédulas y provisiones de S.M., que en este cabildo se presentan, y las escrituras y recaudos de esta villa y las demás cosas que S.M. por sus leyes y pragmáticas manda; y otra donde esté el dinero de esta villa y tenga tres llaves, la una tenga uno de los alcaldes, la otra el regidor más antiguo y la otra el escribano del cabildo.

Como la imprevista ausencia del escribano no tenía excusa, el alcalde mayor dispuso, en gesto teatral ante el visitante, que el ausentista fuese multado consecuentemente, como disponía la ordenanza número 16, redactada por quien estaba presente:

Porque muchas veces los regidores no van a cabildo y se dejan de hacer los cabildos muchos días; que el regidor que faltare al cabildo de los viernes, estando esta villa y no estando enfermo, que pague cuatro reales el día que faltare, y si mayor fuere la contumacia de no venir, que la justicia agrave la pena.

El juez corrigió al alcalde: no se trataba de un regidor sino del escribano cuya condición le libraba de pagar la falta en que había incurrido; el alcalde asintió de mala gana.

Una vez destapadas las arcas, el oidor inspeccionó, minuciosamente, todos los manuscritos en ella encerrados en la primera; particular celo mostró al contar los escasos dineros que yacían en la segunda en pequeñas bolsas de cuero: su suma apenas alcanzaba los 500 maravedíes.

El adusto magistrado pensó: ¡Cuánta honra en tanta pobreza!

Mientras la frase recorría el cerebro del visitador, los colegiados suspiraron aliviados.

Satisfecho, el oidor se despidió de cada uno de los presentes y dio por concluida su visita al cabildo de la villa de Nuestra Señora de la Asunción de Baracoa.

Su paisano Balbuena fue testigo presencial de todo cuanto ocurrió en esta sesión ordinaria del cabildo aquel día.

Pero no pudo escuchar la conversación trabada entre los funcionarios del cabildo cuando los visitantes se alejaban: hablaban de los hatos repartidos entre sus amistades, desobedeciendo las mismas Ordenanzas cuyo autor acababa de visitarlos, más las centenares de cabezas de reses sin orejas.

Los canarios arriban a Santiago de Cuba

Luego de una corta travesía de apenas tres días con viento favorable todo el tiempo, cruzado El Paso de los Vientos colombino, el bajel Buen Tiempo, con los dos canarios a bordo, enfila su proa hacia la profundidad del puerto de la bahía de Santiago de Cuba; nadie sospechaba la presencia en la villa santiaguera de tan encumbrada autoridad judicial.

Un tanto indispuesto por esta contrariedad, el oidor visitador, preguntando a transeúntes de ocasión, logra encaminarse, junto a su alter ego a la morada del alcalde mayor; ya en ella, el funcionario se deshace en excusas, luego de haber comprobado la identidad del hombre regordete cuya espada toledana arrastraba sobre el piso; a él y a su asistente, ofrece una espaciosa habitación para que pasaran la noche.

Luego de cenar con la autoridad local, ambos canarios se disponían a dormir cuando un pregón les animó.

El pregonero, infatigable, recorría las calles de la villa portuaria.

Los viandantes de las principales callejas del villorrio de Santiago de Cuba y los marinos de los buques del más variado tonelaje, entre ellos el Buen Tiempo, anclados en su rada, escucharon el pregón:

Se busca el esclavo mandinga, nombrado Fermín, propiedad del noble señor Hernán, fugado de su hacienda.

También fue escuchado en los barrios marginales de la escarpada villa.

En uno de sus callejones, dos hombres, parapetados tras las arcillosas paredes de una modesta casa, palidecieron al oír el pregón.

Uno era el morador principal de la vivienda; el otro, el esclavo fugitivo.

Ambos, escudriñando cada quien los pensamientos del otro, empuñaron sus respectivas dagas y se embistieron con furia animal, en desesperado intento de conservación de la vida.

El esclavo, otrora bravo guerrero mandinga, más diestro en el uso de las armas blancas, asestó una puñalada en el pecho del otro.

El herido cayó al suelo sobre un charco de sangre.

El fugitivo abandonó la morada y escapó vistiendo las ropas de su víctima.

El fundado temor del dueño de la casa descansaba en la sanción que le aguardaría si no denunciaba la presencia del fugitivo en su hogar.

Mientras el asesinato se perpetraba, el honorable oidor canario, ávido lector de textos legales antiguos, sobre todo en su mocedad como estudiante de leyes, cuando se decidió a redactar sus famosas Ordenanzas para la Isla de Cuba, había tomado en cuenta los drásticos preceptos babilónicos del Código de Hammurabi, cuyas crueles penas se imponían, sin miramientos, a los esclavos prófugos de sus dueños, y uno de aquellos, atemperándolo a las nuevas circunstancias, lo acogió en su norma colonial con el número 57, donde se lee:

Que ninguna persona negra ni blanca acoja en su casa a dormir negro cautivo de noche (…).

Recordó también las crueles sanciones que al amparo de las Partidas de Alfonso X, el Sabio, se deben imponer a los hombres que cometen yerros y son acusados por sus malfetrías; sonrió lleno de satisfacción por su exitosa extrapolación jurídica, de un cuerpo legal a otro. Y se fueron a dormir que el nacedero día les reservaría nuevas sorpresas.

Temprano en la mañana la jauría rastreadora de fino olfato, sueltos los canes de sus correas, se precipitaron tras las huellas del negro esclavo prófugo, en tanto los rancheadores les seguían desde sus cabalgaduras.

El cadáver del poblano asesinado la noche anterior fue descubierto temprano esa mañana por su vecino, quien de inmediato dio cuenta al alguacil mayor; a partir de entonces, se desató la persecución del asesino.

Bebiendo sendas tazas de café estaban ambos canarios cuando uno de los dos alcaldes ordinarios impuso al oidor de los hechos acaecidos la noche antes, dándole cuenta que el alguacil mayor y los rancheadores tenían echado el pie delante, en pos del prófugo.

La suerte del esclavo no preocupaba a Cáceres y Ovando, conocedor del destino de estos infelices en el Nuevo Mundo, sino la actuación de las autoridades locales de la villa bajo el fuero de sus Ordenanzas, en relación con el amo del negro cimarrón.

Apurado el desayuno, los dos canarios se apresuraron en llegar al cabildo santiaguero, bajo las miradas indiscretas de los vecinos las que, de soslayo, caían sobre el tenue surco que dibujaba en la arcilla la punta de la espada toledana del insigne magistrado.

Para alborozo suyo, en la misma puerta principal del cabildo se hallaban el alcalde mayor de la villa y a su diestra, el caballero Hernán Hernández, amo del negro prófugo; aquel, al notar la presencia del juez, en presuntuoso gesto de inquisidor, interrogaba a Hernán; este, asustado por la figura del visitante cuya proverbial fama le granjeaba servil respeto, atragantado, narró cómo el arisco negro había escapado del bocabajo en el cepo, armaba de una daga y, bajo la sombra de las corpulentas ceibas dejó el hato cercano a la villa, concedido a su abuelo por Diego Velázquez; el resto, todos lo sabían.

El alcalde mayor, en puro alarde dramatúrgico inspirado por la presencia intimidante del visitador vestido en toga viril y ceñida su cintura con larga espada como la de Damocles, preguntó al atemorizado Hernán si sabía qué eran las Ordenanzas, dictadas por quien tenía delante, y, muy especialmente sus mandatos números 60 y 61, las que leyó al trémulo hatero:

Que porque muchos se sirven de sus esclavos y no les dan de comer y vestir para cubrir las carnes, de lo cual se sigue que los tales esclavos andan a hurtar de las estancias comarcanas para comer, de los tales malos tratamientos vienen a se alzar y andar fugitivos: Ordenamos y mandamos que todos los que tuvieren negros en estancias, hatos o criaderos de puercos y otras cosas, les den comida suficiente para el trabajo que tienen, y que así mismo les den dos pares de zaragüelles o camisetas de cañamazo cada año por lo menos, y no les den castigos excesivos, y crueles, y que para ver si se les cumple esto, y cómo son tratados de los alcaldes de esta villa, el uno el mes de marzo y el otro el mes de octubre, sean obligados a visitar los hatos y estancias; de informarse del tratamiento de los dichos negros; si les han dado la dicha comida y calona, y si hallaren negros incorregibles, y que alteren los otros mandar a su amo los saque a vender fuera de la tierra.

Porque hay muchos que tratan con gran crueldad sus esclavos, azotándolos con gran crueldad y mechándolos con diferentes especies de resina, y los asan, y hacen otras crueldades de que mueren, y quedan tan castigados y amedrentados que se vienen a matar ellos, y a echarse a la mar, o a huir o alzarse y con decir que mató a su esclavo no procede contra ellos: que el que tales crueldades y excesivos castigos hiciere a su esclavo, la justicia lo compela a que lo venda el tal esclavo y le castigue conforme al exceso que en ello hubiere hecho.

Concluida su lectura, el pobre inculpado negó dar tales tratamientos a su dotación de esclavos, por el contrario, los alimentaba bien, dos o tres veces al día con plátanos, cacabí o casabe, boniatos, ñames y yucas, y un poco de bacalao y les entregaba dos veces al año camisa de jergueta y calzón de coleta, sombrero y pañuelo; sus alegatos fueron interrumpidos por la cortante intervención del señor oidor, quien le pidió al alcalde mayor que leyera las ordenanzas 59 y 62, para general conocimiento:

Que cualquier estanciero y mayoral pueda aprehender y prenda a cualquier negro cimarrón o fugitivo sin pena ni calumnia alguna, con que lo lleve luego ante el juez, y no pudiendo ni teniendo recado para ello, dé luego aviso a su amo y a la justicia de cómo lo tiene preso en los cepos que en los dichos hatos y estancia están obligados a tener.

Que porque muchos negros se van a los montes y arcabucos y andan mucho tiempo alzados y fugitivos y no pueden bien ser presos sino fuese por los mayorales y estancieros donde algunas veces, o por los vaqueros de los criaderos de puercos: ordenamos y mandamos que el tal negro fugitivo que cualquiera le puede prender y que el estanciero o mayoral o vaquero, u otra cualquier persona que prendiere negro fugitivo fuera de esta villa hasta dos leguas, le dé y pague el señor del esclavo cuatro ducados, y si le pretendiere más lejos de las dichas veinte leguas hasta cuarenta leguas en adelante, le pague quince ducados.

Una vez leídos dichos preceptos, díjole el oidor en tono admonitorio al amo del esclavo homicida que, una vez preso el negro cimarrón, el caballero Hernán respondería por los daños y perjuicios ocasionados a la víctima y a las propiedades menoscabadas por los desmanes del prófugo, en tanto que sobre el criminal recaería todo el peso de la ley.

Y dio por terminado el asunto.

Entonces interpeló al alcalde mayor sobre las defraudaciones comerciales de esta villa, favorecida al estar muy bien situada para el arribo de carabelas, galeones, bajeles y cualquier otro tipo de nao, llenos de mercancías.

Así pues, la comitiva encabezada por el juez oidor la integraban el alcalde mayor, el segundo alcalde ordinario, dos regidores, el lugarteniente del alguacil mayor, el escribano del cabildo y, por supuesto, el bardo de Gran Canaria, nuestro conocido Silvino de Balbuena y Tróade Quijano.

No lejos del lugar, en las cercanías de la plazuela mayor de la villa, se localizaba la amplia casona destinada a venta y tienda, propiedad de Rufián Rufino, castellano de larga data en la Isla de Cuba, ya asentado en este sitio por mucho años.

El alcalde mayor explicó al ventero-tendero que cumplía el oficio dispuesto por el oidor visitador, aquí presente de cuerpo y alma, para poner postura y tasa a las mercaderías depositadas en la bodega de la casa-venta-tienda, en caso de que no las tuviera impuestas, más constatar si padecían daño, de tal manera que no estuvieran para vender libremente; el ventero asintió con cierta reticencia y los invitó a pasar.

Los parroquianos degustaban cuartillas de vino cuando en la taberna el grupo de autoridades penetró, en tanto los ojos inyectados en sangre de los beodos se posaron en aquel regordete que empuñaba su larga espada toledana.

Principiada la visita, el escribano, de inmediato, empezó a levantar el acta dando cuenta en ella de todo cuanto la comitiva justipreciaba en la taberna-tienda.

En primer lugar, el ventero los condujo al depósito de telas donde se amontonaban cientos de varas de tejido, tantas que si se unían por sus extremos llegarían hasta la vecina isla de La Española, pensó para su coleto el magistrado, intuyendo en la desmesurada cantidad de textiles de contrabando; más burdas y bastas unas que otras rayanas en la fineza, el escribano consignó en su acta la existencia de fustán para confeccionar enaguas, el lino basto llamado angeo, la tela de lona o brin, tafetán de Castilla, cañamazo, crepé, jergueta, landaco, palomilla, ruan, lienzo y terciopelo; el tendero, convencido de las ideas del visitador, se adelantó en informar que todas las telas procedían de la añorada península y que sus precios yacían, debidamente registrados, en el arca del cabildo (aquí le lanzó una mirada de entendimiento doloso al alcalde mayor, quien asintió con su cabeza), amén de las rebajas considerables en sus precios a toda la población con el interés de que cubrieran su partes pudendas de forma decorosa, tratamiento que ofrecía a tan ilustres visitantes.

Por supuesto, el pulcro Cáceres rehusó amablemente la proposición provocando con su negativa desconcierto entre sus acompañantes.