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Una Biblioteca y dos archiveros (Relato)



Una biblioteca y dos archiveros - Monografias.com

 

Comienzo este relato mientras escucho el Poema Sinfónico Die Moldau, de Smethana, con Furtwangler. Nada mejor para acompañar este intento y su ambiente.

Aquí llegué no sé ni cómo. Ni tampoco sé de un por qué. Y haciendo un esfuerzo tan sólo logro recordar en este despertar el haber caminado desde antes del amanecer por más de dos horas por las calles adoquinadas, muy estrechas y húmedas y muy cercanas a los más oscuros suburbios de la ciudad, escuchando el ritmo de las aguas. Y aún puedo sentir mis pasos quedos que no atentaban contra el silencio de la noche al andar sin mucha certeza camino de aquí por las orillas del río.

Son las calles típicas de los arrabales en estas zonas casi relegadas y como inexistentes para el sentir cotidiano. Estos barrios no se amalgaman al caos citadino de los autos y los apuros de la gente entre sus incesantes ruidos en la acogotante ciudad. Estas calles parecieran estar permanentemente mojadas y dormidas, y se ven también como que se borran cuando va cayendo la noche y entran al mundo de los silencios.

En esta zona están las casas más grandes y antiguas de la ciudad, casi todas construidas con apagadas piedras y altas paredes de amplios ventanales en los que prevalecen los tonos oscuros y los rosas quemados que en los atardeceres más profundos se tornan marrones. Son las mismas que se ven con la imaginación como los restos de existencias nostálgicas que quisieran lucir en sus cuadrados y rectángulos bien dibujados las tonalidades rojizas que alguna vez tuvieron y orgullosamente quisieran hacer renacer.

Y pienso que tal vez me trajo a este paisaje el estricto seguimiento de un trazado del subconsciente ante la posible presencia de algo de suma importancia que he estado buscando en mí, y en mi derredor, sin llegar a ubicarlo ni por aproximación en cientos de intentos. Pero que de alguna manera me fue inyectado como una necesidad existencial que me domina y que de continuo me empuja a reintentarlo. Y aquí estoy. Pero tal vez he carecido de la orientación debida y del poder indispensable para descubrirla. Por eso es que ante cualquier posibilidad no me detengo y salgo en busca de ella.

Y es muy factible que de repente aparecí en esta escena surgiendo de un espacio colmado de múltiples ideas que se revuelven unas con otras y que llevo conmigo en todo momento, como ilusiones de la imaginación que se mueven en inquietos revoloteos que me circundan con extraños y no visibles vuelos alrededor de la cabeza, y que serían las que pudieron percibir y traducirme esos mensajes en apariencia estrictamente subliminales que habitan en lo hondo de mi conciencia que se ocultan y reaparecen como inducidos por aquel empuje que me fue suministrado. Y que de manera muy extraña encajan y se complementan en sus figuraciones con los elementos de este nuevo lugar al que he llegado.

Quizá en ello estuvo fijada la atracción para venir a este territorio hermanado a mi sentir y aparecerme en él sin establecer ningún contacto previo. Y que por tal ahora estoy más que convencido de que una causa extraña a las circunstancias, pero sin lugar a dudas no ajena al núcleo de esta narración, ha prevalecido para lograr traerme hasta este sitio en el que después de todo esto seguramente también habré llegado en el momento preciso para ser ejecutor de alguna acción indispensable a realizar, que de primeras desconozco. Se haría necesario que fuese así para que este conjunto de circunstancias armonizasen y pudiesen desembocar en el mejor desenlace posible para este relato.

Pero aun siendo de esa truculenta manera no estoy ni remotamente desubicado. Sé perfectamente cuál es la naturaleza del sitio donde me encuentro. Y lo sé porque el húmedo olor de este ambiente, sumado al espíritu de encierro del aire que apenas se mueve dentro de él entre los enormes anaqueles, que casi me ahogan con su presencia intimidante que colman los corredores al subir con solidez desde sus bases en el piso hasta las alturas, todos me son inconfundibles y más que familiares.

Esta penumbra en que me muevo, que juega a luz y a sombra entre hilos y cartones, y papeles, y polvo, y mucha tinta, es única. Y siento como si las miles de páginas y palabras que se mantienen ocultas, y constreñidas unas contra otras en esta atmósfera de grises y rojos y verdes y negros y marrones de las tapas de miles de libros con sus letras doradas y negras que las contienen y que incitan a la búsqueda y a emprender un largo viaje sin necesidad de salir al exterior, y que son latentes a mi alrededor y en mi sentir, también viviesen en mi cabeza. Estoy en una Biblioteca. Y sé también, hasta el embrujo de la más fina alegría, que no puedo estar equivocado, aunque me encuentre confuso y a medias extraviado en un lugar no conocido de antes, donde sin aparente sentido aparezco presente en este brusco despertar.

Y he de clarificar esta penumbra que reina sobre la nueva prisión de pretendida y cierta libertad que me encierra en este sitio. Porque estando entre miles y miles de libros que han surgido en mis recuerdos y en mi conciencia, igual que surgió de pronto frente a mí el extraño y velado bibliotecario que se ocupa de ellos y que ahora veo ahí parado en el vano de la puerta, aparentemente mirándome como queriendo penetrar mis pensamientos, enmarcado en la puerta como si fuese un cuadro de una exposición, expectante y alerta, y que me parece conocerlo a través de una imagen de muchísimos años en el recuerdo de cientos de personajes que él mismo a su manera me fue dibujando, no puedo estar sino contento. Simpatizo a más no poder con los silentes libros y con los modestos y lentos bibliotecarios que indefectiblemente arrastran los pies y hablan en tonos siempre muy bajos intentando pasar desapercibidos.

Pero también sé que en la realidad de hoy este hombrecillo que ahora es el archivero aquí, y que quizá demasiado contra su voluntad se ha hecho conocer a todos los niveles por el Mundo entero, a pesar de su exagerada timidez, ha actuado en muchas ocasiones a contracorriente y con gran terquedad y celo desde que se ocupó de administrar y dirigir esta biblioteca, al igual que su somera presencia en la vida, y que, siendo más viejo que los anteriores bibliotecarios en el puesto, con sus idas y venidas y subidas y bajadas por las largas escaleras de madera al estar intercambiando y removiendo libros en los diferentes entrepaños, a todos tiende a confundir con su innovador sistema de orden sin paralelo. No existe quien lo pueda seguir aunque trabaje tan sólo en base al tacto de sus nerviosos dedos y a su memoria.

También dijeron que mucho antes de presentarse ya sabían de quién se trataba porque veladamente lo fueron retratando con lo que comentaban en los corrillos quienes lo conocían por los datos suministrados de la misma manera con anterioridad. Se trata de un recomendado muy cercano a Borges, demasiado cercano, quizá él mismo, que ya había compartido mucho tiempo con los demás archiveros en todo lo relacionado a una anterior biblioteca. Desde escribir los libros hasta finalmente organizarlos.

Y pensando en ese otro Gran Bibliotecario de Buenos Aires, que se movió por años ignorado y casi desapercibido en los recovecos silenciosos de los pasillos de otra escasa biblioteca de segunda, él, que fue el número Uno por excelencia, hasta alcanzar la Biblioteca Nacional y todas las bibliotecas del Mundo, escapando de las cadenas de la envidia, no puedo evitar el cohibirme frente a las aristas y sutilezas de la empresa que aquí emprendo ante la presencia de los personajes referidos, porque de seguro, haciendo extraño pero acostumbrado dúo, se quedarán ambos observando, en absoluta complicidad y sin autorización de mi parte, y letra a letra, lo que suceda en el desarrollo de este relato. Y es que en Borges siempre hay un Otro que él pone por delante y lo dibuja más grande para poder ocultarse como un niño tras sus espaldas.

Ya puedo imaginarlos en débil abrazo, cabeza con cabeza, viéndose con miradas ladinas y sobradas sonrisas maliciosas, adivinando mi escritura al mirar por detrás y por encima de mi hombro mientras continúo en esta tarea que para ellos será la de un simple aprendiz muy ambicioso de ideas sencillas y fáciles de remontar.

Ciertamente que deben ser compinches o fratelos jurados de una nueva cofradía que no trasciende a la calle, pero que muy eficientes se mueven escondidos del mirar público andando por estas galerías internas de este local que perfectamente podrían pasar a hundirse hasta transformarse en subterráneas sin que alguien desde la calle lo advirtiera. Los viandantes tan sólo notan tras los cristales, desde afuera, el amontonar de libros y el lento movimiento de las sombras de ellos dos. Y no puede ser casualidad que aparezcan juntos como original y copia para hacerme burlona compañía en esta visita mía a sus celados territorios. Debemos estar en medio de un plan magistral soñado y calculado por un desconocido y grandioso ente intelectual que domina y maneja a su antojo y a la perfección todos los espacios y los mundos.

Pero igual tiene este bibliotecario de ahora, este doble, del mundo que sea, cara de conocedor y de poder dar un sinnúmero de sorpresas, igual al otro, a cualquier nivel. Y más siendo un camarada que quiere pasar desapercibido junto a ese otro a quien tanta pleitesía se le rinde, y que ya nos llevó de sorpresa en sorpresa con sus cultas ironías y generosos relatos durante mucho tiempo por los caminos más tranquilos y cultos, o por los más procelosos y revueltos del alma humana.

Al pensar en una biblioteca cualquiera, y específicamente en ésta en que estamos, y al desplazarme dentro de ella revisando títulos y autores en los lomos de los libros, me satisface siempre pensar, y no lo puedo negar por lo placentero que sería, en la posibilidad de que en cualquier momento aquel viejo ciego del cual tanto me satisface comentar, paciente y sabio, y certero, y que vigilante con seguridad ronda por aquí, podría acercárseme y hablarme con su voz bien recordada, tartamuda y muy querida, para orientarme en lo que yo podría estar buscando aquí adentro, tanto entre los libros como en el tema que estuviese desarrollando en alguna aventurilla literaria, como ésta de ahora (por ejemplo) que no sabía ciertamente cuando la empecé adónde era que quería llegar.

Y esa posibilidad de encontrarlo aquí siempre estaría a la mano y sería muy factible por ser él, quizá antes que cualquier otro de los cientos que pueda ser, un insaciable ratón de bibliotecas y el mayor adicto a penetrar y desenmarañar los nudos y jeroglíficos que en estos relatos se puedan encontrar. Nada tendría de raro que se presentase. (Por cierto que ahora me doy cuenta del extremo parecido entre ambos, incluidas las voces).

Así es. El eterno y concienzudo ciego de siempre, y éste de hoy, que quiere aparentar estar debutando, y no lo logra, y que, seguramente y sumando a esa actitud, después querrá irse apagando de a poco en el oficio como hizo el primero. Y éste parece perseguirme por los senderos obligados entre los estantes y los muchos libros colocados en supuesto reguero, quizás repartidos por él mismo en el suelo para limitar y obligar mi recorrido, dibujando caminos en el piso de esta nueva librería guiando mis pasos, por donde andamos, que por cierto nunca antes había visitado. Siento su mirada tras de mi espalda penetrando mi cervical. Es una mirada vacía pero sabiamente penetrante.

Y este otro desconocido segundo bibliotecario me debe considerar, y con razón, un atontado primerizo con la típica mirada vacía de los que entran en una librería sin saber dónde buscar y se sienten apenados por no ser conocedores de autores ni diligentes lectores para dar datos sobre lo que buscan y en base a ello preguntar. Y los dos poseen idénticos físicos e idénticas posturas y lentos movimientos. Son copias. Doblados ambos por el peso gris y abusivo del mucho tiempo de respirar sin sol las palabras gastadas y el polvo del refugio de la tinta y la humedad entre los misterios de un amontonar de libros y papeles, y revistas y mapas de estos encerrados y a veces tenebrosos recintos donde los espíritus de cientos de autores se mueven a sus anchas.

Y no son este par de sombras que antes he mencionado dos simples granos de alpiste. Por un lado ambos están dentro de un recinto pletórico y retador que simula a la afamada biblioteca de Babel, en este caso caótica y más que desordenada, y que por imágenes y semejanzas son los sugeridos Borges y su eterno y callado Otro al que nos acostumbró, pequeños y meticulosos ambos como frente a un espejo, y débiles, casi esqueléticos, con orden y rigor, con toda la torpeza de este mundo en sus andares de manos indagando frente a ellos para ubicarse, necesitando tocarlo todo para ver con ellas, pero que aun así seguramente pudiendo navegar entre sus cosas por sus exquisitos olfatos intelectuales y sus mejores sentidos de orientación.

Si pudiese los haría extraviarse por los vericuetos y múltiples salones de la misma, todos iguales, con el mismo olor y grado de humedad en su íntima atmósfera para que no puedan diferenciarse de idénticos accesos en esta absurda distribución que es mi nueva biblioteca a visitar. Pero inútil tarea sería ante sus experiencias y aguzados otros sentidos. Siempre saldrían airosos.

Aquí no existe un sistema a seguir, ni tan siquiera en el preciso desorden establecido, ni en la encabritada enumeración de los pisos del edificio que simula ser de una sola planta y que es infinito, ni en la colocación de los volúmenes. Ni siquiera existe una simple llamada relativa a una referencia a recordar. Los estantes y las paredes carecen de orientaciones para guiar a cualquier advenedizo, y mucho menos a dos ciegos. La única marca distintiva para definirla es la caótica distribución de los miles de hexágonos que se entrelazan en sus pasillos y espacios libres y en la distribución por tamaños y colores de los volúmenes colocados en los entrepaños que parecen dibujar excesivos molinos de viento con sus aspas entrelazadas.

Si estás en un punto insignificante de cualquier nivel dentro de la barahúnda de rutas y anaqueles que se entrecruzan para posesionarse de todos los espacios, y bajas los tres escalones de una pequeña escalera que a veces es recta y otras es una pretensión de caracol, y que siempre estará a tu lado, moviéndose contigo, a tu alcance, ahí mismo, a tus pies, al descender un escalón aparecerás cinco o mil plantas más abajo, o diez mil, y al siguiente intento ya nada será ni remotamente parecido al sitio y la visión de donde antes estabas.

Y entonces los niveles pueden llegar a ser innumerables y decrecientes en las caprichosas panorámicas en que aparecen bajando hacia precipitados abismos ante tus sentidos y memorias, entretejiendo galerías hasta hacerse microscópicamente indetectables en la distancia y profundidad desde tu altura. Y a partir de ahí, entonces descienden más y más, en imposibles y mágicas caídas hasta alcanzar el vértigo pavoroso y total que sigue a una espiral áurea invertida, de miedos y saltos no predecibles, que se pierden en rápido diminuendo y zambullida.

Y nada más que esto es esta Biblioteca, una bárbara espiral que no se detiene nunca ni se fundamenta en lo establecido para ellas porque aquí no hay orden, ni ubicación, ni reglas, ni variación constante ni firmeza de ningún tipo. Se trata del capricho de Fibonacci llevado en retroceso al cero original de su serie. Y creo que tan sólo estos bibliotecarios y yo, porque ellos me lo explicaron, con estas experiencias y el conocimiento del desarrollo de todas las series descubiertas hasta ahora la podríamos entender.

Y en este caos de desorganización es casi imposible conseguir de primeras una obra cualquiera. Los libros están en cualquier parte y mañana estarán en cualquiera otra. Ése es el oficio del extraño bibliotecario que la "organiza" lentamente, cambiarlos de sitio rompiendo con todos los órdenes y esquemas preestablecidos y de alguna manera imaginables. Es decir, Bécquer estará lejos de Lope, y Miguel Hernández lejos de Machado y de García Lorca, y Sócrates lejos de Platón y Aristóteles, y Pérez Galdós lejos de la Pardo Bazán que le fuera tan cercana y Confucio y Lao Tse más alejados aún aunque inclusive fuesen contemporáneos y próximos en las vastedades chinas. Y además pueden esconderlos uno a uno con el mayor descaro, sin seguir esquemas, no dejando ninguna pista sobre sus nuevos espacios y ubicaciones. Y gozan con ello.

Tal parece que más que una Biblioteca se trata de una conspiración bibliotecaria que cultivase el desconcierto y lo absurdo. Y me imagino que sólo ellos, los dos, saben cuál es la última ubicación de cada pieza. Y que por eso en esta Biblioteca prácticamente hay una sola oportunidad de leer el libro que hayas elegido para leerlo aquí dentro, siempre que lo hayas sabido escamotear cuando lo ubicaste y pudiste llevártelo contigo para que estos dos señores malévolos y pícaros no lo desaparezcan. Es un asunto de "lo tomas o lo dejas". Y no queda de otra en esta confusión. Se trata de una librería de manejo impromptu, absolutamente mutable y libre para la improvisación.

En un principio creí que éste era el sitio perfecto a tener como madriguera para ocultar el Libro de Arena que tantas horas de insomnio me ocasionó cuando estuve aprendiendo a leer a Borges en sus cuentos fantásticos. Y que en definitiva fue lo que vine a buscar. Después de leer esta obra fue que nació mi propia obsesión por los libros y los relatos prodigiosos que podían entremezclar las letras y palabras todas sin que la lectura perdiera su sentido. De ahí pudo surgir Cortázar con su Rayuela.

Y ahí aprendí yo de las grandes bibliotecas que se hundían hasta el fondo del mar y del Tiempo y de la Historia, sin que se dañara libro alguno. Desde la casi leyenda de la Biblioteca Real de Alejandría y el precursor Zenódoto de Efeso como su principal bibliotecario, hasta el expolio de la misma con la invasión romana; y de ahí nuevamente hasta la gran biblioteca de Pérgamo, en lo que hoy es Turquía, y que fue la gran rival de la anterior marcando pautas, pero de la cual ya nadie hace referencias ni menciona. De ellas quizá vengan todas las historias que por inyectado respeto hemos tomado como ciertas y mantenidas intocables, referentes a originales y a manuscritos de esas épocas.

Y por suerte, superando todos los lapsos, antes de llegar aquí ya tuve mi reloj de arena, no similar al Libro de Arena en lo maravilloso, quizá porque lo tuve que crear yo mismo, pero en el que viví para poder aprender y saber de estas aventuras del soñar humano y del correr del tiempo. Y tuve mi mar. Y tuve mi espacio. Y vi el mundo. Y si acaso él lo quisiera, este bibliotecario, cualquiera de los dos porque es el mismo, lo puede encontrar con facilidad para averiguar dónde fue que estuve en tales correrías que ya había olvidado. Ese dato tiene que aparecer en el mágico Libro. Nada está escondido ni escamoteado al sin igual compendio de arena cuyo texto no tiene principio ni tiene fin. Ni la enumeración de páginas tampoco.

Cuando lo quise encontrar por mi cuenta y dilucidarlo en una última página que no existe, la arena se corrió del libro, y de la mesa en que lo apoyaba y el libro desapareció borrado de letras y de páginas, y de principios y de finales, y de capítulos y de infinitas arenas.

Y ya estando aquí tan sólo me falta ese referido y escurridizo Libro de Arena que emocionalmente heredé del creador del Aleph, que alguna vez tuve en mis manos y que sueño no se haya vaciado de su magia (no creo que ninguno de los componentes de este par me oriente para hallarlo). Ese sorprendente libro, que a pesar de los años transcurridos desde que lo intenté descifrar aún vibra en mí y que creo que al final se logrará ubicar, y se hará si se sabe buscar, tiene que estar en alguna biblioteca, así sea en la más recóndita y oscura y ruidosa y anodina de este mundo. No importaría en cuáles condiciones estuviese. Si los bibliotecarios me diesen una seña iría por él. Aunque no creo que lo hagan. Son demasiado celosos de sus capacidades y riquezas capitales.

Era de esperar que ésa fuese la razón de esta visita mía a este lugar, inconsciente y no programada, y también de la posible aparición en escena de estos otros personajes que por siempre han pretendido que no les importó que el prestigioso Libro de Arena se haya extraviado. Y que no les importa tampoco mi atravesada presencia entre ellos al estar indagando por el mismo sin que supuestamente me correspondiera. Definitivamente pareciera que gozan con ello.

En lo anterior queda Borges incluido, y hasta principalmente, con todos sus soslayados y mentidos disfraces de ocultamientos intelectuales de apenas mencionar este hecho y hacerlo como de paso en alguna conversación en que se veía cómo intentaba descifrar la procedencia del aire que sentía rozándole la cara. Y todo eso a pesar de conocerse lo importante que había sido para él este relato en su trayectoria. No puedo imaginarlo en su conciencia sin su infinito Libro de Arena al alcance de la mano. Para mí que sería como para Huxley no tener el Contrapunto o para Lorca perder el Romancero Gitano. Sumarían una gran infamia (o para expresarlo de una manera más borgeana, dictando sobre sí mismo, "sería una atroz infamia").

Pero en un final seguramente ya aparecerá. Sólo es cuestión de vigilar a este par de cómplices noche y día, y seguirlos, porque alguien ya dijo que la última vez que lo vio, el mágico libro estaba muy empolvado en un aparte disimulado y oscuro de un escalón olvidado de una escalera cualquiera de las muchas de cualquier barrio porteño, 11,377 plantas más abajo del nivel de la calle en que nos encontramos. Y que estos dos rondaban cercanos y vigilantes y muy pendientes de los que los observaban a ellos.

Así que seguramente algunas manos caprichosas y fieles ya lo removieron de donde estos lo pudieron haber dejado. Pero si los seguimos lo encontraremos porque a la larga ellos siempre sabrán dónde quedará reposando a buen resguardo y se mantendrán siempre cercanos. Confiemos en que sea así para que no se nos extravíe jamás esta obra fundamental, imaginada por este gigante en su oscura y portentosa soledad de miriñaque protector que tan sólo su presencia y creación pudieron ampliar e iluminar.

 

 

Autor:

Luis B Martínez