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Inmigración y Literatura: Italianos

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Ida De Vincenzo

Prólogo

Indagar sobre la Inmigración en América es una cuestión nada sencilla, si se tiene en cuenta la multiplicidad de factores que afrontaron los inmigrantes del Viejo Mundo. Aunar, analizar, desentrañar los motivos que llevaron a esos viajeros a embarcarse hacia América, requiere un acopio de material diverso y una inserción teleológica que al lector le producirá asombro. Es que esta impresión es la que me ha acometido ya en las primeras páginas de esta sólida investigación. La autora, nieta de gallegos y bisnieta de lombardos, no ha escatimado esfuerzo al consustanciarse con una amplísima bibliografía, sobrepasando la Historia misma para entrar en el mundo de la ficción y de la poesía, como podrá apreciarse por la cantidad de notas al final de cada capítulo. Novelas, cuentos, poemarios, artículos de diarios y revistas, serán expuestos textualmente, y, al mismo tiempo, con una óptica objetiva, de los que el lector irá deduciendo conclusiones propias.

Ver y comprender trasunta una identificación con las vicisitudes por las que irían a atravesar esos seres: marginaciones, explotación, enfermedades, muerte de niños. Es que me estoy refiriendo al sentir de María González Rouco, que se traduce en un homenaje a los inmigrantes que no tiene precedentes, ya que ha indagado en los escritores más representativos de la literatura argentina y ha puesto en escena secuencias narrativas y poemas emocionantes alusivos a la inmigración. No nos olvidemos que muchos de estos escritores fueron inmigrantes y otros, descendientes, herederos de esa epopeya, testigos insoslayables. Ella ha compendiado una cantidad apreciable de obras –muchas olvidadas-, estructurando una investigación abarcante. Así, motivos, viajes, costumbres y comidas, las primeras actitudes de asombro por parte de esos seres que se habían lanzado a una extraordinaria aventura, se irán presentando con una escritura grácil y un vuelo periodístico que agiliza la lectura.

Otro mérito es el haber incorporado narradores recientes y a escritores de valía que están injustamente marginados de los circuitos comerciales de las editoriales de mayor marketing. La reproducción del Manual del inmigrante italiano –al referirse la autora al Hotel de Inmigrantes- es conmovedora.

Esta inserción excede los marcos de una investigación académica, precisa en la bibliografía y en los testimonios, va mucho más allá porque nos pone sobre el tapete cuestiones y problemáticas que ya traían esos inmigrantes, castigados en sus países de origen por las guerras y el hambre. Por esto, insisto en el tono de presencialidad que observan estas páginas. De ahí que el término que he acuñado –inserción- implica una visión tan objetiva como de sentido homenaje a esos inmigrantes, entregados por el destino a la "buena de Dios" en las tierras de América. La reactualización de datos y cronologías, la nueva puesta en escena de títulos de obras de ficción a lo largo de un siglo y medio, como el relevamiento de artículos y ensayos, nos indican a las claras que este trabajo de María González Rouco significará un más que valioso aporte sobre el cruce de las culturas en general, y sobre la Inmigración, epopeya única e indivisible por su grandeza, en especial. Una investigación que debe ponernos orgullosos por su agudeza crítica y por la generosidad en la entrega, rasgos que ya han caracterizado la trayectoria docente y periodística de la autora.

Sebastián Jorgi

Un poco de historia

"Desde el comienzo de la conquista europea de América, los italianos desempeñaron un papel fundamental. En nuestro suelo, desde el descubrimiento, hubo italianos en nuestra historia: Américo Vespucio, Antonio Pigafetta (nuestro primer geógrafo) y tantos más. Hubo italianos importantes en el virreinato (el explorador Mascardi, el Músico Zipoli, el arquitecto Bianchi). Durante el gobierno de Rivadavia llegaron artistas, técnicos y científicos; alrededor de 1840, los legionarios garibaldinos. Después de Caseros, hubo importantes italianos en la construcción del ferrocarril (Jacobacci, Pompeyo Moneta), en la realización de obras de riego (Cipolletti –en Mendoza, Neuquén y Río Negro) y en la industria (los frigoríficos de Antonio Devoto, las fábricas de embutidos de Fasoli y de lácteos de Magnasco fueron herederas de los saladeros de Rocca y de Berisso)".

"También después de Caseros, se inicia la emigración masiva de italianos –del norte, primero, del sur, después-. Nuestra Constitución, la ley de fomento de la emigración dictada por Avellaneda, el progreso incesante de nuestra república, el salario superior, la abundancia de campo fértil, la "magia" de América y el sueño de la "Argentina, tierra de promisión", fueron importantes razones para venir a nuestro suelo. (...) Italianos del norte y del sur. Agricultores, viñateros, fruticultores, labradores de la tierra y de un futuro mejor. Cultivaron el suelo, sirvieron a la patria y ampliaron nuestro patrimonio espiritual" (1).

"La avalancha migratoria procedente del sur de Europa constituyó sin dudas el mayor contingente humano ingresado en el país entre mediados del siglo XIX y la primera parte del XX; en este contexto, su aporte representó casi el ochenta por ciento del total de los inmigrantes arribados. Si bien los italianos ocuparon el primer lugar por cantidad e impacto en la economía, en la sociedad y en la cultura argentinas, no estaban solos en la aventura transatlántica" (2).

"En las primeras etapas de la inmigración predominaron los septentrionales: lígures, piamonteses y lombardos. Hacia fines del siglo XIX se suman en cantidades importantes los inmigrantes del sur: Calabria, Campania, Basilicata y Sicilia. (...) Los toscanos, que desde siempre se han sentido orgullosos de portar el italiano más pulido, la lengua del Dante, poblarán "el gallinero" en las noches de ópera italiana del Teatro Colón. Los dialectos meridionales de los "tanos" (napolitanos, calabreses, sicilianos) serán responsables del "cocoliche" e inquietarán a las autoridades, preocupadas por el destino de la lengua nacional. Su importancia numérica hará que todos los italianos sean adscriptos a la categoría "tano"; del mismo modo que a los españoles se los llamará unánimemente "gallegos", a todo aquel que venga del Imperio Otomano "turco" y actualmente, "bolita" designa a todo el que venga del área andina, sea boliviano, peruano, ecuatoriano, o simplemente jujeño. Este uso de rótulo sirve para homogeneizar la diversidad apabullante y de paso descalificar el "Otro" " (3).

"La misma denominación imprecisa de los grupos étnicos (rusos, turcos, napolitanos o, en general, gringos) era el indicador de un prejuicio que igualaba a individuos diversos, reuniéndolos en categorías vagas y sospechosas" (4).

Notas

Motivos

Algunas de las páginas que se escribieron sobre la inmigración nos muestran la idea de emigrar desde los instantes en los que surge. La vemos afirmándose, madurando en esas mentes en las que la desesperación es un sentimiento tristemente cotidiano. Porque –como dice Gustavo Cirigliano, en sus "Disquisiciones tangueras"- "Todo aquel que dejó su país, su patria de origen, de hecho –nos guste o no- fue abandonado o aún expulsado por ella, fue impelido a irse al no ser protegido ni retenido. Se lo echó, dicho sin vueltas" (1).

Guerras, persecuciones

La política aparece reiteradamente como motivo de emigración. Del fascismo y sus reiteradas golpizas huye el protagonista de El laúd y la guerra, libro de Martina Gusberti. Decidió emigrar "porque él, como vehemente socialista, fue apaleado varias veces por los camisas negras". El anciano narra qué había sucedido: "Sabían que era músico, director de una banda, y me buscaron para colaborar, pero yo me negué a tocar la marcha fascista y por eso me ligué unos buenos bastonazos, ¡brutte bestie! Me protegí la cabeza como pude, pero ésa es otra historia. Después, emigré a América" (2).

Syria Poletti evoca la guerra, por ejemplo, a través de los ojos de un personaje, en "Agua en la boca". La protagonista se encuentra con un hombre que sufre las secuelas de la contienda. Así lo describe: "Comenzaba ya a bajar cuando vi que por el sendero empinado trepaba oscilante Chero, el loco, borracho como siempre. Para él, la guerra era un permanente estado de alerta, porque en ella había perdido un brazo y encontrado todas las alucinaciones que todavía lo trastornaban. Y sólo en el vino encontraba un ruidoso olvido" (3).

En "Desarraigo", cuento de Ana María de Benedictis, el narrador, que piensa en emigrar de la agobiada Argentina del siglo XXI, se arrepiente, evocando una historia familiar vinculada con la guerra: "Recordó que una mañana muy temprano llegó una carta bordeada de una franja verde, blanca y roja; que la abrió su abuela materna y comenzó a secarse las lágrimas con el delantal; (...) esperaron en la vereda a su padre. (...) Su madre, Mariana, había muerto hacía ya quince días. El correo tardaba mucho y él hacía quince años que no la veía. Recordó el duelo a distancia y el dolor de tanta ausencia amontonada, de tantos besos perdidos y de tanta soledad impuesta por un país destruido por la guerra" (4).

Los recuerdos bélicos tienen que ver para el autor de La tierra incomparable, con la figura paterna. En un reportaje, Antonio Dal Masetto recuerda al italiano Narciso, un hombre valiente. De él dice: "era tremendamente trabajador, tremendamente amante de su familia y tremendamente testarudo. Durante la Segunda Guerra Mundial, él trabajaba en una fábrica. Su turno terminaba a medianoche. Había toque de queda desde las siete de la tarde, y muchos se quedaban a dormir en la fábrica, por temor. Mi padre volvía a casa. Su argumento era grande como una montaña. Decía: Yo quiero dormir en casa. Tengo una casa, y nadie me lo puede prohibir. Ni Hitler, ni Mussolini..." (5).

También escapa del fascismo el padre de Roberto Raschella. El escritor narra: "Mi padre vino varias veces desde la primera preguerra, hasta que, perseguido por el fascismo, se quedó aquí para siempre en 1925. Mi madre, después de muchas dificultades para poder salir de Italia, llegó en 1929" (6).

Debieron emigrar Julián Centeya (Amleto Vergiati) y su familia: "El 15 de septiembre de 1910 nació en Borgotaro, un pueblo de la provincia de Parma, Italia, Amleto Enrique Vergiati, hijo de un periodista del diario Avanti, cuyo jefe de Redacción era Benito Mussolini, el futuro "Duce". Diez años después, realizada ya la histórica marcha sobre Roma (1920), la represión sobre la izquierda se tornó violenta y obligó a muchos opositores al régimen a decidir su exilio. La familia Vergiati, integrada por Carlos, el padre, Amalia, la madre, y los tres hijos, dos mujeres y Amleto, no fue una excepción y viajó hacia la Argentina como casi la mayoría de los refugiados políticos de ese momento" (7). "Mi abuelo, un anárquico antifascista, había partido en 1926 por motivos políticos –comenta Laura Pariani, escritora italiana autora de Quando Dio ballava il tango. Estaba convencido de que el fascismo caería de un momento a otro y de que su estadía en la Argentina, fruto de la necesidad, habría de durar poco. Mi madre tenía menos de un año cuando él partió. La idea de mi abuelo era regresar, pero el fascismo no cayó. Fue así como, postergando cada año el regreso, mi abuelo construyó su nueva vida en la Argentina, donde vivió sus últimos cuarenta años" (8).

Huyendo del Mariscal Tito venían los Ranni, de Trieste. Cuenta Rodolfo: "viví muchos años con el recuerdo del rincón donde había dejado mis juguetes, cuando nos escapamos. Fue una fuga como en el cine: mi hermano y yo escondidos en el altillo de la casa de mi padrino, que era el cura del pueblo; mi mamá, en un carro tirado por caballos de un padrino de mi papá. Y como estaba por dar a luz a mi hermano, en la frontera inglesa la dejaron pasar..." (9").

Milán, 1947. Un personaje de La Crisálida, de Nisa Forti Glori, manifiesta: "Nosotros no somos emigrantes. Llevamos capital y brindaremos trabajo. No nos empuja la necesidad. Simplemente estamos hartos de esta miserable lucha de partidos. De gente que te escupe sólo porque desciendes del automóvil bajo el porch de La Scala". Responde otro: "También a mi madre le escupían los zapatos, después de la primera guerra mundial. Sólo porque estaban lustrados. Sólo porque llevaba sombrero. En el mercado le arrancaban los pollos de las manos. Sólo porque se veía que era una señóra…" (10).

"¿Perché non si puó rimanere dove si é nati?", se pregunta Irma Rizzuti, quien fuera presidente de la Asociación Calabresa, la Liga de Mujeres Calabresas y la Federación de Asociaciones Calabresas de la Argentina, y hoy es Agregada Cultural para la Articulación en Materia de Políticas de Promoción y Difusión Cultural de la Embajada de la República Argentina ante la República Italiana. Recuerda su infancia: "Serra Pedace, un piccolo paesello della Calabria, è stato il luogo incantevole dove ho trascorso i primi 7 anni della mia infanzia. Come tante paeselli d"Italia, le su strada sono strette e vi si può camminare solo a semicerchio, perché alle sue spalle c"è la montagna. La neve circondava sempre i nostri giochi, ed il focolare era il luogo dove noi fratelli litigavamo per ottenere il posto migliore per riscaldare i piedi e le mani. A cena, intorno al tavolo, le discussioni politiche erano appassionanti. Era tempo di guerra" (11).

La emigración aparece como una alternativa que otros italianos no aceptan, porque no pueden abandonar a sus muertos. En su novela La piel, Curzio Malaparte dice que los difuntos "no pueden pagarse un billete para América, son demasiado pobres. No sabrán jamás lo que es la riqueza, la felicidad, la libertad. Han vivido siempre en la esclavitud; han sufrido siempre el hambre y el miedo. Incluso muertos serán siempre esclavos, sufrirán hambre y miedo. Es su destino, Jimmy. Si supieses que Cristo yace entre ellos, entre estos pobres muertos, ¡Lo abandonarías?" (12).

Vino de Italia –donde había emigrado anteriormente- el abuelo de José Eduardo Abadi. El nieto relata: "El abuelo paterno era juez, en Siria, pero como tuvo que abandonar el país por razones políticas, se mudó a Milán con toda la familia. Al poco tiempo, llegó el fascismo y tuvieron que volver a emigrar... Así llegaron a la Argentina" (13).

Las vivencias de una italiana en esa época han quedado eternizadas en una obra: "La biografía de Lina Diodati de Curia resulta una oda a las pequeñas cosas de la vida; un elogio a lo cotidiano. En ella habla de las condiciones en las que ha tenido que vivir en tiempos de guerra, de su austeridad y de la satisfacción que encuentra en la contemplación de la naturaleza. Como símbolo innegable de una vida retirada y henchida de simpleza, el relato se detiene en los rostros de la guerra, las miradas del dolor, las caricias que al alma hacen los seres queridos y los hombres en general cuando se aman. Los huertos, de Italia y de Argentina, la creación divina en general, la modesta mesa familiar contrastan, así, con los conflictos bélicos, la vida basada en el lujo material y, fundamentalmente, con la codicia insaciable y las ansias de poder. Este canto a sus sueños, como ella lo traduce, habla también del dolor de Lina que brota como un torrente sin testigos, impetuoso, inexorable…" (14).

En América, los avatares de las contiendas se vivían con gran tristeza. Durante la primera guerra mundial, "En San Rafael, que contaba con una colectividad italiana bastante representativa, se produjeron escenas de verdadero patriotismo. Especialmente los italianos de la alta Italia, oriundos de zonas fronterizas, salieron a la calle portando banderas de su país y realizaron desfiles en los que iban cantando viejas canciones guerreras. (...) El gobierno de Italia lanzó una proclama solicitando la inmediata incorporación de todos aquellos compatriotas que quisieran presentarse como voluntarios, quienes deberían regresar a su país cuanto antes. Muchos fueron los que lo hicieron, sobre todo aquellos que ostentaban un grado importante como reservas del ejército italiano" (15).

Las privaciones pasadas en el país de origen durante la guerra marcan a quienes migraron. Una calabresa, llegada a la Argentina en 1933, acostumbra a sus nietos a aprovechar el alimento del que se puede disponer en la nueva tierra. Lo cuenta una nieta, Griselda García, en un poema: "mi abuela obligándonos a terminar el plato,/ haciendo bocaditos fritos con las sobras porque/ "ustedes por suerte no conocen lo que es la guerra, el hambre..." " (16).

Hacer la América

Muchos vinieron a "hacer la América". Hacia la Argentina parte un hombre; por amor al marido emigrado tiempo antes, la madre abandona a sus hijas, llevando al hijo varón, en el cuento "El tren de medianoche" de Syria Poletti. La escritora recuerda así este episodio: "En ese instante, momento en que mi madre me dejó para reunirse con mi padre en tierras de América, nacen el drama y la rebeldía, pero también la revelación de la soledad y su misterio. Fue como si de pronto se hubiesen abierto las compuertas de la vida adulta, y, al mismo tiempo, asomara la certeza de otro llamado. Al irse, mi madre respondía a un llamado ineludible. Yo también, con el tiempo, respondería a un llamado" (17).

Santo Oficio de la Memoria es la novela de Mempo Giardinelli que obtuvo en 1993 el Premio Rómulo Gallegos. En ella narra, por boca del hijo mayor, las circunstancias en las que Antonio Domeniconelle y parte de su familia tuvieron que emigrar: "Padre y madre vinieron de Italia porque allá éramos muy pobres. Muy pobres. Más pobres que toda la pobreza que hayas visto" (18). Veinticinco años después llegaron a la Argentina, per fare l"América, los abuelos abruzzeses de Eduardo Mignogna, escritor que mereció el Premio Emecé 1998/9 por La Fuga (19).

En un reportaje a Antonio Dal Masetto, se señala cuál fue la razón que lo trajo a América: "Después de la Segunda Guerra Mundial, la subsistencia se puso difícil en Italia y la familia emigró en 1950 a nuestro país" (20). En otro reportaje, se narra que "Narciso Dal Masetto llegó a la Argentina en 1948 desde Intra, un pueblo alpino italiano a los pies del lago Maggiore. Huía de los estragos de la guerra. Dos años después arribaron su mujer, doña María, y sus hijos, Rita y Antonio César" (21).

Los inmigrantes "Venían a sobrevivir –escribe Jorge Riestra-, a intentar vivir una vida mejor, a hacer fortuna, por qué no, algo les habían contado de la generosidad de estas tierras, de la abundancia que desbordaba en las manos de quienes la trabajaban. Cuando se les hablaba del Nuevo Mundo, ellos pensaban en un mundo nuevo. Lo que les esperaba era el Hotel de Inmigrantes y luego la ciudad, las ciudades, y en las ciudades la dispersión, el enigma de las calles y de la gente, qué comerían y dónde dormirían" (22).

En Italia fascinaban los relatos de quienes regresaban de América. Lo narra Edmondo D"Amicis, en La maestrita de los obreros. Al ir a dar su clase, la protagonista encuentra que "Faltaba esa noche más de una docena de alumnos. La maestra investigó las razones de la ausencia, y supo que habían ido, con muchos otros, a pasar la velada en un establo, donde un viejo aldeano, de vuelta de América, un espíritu jovial y extraño, había invitado a medio arrabal para relatarle la historia de sus aventuras" (23).

Nora Ayala relata: "El tío de Luigi había estado en América, donde había muchos italianos, todos ricos, por lo menos para el parámetro del paese y cuando volvía a Bagnasco entre un viaje y otro, encantaba a amigos y parientes con los relatos de esos mundos lejanos y maravillosos. La vida de los contadini era penosa y se trabajaba desde que salía el sol hasta que se ponía, de lunes a lunes, sin ninguna esperanza de cambio, solamente para comer" (24).

Parte de Italia el matrimonio Vairoleto con su primogénito, porque "en aquella región las posibilidades de prosperar eran muy escasas para los aldeanos pobres, y Vittorio concibió el proyecto de ir a América. Algunos emigrantes, incluso un cura que había estado en la parroquia de la villa, escribían enviando noticias favorables desde la Argentina, un país donde hacía falta mano de obra y eran bienvenidos los labriegos italianos para poblar las colonias agrícolas. Ilusionados por esas perspectivas, Vittorio y Teresa se dispusieron a marchar al nuevo continente con su bebé recién nacido" (25).

De la nueva tierra, en la que tanto ha prosperado, vuelve a Italia uno de los emigrantes, en Guido, novela de Andrés Rivera. El hombre afirma: ""Acá, nada más que mujeres... Soy un indiano que está de visita, y al que le gustan las mujeres intrépidas" (26).

Engaños

Para muchos, la vida en América no tenía que ver con cuanto habían soñado . En "La conquista de Buenos Aires", de Enrique Loncán, Cicerón vuelve a la vida en el siglo XX y emprende un viaje del que se arrepentirá amargamente. Estas palabras lo impulsaron a realizar la travesía: "más allá del Atlante existe una ciudad nueva, maravillosa, pletórica de esperanzas. Es la tierra prometida de los inmigrantes, la meta de los destinos fantásticos y las riquezas fabulosas. Se cuentan por millares los hijos del Lacio que en Buenos Aires hicieron fortuna... ¿Por qué no la harías tú también, Marco Tulio Cicerón, que llevas en tu sangre lo más puro de la raza latina y en tu mente todo el genio de la estirpe inmortal?" (27).

En El laúd y la guerra, Martina Gusberti evoca el engaño de que fueron víctima los italianos que fundaron Resistencia. La ciudad "fue fundada por un puñado de inmigrantes italianos que, remontando el Río Negro y traídos por empresas contratistas con el señuelo de poblar tierras fértiles y prósperas, hallaron en cambio terrenos ásperos, cubiertos por bosques salvajes plagados de mosquitos. Era el 2 de febrero de 1878, durante un verano abrasador. Se dice que los colonizadores estuvieron varios días en el barco sin querer aposentarse en esa tierra inhóspita. Luego, vencidos por la circunstancia, no tuvieron otra opción que desembarcar con sus familias" (28).

Juan Faccioli, pionero friulano, narra también un episodio relacionado con la colonización chaqueña: "Según Faccioli, al llegar al Hotel de Inmigrantes se enteraron de que estaban destinados al Territorio Nacional del Chaco, donde les darían tierras que estaban habitadas por aborígenes: algunos huyeron del Hotel de Inmigrantes, pero luego de vagar sin conseguir trabajo ni comida volvieron y aceptaron llegar a Reconquista y, desde allí, a una colonia que se formaría al otro lado del arroyo El Rey" (29).

Dramas personales

Hubo otros motivos que llevaron a quienes emigraron a tomar una decisión tan difícil. La protagonista del film Herencia, dirigido por Paula Hernández, "es una inmigrante italiana que llegó a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial. Aunque nunca pudo encontrar al hombre cuyos pasos seguía, decidió adoptar a Buenos Aires como su ciudad" (30).

Un amor imposible causa la emigración de un italiano: "El mismo día en que Enrico se hizo cargo de la sastrería, el único auto de la villa se detuvo enfrente. El chofer entró: "La hija del Patrón se va a casar con un doctor de Zóppola, como él ha dispuesto; y aquí te manda este dinero a cuenta del traje de novia que le vas a confeccionar". Enrico lo entregó y se embarcó. Para no ver jamás el mar viajó tierra adentro, hasta el centro de la Argentina; hasta su huerta, en medio de la manzana del medio del pueblo" (31).

***

Motivos no faltaron. Tristeza sobró a estos hombres y mujeres que, un día, debieron dejar su tierra y embarcarse hacia un país desconocido, en el que se establecieron y del que, quizás, nunca pudieron regresar.

Notas

El Viaje

Marcelo Bazán Lascano señala que la Ley Avellaneda, de 1876, proporciona la definición de inmigrante. Distingue "entre los inmigrantes "sensu stricto", o sea los que venían con pasaje de segunda o tercera clase por cuenta del gobierno u otras entidades, y los que entre el 25 de mayo de 1810 y el presente han arribado a nuestro territorio a su costa, como polizones o en cualquier otra forma clandestina o ilegal. Podría sostenerse, pues, que los segundos son, prima facie, definibles como inmigrantes "lato sensu", aunque hubieran venido en primera clase y aunque lo hubiesen hecho con bienes de fortuna y hasta con títulos nobiliarios" (1).

Se ha señalado la diferencia entre inmigrantes y refugiados: "El inmigrante toma una decisión y asume el riesgo, aunque tenga que poner en peligro su vida. El exiliado no tiene capacidad u oportunidad para decidir. Otra de las diferencias fundamentales es la experiencia vivida antes de la partida. Muchos llegan heridos, con mutilaciones, han sido testigos de la muerte de personas conocidas y familiares. Sufrieron violaciones sexuales, (...). Luego está el trauma del desarraigo, la pérdida del punto de referencia, la destrucción de todos los bienes".

Cuando se trata de un refugiado, por más que se esfuerce por sobreponerse, "El desarraigo golpea la salud hoy y para el resto de la vida. (...) En muchas ocasiones, el desplazado debe adaptarse a países con otro idioma, otra cultura, separado de sus seres queridos. No resulta extraño que sean frecuentes los intentos de suicidio, los conflictos conyugales, el retraimiento social, la sensación de peligro constante, la pérdida de creencias, las conductas agresivas... Un caso donde el desarraigo es especialmente doloroso es el de los ancianos, que desarrollan más cuadros depresivos que el resto. La falta de esperanza sirve para adelantar la muerte" (2).

Permiso para embarcar

Tomada la decisión, se emprende la travesía. Primero, por las oficinas que otorgan el permiso de embarque. No viajaba el que quería, sino el que conseguía la autorización imprescindible para embarcar. Giorgio Bortot escribe que a aquellos inmigrantes "se les exigió: 1) ser preferentemente europeo; 2) ser de sana y robusta constitución, exenta de enfermedades y malformaciones que alteren su capacidad laborativa presente o futura; 3) asegurar que no venían a practicar la mendicidad, y la mujer adulta, además, a ejercer la prostitución; 4) declarar su religión; 5) viajar en segunda o tercera clase; 6) residir en zonas determinadas; 7) al llegar, tomar otros recaudos para asegurar la defensa social". Y agrega: "pocos se enteraron de tales restricciones. (...) El que escribe fue traído de niño y debió acatar aquello" (3).

La enfermedad, la senectud, eran muchas veces objeto de discriminaciones que separaban a las madres de sus hijos, a los hermanos entre sí. Syria Poletti lo supo bien y lo narró en su novela Gente conmigo, que fue distinguida en 1961 con el Premio Internacional de Novela convocado por la Editorial Losada. En esa obra alude a las trabas que se imponían a los disminuidos físicos para salir del país. Recuerda Nora Candiani, la protagonista: "Paso tras paso, con su carga de trabajo y el agobio de apuntalar a una familia dispersa, Bertina consiguió arrancar el permiso de embarque. (...) Mi viaje a América se resolvió así en una suerte de contrabando: yo era como un producto deteriorado que debía pasar inadvertido, entremezclado con los productos destinados a la exportación: los emigrantes aptos. Yo era el polizón que logra trepar al barco. Luego, la piedad me admitiría. De todos modos, lo importante era viajar. La vida impone las leyes y la vida enseña las trampas. Sólo que las trampas arañan" (4).

Lo mismo sucedía con quienes deseaban salir de la Argentina. El italiano Gemesio desea establecerse con su familia en la península. Durante la revisación médica, el galeno señala: " "¡Esta criatura tiene fiebre! –y le sacó la gorrita, y cuando vio los granos exclamó: -¡Esta niña no puede viajar!". Y quedó Elenita, que sólo tenía tres años, en brazos de la abuela Irene, mientras el Principessa Mafalda se alejaba de la costa, los pañuelos se agitaban en el puerto y Christina, a través de las lágrimas veía empequeñecerse las figuras familiares. Por primera vez miró a su marido con rencor" (5).

La partida

En las páginas que leímos, encontramos la evocación de la travesía vista, no sólo como material literario, sino también como un momento de la vida propia o de los mayores que se desea reflejar, para dar testimonio y rendir homenaje a tantos seres que buscaron en otra tierra lo que en la suya no encontraban.

Una vez logrado el permiso de embarque, el inmigrante debe dirigirse al puerto. Un periodista, en la calle principal de Ottobiano, imagina a su abuelo: "un chico de doce años yéndose para siempre con su madre –escribe Miguel Frías. No sé lo que piensa en esa mañana de 1913 y ya no se lo puedo preguntar; tal vez, en el reencuentro con su padre, trabajador en las cosechas argentinas; tal vez, en la leña y las moras que debió robar para sobrevivir al invierno; tal vez, en la cocina del barco donde trabajará para cruzar el Atlántico" (6).

En Sobre héroes y tumbas, Ernesto Sábato evoca la partida desde la tierra de origen: " "Addio patre e matre,/ Addio sorelli e fratelli" Palabras que algún inmigrante-poeta habrá dicho al lado del viejo, en aquel momento en que el barco se alejaba por las costas de Reggio o de Paola, y en el que aquellos hombres y mujeres, con la vista puesta sobre las montañas de lo que en un tiempo fue la Magna Grecia, miraban más que con los ojos del cuerpo (débiles, precarios y finalmente incapaces) con los ojos del alma, esos ojos que siguen viendo aquellas montañas y aquellos castaños, a través de los mares y de los años" (7).

Agata, la protagonista de Oscuramente fuerte es la vida, recuerda, muchos años después, el día en que debió dejar su tierra, para reunirse con su marido: "Hasta último momento, yo seguía formulándome preguntas que no encontraban respuesta. Teníamos lo que habíamos querido siempre: la casa, el terreno, la posibilidad de trabajar. Habíamos defendido esas cosas, las habíamos mantenido durante esos años difíciles. Ahora, cuando aparentemente todo tendía a normalizarse, ¿por qué debíamos dejarlas? Me costaba imaginar un futuro que no estuviese ligado a esas paredes, esos árboles, esas montañas y esos ríos. Había algo en mí que se resistía, que no entendía. Sentía como si una voluntad ajena me hubiese tomado por sorpresa y me estuviese arrastrando a una aventura para la cual no estaba preparada. (...) Llevaba en la mano una bolsita de tela y la llené de tierra. Me acordé de mi abuelo abonando esa tierra, de mi padre punteando, sembrando hortalizas. (...) Entré en la casa, abrí una valija y guardé la bolsita con la tierra. Recorrí las habitaciones como había recorrido el terreno. Con el brazo extendido rocé las paredes, las puertas, las ventanas. Me senté en un rincón y me quedé ahí, sin moverme, hasta que fue la hora de despertar a Elsa y Guido" (8).

También alude a ese momento la calabresa Adelina C. Cela, en el poema "Madre Patria", imaginando el sentimiento de su tierra: "Tú clamabas por mí/ como una madre divina,/ con lágrimas derramadas/ en nostálgica partida" (9).

María D"Alessandro nació en San Vito Chietino. Llegó a la Argentina en 1952. Es Profesora y Licenciada en Geografía. Autora de Recuerdos de Cuentos Abruzzeses (2010) y Relatos en la Memoria de los Inmigrantes de Abruzzo (2013). Creó y administra el Foro Inmigración Abruzzesa. Ella dedica a su padre un poema que comienza con estas palabras: "Quisiera detenerme / Aunque sea un instante/ Ahí donde. por última vez/ tu mirada fue/ a la Estación y en lo alto/ al 'paese' (…).

El Dr. Bruno Pablo Zito escribió: "Hablar de mi desarraigo es hablar de una herida tan profunda como las aguas del Océano Atlántico que separan ambos continentes. Con el tiempo mengua el dolor pero no se cura. Es muy doloroso emprender el viaje hacia un mundo desconocido, dejando todo y sin saber si algún día se podrá regresar. Recuerdo con precisión el momento en que desde mi pueblo tomé el autobús para llegar al puerto de Génova. Lloré tanto como nunca lo había hecho" (10). A los inmigrantes "de alguna manera, los acompañaba la esperanza, aún teñida del dolor de dejar atrás pasado, historia, familia, amigos, afectos y recuerdos -escribe Silvia Fesquet. El dolor no era poco pero el equipaje** que cargaban –liviano, muy liviano- estaba amarrado con sueños, ilusiones y mucha esperanza: la de encontrar amparo o un destino mejor, la de volver y devolverse a esa tierra que, por razones distintas, ahora los expulsaba" (11).

Roberto Cossa, en El Sur y después, imagina el sentimiento de quienes van a tentar suerte en otra tierra: "Allá murió la infancia/ una caricia, una canción/ una plaza, una fragancia. / Los brazos viajaron, el corazón quedó./ Pero una estrella nos llama del sur./ Y un barco de esperanzas cruza el mar./ América, la tierra del sueño azul/. Es un vaso de vino, es un trozo de pan" (12).

El viaje

Los italianos que se embarcan en Génova en 1884, hacia el Río de la Plata, son evocados por Edmondo D"Amicis en su obra En el oceano. Acerca del escritor, dijo Griselda Gambaro: "El autor de Corazón recoge, sin embargo, sus mejores frutos en la crónica. En este fresco están todos los que vinieron a América, en su mayoría obreros y campesinos, cada uno con su sueño particular. Y el sueño –y el destrozo del sueño- empieza en el Galileo, como si el barco navegara en un mar de tierra y sus pasajeros, en los múltiples tipos y pasiones, representaran a la humanidad entera" (13).

Con su poema "Los Puertos", Alcira Antonia Cufré obtuvo el Primer Premio Internacional en La Comune di Molise a Pianisi, Italia, en noviembre de 2013. Ella escribió: "Olvidados barcos/ esperan regresar a Italia/ bajo lluvias o mañanas luminosas./ Nostálgicos/ con tantas cicatrices oxidadas/ sin ancla/ por las noches vagan/ buscando emigrantes./ Fantasmas nocturnos/ que un día partieron/ buscando bonanza (…) " (14).

Para Valentìn Bianchi "transcurrieron muchas noches de insomnio, acostado en la estrecha cucheta del camarote, mientras pensaba en su nuevo destino y en cual serìa la suerte que le depararìa. Las incomodidades del barco carguero en el que viajaba tambièn le producìan desazòn. Tenìa que sobreponerse a las penurias del viaje y a sus interminables noches, cuando, con frecuencia, solìa sentir a las ratas correteando por sobre su cama" (15). No faltaban pasajeros como el italiano Deyacobbi:, nacido en 1886, quien, a los dieciséis años, "se embarcó como polizón" (16).

El día 27 de junio de 1947 – relata Dino Carnio, nacido en Trieste en 1919 – a las 22 horas zarpaba el barco argentino "Mendoza" en su viaje inaugural, acondicionado con cuchetas en las bodegas, para llevar un contingente de emigrantes italianos a Buenos Aires, entre ellos estaba yo con 27 años, con poca ropa, y poco dinero, pero con un gran historial, la mayoría eramos sobrevivientes de la Segunda guerra mundial, que involuntariamente nos transformamos en estos famosos desconocidos, que aunque pobres enriquecen los paises donde emigran" (17).

A pesar de la tristeza, "La música y las danzas abundaban en el barco –escribe Scotti. Algunos tocaban el acordeón, otros la flauta, y por encima de la baraúnda, el violín diáfano de Padrazo" (18). Cuando embarcó en Génova, Valentín Bianchi "portaba la vieja valija de la familia y su inseparable mandolina en la espalda" (19). En el océano, "cuando vino con otros/ encerrado en la panza de un buque", aprendió el italiano del tango "La Violeta", de Nicolás Olivari, la "canzoneta de pago lejano" que cantaba en la taberna (20).

También se escuchaban narraciones. Ana Padovani dice: "mi abuelo me contaba que cuando vino en barco a la Argentina, los pasajeros de la primera clase bajaban a la bodega para oír los relatos de los inmigrantes de tercera clase" (21).

Muchos traían el manual que les ayudaría a manejarse en América: "los gobiernos preparaban manuales escritos por "doctores en viajes" y no necesariamente basados en experiencias. Eran redactados para orientar a los futuros colonos y contenían precisas instrucciones acerca de lo que sería el viaje, la llegada y la posterior vida en un país extraño. Cómo sacar un boleto, cómo conseguir empleo, cómo cuidarse de los estafadores. Aconsejaban no quedarse en Buenos Aires, ya que más lejos de los centros urbanos, tendrían mayores probabilidades de hacer fortuna. Y otras curiosidades, como por ejemplo, consejos acerca de los hábitos de nuestro país y de otros, como Italia" (22).