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La ciencia política argentina frente al menemismo. Preguntas, interpretaciones y debates



Resumen

La dirección político-económica que asumió el gobierno de Carlos S. Menem, luego de su asunción en julio de 1989, supuso para la comunidad de cientistas políticos un aliciente para reflexionar en torno a distintas problemáticas centrales de la disciplina, permitiendo que en la década de los "90 la ciencia política de Argentina se enriqueciera con nuevos tópicos de discusión. En este artículo abordaremos dos de los interrogantes cruciales que vertebraron los debates académicos durante estos años: 1) las razones del consenso, activo y pasivo, de gran parte de la población durante más de un lustro, a un gobierno que llevó a cabo medidas que tradicionalmente fueron resistidas, y generarían costos económicos a amplias capas de la sociedad, y 2) las consecuencias tanto negativas como positivas que generó el gobierno de Menem para la consolidación democrática. Analizaremos en cada caso las respuestas disímiles, y los supuestos epistemológicos que sustentaron estas lecturas.

Palabras clave: ciencias políticas, política de Argentina, Menemismo, democracia, legitimidad política

Introducción

Si bien, como establece Wolin (1993), existe una cierta estabilidad en el tiempo en las preguntas y preocupaciones centrales que atraviesan la teoría política, es factible observar desde la instauración de la ciencia política como disciplina científica ciertas modulaciones dentro de los márgenes de esta tradición de discurso. Transformaciones que le dan una impronta distintiva a la politología de cada región y generación. Evidentemente, de las múltiples variables que originan estos matices, una de las fundamentales responde a la necesidad de comprender e interpretar la coyuntura específica en la que la comunidad académica se halla inserta. Es justamente el universo de fenómenos políticos lo que encauza los interrogantes que se hacen presentes entre los académicos, cuyas lecturas, en algunos casos, influirán en los mismos fenómenos políticos. Obviamente, como apunta Lesgart (2007), estos ritmos de la disciplina, marca- dos por las particularidades nacionales, no son totalmente autónomos de los cambios en los registros de la ciencia política en otros contextos.

Se constituye, de esta manera, una suerte de capa geológica de preocupaciones principales que pueden fácilmente asociarse con un clima de época. Las décadas del "70 y "80 en Argentina, estuvieron fuertemente signadas por los debates en torno a la transición, los interrogantes en torno a la democracia como régimen político y a las condiciones para establecer una poliarquía, generando numerosas publicaciones y debates (Lesgart, 2007). La asunción de Menem al gobierno en 1989 y el proceso de reformas radicales que inaugura, teñirá a la década del "90 con nuevos temas de reflexión. El proceso de políticas de reformas (Iazzetta, 1996; Torre, 1998, Gerchunoff y Torre, 1996; Schvarzer, 1993), las peculiaridades que asumió el estilo de liderazgo y decisionismo de Menem (Novaro, 1994; Nun, 1995; Ferreyra Rubio y Goretti, 1996), y las consecuencias en la estructura social del proceso de reformas (Minujin, 1996; Minujin, 1997) son algunos de los tópicos que más energía demandaron a la comunidad de politólogos, y cientistas sociales en general, sorprendidos ante la dirección y profundidad de las transformaciones introducidas por el entonces presidente.

En el presente trabajo intentaremos introducirnos en dos de los interrogantes cruciales que vertebraron los debates académicos durante estos años. Sintéticamente: 1) Las razones del consenso, activo y pasivo, de gran parte de la población durante más de un lustro, a un gobierno que llevó a cabo medidas que tradicionalmente fueron resistidas y generarían costos económicos a amplias capas de la sociedad. 2) Las consecuencias negativas o positivas que generó el gobierno de Menem para la consolidación democrática. En este sentido, el menemismo empujó a los intelectuales a repensar dos categorías centrales de la ciencia política: legitimidad y democracia, y los debates que en torno a ellas se generaron son parte ya de la historia de la disciplina en nuestro país. Historia que aún no está resuelta, y que aún nos susurra.

La anomalía menemista

Si posamos nuestra mirada en los trabajos dedicados a estudiar el menemismo, vemos en la mayoría una preocupación que se reitera, un problema que, formulado de distintas maneras, desconcierta a los intelectuales, ¿Cómo explicar el consenso por parte de la sociedad, a un gobierno que lleva a cabo un plan de reforma estructural radical, que a mediano plazo genera grandes costos sociales y económicos? Para gran parte del mundo intelectual el apoyo activo o pasivo que este paquete de reformas obtendría suponía una anomalía que debía ser explicada (Navarro, 1995: 444). Carácter anómalo a la luz de lo que desde principio de los `70 se pensaba, en torno a la incompatibilidad entre regímenes democráticos y reformas de mercado (ver O`Donnell, 2009; O`Donnell, 2011), análisis que concebía imposible un proyecto de reformas estructurales con apoyo popular, y subrayaba que era la coacción la única vía para llevar a esta empresa por buen puerto. La capacidad del menemismo de realizar una reforma de estas características, con poca conflictividad social en comparación con la tradición nacional, y con sucesivas victorias electorales, entre las que se encuentra una reelección, supone una novedad que despierta la curiosidad de la comunidad académica:

"En la situación Argentina, la pregunta que circuló incesantemente entre un gran número de analistas y dirigentes políticos opositores a Menem fue la siguiente:

¿cómo es posible que las propias víctimas legitimen los procesos de ajuste brindando su conformidad?" (Quiroga, 2005: 176)

"¿Por qué éstos (los sectores populares) respaldaron a un gobierno que, optan- do por llevar adelante un programa de reformas neoliberales, imprimía un giro tan radical a su acción, si tomamos como punto de referencia las identificaciones popularmente establecidas con el peronismo, y tan distintos a los anuncios formulados durante la campaña electoral, sobre todo a lo que, razonablemente, podía esperarse de las promesas de reparación inmediata encerradas en expresiones como "salariazo" y "revolución productiva" que, aunque habían sido relegadas a planos discursivos secundarios durante la campaña nacional, todavía resonaban en los oídos de la población?" (Palermo y Novaro, 1996: 232)

"¿Cómo producir entonces una modernización con características fuertemente excluyentes que, al mismo tiempo, no se traduzcan en un cuestionamiento de la estabilidad?" (Yannuzzi, 1995: 3)

"La dinámica política… deparó, desde 1989, su gran novedad al mostrarnos que los sectores populares mantenían su apoyo electoral al peronismo a pesar de la acción gubernamental que deterioraba la equidad social y hacia retroceder con- quistas sociales alcanzadas bajo sus administraciones anteriores del Estado." (Sidícaro, 1995: 149)

"Lo sorprendente del caso es que Menem pudo poner en práctica un ajuste estructural extremadamente duro sin precipitar conflictos políticos y sociales in- manejables… y sin que, al menos hasta ahora, se pusiera en cuestión la estabilidad institucional… esto es lo que constituye la singularidad del experimento menemista." (Borón, 1995: 17)

Monografias.comEsta anomalía que el menemismo desnudó, también mostró las deficiencias explicativas de aquella perspectiva, a la que llamaremos tradicional, que partía del supuesto de que el apoyo o rechazo por parte de la ciudadanía a un gobierno específico dependía directamente de su desempeño económico (Stoke et al, 1997: 35), llegando nuevamente a la conclusión de la oposición entre reforma estructural y sufragio universal1.

Es preciso detenernos en algunos supuestos que sostienen esta teoría, supuestos que, como demostraremos, se repetirán en muchas de las perspectivas críticas y superadoras de la misma. En primer lugar, debemos remarcar que aquéllos que abrazan esta teoría, explícita o implícitamente, parten de algunas de las premisas de la perspectiva de la elección racional, en donde la lógica de las acciones individuales está signada por la intencionalidad, la maximización y el autointerés (Boudon, 1998) y en donde la sociedad es concebida como la suma y tensión de estas preferencias indivi- duales y sectoriales. Sobre este punto de partida teórico-epistemológico se cimienta el segundo supuesto: la impopularidad y el rechazo por parte de la sociedad de las reformas pro-mercado, al producir los efectos en las variables económicas comentados anteriormente y al afectar los intereses sectoriales de diversos grupos arraigados en el periodo anterior (Torre, 1998; Weyland, 1996; Gervasoni,1999; Armijo y Faucher, 2002). Individuos con comportamientos racionales se opondrían a reformas económicas que provocaban desequilibrios en la relación costo-beneficio en detrimento de éste último.

Un grupo importante de lecturas que intentaron explicar esta anomalía siguieron atadas a estos dos supuestos que hemos subrayado. Irónicamente, en el mismo momento en que desde algunos sectores se amonestaba al menemismo por haber hecho suya las propuestas del "Consenso de Washing- ton", convirtiendo a Argentina en el modelo de una política económica concebida por los poderes internacionales y ajena a las necesidades locales, parte de esta misma comunidad de cientistas sociales se inclinaba por reflexionar dentro de los parámetros racionalistas y economicistas en consonancia con estas propuestas. En este orden, debemos resaltar la afinidad electiva entre las reformas económicas estructurales propuestas por el neoliberalismo y los supuestos epistemológicos propios de la elección racional.

Obviamente que esta lectura no fue unánime, sino que paralelamente hubo un grupo importante de pensadores que apostaron por comprender esta anomalía a partir del análisis de los cambios en las significaciones sociales que dotan de legitimidad a un gobierno. Análisis en los cuales se recuperan categorías como legitimidad e identidad política, a partir de la reapropiación de ciertos autores clásicos como Weber, Durkheim, Gramsci. A continuación nos adentraremos en este primer debate dando cuenta de las distintas hipó- tesis que conforman estos dos grupos, de sus insuficiencias, puntos ciegos y aciertos. Con la intención de comprender y reapropiarnos de una de las capas geológicas que dieron vida a la ciencia política en nuestro país.

Explicaciones basadas en la elección racional

Teoría de la expectativa

Al iniciarse la década del noventa, la experiencia de reformas económicas en América Latina y la doble transición en los países del ex bloque soviético, obligarían a los cientistas sociales a explorar otras hipótesis explicativas alternativas a la teoría tradicional. En este orden, la teoría de la expectativa, tal como la define Weyland (1996), es una de las hipótesis que tendría más aceptación. El argumento central de la misma se basa en la afirmación que en situaciones normales, la gente actúa prudentemente y siente aversión ante la toma de riesgos que pudiera generar costos en el futuro; sin embargo, en situaciones de crisis, los individuos entran en el dominio de la pérdida, dominio que transforma sus expectativas y los hace propensos a aceptar riesgos como medio para evitar mayores pérdidas. Por esta razón, sostiene Weyland (1996), en esta coyuntura la gente tiende a apoyar a líderes "outsiders" (Me- nem, Fujimori, Collor de Melo) y a tolerar las políticas de ajuste.

Dentro de esta línea argumentativa podemos hallar, en nuestro país, la hipótesis de Juan Carlos Torre (1998), donde se remarca que la elección racional de los individuos no es siempre un dato unívoco, sino que se encuentra condicionada por la coyuntura, la que produce un reordenamiento del cálculo costo beneficio:

"La circunstancia macroeconómica en que son iniciadas las reformas a las instituciones económicas existentes condicionaran el tipo de reacción social que habrá de suscitar. Allí donde son introducidas como medida de última instancia a fin de superar una emergencia cuya gravedad es colectivamente percibida, es muy probable que no se confronte a obstáculos sociales insalvables; precisa- mente, la percepción del riesgo de costos superiores a los de las reformas mis- mas reordena las expectativas sociales y modifica por lo tanto la configuración de los apoyos y resistencias" (Torre, 1998: 72)

Monografias.comMonografias.comLa misma hipótesis se repite en otro artículo que el autor escribe con Gerchunoff2 y parecería ser una de las líneas explicativas más fuertes del trabajo de Palermo y Novaro3.

Podemos observar que esta hipótesis, que Navarro (1995) en su tipología denomina de fuga hacia delante, mantiene los dos elementos principales que estructuran la teoría tradicional, tal como lo comentamos en el apartado anterior. En primer lugar, se acepta la impopularidad que a priori poseerían las reformas pro mercado. Este hecho se torna evidente en la recurrente apelación al concepto de tolerancia con relación a la falta de objeciones que se vieron en la sociedad civil ante estas políticas. Este concepto nos remite a una suerte de victimización de la sociedad ante un paquete de reformas a las que acepta estoicamente a pesar de percibir sus costos, negando por ende la posibilidad de pensar un consenso más activo ya que es sólo el contexto particular el que la posibilita.

También encontramos el supuesto del accionar racional: el comportamiento sigue estando signado por la instrumentalidad, la maximización y la intencionalidad, sólo que se recurre a elementos ad hoc para explicar las desviaciones, los resultados distintos a los formulados en la teoría tradicional.

El problema de estas hipótesis es que sólo pueden ser pertinentes para los comienzos de aplicación de la reforma. Sin embargo, no pueden explicar la tolerancia que ésta disfruta por períodos más prolongados, ni explicar el por qué una vez que la coyuntura hiperinflacionaria, en el caso argentino, es paliada, la dirección emprendida por el gobierno de Menem sigue ganando elecciones y sigue siendo aceptada por la sociedad. En términos de Weyland, no explica por qué la gente sigue asumiendo estos riesgos, estos costos, una vez que salió del dominio de la pérdida. Y éste es un problema que enfrentan todas las teorías que pretendan explicar la supuesta anomalía que conlleva el menemismo, circunscribiéndose a un análisis de sus primeros años, ya que se ven incapacitadas para una comprensión global del ascenso y crisis del fenómeno.

Algunas posturas pretenden salvar este obstáculo afirmando que el estigma de la crisis acecharía todo el periodo, condicionando la voluntad de los votantes por el miedo a su retorno, postura que puede verse en el trabajo de Palermo y Novaro (1996) cuando aluden al temor a volver a la situación extrema. Y que también se puede rastrear en el trabajo reciente de Bonnet (2007), cuando denomina a las elecciones de 1995 un voto chantaje, al estar operando como condicionante el miedo a la hiperinflación. Es cierto que no se puede negar la relevancia que el fantasma de la crisis tuvo durante estos diez años, sin embargo, la hiperinflación como megavariable que explica todo debería ser matizada, a la vez que se debe reconocer que la misma idea de crisis no es un dato objetivo, sino que forma parte de una construcción imaginaria y, por ende, es susceptible de ser interpretada.

Teoría anticíclica

La posición defendida por Acuña y Smith (1996) llega a resultados similares a la teoría de la expectativa. Estos autores parten de la hipótesis de que, en el contexto latinoamericano de los años noventa, se aprecia una relación inversa a la comúnmente establecida entre desempeño económico y conflicto so- cial; por lo que la tensión social disminuiría en momentos de mayor deterioro económico y aumentaría cuando se comienza a avizorar su mejoramiento. El primer término de esta relación responde a dos condiciones: 1) que los individuos hayan reducido sus expectativas y generado estrategias de superviven- cia en contexto de crisis económica, condición que está determinada por la existencia de períodos prolongados de estancamiento, un descenso parsimonioso que facilitan la adaptación al ambiente, 2) que los conflictos que puedan generar aquellos sectores radicalmente opuestos a la política de ajuste sean desarticulados desde el Estado mediante ciertas medidas políticas que incrementen los costos individuales de participar en acciones colectivas, como por ejemplo la flexibilidad laboral. A la inversa, cuando la economía comienza a mostrar mejoras, las tensiones redistributivas aumentan como consecuencia de la información imperfecta que signa a los individuos y que les hace desconocer cuál es el momento en que la estabilidad económica está garantizada (Acuña y Smith, 1996: 364).

La hipótesis precedente se construye sobre similares supuestos epistemológicos que la anterior, a saber: individuos cuyo comportamiento está guiado por el autointerés, la intencionalidad e instrumentalidad, y nueva- mente son las condiciones en que se aplican estas políticas de ajuste (en este caso se acentúa el factor temporal de la crisis) lo que altera los pará- metros del comportamiento. Para Acuña y Smith (1996) es la clásica aversión al riesgo que postula la elección racional lo que lleva a los individuos a tolerar las políticas de ajuste, pues no conciben ninguna otra alternativa menos riesgosa.

En relación a esta teoría, es preciso remarcar algunas cuestiones. En primer lugar, ninguna de las dos condiciones puede aplicarse sin reparo al escenario argentino. Por una parte, la crisis que posibilitó la instauración de la política de ajuste no fue como los autores lo conciben: un descenso parsimonioso y amortiguado que permitió la gradual adaptación de las expectativas, sino que 1989 marcó un punto de inflexión crítico que hizo insostenible la situación económica, social y política, allende el deterioro que se venía registrando. Tampoco debe sobrevalorarse el diseño de una política como factor de disuasión de la participación en la acción colectiva contraria a la política de ajuste, puesto que se debe recordar que no logró implementarse una política de flexibilización laboral incorporando todas las medidas que el gobierno proponía, y fue causa de distintos conflictos por parte del sector sindical. Si bien es cierto que las tensiones sociales se multiplican en los últimos años del período, no se pueden ignorar las distintas tensiones que en los primeros años de gobierno el menemismo encontró en el sector del sindicalismo liderado por Ubaldini, en su propio partido, en las provincias, y en las organizaciones de derechos humanos.

El otro elemento sobre el que es interesante detenerse, es el argumento de que prevalecía una idea de "no existencia de opción" ante la política de ajuste, que expresaba la necesidad de éste. Idea que se presenta en muchos trabajos pero que la mayor parte de las veces se considera como un dato ya dado, como un hecho objetivo de la realidad y, por ende, imposible de ser cuestionado. Este abordaje limita la posibilidad de comprender que esta percepción es una construcción de la realidad, en donde juegan un papel principal tanto las capacidades de la clase política para imponerla, como la disposición de la sociedad a partir de sus residuos imaginarios, sus percepciones anteriores, para tomarla. Nuevamente, como en el caso de la crisis, concebir tal comportamiento como la respuesta más racional ante ciertas condiciones, oblitera la posibilidad de pensar la forma en que estas condiciones se construyen.

Teoría del cambio de preferencias

Otro argumento que se esgrimió para explicar esta anomalía se centra, en que el consenso que disfrutó el gobierno menemista y la reforma por él lanzada obedecen a que tanto las masas como la élite habían hecho su- yos los principios generales de la nueva política económica, hipótesis que

también se analiza en el trabajo de Navarro (1995) bajo el título de tesis de la conversión. Como vemos, en esta teoría se rechaza el supuesto de la impopularidad de las reformas. Sin embargo, se sigue sosteniendo la consideración de individuos que actúan racionalmente.

Según Gervasoni, en América Latina, a partir de la década del noven- ta, se observa una relación directa entre política monetaria ortodoxa, libre mercado, presupuesto equilibrado y desempeño electoral (Gervasoni, 1999: 101). Todos aquellos gobiernos que aplicaron una política monetaria heterodoxa, aumentando la oferta de dinero y provocando presión inflacionaria, se encontraron ante la pérdida de caudal de votos. La razón de este fenómeno obedece a que la población percibe los beneficios de la estabilidad económica, y tiene en mayor estima la caída de la inflación que el aumento del empleo o la producción (Gervasoni, 1999: 105).

Estos cambios de preferencia en la sociedad harían su aparición, según esta teoría, a raíz de la crisis de la deuda en la década del ochenta en América Latina:

"Es muy probable que dicha crisis haya marcado un punto crítico en la relación entre la economía y las elecciones en América Latina. La llamada década perdida representó el golpe final a una estrategia económica que venía mostrando signos de agotamiento desde los 60. Muchos de los factores que explican el mejor desempeño electoral de las administraciones reformistas no estaban presentes o eran mucho menos importantes antes de 1982" (Gervasoni, 1999: 103).

Monografias.comSolamente los grupos organizados, sindicatos y asociaciones profesionales, impondrían un foco de resistencia a las reformas4. Pero, según el autor, éstos convocarían a un porcentaje menor de población que aquéllos que apoyan al gobierno, sólo que estos últimos se encontrarían desperdigados. Lo que explica el triunfo en las elecciones de los gobiernos reformistas no obstante la oposición de los grupos de interés.

Monografias.comUn argumento similar encontramos en el trabajo de Armijo y Faucher (2002), para quienes la reforma tuvo el apoyo tanto de la élite como de las masas. En lo que respecta al primer grupo, en Argentina no primaría tanto un cambio en la composición de la élite como de sus intereses, debido a la capacidad del gobierno de negociar con ella. Así, los lobbies de la patria contratista se reconvertirían en propietarios de empresas privatizadas. En cuanto a las masas, el argumento coincide con el de Gervasoni: en estas democracias, la demanda de las masas es la estabilidad económica y los bajos niveles de inflación: "We suspect that the single biggest reason for popular support of reformist politician… is that market reforms have ended inflation" (Armijo y Faucher, 2002: 24)5.

Esta visión posee la ventaja de reconocer que reformas de tal envergadura requieren un grado de apoyo explícito y positivo por parte de la población, destrabando de esta forma la tensión entre democracia y reforma. Sin embargo, aún podemos visualizar dos puntos objetables en esta perspectiva: en primer lugar, permanece anclada en la concepción racional y autointeresada del comportamiento humano, el apoyo que otorga la población a estas políticas es consecuencia de un análisis racional de los propios intereses de la misma, población que ahora estimaría la estabilidad de precio y el horizonte de certidumbre que genera, por sobre el nivel de empleo o de producción, como si la amenaza del desempleo no fuese también un factor de incertidumbre.

Monografias.comLa segunda objeción se centra en la coherencia interna del argumento. Si partimos, como afirma Gervasoni, de que el cambio de preferencia se da en la década del ochenta, no se explica por qué en las elecciones de 1989 se dio el triunfo de un candidato que parecía postular una política monetaria heterodoxa con posible aumento de la inflación, a través de promesas electorales como salariazo y revolución productiva. Al ser la opción de Angeloz más acorde a las nuevas preferencias, opción que recordemos terminaría por perder6. Si en cambio, se postula que en Argentina la transformación de las preferencias se da después del triunfo de Menem, habría que explicar cómo, en el conjunto de la población, se da un cambio vertiginoso de intereses en menos de un año, y dado esto, qué factores impiden que los intereses sigan su marcha fluctuante e incierta.

Explicaciones basadas en los cambios en las significaciones sociales

El peronismo de las dos caras

Monografias.comOtro grupo de pensadores trataron de pensar esta anomalía a partir del su- puesto de concebir la sociedad estructurada por dos grandes grupos: los sectores populares y los sectores medios y altos. Ambos grupos apoyarían al gobierno y a las políticas que éste aplica, sin embargo por diferentes motivos. En tanto que las clases populares que apoyan al menemismo lo hacen a par- tir de la vigencia del imaginario político peronista original, el otro conjunto de la sociedad estaría brindando su apoyo a las medidas económicas tomadas7 En esta línea, Sidicaro argumenta que los sectores populares tendrían conductas signadas por la tradición, por el pasado (Sidicaro, 2002: 243), que se explican por el contexto social en el que estos sectores se reproducen, contexto que constriñe, nos dice el autor a partir de la lectura de Durkheim, sus acciones. Es el imaginario político del "45 el que trabaja como soporte de la legitimidad e identidad del gobierno de Menem de 1989. Sin embargo, volvemos a encontrar las tentativas de análisis racionalista cuando se intenta explicar el accionar de los sectores medios y altos que se beneficiaron con la política económica lanzada por el menemismo.

Más allá de los cambios ocurridos en los sectores populares, permanecería vigente un núcleo duro de imaginario político peronista, en tanto que en los estratos más elevados de la sociedad, se percibe un comportamiento estratégico:

"Así, un tanto contradictoriamente, el gobierno de Menem recibió, por el pasado, una vertiente de votos populares sin reclamos disruptivos inmediatos, en tanto que por el presente, el sostén coyuntural se lo dieron individuos contrarios al peronismo histórico, ubicados en los deciles superiores de la distribución de ingreso" (Sidicaro, 244: 2002)

En el caso de Levitsky (2005), esta suerte de peronismo de dos caras es posible gracias a la particular estructura organizativa que posee el Partido Justicialista, por la cual, las organizaciones de base mantienen una independencia con relación a la coordinación del partido, que le permite conservar vivas las viejas representaciones peronistas, al mismo tiempo que los dirigentes pueden dirigir sus esfuerzos en atraer el apoyo de los sectores independientes:

"Esta disociación entre la conducción y las organizaciones de base brinda al PJ una importante ventaja en la competencia electoral, ya que permite a la conducción perseguir estrategias electorales orientadas hacia el exterior, dirigidas a los votantes independientes… mientras las organizaciones de base siguen trabajando hacia el interior y apunta a captar los votos peronistas tradicionales… mientras las organizaciones de base prestan atención al ámbito de la identificación, los dirigentes del PJ poseen relativa libertad para salir en busca de votos en el ámbito de la competencia" (Levitsky, 2005: 120)

No obstante, esta línea argumentativa procura alejarse de las insuficiencias de aquellas teorías que se arraigan exclusivamente en el comporta- miento racional de actores individuales, podemos observar que terminan siendo tentadas por el mismo pecado: estos autores reproducen, consciente o inconscientemente, el "prejuicio iluminista", que ya pensadores como Le Bon y Pareto habían desactivado, al suponer que el comportamiento guiado por emociones e imaginarios es propio sólo de los sectores populares, en tanto que aquellos sectores con mayor nivel de ingreso y educación pueden desprenderse de ellos y de esta forma guiar su accionar racionalmente.

Lo anterior coloca a lo imaginario en el ámbito de la carencia, al ser la pobreza y la falta de educación el terreno fértil para un comportamiento no instrumental. En términos del iluminismo, son sectores que no se han podido desligar de sus tutores y no han podido llegar a la edad madura que les permita hacer un uso público de la razón. Este prejuicio sugiere una visión peyorativa del imaginario y una esperanza en su futura desaparición a partir de la "elevación" de los sectores populares. Dicho prejuicio explicaría, de alguna manera, la capacidad de los sectores medios y altos para autonomizarse de su tradicional imaginario antiperonista y poder orientar su comportamiento a partir de los intereses económicos. A la inversa, lo que se autonomiza, como nos recuerda Sidicaro (1995), en el caso de los sectores populares, es la coyuntura económica, a la que se ignora, pesando mucho más el imaginario tradicional.

Otro interrogante que surge al analizar esta postura, es la aparente solidez, estabilidad y vigencia que posee el imaginario peronista surgido en la década del cuarenta, en los sectores populares de los noventa. Arraigo tan intenso que sólo exige que Menem reavive estos elementos y los represente en su formato original. Esta lectura estaría dejando de lado la crisis y transformación que sumió a la identidad peronista en la década del ochenta, luego de su derrota electoral. A la vez que desvaloriza los componentes novedosos que el menemismo articula en el imaginario a fin de interpelar no sólo a los sectores medios y altos, sino también a los populares.

La identidad disponible o la tesis politológica

Durante esta época se desarrolló un segundo grupo de respuestas que se edificó a partir del nivel de las significaciones sociales para dar cuenta de la anomalía que presentó el menemismo. Estos autores relativizarían la idea anteriormente señalada, de la existencia de un grupo duro de representaciones que solidificarían la identidad peronista, al hacer hincapié en la erosión y desarticulación que acechaba a la misma, principalmente a partir del pro- ceso de renovación iniciado por el peronismo en la década del ochenta y por el cambio en el escenario político nacional. En este orden, tanto Yannuzzi (1995) como Palermo y Novaro (1996) coinciden en observar que a su llega- da al poder, Menem se encuentra con una identidad nominalmente vigente y saludable: "el peronismo", pero cuyos contenidos estaban en crisis. Una identidad en situación de disponibilidad:

"… esos valores y tradiciones venían atravesando desde la muerte de Perón una crisis furibunda, y los esquemas de reconocimiento y la misma identidad de los actores parecía haberse ido descomponiendo con el paso de los años… dejándolos en una situación de disponibilidad para ser interpelados por una estrategia política que fuera lo suficientemente audaz y original como para sacarlos de su postración y decadencia" (Palermo y Novaro, 1996: 25)

Estos intelectuales niegan que la anomalía fuera resuelta por el Menemismo a partir de la concreción de un nuevo programa político sobre la base de un imaginario pretérito, como parece sugerir Portantiero (1995: 106), sino que subrayan el trabajo, por parte del poder político, de recuperación y ruptura con el imaginario político peronista, permanencia y transformación que le permitiría al menemismo consolidar una nueva coalición y edificar un nuevo criterio de identidad. Doble juego que posibilitaría a Menem erigirse como el único heredero de Perón, a la vez que señalar al Estado peronista del "45 como la génesis de todos los problemas económicos, generando una ruptura con la tradición y la consecuente constitución de una nueva identidad. Como nos sugiere Aboy Carlés: "… desde su mismo acceso al gobierno Menem intentó debilitar elementos básicos de lo que aquí hemos denominado dimensión de la tradición" (Aboy Carlés, 2001: 302). Esta debilitación se conjuga con el reforzamiento y resignificación de otros ele mentos según la coyuntura.

Pensamos que esta perspectiva posee una mayor profundidad interpretativa que la anterior, al no desestimar el papel que ocuparía la articulación novedosa por parte del menemismo, así como los diversos componentes que el imaginario político del menemismo pone en juego para interpelar a los distintos sectores de la sociedad. La doble vía de ruptura y continuidad es una característica central de todo imaginario político que tenga pretensiones de instaurarse con éxito, ya que una articulación radicalmente novedosa tendría grandes dificultades en despertar la sensibilidad de la sociedad, naturaleza que estos intelectuales reconocen y subrayan.

Sin embargo, en muchas de estas lecturas, si bien se reconoce el papel jugado por las significaciones sociales y las identidades políticas, estos elementos quedan subordinados en última instancia como factor explicativo al fenómeno de la hiperinflación:

"Pero el rasgo esencial para comprender la característica que asume la reforma estructural en Argentina está dado por la crisis hiperinflacionaria de 1989… tras la crisis la implementación de reformas radicales fue habilitada sin mayores oposiciones como solución a las demandas de reconstitución de un orden estable" (Aboy Carlés, 2001: 297).

"Tal vez haya sido la experiencia de la hiperinflación el principal motivo de la amplia aceptación del estilo menemista…" (Novaro, 1994: 89).

Dicho acento en la crisis hiperinflacionaria como variable prioritaria para explicar la anomalía no se encuentra muy alejada de la Teoría de la Expectativa que hemos visitado, por lo que es pertinente realizarle los mismos comentarios. En particular, recordemos, ver a la hiperinflación como el principal motivo de la amplia aceptación del estilo menemista no puede explicar por sí sola el consenso relativo a diez años de gobierno, a la vez que corre el riesgo de reducir la articulación identitaria que propone el menemismo, a una mera reacción ante un factor negativo, amenazante y externo. Soslaya la lectura de ciertos componentes positivos de la articulación identitaria, e ignora por otra parte, la posibilidad de interpretar el fantasma de la crisis hiperinflacionaria como producto del trabajo de resignificación por parte del poder político en el seno del imaginario

Menemismo y democracia. ¿Círculo virtuoso o vicioso?

El segundo debate sobre el que queremos llamar la atención se centra en las discusiones en torno a los efectos que el gobierno iniciado por Carlos Menem tuvo sobre la joven democracia argentina. En este orden, encontramos argumentos opuestos que dividieron a la comunidad académica en "Tirios y Troyanos", entre aquellos que señalaban los obstáculos generados por el menemismo para la consolidación democrática, y aquellos que subrayaban los beneficios. Debate, que, de alguna manera, retomaba ciertas preocupaciones de la década precedente en torno a los peligros que acechaban las transiciones a la democracia.

La aparición de Menem en el gobierno inauguró un juego intelectual en donde los distintos pensadores se esforzaron por encontrar las similitudes entre el nuevo presidente y Perón, ciertos rasgos que conectarían a Perón con Menem, y en los que residiría el núcleo del peronismo. En este sentido se subrayó el decisionismo y la concentración de poder (Novaro 1994: 70; Nun, 1995: 65; Quiroga, 2005: 118; Yannuzzi, 1995: 2000); la concepción antipolítica y la consecuente autodefinición de "outsider" por parte de estos líderes (Aboy Carlés, 2001: 287; Canelo, 2011: 73; Novaro, 1998: 29; Nun, 1995: 62; Palermo y Novaro: 1996, 19; Yannuzzi, 1995: 60); la desvalorización de las instituciones republicanas y de las mediaciones partidarias (Novaro: 1994: 88; Nun, 1995: 72; Portantiero, 1995: 107; Yannuzzi, 1995: 179), la ambición hegemónica que provoca el no reconocimiento de la oposición dentro del espacio público (Palermo y Novaro, 1996: 367; Martuccelli y Svampa, 1996: 90; Yannuzzi, 1995: 112). Todos estos elementos llevaron a gran parte de los intelectuales a invocar el neologismo de neopopulismo, en pos de comprender el menemismo y su conexión con el peronismo, concepto que en la década del noventa utilizaría gran parte de la literatura política de América Latina para dar cuenta de los nuevos fenómenos de liderazgo. Estas características generaron que muchos intelectuales señalen las consecuencias negativas para la consolidación democrática que el gobierno de Menem provocaba, centrándose en el debilitamiento del entramado institucional que sufriría el régimen democrático liberal durante el período en cuestión. En esta línea, encontramos el famoso argumento de O`Donnell (1997) en torno a la democracia delegativa, según el cual ésta otorgaría al Poder Ejecutivo la capacidad de hacer todo, desarticulando cualquier forma de accountability horizontal y representación institucionalizada. Baja institucionalidad, nos sugiere el autor, cuyos frutos son regímenes que pueden ser definidos como poliarquías, pero no pueden ser comprendidos como democracias representativas.

Sin embargo, un segundo grupo de autores llegan a conclusiones diferentes al priorizar la lectura del contexto particular en que Menem accede al poder. En este orden, acentúan dos procesos claves que la experiencia menemista dejó tras de sí en pos de la consolidación democrática: el fortalecimiento del Estado como fuente de autoridad frente a las corporaciones (sindicatos, fuerzas armadas), y la introducción del Partido Justicialista al juego democrático. Autores como Palermo y Novaro (1996) y Mora y Araujo (1995) entienden que el menemismo supuso un paso substancial para la democracia argentina al descorporativizar la escena política generando una sociedad más abierta (Mora y Araujo, 1995: 64) y principalmente por eliminar, por primera vez en la historia de nuestro país, la posibilidad latente de un golpe institucional por parte de las fuerzas militares. A su vez, agregan estos autores, el Estado logró restablecerse como eje de la autoridad frente a los sindicatos y las distintas clientelas caudillistas que ocupaban sus aparatos, a partir de la racionalización y tecnificación de su administración (Novaro, 1994: 87).

Como observamos, otro aspecto relevante para la democracia que rescatan estas lecturas es cómo este proceso logró introducir al Partido Justicia- lista al juego democrático, resultado que empieza a gestarse a partir de la renovación. La misma candidatura de Menem es hija de esta transformación, siendo una minoría dentro de la interna partidaria. Pero será durante el gobierno de Menem en donde se consolide esta desactivación de los elementos antisistémicos que asolaban al peronismo, para pasar a convertirse en un partido más:

"… la redefinición, aún con ambigüedades que Menem realizó… de los principios del peronismo en su relación con el liberalismo político: la opción por una organización partidaria, la conversión del enemigo en adversario, la canalización institucional de los conflictos internos y externos, la adopción de la competencia electoral como principio de legitimidad…" (Novaro, 1998: 42).

Un último indicador notable de la democratización del peronismo en este período, que para muchos pensadores aún ha pasado desapercibido, es el hecho de que Menem fue el primer –y hasta la actualidad el único– presidente justicialista que entregó el poder a un presidente electo democráticamente de la oposición (Mustapic, 2002: 180).

Una mirada atenta a estas dos lecturas nos permite matizar el carácter opuesto que aparentan. Estas dos lecturas no son necesariamente contradictorias, lo que las diferencia es el punto de partida desde el cual realizan su análisis sobre las consecuencias que el menemismo ejerce sobre la democracia. En tanto que la hipótesis sostenida por O"Donnell tiene como horizonte de comparación a las democracias representativas de los países desarrollados, privilegiando un registro de lectura más teórico-analítico, en donde se subrayan las diferencias que nos separarían con una construcción tipo ideal, las conclusiones de Palermo y Novaro parten de una lectura más diacrónica, teniendo como horizonte de comparación las potencialidades democráticas que anidaban en la Argentina de 1989 y, principalmente, en el partido peronista, rescatando los progresos que no responden a ninguna necesidad histórica, que el gobierno de Menem imprimió en dirección a la democracia. Ninguna de estas lecturas es susceptible de ser considerada errónea o desacertada: en tanto que una nos advertía el camino que aún faltaba por recorrer para alcanzar los parámetros de la democracia repre- sentativa, la otra subrayaba los progresos obtenidos en esta dirección.