La estafa: Bernard Madoff y la crisis de EEUU en 2008

Monografía destacada


Introducción

Este es otro libro de la serie Historia Criminal y versa sobre Los Estafadores, siguiendo al inicial, titulado ¨El petiso orejudo, asesino serial¨.[1]

En los crímenes de estafa no corre la sangre, excepto la de alguna víctima agobiada por la repentina miseria y la desesperanza, que termina suicidándose. Pero no hay mutilaciones ni rituales, ni cadáveres ni escenarios escabrosos. Aunque sí existen los despachos alfombrados, un amueblamiento vintage proporcionado por el arquitecto de moda, y en exposición se muestran los cuadros originales de artistas renombrados, armando el escenario propicio para mostrar y ostentar poder y riqueza e instalar una atmósfera de confianza al eventual inversor. Los estafadores también tienen un específico modus operandi que los caracteriza.

En estos crímenes los damnificados pueden contarse por miles y hasta por cientos de miles. Son los crímenes de guante blanco, perpetrados por los estafadores, que en muchos casos, haciendo abuso de su posición privilegiada en la sociedad en que se mueven y usando recursos cuasi-legales, o directamente ilegales, terminan cruzando esa frontera, dejando una larga estela de perjudicados. Cualquier recurso es bueno si sirve para alcanzar sus intereses espurios.

Estos individuos forman parte de la Élite del Poder[2]y no es casual esta definición que se refiere al título de un libro paradigmático en el análisis sociológico de las sociedades.

Esta clase social de dirigentes, a la cual se refiere Juan José Sebreli [3]como la clase alta, hace habitual el consumo ostentoso. Confiesa Sebreli que sus opiniones derivaban de la lectura de ¨Teoría de la clase ociosa¨ (1899) de Thorstein Veblen. Dice Sebreli en el primer capítulo del libro citado: ¨Debe concederse a la sociología que las contradicciones de las luchas sociales, la cohesión y la conciencia de una clase no son vividas en forma directa e inmediata por todos sus miembros, sino a través de una compleja y sutil red de mediaciones. Cada uno vive y conoce su situación en la sociedad a través de su pertenencia a una pluralidad de instituciones o grupos colectivos¨.

Queda entonces claro, que cada individuo se adscribe a la clase social a la que pertenece y muestra a través de símbolos reconocibles su pertenencia, en una especie de fetichismo, que se vuelca en la integridad de su persona.

De este párrafo precedente surge la interesante definición del ¨medio pelo¨ que Arturo Jauretche utilizó como título de su obra, y citando a Tobías Garzón en su ¨Diccionario de argentinismos¨ , dice así: ¨Aplícase a las personas de sangre o linaje sospechoso o de oscura condición social, que pretenden aparentar más de lo que son¨. Luego, cuando se aparta de la época en que concibió la definición y se acerca a la Academia, redefine de este modo: ¨Locución figurada y familiar con que se zahure (califica peyorativamente) a las personas que quieren aparentar más de lo que son, o cosa de poco mérito o importancia¨.

Es opinión habitual opinar que la clase alta hace sus consumos de alta gama simplemente porque puede. Creo que el concepto es, no solo inexacto sino erróneo.

Debemos traer aquí a la definición de marca y posicionamiento como instrumentos de marketing La clase alta tiene claro el concepto de pertenecer y el uso de ciertas marcas en su atuendo, su vivienda en un barrio específico, su comida y bebida, sus clubes y countries, tiene características distintivas. Una anécdota referida por Jauretche y adjudicada a Jorge Luis Borges y María Luisa Levinson es aquella donde ésta última comenta en rueda de amigos, que ha nacido en la Avenida de Mayo. Y Borges objeta: -¡Pero María Luisa…! La Avenida de Mayo no es un lugar para nacer. Es un lugar para que discutan dos españoles.

Este fenómeno social es universal; Oriente y Occidente se aúnan en este concepto.

La Industria Cultural promueve el constante, y muchas veces superfluo, consumo de mercancías. Los hombres son engañados a través de diferentes métodos de persuasión; como por ejemplo y en muchos casos, la publicidad, que los lleva a pensar que el consumo de determinados productos es el reflejo de un elevado status, a creer que la obtención de determinadas mercancías le permitirán alcanzar el éxito.

El acceso a una gran cantidad de productos determinados, que se relacionan con el éxito, es un punto de llegada deseado por los sujetos para su felicidad. Se despierta en los consumidores el anhelo de obtener o parecerse a aquello que están viendo y que se vende dentro del mercado como productos estandarizados. Pero la realidad es que solo una pequeña parte de los hombres posee el poder adquisitivo necesario como para obtener la cantidad de mercancía que desearían.

El cuerpo humano tampoco escapa a esta racionalidad; así como se masifican los productos, el cuerpo como otra mercancía más, se encuentra determinado por las significaciones y valores sociales impuestos por lo ya instituido; el cuerpo mismo está estandarizado (small, medium, large,etc).

La sociedad se ha convertido en receptora de imágenes y los sujetos difícilmente se resisten, aceptando pasivamente lo que el sistema impone.

En la economía clásica, el número de productos era limitado y cada producto tenía un rol claro en la vida del consumidor.

En la sociedad moderna, debido a la multiplicación del número y las variaciones de los productos, hace que todos resulten parecidos y pierdan su significado.

Ante esta pérdida de diferenciación, los productos buscan nuevas significaciones, donde el consumidor las hace suyas a través de las marcas. Se gana valor simbólico a través de ellas.

Algunos productos pierden existencia tangible y ganan poder intangible para crear mundos imaginarios.

Los productos adquieren una ilimitada vida simbólica a través de la marca.

La marca funciona como depositaria de las necesidades, expectativas, sueños y aspiraciones de millones de consumidores.

Los productos dejan de servir a fines prácticos para convertirse en significados y la marca en su ¨identidad¨.

Frente a la saturación del mercado, debido a la oferta multiplicada de productos, la diferenciación se produce a través de la marca, que le agrega valor.

Mientras los productos trabajan en el orden físico y acotado a las necesidades, las marcas trabajan en el orden simbólico del deseo.

La marca es el valor agregado que se le ofrece a los consumidores.. Es una huella, un rasgo, un signo que distingue un producto de otro para reconocerlo.

La indiferenciación de los productos lleva un mayor peso en la dirección de las marcas. Los consumidores, quizás no puedan distinguir un producto de otro, pero tienen percepciones claramente definidas entre las distintas marcas..

La marca hace la diferencia, rompe el anonimato de la indiferenciación material, donde todo da igual, para inaugurar un universo simbólico donde cada objeto es único. La marca construye una promesa.

La marca se convierte en el último bastión que defiende la diferenciación y construye mundos sorprendentes para perseguir los cambiantes deseos del consumidor.

Con respecto a su naturaleza semiótica, su principal función es inventar un universo de significación.

La semiótica es la disciplina que estudia como se crean y transmiten los significados, y precisamente, la marca es una gran máquina de producir significados, construye mundos posibles y les da un decorado atractivo; es un nombre y como tal, es un ente simbólico, que permite que el producto le hable al consumidor.

También es el resultado de un sistema de relaciones y oposiciones. Tiene una naturaleza relacional, y más allá de sus características singulares, la marca es todo lo que las otras marcas "no son". Obtiene su significación más por su diferenciación con otras marcas, que por la objetividad de su propio significado. Si no hubiese otras marcas con las cuales competir en el mercado, no hubiese sido necesario la identificación de un producto con una marca que le de identidad y significado.

Este posicionamiento también se debe a que cumple una función de diferenciación. Debido a la multiplicidad de productos en el mercado, que cumplen la misma función es necesario la presencia de la marca, ya que la marca siempre "marca" la diferencia, como aseguraba un spot publicitario de hace décadas, sobre los cigarrillos LM (¨que marcan su nivel¨).

Las necesidades subjetivas están emparentadas con los roles que cada individuo desempeña en los distintos ámbitos y circunstancias en que se mueve.

El personaje desempeña sus distintos roles en el escenario conformado por su entorno y conforme con lo esperado para cada uno de los roles tomará su decisión de compra.

Las marcas pasan a jugar el papel de significantes, es decir de símbolos que satisfacen las variadas formas del deseo.

En ella el sujeto encuentra su completitud simbólica, que le permite verse como desea ser para los otros y no como realmente es.

Cada individuo verá en el producto distintas cosas, que podrán ser prestigio, prosperidad, diversión, atractivo, instrumento de trabajo, orgullo y otras.[4]

El diario La Nación, en su edición del 16 de junio de 2013, cuyo título es de por sí significativo ¨Los chinos, cada vez más lejos de Mao y más cerca de Freud¨ dice: ¨Para la nueva generación (china) que conforma la pujante clase media, el psicoanálisis no es sólo una ocasión de solucionar sus problemas sino también un símbolo de status. Este grupo se enfrenta a nuevos retos y grandes presiones, especialmente debido al crecimiento económico y la profesionalización de la sociedad¨. Y esta práctica no es sino otra forma de diferenciación entre clases sociales de un mismo grupo humano.

Hemos dicho más arriba que el cuerpo no escapa a la racionalización por el influjo de la moda, de las marcas.

En China se produce una constante migración hacia las urbes en busca de trabajo y se destacan de sus vecinos urbanos por su tez tostada, fruto de largas jornadas al aire libre bajo los rayos del sol. Eso denota baja extracción social y carencia de sofisticación es el estereotipo. Blancura en Asia equivale a juventud y pureza y hace atractivas a las féminas para los donjuanes orientales; por eso los habitantes de las ciudades quieren tener la piel clara, diferenciándose de los campesinos, a quienes de algún modo soslayan, o al extremo, desprecian.

Esto es contrario a lo que sucede en Occidente, donde una piel bronceada es sinónimo de salud y sensualidad; cuando no símbolo externo de una clase que puede darse el lujo de la ociosidad. Este concepto de clase está siendo tomado por la cultura asiática entre los nuevos ricos, adoptando el criterio de que la piel bronceada es signo de status y no motivo de vergüenza.[5]

Beijing y Shanghai ya son paraísos en la oferta de todo tipo de artículos y las tiendas están divididas en tres niveles perfectamente diferenciados. Las tiendas de las grandes marcas internacionales, ubicadas en los shopping center y calles importantes, con iguales precios que las tiendas europeas o estadounidenses, para los ricos. Luego las tiendas de productos con marcas chinas, ubicadas en calles sin tanto glamour y alejadas del centro de la ciudad para las clases medias; y por último los barrios donde se venden falsificaciones de todo tipo.[6]

Es claro que la Industria Cultural estandariza los comportamientos humanos a lo largo y ancho del mundo.

Volviendo a nuestro tema central, que es el delito de estafa, se puede presumir que muchas víctimas han sido apenas honestos trabajadores o sencillos jubilados que han confiado sus modestos ahorros a un banco o financiera. En otros casos, los inversores engañados son gente de fortuna, que aconsejados por incautos o cómplices que han caído previamente en sus redes, mueven a participar a sus amistades, conocidos o clientes de su círculo social o de negocios.

Entre esos casos se encuentran los affaires Madoff y Stanford , de los que me ocuparé, como así de bancos e instituciones financieras supuestamente intachables, que con su silencio, ignorancia o ineptitud han jugado presuntamente el papel de cómplices .Pero pretendo mostrar un panorama más completo y por eso haré un acercamiento a los estafadores, sus cómplices y sus víctimas; porque en cada uno de estos estamentos hace falta que conjuguen distintos aspectos conductuales; en síntesis intentaré una suerte de victimología sobre ellos.

No es casual que EEUU tenga un lugar privilegiado en el podio de los criminales de sangre y de guante blanco y tampoco lo es que New York sea el paradigma de esos delitos, porque ahí es donde se vislumbra el éxito y el fracaso, la riqueza y la miseria.

No podría hacer una mejor descripción de New York que la realizada por Dominique Lapierre y Larry Collins[7]en su novela situada en ese territorio donde cuenta como es amenazada por una bomba atómica colocada por seguidores del coronel Gadaffi: ¨El estridente alarido de una sirena de ambulancia desgarró la mañana temprana con la siniestra música que componía ordinariamente el fondo sonoro de las calles de New York. Leila Dajani vió desaparecer el vehículo anaranjado halo de Columbus Circle y apretó el paso en dirección a su hotel. Algunos deportistas madrugadores trotaban ya sobre la crujiente nieve de Central Park. Unos basureros echaban las bolsas de desperdicios en los chirriantes depósitos. Transeúntes de rostros abotagados por el sueño caminaban apresuradamente hacia las bocas del Metro de la Octava Avenida. Un portero barrigón paseaba los caniches enanos adornados con cintas, de una inquilina de su casa. La avenida se animaba. Algunos automóviles traqueteaban entre los chorros de vapor que formaban nubecillas sobre el asfalto. Eran las 7 de la mañana del lunes 14 de diciembre, en la ciudad que Moamar Gadaffi quería destruir.

Desde las tristes ciudades dormitorios de Queens hasta los rascacielos residenciales que dominan Central Park; desde las coquetonas villas de madera de Staten Island hasta los sórdidos ghettos negros y puertorriqueños de Harlem; desde los barrios de barracas del Bronx hasta las callejuelas verdeantes de Brooklyn Heights y de Greenwich Village, los diez millones de rehenes de los cinco burroughs de Nueva York se preparaban para vivir una nueva jornada.

Como última expresión de la eterna vocación del hombre a agruparse en comunidades, la loca y fabulosa metrópoli a la que pertenecían era única. Nueva York no se parecía a ninguna otra ciudad del planeta. Era la ciudad por antonomasia, puro ejemplo de todo lo mejor y lo peor que había podido producir la civilización urbana. La ciudad a la que Leila y sus hermanos se disponían a borrar del mapa era un fabuloso microcosmos, una torre de Babel donde todas las razas, todos los pueblos y todas las religiones del mundo estaban representados. En Nueva York había el triple de negros que en Gabón, casi tantos judíos como en todo Israel, más puertorriqueños que en San Juan, más italianos que en Palermo, más irlandeses que en Cork. Casi todo lo que había engendrado el Universo había dejado allí alguna huella: olores de Shanghai, gritos de Nápoles, efluvios de cerveza muniquesa, tamtams africanos, gaitas escocesas, montones de periódicos en yiddish, en árabe, en croata y en otras veintidós lenguas distintas, jardines japoneses con sus cerezos en flor… Tibetanos, khmer, vascos, gallegos, circasianos, kurdos, grupos de todas las comunidades oprimidas de la Tierra, había elegido allí su domicilio para pregonar su dolor. Sus barrios superpoblados albergaban 3600 lugares de oración, entre ellos 1250 sinagogas y 442 iglesias católicas, así como 1810 templos diversos, uno para cada culto, secta y religión profesados por el hombre en la eterna busca de su Creador.

Resplandeciente, mugrienta, imprevisible, era una ciudad de contrastes y de contradicciones, de promesas y de esperanzas frustradas: Nueva York era el corazón de la ciudad capitalista, un símbolo de riqueza insuperable; y sin embargo su hacienda andaba tan mal que ni siquiera llegaba a pagar los intereses de sus empréstitos. Nueva York contaba con los equipos médicos más modernos del mundo, pero muchos pobres que no tenían medios para servirse de ellos, morían diariamente por falta de cuidados y la mortalidad infantil en el South Bronx era más elevada que en los bustees de Calcuta. Nueva York tenía una Universidad gratuita cuyo número de estudiantes superaba la población de muchas grandes ciudades, y sin embargo había un millón de neoyorkinos que ni siquiera sabían hablar inglés.

Como los faraones de Egipto, los griegos de la Antigüedad y los franceses del Segundo Imperio habían inventado un estilo arquitectónico para su respectiva época, así también los neoyorquinos de la Edad del acero pulimentado y del vidrio teñido habían marcado con el sello de su genio constructor el panorama urbano del mundo. Pero alrededor de los suntuosos rascacielos del bajo y medio Manhattan, se extendían las horribles junglas urbanas donde ochocientas mil viviendas infringían todos los reglamentos de sanidad y de seguridad. Nueva York era incapaz de ofrecer un techo a todos sus habitantes, pero treinta mil viviendas eran abandonadas cada año, arruinadas o incendiadas, con el consentimiento de los propietarios, más seguros de cobrar el seguro que los alquileres de sus inquilinos. De este modo habían desaparecido cientos de hectáreas de casas, casi tantas como las que había destruido en Londres las bombas de Hitler durante el Blitz.

Ninguna otra metrópoli del mundo ofrecía a sus habitantes tantas ocasiones de enriquecerse, ni una mayor variedad de ventajas culturales. Sus museos, el Metropolitan, el Modern, el Whitney, el Guggenheim guardaban más impresionistas que el Louvre, más Boticellis que Florencia, más Rembrandt que Amsterdam. Nueva York era el banquero, el modista, el cineasta, el maniquí, el fotógrafo de América; su editor, su agente de publicidad, su novelista, su músico, su pintor. Sus teatros, sus salas de concierto, de ballet, de ópera, de opereta, de comedias musicales de ópera rock, y de revistas sexy; sus clubes de jazz, sus espectáculos de ensayo, eran otras tantas incubadoras donde se alimentaba el gusto y el pensamiento de todo un continente.

Todas las cocinas del mundo, desde la armenia hasta la coreana, se degustaban en los veinte mil restaurantes de la ciudad; pollos tandoori del Punjab, chich kebab del Líbano, pasteles de soja de Vietnam, caracoles de Borgoña, enchiladas de México, sukiyaki del Japón, bacalaítos de Puerto Rico. Sus setenta mil almacenes y boutiques ofrecían todo lo que el insaciable apetito del hombre podía soñar en adquirir: una Biblia de Gutenberg que costaba dos millones de dólares en una librería de la calle 46; las más bellas piedras preciosas, en las casas de los diamanteros hasídicos de negra levita de la calle 47; Goyas y Renoirs, en las galerías de la calle 57; trajes de noche de Jackie Onassis y zapatos de Joan Crawford, aparatos de ultrasonidos para alejar a los ratones, melones llegados directamente del Cavaillon, enjambres de abejas vivas, filetes de oso del Himalaya…

Pero entre tantas riquezas subsistían islotes inimaginables de miseria y violencia. Un millón de parados neoyorquinos vivían de la caridad municipal. Cientos de miles de negros y puertorriqueños se apretujaban en alucinantes ghettos sin agua ni electricidad, roídos por la decrepitud, el fuego y la desesperación, y donde no tenían una probabilidad entre veinte de morir de muerte natural. Para estos olvidados de la gran sociedad, el apocalipsis estaba ya allí, con sus cuadros surrealistas de parados jugando al dominó en almacenes sin puertas ni ventanas, y de niños negros durmiendo entre la chatarra de coches desmontados. Las calles peligrosas de Nueva York albergaban a la mitad de los drogadictos de América. Sus comisarías de Policía registraban una urgencia cada segundo, un robo cada tres minutos, un atraco cada cuarto de hora, dos violaciones y un asesinato cada cinco horas, un suicidio y una muerte por sobredosis de droga cada siete horas.

Veinte mil prostitutas – más de las que podían encontrarse en París, Londres, Roma y Tokyo juntas- hacían de Nueva York la capital mundial del desenfreno y del vicio. Sus lupanares rascacielos como los nueve pisos de los Baños de Luxor, sus innumerables hoteles de tolerancia, salones de masajes, clubes nocturnos sexys y salas de espectáculos obscenos y de fortuna, ofrecían una gama completa de servicios, desde la simple exhibición hasta las orgías sadomasoquistas más extravagantes.

La inmensa metrópoli condenada a muerte por Gadaffi tenía en realidad rostros: los oasis de bajo y del medio Manhattan, espléndidos y vertiginosos templos del capitalismo y del éxito, mundo resplandeciente de riquezas y placeres, de discotecas excéntricas, de suntuosos pent houses dominando Central Park, de banquetes a la luz de las velas en las cimas de cristal de los rascacielos - candelabros de Park Avenue, de monstruosos automóviles negros con teléfono y televisión. Pero estaban también los tristes barrios obreros de Queens, del Bronx, de Brooklyn, inexorablemente roídos por el cáncer de los vecinos pueblos de barracas de negros y puertorriqueños. Y estaban las necrópolis del South Bronx, de Browsville, del norte de Harlem, barrios fantasmas destripados, bombardeados, calcinados, saqueados.

Y estaba también una cuarta Nueva York, una ciudad nómada de tres millones y medio de personas que venían diariamente a apretujarse en los quince kilómetros cuadrados de rascacielos al sur del Central Park. Este lunes por la mañana, interminables hileras de luciérnagas brillaban ya en la red de autopistas y de vías rápidas que convergían hacia Manhattan. En todo el contorno, hasta decenas de kilómetros, las estaciones de centenares de pequeñas ciudades y pueblos de Long Island, de Nueva Jersey, de Connecticut, de Pensilvania, se llenaban de hormigas con cuello blanco que iban a trabajar a Manhattan. Financieros, banqueros, agentes de cambio y Bolsa, aseguradores, directores de emisoras de radio y de televisión, agentes de publicidad, abogados, eran, en sus jaulas de acero y cristal, los administradores del imperio de la Roma americana. Sin duda, Wall Street era aún considerado como la encarnación de Satanás para los marxistas de todo el mundo: sin duda el dios dólar había perdido su gloriosa supremacía de ayer. Pero el estrecho cañón seguía siendo el centro financiero del planeta. Los ocupantes de sus oficinas discutirían, este lunes de diciembre, la concesión de préstamos a los ferrocarriles franceses, a la Compañía de aguas de Viena, a los transportes públicos de Oslo, a los gobiernos de Ecuador, de Malasia y de Kenya. La suerte de las minas de cobre del Zaire y de estaño en Bolivia, de los fosfatos de Jordania, de la cría de corderos de Nueva Zelanda, de las plantaciones de arroz thailandesas, de los hoteles de Bali, de los astilleros griegos, dependerían igualmente de las decisiones que se tomen ahora en las oficinas de dos de los tres Bancos más grandes del mundo: el First National y el Chase Manhattan. A partir de las diez, las palpitaciones del Stock Exchange y de las Bolsas de Comercio influirían en la economía y, en muchos casos, en la política de los Estados del mundo entero.

En lo alto de sus torres de Mid-Manhattan, las tres grandes cadenas nacionales de televisión ideaban los programas que determinaban los valores, influían en los comportamientos y modificaban las jerarquías sociales en los rincones más remotos de la Tierra. Símbolos del impacto del nuevo imperialismo cultural emanando de estas fábricas de películas, los muchachos de Buenos Aires y los yauleds de Marrakesh chupaban caramelos a la manera de Kojac; colegialas japonesas se suicidaban desesperadas, porque no podían parecerse a las heroínas de los Ángeles de Charlie. No lejos de allí se hallaban las ciudadelas de los profetas de la sociedad de consumo, las agencias de publicidad de Madison Avenue. Ellas difundían en el mundo entero los beneficios materiales y las angustias espirituales que caracterizaban el American Age.

En fin, Nueva York era la capital de las naciones del mundo. Sobre la orilla del East River se elevaba el magnífico paralelepípedo de cristal, compacto y liso como un espejo, donde las Naciones Unidas habían establecido su domicilio. Cinco mil funcionarios permanentes y quince mil delegados venidos de todas partes seguirían discutiendo este lunes los problemas mundiales, trabajarían en la elaboración del nuevo orden económico internacional que esperaban sus pueblos.

Los diez millones de neoyorquinos representaban la colectividad más segura, más capaz, más influyente del planeta. Unos magníficos rehenes para el austero y fanático beduino empeñado en purificar el mundo por medio de la tecnología de la que habían sido los soberbios inventores y seguían siendo los dueños¨. Elocuente.

La crisis financiera de EEUU en 2008 fue el fruto amargo de la corrupción del sistema financiero y su traslado nefasto a otros países afectó en todos los casos a Bancos, fondos de inversión, Organizaciones No Gubernamentales y hasta a particulares, radicados tanto en el país de origen de la crisis como en Europa, Latinoamérica y Asia.

Esa crisis financiera de EEUU, que tuvo entre otros orígenes la burbuja inmobiliaria, también se encuentra en la codicia de los operadores de Wall Street, la connivencia con analistas de crédito y calificadoras de riesgos, gurúes financieros, organismos de control como la SEC ( Securities and Exchange Commission) y un gobierno que hizo caso omiso de advertencias y señales, que preanunciaban un futuro negro de alcances impredecibles, y como siempre, poblado de víctimas, algunas de ellas totalmente inocentes.

También Argentina tiene casos renombrados, como el Banco Patricios, el Mayo, Intercambio Regional y otros.

Sin embargo la estafa, que no es sino otra forma de robo, junto con su socia indispensable, que es la corrupción, no tiene fronteras y se repiten los casos, obviamente, no solo en Argentina, sino especialmente en Estados Unidos, pero también Francia, Gran Bretaña, España, Grecia, Suiza y otros países europeos, asiáticos y africanos como Nigeria.

También me acercaré a operadores de Bolsa inescrupulosos y en parte empujados por el deseo del éxito y reconocimiento con que los premiaría su entorno teniendo sus miras en los bonus por resultado, que arriesgaron y perdieron fortunas de sus administrados. Como dijo un espectador cercano del mismo medio: ¨si hubiesen tenido éxito serían aplaudidos por sus pares y ascendidos al pent house de las casas matrices¨, donde se pavonea el éxito entre los simbolismos del prestigio. Entre esos operadores, a título individual, que fracasaron, pero que les hubiera cabido el Olimpo si hubiesen tenido éxito, se encuentran Nick Leeson, el inglés que hizo quebrar a la Banca Baring Brothers y Jerome Kerviel, que le hizo perder 4,9 mil millones de euros a la Société Générale De ellos nos ocuparemos brevemente en el transcurso del relato.

Lo que es común a todos ellos es que han sido victimarios a través de estafas, perfectamente elaboradas y premeditadas por estos delincuentes de guante blanco.

En general, los casos que desarrollaré aquí no han terminado bien para algunos –pocos- de los delincuentes, pero es lamentable decirlo, tampoco para las víctimas que en su mayoría siguieron despojadas de sus bienes.

Tanto la avaricia como la codicia son comúnmente los iniciadores de esa actividad ilícita, aunque pasados ciertos límites dan paso al deseo de poder, acompañados de una significativa dosis de inescrupulosidad, desprecio por los futuros perjudicados y un gran ego, que por añadidura los termina, muchas veces, destruyendo. El poder es impunidad dijo Alfredo Yabrán en una entrevista con Mariano Grondona. Y es verdad.

Nos acercaremos al lavado de dinero, de origen ilícito, sea proveniente del narcotráfico, el contrabando de armas, el desvío de fondos públicos por funcionarios de gobierno corruptos, o la común evasión fiscal.

La ayuda de los paraísos fiscales, que prestan una aceitada infraestructura para el blanqueos de estos fondos se complementa con otros países que son proclives a las operaciones dudosas, y que circulan por distintas plazas como Islas Vírgenes, Caimán Jersey y Guernesey, todas británicas; Hong Kong, Bahamas, Antigua, Panamá, Isla de Mann, y muchas otras, con el objeto de confundir, desviar y hacer difícil o prácticamente imposible su seguimiento siendo el destino final de esos dineros generalmente Suiza o Luxemburgo donde reina el secreto bancario.

Esos paladines de la seriedad que son los bancos suizos, han sido y son, para mi gusto, también paladines de la hipocresía y la deshonestidad.

La entidad financiera emblemática en este caso es UBS AG (Unión de Bancos Suizos); sus funcionarios viajaron en múltiples oportunidades a EEUU y proporcionaron a empresarios los canales para fugar su dinero sucio del país usando la intermediación de los paraísos fiscales y terminando en las bóvedas de Suiza, cobrando por ello suculentas comisiones.

Las economías que han visto fugarse esos fondos negros, que no han tributado los impuestos correspondientes o son fruto de operaciones ilícitas, muchas veces toman medidas denominadas blanqueo de capitales, con el objeto de atraer de vuelta esas divisas e incorporarlas al circuito legal.

Una enorme mayoría, sino la totalidad de los países les cobran a los blanqueadores algún tributo por los fondos reingresados, con alguna ventaja o perdón parcial o moratoria para la erogación de los impuestos evadidos.

No es el caso de Argentina, donde los blanqueos han sido utilizados, entre otros usos, para beneficiar a los amigos del poder, usualmente por medio de testaferros para hacer lícito lo ilícito y encima gratis. En Argentina, este particular modo del blanqueo de capitales fue votado por la mayoría parlamentaria adicta al gobierno de los Kirchner, en mayo de 2013, sin sonrojarse por la corrupción que salpica en forma permanente a una significativa cantidad de los miembros del Poder Ejecutivo y denunciada por medios periodísticos acusados de ser la ¨corpo¨, denominación usada para mencionar especialmente a los diarios Clarín y La Nación o a periodistas como Jorge Lanata y Marcelo Longobardi.

Otras de las motivaciones es señalada por La Nación, en su edición del 16 de junio de 2013 en el artículo de Néstor Scibona ¨Los dueños de la pelota¨ donde dice textualmente: ¨La misma necesidad y urgencia de divisas (agregamos: por la significativa caída de las reservas) fue la que llevó al gobierno de CFK a sancionar en tiempo récord el controvertido blanqueo de ¨dólares negros¨ a partir del 1 de julio. Y la propia AFIP, que en el verano enviaba sabuesos a puertos y aeropuertos para interceptar la fuga de esos dólares, en este invierno les tenderá una alfombra roja para que regresen libres de impuestos¨.

La compañía aseguradora AIG (American International Group) de EEUU estando al borde de la insolvencia fue ayudada por el gobierno de Obama con u$s 85.000 millones de dólares para evitar que cayera en la insolvencia. Luego de ello, sus ejecutivos cobraron bonus por millones de dólares, como si su gestión hubiese sido súper-exitosa. Un senador yankee llegó a declarar que esos funcionarios lo mejor que podían hacer era suicidarse y el clamor de la gente pasaba porque se había usado el dinero de los contribuyentes para que buena parte entrara en los bolsillos de estos sinvergüenzas.

Similar opinión tenemos una mayoría de los argentinos cuando la ex presidente Cristina Fernández aumentó su patrimonio, según sus propias declaraciones juradas de impuestos en un 1.000% (mil por ciento) en diez años. Nos acoge el presentimiento de que su crecimiento patrimonial fue obtenido con el dinero de nuestros bolsillos. Mientras que en su verborragia declamaba sobre la justicia social y la distribución equitativa del Ingreso nacional en un país corroído por la inflación podemos ver como aumentan la pobreza y la indigencia, el narcotráfico, las villas miserias y sobre todo la inseguridad, que no cesan de crecer y no hay miras de ponerles coto.

La inseguridad creciente en la realidad cotidiana la ejemplificamos a través del comentario de un ciudadano común, que sólo tiene algo de relevancia deportiva y que vivió algún tiempo en el extranjero.

El ex jugador de fútbol de Boca Juniors Pablo Mouche, cuando militaba en un equipo turco, y luego de ser sujeto de un robo mientras vacacionaba en Argentina, lo motivó a escribir en Twister:¨Qué puedo decir de este país de mierda que no podés salir a la calle tranquilo y que encima la Policía mira y no hace nada¨ y abundando agregó: ¨Estas cosas me dan más fuerza para no volver más a este país de mierda que tenemos¨. De cualquier modo no cumplió; hoy está nuevamente en Argentina.

No tendré reparos en hacer numerosas citas a lo largo de este ensayo, y otra vez usando palabras de Sebreli, que hago mías y repito: ¨Admito el destacado lugar que he reservado en mi obra a la de los otros y lo reivindico como una actitud contraria al mito romantizante de la originalidad pura¨

Por lo tanto y por anticipado agradezco a los citados, porque ellos han sido parte integral de este ensayo sobre los estafadores.

El estafador ve al mundo como un escenario

y él se ve como el titiritero.

Criminal Minds

Conducta criminal

1.1 El delito

Mal es el término que determina la carencia de bondad que debe tener un ente según su naturaleza o destino.

De esta forma, el mal es el valor otorgado a algo que reúne dicha característica, en oportunidades apartándose de lo lícito u honesto, perpetrando desgracia o calamidad, convirtiéndose en consecuencia en malo.[8]

Tanto el mal como el bien constituyen una dualidad inserta en todas las culturas y por ende en el hombre que participa de ellas.

Los estándares morales del comportamiento humano ubican a esa dualidad en las antípodas uno del otro. Los mismos pueden ser reconocidos por la sociedad estrictamente como comportamientos inmorales pero no punibles, pero cuando esta conciencia social sobre el hecho inmoral se introduce en el sistema legal, se constituye en delito, dando lugar al juicio y castigo del transgresor.

El bien y el mal pueden ser atribuidos a Dios, la naturaleza, al rey u otras instituciones como los gobiernos, pero sin importar la fuente, las sociedades tienen naturalmente una valoración natural del significado de ambos conceptos.

Por ejemplo, el filósofo alemán Friedrich Nietzsche analiza los conceptos de bueno, malo y malvado desde el punto de vista etimológico y llega a la conclusión de que la distinción entre el bien y el mal es en sus orígenes, meramente descriptiva, haciendo una valoración neutra e historicista entre los privilegiados (los amos) y los inferiores (los esclavos). La aparición de la oposición entre bueno y malo surge precisamente cuando los esclavos se vengan convirtiendo los atributos de la supremacía en vicios, según su visión clasista de la sociedad. También define a la soberbia, condición que existe claramente en los estafadores, como una virtud elevada, propia de hombres superiores, la cual conduce a una honestidad absoluta consigo mismo, valentía y superación constante, siempre buscando estar por encima de los demás y no ocultarlo ante nadie.[9]

Cuando aparece el Estado moderno las instituciones y estructuras que van a actuar sobre la cuestión penal constituida por el delito, el juicio y la pena viabilizado a través de las burocracias judiciales, nace la criminología.

A partir del siglo XIX comienza la independencia del poder político de las instituciones burocráticas judiciales y la cuestión criminal se centra en el autor del delito y concomitantemente aparece el estudio del delincuente y el comportamiento criminal.

El delito será definido como una conducta, acción u omisión tipificada por la ley, antijurídica, por ser contraria a derecho, culpable y punible.

La palabra delito deriva del verbo latino delinquere, que significa apartarse del camino de la ley y es el objeto de estudio de la criminología.

Si nos preguntamos qué es Criminología me remitiré a la definición que toma Anitua del libro Principios de criminología de Edwin Sutherland en su edición de 1955 donde dice que: ¨la criminología es el cuerpo de conocimiento que observa al delito como un fenómeno social. Incluye dentro de sus objetos, los procesos de hacer leyes, de quebrar leyes y de reaccionar sobre quienes han quebrado las leyes¨.

Ahí hace su presencia el criminólogo. ¨El objetivo final del criminólogo – y del que trabaja en las ciencias penales- será el de reducir el total de la violencia en una sociedad para de esta forma mantener un orden más justo y del que se pueda predicar legitimidad, y con ella una adhesión a través de la satisfacción de los individuos que componen la sociedad¨.[10]

No es nuestro objetivo discurrir sobre criminología, sino enfocarnos en la conducta desviada de alta ocurrencia en los círculos financieros mundiales, en los individuos e instituciones que manejan esa compleja red de movimientos financieros, que merced a la globalización se extienden por todo el mundo, sin excepciones, por lo cual puede considerarse a estos delitos como internacionales. Y por tal motivo es que las acciones de estos sujetos atañen a los Estados, que deben controlarlos adecuadamente, cosa que frecuentemente no sucede y da lugar a que avispados financistas tiendan sus redes a la caza de incautos, con la complicidad de los organismos de control, que miran para otro lado por interés, ignorancia o ineptitud, perjudicando de ese modo a los inversores convertidos en víctimas, en algunos casos inocentes y en otros víctimas de su propia codicia.

Por lo tanto más adelante haremos alusión a las escuelas criminológicas sobre el comportamiento desviado a título ilustrativo con el objeto de tener una visión sobre las más destacadas.

Los delitos que veremos desarrollarse en este trabajo son clasificados por el Derecho Penal dentro de los delitos contra la propiedad, entre ellos la estafa. También caen dentro de la esfera de los delitos contra el orden público, donde se observan la instigación a cometer delitos y la asociación ilícita, porque es necesario entender que en las estafas financieras es imposible actuar sólo, sino que debe ser acompañada por una vasta red de cómplices por acción u omisión, completándose con la connivencia y el ocultamiento. Sólo queda como excepción las pequeñas estafas domésticas. El delito de estafa también alcanza con suma frecuencia a los delitos contra la administración pública, debido a la habitualidad del fraude al Fisco y la evasión impositiva.

La estafa es un delito intencional en el cual el delincuente daña el patrimonio ajeno, valiéndose de engaños o aprovechamiento del error de la víctima, en forma previa al hecho determinante con el objeto de obtener ilícitamente un lucro indebido.

Los controles laxos internos y externos, la existencia de personal mal capacitado, la documentación confusa, una legislación deficiente, son entre otros, los motivos para la malversación de activos de una empresa (fraudes internos) y la presentación de información financiera fraudulenta como acto intencionado a los fines de mostrar una situación normal y ocultar las anomalías ante los inversores. También la oferta de rendimientos, en algunos casos inusuales o levemente superiores pero constantes como fue el caso de Madoff, conformando estos y otros factores adicionales la base de lo que constituyen los fraudes externos.

Es claro que este ensayo está dirigido a mostrar delitos financieros y haremos hincapié sobre la mayor estafa de la historia, montada por Bernard Madoff, sin soslayar la actuación de otros estafadores donde los montos involucrados han tenido menor cuantía pero no menos difusión.

Y así como nos acercaremos a la psicología de los estafadores es importante destacar que tanto el estafador como los estafados tienen, por lo general, un condimento común, que es la avaricia y la codicia.

La avaricia es el afán o deseo desordenado y excesivo de poseer riquezas para atesorarlas, mientras que la codicia tiene los mismos componentes, pero puede no tener como fin último el atesoramiento, sino por el contrario el consumo ostentoso que permite el dinero mal habido.

La codicia utiliza variados vehículos para el logro de los fines como la deslealtad, la traición deliberada, la estafa, el engaño, para obtener un beneficio personal.

Es la atracción de la opulencia lo que lleva a decir a Gordon Gekko, protagonista de la película Wall Street : ¨La codicia es buena. La codicia funciona¨. Ese paraíso terrenal de los bienes materiales es acicateado por la publicidad explotando nuestros sentimientos de insuficiencia que se convierte en una esclavitud permanente y dando razón al aforismo de Schopenhauer: ¨La riqueza material es como el agua salada, cuanto más se bebe, más sed da¨.

El economista norteamericano George Lowenstein estudioso de la disciplina conocida como comportamiento económico, que estudia la influencia que tiene la psicología sobre la economía y ésta sobre la conducta y actitud de los individuos y organizaciones, manifiesta que cuando los individuos son víctimas de la codicia entran en una carrera por lograr y acumular poder, prestigio, dinero, fama y riquezas materiales. Una vez cruzada esa frontera tienden a repetirlo constantemente, encontrando siempre una excusa para justificar su decisión y actos corruptos. Refuerza su decisión que otros lo hacen.

Una vez que ascienden la escalera que creen les conducirá al éxito y la felicidad comienzan a ser esclavos del miedo a perderlo todo; se vuelven inseguras y desconfiadas, aislándose de la sociedad, con lo que su desconexión emocional aumenta y su nivel de egocentrismo se multiplica.[11]