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La asertividad.



¿Cuántas veces te has sorprendido diciendo , cuando lo que quieres decir realmente es no? ¿Y al revés? Esta situación es mucho más habitual de lo que podemos imaginar en un primer momento.

Basta con hacer un simple ejercicio: detente un par de minutos a pensar y a enumerar las ocasiones en que has experimentado algo parecido en las últimas veinticuatro horas. Si te respondes con sinceridad, lo más probable es que no dejes de asombrarte.

Y esas respuestas equivocadas no se han producido porque seas una persona mentirosa, ni siquiera poco sincera. Es sólo una cuestión de costumbre. De mala costumbre. "no quiero ser pesado", "no quiero parecer descortés", "total ¿qué me cuesta?, "¿y si se enoja? "Para lo poco que le parece lo que yo opine…", "puedo quedar como tonto", "en boca cerrada no entran moscas"… Las anteriores son unas de las miles de excusas, en apariencia totalmente válidas, que podemos encontrar para justificarnos ante nosotros mismos y, ¡para qué decir!, delante de los demás. Pero lejos de ser efectivas, ellas son reacciones adversas, que se vuelven contra quien las toma, como un verdadero boomerang (De la Plaza 2012).

Lo habitual es que la persona no se dé cuenta de cómo esta actitud le está afectando en lo más profundo de su vida. Sensaciones de angustia, de impotencia, de rabia, de depresión, de inseguridad y de agresividad consigo mismas son el resultado de la acumulación de estas reacciones, que en psicología se conocen como falta de asertividad (De la Plaza 2012).

Tampoco se trata de pasar al polo opuesto. No faltan aquellos que, tratando de ocultar una gran timidez o por evitar que se aprovechen de ellos, reaccionan de manera totalmente contraria. Palabras cortantes, expresiones duras y hasta un alza en el tono de la voz a menudo reflejan una tremenda inseguridad, más que una personalidad fuerte y avasalladora (De la Plaza 2012).

En ambos casos, el resultado es el mismo: personas poco contentas con ellas mismas. Unas por no lograr decir lo que realmente quieren, y otras por sentirse aisladas y poco queridas.

Para alcanzar un equilibrio entre ambos extremos –sumisión y agresividad- lo más indicado es tratar de tener una conducta asertiva. En pocas palabras: acostumbrarnos a decir lo que sentimos y pensamos en el momento adecuado, con las palabras apropiadas y sin aprovecharnos de los demás (De la Plaza 2012).

Para algunos esto puede parecer demasiado obvio. Para otros demasiado complicados. Cualquiera sea tu posición la sugerencia es leer las páginas siguientes con atención y con la mayor sinceridad posible con lo que se guarda en esa verdadera caja de Pandora en que suelen esconderse, o refugiarse, los sentimientos. Al menos, hasta que se aprenda a descifrarlos como corresponde (De la Plaza 2012).

¿Por qué hacerlo? Simple. Para ser más felices; para mirarnos al espejo y mirara allí la imagen de una persona contenta, satisfecha consigo misma y segura. Una persona confiada en que lo que diga la conducirá por el camino de la congruencia interna y de la realización personal.

Un camino que, a la larga, da mucha más satisfacción que cualquier logro profesional o material, pues hablamos de alcanzar un alto grado de bienestar personal y disfrute de la vida. Y cuando realmente lo hacemos, ello se traduce en la existencia de individuos alegres, capaces de trasmitir esa sensación a sus más cercanos (De la Plaza 2012).

Entonces, podemos deducir que por esta vía también se contribuye a generar familias más armoniosas. Esto se relaciona directamente en el concepto de círculos virtuosos: gracias a la constante puesta en práctica de unos comportamientos, finalmente estos crean especies de cadenas o procesos evolutivos ascendentes que van desde lo positivo a lo más positivo, generando importantes gratificaciones para las personas. Ellas, al tener comportamientos asertivos, van creando de manera casi automática nuevos climas positivos en otras áreas y con otras personas. Los círculos virtuosos son lo opuesto a los círculos viciosos negativos, es decir, cuando el comportamiento de los individuos, y por lo tanto sus consecuencias, van progresivamente de mal en peor (De la Plaza 2012).

Lo ideal sería seguir ampliando el círculo virtuosos hasta llegar a tener amigos, compañeros de trabajo o de estudio más abiertos a la comunicación y, ¿por qué no?, a una sociedad más espontánea. Comprendemos la felicidad como un estado afectivo que podemos alcanzar los seres humanos que deseamos vivir en un mundo mejor, y estamos dispuestos a utilizar herramientas que nos permitan convivir, pero de una manera más sincera, directa y con menos miedo al qué dirán (De la Plaza 2012).

¿Qué es ser asertivo?

Lo primero es contestar lo básico: ¿qué se entiende por asertividad? Se puede partir diciendo:

La asertividad es un estilo de comunicación que permite expresar pensamientos, sentimiento y opiniones en el momento oportuno, de manera desenvuelta, sin experimentar nerviosismo, considerando los derechos de uno y de los demás.

En la práctica, esto supone el desarrollo de ciertas especialidades que todos tenemos, pero que no siempre cultivamos. Resumiéndolas, podemos decir que se trata de:

Surge, entonces, otra pregunta: ¿qué ganamos con estas actitudes? La respuesta es que obtenemos dos pilares fundamentales para el apropiado desarrollo de la personalidad; por un lado, incrementar el auto respeto y la satisfacción de hacer algo con la capacidad necesaria para aumentar la confianza y seguridad en uno mismo; por otro, mejorar las relaciones interpersonales, la aceptación y el respeto de los que nos rodean, en el sentido de que se reconoce nuestra capacidad de reafirmar los derechos individuales. Estos, a su vez, ayudan a aumentar la propia confianza y el posicionamiento frente a los demás (De la Plaza 2012).

Conducta péndulo: de la sumisión a la agresividad

Para comprender mejor lo que se entiende por una comunicación asertiva, abierta y desenvuelta, es preciso diferenciarla de la sumisión y de la agresividad. Ciertamente, una es muy distinta de la otra.

Pero también es cierto que, muchas veces, vamos de una a la otra, produciéndose aquello que se denomina conducta péndulo. Veamos como ocurre.

Las personas asertivas respetan sus derechos y los de los demás, mientras que las sumisas respetan los derechos de los demás, pero no los propios. El ejemplo más típico es: las personas que dicen cuando quieren decir no. Otra actitud que refleja sumisión es no saber cómo poner límites a propinados a los otros.

También podemos incluir en estos ejemplos situaciones como el evitar expresar críticas o explicitar puntos de vista diferentes, por temor o inhibición, o por no querer parecer conflictivos, peleadores o poco gratos. Estas son las personas sumisas que, irremediablemente, con el tiempo terminan siendo agresivas o explosivas; o, en su defecto, enferman su propio cuerpo.

Habitualmente, las personas sumisas son así porque en el fondo buscan aprobación y cariño. El problema es que el "recipiente" interno se va llenando y, finalmente, comienzan a funcionar como una verdadera "olla a presión" que, cuando menos lo esperamos, explota. Y entonces viene el destape, dejando la mayoría de las veces heridos en el camino y afectando severamente a la misma persona que explotó, que finalmente se siente muy mal con ella misma (De la Plaza 2012).

En síntesis, un individuo sumiso, sin darse cuenta, va guardando sensaciones de frustración por no haber podido expresar lo que quería. Así es como se va llenando de malestares e incomodidades consigo mismo, hasta que la presión interna pueda alcanzar tal nivel, que un estímulo –que en otras ocasiones no le habría afectado en lo más mínimo, como una simple mala cara o una momentánea falta de atención- le hace estallar estruendosamente (De la Plaza 2012).

Generalmente, este tipo de reacción impulsiva violenta al que la recibe y puede herir profundamente su autoestima. Un ejemplo que se ve a cada instante son las peleas de parejas, donde ciertos temas irresueltos se guardan por años, hasta que algo ínfimo desata una discusión en la cual uno de los dos, o ambos, vacían su contenido histórico acumulado: pena, rabia sentimientos de desilusión, despecho, menoscabo. Es el típico caso de como la sumisión Entendida como la acción de inhibir u ocultar contenidos durante años, para no pelear o para no ser desagradables) conduce a la agresividad o a la impulsividad extrema o hiriente (De la Plaza 2012).

Volviendo atrás: cuando decimos que la asertividad implica decir lo que se siente o se piensa en el momento y de la forma adecuada, precisamente se sostiene que esta conducta trata de evitar desenlaces como el descripto.

A veces, una discusión de la pareja se produce porque uno (o los dos) dice lo que piensa o que había callado por meses o tal vez por años. Tal vez esta explosión, con todos sus efectos negativos, no se habría producido si las cosas se hubieran hablado en el momento oportuno, a través del tiempo.

Hay que tener presente que la asertividad no está relacionada, necesariamente, con una comunicación del tipo "pensamiento hablado" o inmediato. Muchas veces, abstenerse es la conducta más adecuada en un determinado momento. Y esto es lo que ocurre cuando uno está seguro de que, independientemente de lo que se diga o se calle, nada cambiará; o de lo que se diga no será recibido de la mejor manera en el momento específico (puede que los ánimos estén muy encendidos y, por lo tanto, lo más probable es que nuestro mensaje rebote).

Ahora podemos referirnos a la llamada "conducta péndulo", que es la que se manifiesta en la mayoría de las personas:

La conducta péndulo está definida por el paso desde la sumisión a la agresividad, saltándose el término medio, que es la asertividad.

Un ejemplo cotidiano de este tipo de conducta se ve en nuestra sociedad cuando un individuo deja que lo atropellen en la fila en un supermercado, cuando no reclama ante compras insatisfactorias, cuando recibe tratos inadecuados en su lugar de trabajo y debe callar… Pero basta que esa persona, después de estas situaciones incomodas o humillantes, se suba al auto, para que su conducta se vuelva totalmente agresiva y violenta, transformándose así en un sujeto temerario para los demás. Tuvo así una oscilación pendular: de un extremo conductual a otro (De la Plaza 2012).

Sólo en algunos casos, la conducta péndulo puede ir en la dirección contraria: es decir, de la agresividad a la sumisión. Esto puede suceder por la repetición de sensaciones sociales que recibe una persona al comportarse agresivamente.

Profecías autocumplidas

Aparte de los problemas ya descritos que causa este tipo de actitud, hay que agregar que la persona sumisa está muy predispuesta a la depresión y al estrés. Se entiende este tipo de depresión como reactiva, es decir, que tiene explicación psicológica (no endógena) y, por lo tanto, es tratable, modificable y mejorable, ya que está relacionada con factores comprensibles, tales como pérdidas importantes, desvalorizaciones personales, baja atoestima, pobre concepto de sí mismo, que se arrastran a través de los años (De la Plaza 2012).

La depresión puede ir de leve a aguda. Comienza a manifestarse por una pérdida de confianza en sí mismo y, por ello, la autoimagen se deteriora. Vine entonces la desilusión del individuo consigo: empieza a no gustarse y va generando una serie de pensamientos del tipo "no me va a resultar", "no voy a poder", "soy aburrido", "no tengo chispa", "nunca seré entendido por los demás". Son las profecías autocumplidas. En síntesis, nada me resulta, o todo me sale mal, porque así lo definí con anterioridad. Es un hecho conocido: ningún atleta gana una competencia si parte convencido de que va a perder.

Es tal la fuerza e influencia de nuestro pensamiento en nuestra conducta, que muchas veces vamos pavimentando mentalmente el camino a seguir y definiendo de antemano las consecuencias de nuestros actos. En demasiadas ocasiones partimos predispuestos al fracaso. Lo bueno de todo esto es que también puede darse lo contrario: partir predispuestos al éxito.

Podemos estar seguros de que cualquier actividad impulsada por este sentimiento tendrá resultados positivos. Y si bien esto no nos asegura un éxito al cien por ciento, nos prepara desde el punto de vista motivacional para estar en las mejores condiciones de emprender las tareas que se nos presentan (De la Plaza 2012).

La asertividad tiene diferentes componentes y se expresa en diversas áreas: una persona puede funcionar bien en un ámbito de su personalidad, pero no en otro. Por ejemplo, alguien consigue desenvolverse muy bien en su trabajo, pero tiene una gran inhibición en su vida de pareja. El típico caso es cuando el hombre es una especie de rey intocado en su oficina, al que todos obedecen ciegamente, pero basta que llegue a su casa para que su comportamiento se vuelva tan sumiso que no sea capaz de defender sus puntos de vista frente a sus hijos o su mujer y acepte malos tratos, falta de respeto o respuestas sarcásticas, sin reaccionar. O Quizás otra persona manifieste contenidos adecuados, pero la forma en que los exprese sea inadecuada. Como también pueden ser que sus pensamientos existan algunos errores o distorsiones que le hagan reaccionar exageradamente con algunos temas.

Comenzaremos refiriéndonos a los pensamientos cogniciones, y la importancia que tiene en nuestras conductas o estados de ánimo. Las cogniciones las vamos almacenando en una especie de "caja negra" que existe en nuestra mente. Son el procesamiento interno de la información que tenemos las personas y pueden adoptar al menos algunas de estas modalidades: autoverbalizaciones, imágenes y olores (también sonidos y otros).

Esta cognición o tipo de pensamientos se van conjugando y, finalmente, por economía mental, se van conformando en esquemas mentales, instaurados firmemente y la mayoría de las veces sin ser cuestionados por quien los posee. Ellos pueden ayudarnos a ver y actuar en la vida de manera asertiva o, por el contrario, perjudicarnos y debilitar nuestra autoestima, haciendo que nos compartemos de manera sumisa o insegura (De la Plaza 2012).

Así es como nos topamos con las "profecías autocumplidas", las que están dadas por pensamientos o ideas irracionales que acompañan a todas las personas y pueden identificarse fácilmente por su gran cantidad de absoluticos semánticos, (frases que suenan como "verdades absolutas"). Por ejemplo: "Nunca puedo hacer bien nada", o "las personas siempre se aburren con migo". En general, son ideas tremendamente castigadoras y dañinas para con uno mismo, ya que se filtran silenciosamente en el pensamiento y no las cuestionamos.; esto conduce a un desenlace previsto, en el sentido negativo o inhibidor de la conducta (De la Plaza 2012).

Si cada vez que cometemos un error o nos equivocamos, nos decimos internamente "soy un/a tonto/a", poco a poco nos vamos creyendo personas menos aptas en relación con otras y, por sobre todo, generamos una vivencia interior de menoscabo o desvalorización personal.

Un ejemplo clásico es cuando se tiene que hacer una presentación frente a una audiencia, lo que significa un gran costo psicológico. Una posibilidad es tomar la situación diciéndose mentalmente: "Creo que me va a salir pésimo, que me voy a poner nervioso, todo el mundo se va a dar cuenta de que me faltaba información acerca del tema y voy a hacer el ridículo". Lo más probable es que pensamientos de este tipo se confirmen en la práctica, pues cuando uno se dice a sí mismo "esto me va a salir mal" y se lo repite muchas veces, se está pavimentando el camino para el fracaso y no para el éxito (De la Plaza 2012).

En síntesis, debido a una inseguridad personal nos formamos una mala opinión de nosotros mismos, la archivamos automáticamente y la seguimos incorporando a nuestra autoimagen como si fuera realidad. Este es también un sentimiento que se trasluce, y al final los demás llegan a percibir lo mismo y a perder la confianza en nosotros. Es sabido que las personas que se sienten atractivas, valiosas, inteligentes y simpáticas son percibidas, en general, de la misma manera por el resto, o por lo menos como individuos atractivos en su modo de ser, aun cuando algunas de estas "cualidades" no resistan un mínimo análisis.

Es fácil darse cuenta de que las profecías autocumplidas conducen a un círculo vicioso negativo, pues a mayor depresión, menores son los deseos de buscar soluciones. De esta manera es fácil llegar al extremo de estructurar una personalidad depresiva, que se puede gratificar como aquella que se fija solo en la mitad vacía del vaso.

Aparte de la sensación de desencanto con la vida, quien sufre de depresión puede fácilmente abandonarse con respecto a su cuerpo, dejarse engordar, descuidar su aspecto personal y refugiarse en una "rumiación", es decir, pensamientos recurrentes negativos que no permiten dejar libre la cabeza para otras ideas, lo cual conduce a desconfiar de sí mismo y a bajar la autoestima. Estos sentimientos se presentan obsesivamente, interfiriendo con la vida cotidiana constructiva de los individuos. Finalmente, las personas tienden a sumirse cada vez más en la amargura y el descontento (De la Plaza 2012).

Además de caer en este círculo vicioso que cada día entrega una peor imagen de uno mismo (tanto psicológica como físicamente), el afectado puede llegar a adicciones como el acohol, la droga o la comida en exceso. Esto se produce porque, como conducta compensatoria a su estado interior insatisfecho o frustrado, la persona busca en elementos externos los medios más rápidos que le permitan alcanzar algún grado de satisfacción a sus pesares. Y muchas de estas conductas nacen no por no decir lo que se piensa en el momento oportuno, por dejar de realizar actividades placenteras –pero que provocan vergüenza- o por postergarse indefinidamente (De la Plaza 2012).

Por ejemplo: ¿Te has dado cuenta que resulta más fácil decir las cosas cuando tenemos mucha rabia? Tanto la adrenalina de la rabia como los efectos del alcohol en el cerebro, hacen perder parte de la vergüenza y de la inhibición social. El problema es el gran costo que se puede pagar por esas reacciones, ya que generalmente herimos a las personas, y al final tampoco nos sentimos bien con nosotros mismos (también podemos transformarnos en adictos al alcohol u otras sustancias).

La depresión es como un túnel que se estrecha, y quien está en su interior no toma conciencia de lo que ocurre. A nivel del pensamiento se forman patrones irracionales, esquemas rígidos que no se compadecen con la realidad y la persona se limita a ciertas áreas de su desarrollo personal. Por ejemplo: "A mí nunca me resultan las cosas" o "No soy de las personas exitosas o con personalidad, como se dice"; o la repetida idea de que "Nunca voy a cambiar, haga lo que haga".

En este panorama, no hay que dejar de lado las llamadas depresiones larvadas o encubiertas. Estas afectan a quienes aparentan ser personas que asumen y toleran todo, pero si se escarba en su personalidad, pronto se descubren ideas irracionales, desesperanza y un gran sufrimiento psicológico que va por dentro, el cual se ha arrastrado seguramente por mucho tiempo (De la Plaza 2012).

En síntesis, la depresión por falta de asertividad se produce porque se ha acumulado mucho peso en la "mochila" que todos llevamos dentro y también por cargar con mochilas ajenas y autoabandonarse. Esta sobrecarga es un indicador de sumisión que el afectado no reconoce y sigue actuando como si la vida fuera así (De la Plaza 2012).

En este contexto, es habitual la aparición de las ideas irracionales: tipos de pensamientos que en una primera mirada parecen válidos, pero que al examinarlos con atención resultan poco realistas e injustos para con la persona que los experimenta, y que generalmente se trasforman en verdaderas hiper-exigencias y trabas en la relación con uno mismo y con los demás.

Este tipo de ideas puede combatirse con éxito. Para ello es necesario reestructurarse cognitivamente o, dicho de otra manera, cambiar los "chips psicológicos". Por ejemplo, si uno se encuentra sin gracia o aburrido, puede pedirle a alguien confiable (tercera persona o juez externo) que le diga cómo se comporta cunado está en un grupo. Lo más probable es que le conteste, una vez a solas, que se muestra muy callado. Con esta simple "comprobación empírica" es fácil cambiar su idea irracional de "aburrido" por la de "callado", además, mucho más factible de manejar y de cambiar (De la Plaza 2012).

Otro ejemplo: es más fácil darse cuenta de que, si se aprende a poner temas de conversación, muy pronto lo más probable es que las otras personas también participen y nos den más información naturalmente, y por lo tanto cada vez será más sencillo hablar con los demás. Con esto se rompe el mito de que uno es callado o aburrido. Así, para pasarlo mejor basta con pensar que depende de uno ser más participativo y conversador, sobre todo cuando se está en un grupo que recién conocemos.

El caso específico de las mujeres, cabe mencionar que dada la multiplicidad de roles que suelen asumir en la vida actual (mamá, esposa, trabajadora fuera de casa, con intensa vida social), con frecuencia ellas se transforman en personas autómatas, sometidas a la secuencia trabajo-casa-comida-arreglo-higiene-hijos. Muchas veces no hacen valer su derecho al descanso, a la diversión a alguna actividad de su interés. Es como si sintieran que no lo merecen, pues siempre hay un rol que asumir, el que se ha dejado de lado por los otros roles. Si este tipo de mujer se asocia a una pareja agresiva (no física, sino psicológicamente), el resultado es aún peor. Y lo más grave es que este modelo puede fácilmente reproducirse en los hijos, transformándose en una historia de nunca acabar. Ello no tiene que ver con la genética, sino con la imitación de modelos (De la Plaza 2012).

La mayoría de las veces somos lo que pensamos que debemos ser, o lo que hemos visto a través de nuestra familia de origen. Por ejemplo: muchas mujeres se sienten mal por el simple hecho de descansar un rato en su casa y, cuando llega la pareja o los hijos, se levantan como un resorte con el fin de "no parecer flojas" y cumplir con el mandato social de recibirlos de buena manera, haciendo y sirviendo la comida, aunque haya sido un día tremendamente agotador (De la Plaza 2012).

Imagen propia versus imagen social

No hay que ser genio para darse cuenta en que vivimos en una época altamente competitiva y estresante. Para contrarrestarlo. Es nuestra opción, como seres humanos, tratar de hacernos la vida más grata y congruente con lo que cada uno piensa, siente o valora. El punto es, ¿cómo podemos hacerlo?

En este contexto, la asertividad es una herramienta que permite ahorrar energías y optar por modelos propios en vez de foráneos, consiguiendo los grados de libertad que, como personas, todos por igual merecemos (De la Plaza 2012).

Para tener éxito en lo anterior, y con ello mejorar nuestra calidad de vida, es necesario modificar algunos esquemas mentales que la mayoría de quienes convivimos en una sociedad como la nuestra llevamos automáticamente en nuestro interior, sin detenernos a cuestionarlos. Estos esquemas o maneras de pensar nos conducen muchas veces al camino contrario de aquel al que queremos llegar.

Contribuyen a ello, nuevamente, los llamados esquemas cognitivos irracionales y estresores, que son aquellos que nos instan constantemente a ser competitivos, más exitosos, más rápidos, a tener más dinero o prestigio, mayor atractivo personal, más posgrados académicos, mejor físico, mejor estilo de vestirse, una casa más bonita, un auto más moderno (De la Plaza 2012).

Todos estos pensamientos-mandatos presionan internamente e inciden a que las personas se "introyecten" o autoimpongan una serie de tareas, actividades y conductas que deben cumplir para poder ser reconocidos y aceptados en la sociedad. De lo contrario se van sintiendo poco valiosas ante sus propios ojos y ante los de los demás (espejo social).

Es importante agregar que es legítimo ser socialmente competitivo, pero también es legítimo no serlo. Entonces, si jamás le vamos a hacer bien a todo el mundo o nunca seremos afines a todas las personas, ¿Por qué, mejor no intentar ser y estar a gusto con nuestro propio estilo, ya que de todas maneras, actuemos como actuemos, igual le caeremos mal a muchos, igual nos van a criticar, contradecir o, por último, no les vamos a importar?

Recordemos que cuando uno es valioso para quienes quiere, se refleja en los afectos y autoestima. Pero si no le gustamos a alguien a quienes apenas conocemos y que no está dentro de nuestro círculo afectivo cercano, ¿Qué importa? Nada. Es algo que no nos hace mejores ni perores. Sólo es la opinión de otras personas y es válido que la tenga, como también es válido que no nos modifique o altere, ni en un más mínimo grado, la visión que tenemos de nosotros mismos. Los otros no significativos no tienen por qué herirnos con su rechazo, ya que ellos no conforman nuestro mundo afectivo (De la Plaza 2012).

Si hay algo que falta en nuestra sociedad es prender a ser más amigo de uno mismo. Cuando un buen amigo o amiga se equivoca, ¿Qué decimos? Lo más probable es que sea lago del estilo "No te preocupes, no tiene importancia. Un error lo puede cometer cualquiera y sigues siendo una persona valiosa para mí". En cambio, si el mismo error lo cometemos nosotros, es seguro que nos reprochemos y nos diremos internamente algo como "¡Qué estúpido soy! No sirvo para nada. Ni siquiera puedo dejar de equivocarme". ¿Qué fundamental es aceptarse a uno mismo por lo que uno es? Pero, lógicamente, eso no significa que nos vayamos a dar todas las licencias que queramos como personas, o a sobrevalóranos y a considerarnos "lo máximo". Lo que podemos hacer es ser congruentes con nuestras visiones, valores, aspiraciones y gustos, siempre preocupándonos por no avasallar a los demás. Es decir, respetarse a uno y respetar al resto (De la Plaza 2012).

No es bueno tratarse mal o faltarse al respeto cuando uno comete un error. Ello, inevitablemente, disminuye el cuidado y la visión que tenemos hacia nosotros mismos (De la Plaza 2012).

Lamentablemente, lo que muchos solemos hacer es respetar a las personas, en desmedro del auto respeto. Esta actitud nos lleva, finalmente, a vivir comparándonos en todo momento con los otros. Si alguien es aprobado socialmente, sentimos que debemos seguir sus mismos entandares o modelos de comportamiento. Así, vivimos como creemos que debemos vivir y no como deseamos hacerlo, aunque nuestra opción sea muy diferente de la de los demás. Esto se aplica a diferentes áreas de nuestra vida: elegir una carrera, una pareja, un lugar de vacaciones, las actividades recreativas, los tipos de ropa, la educación de los hijos, el barrio. Muchas veces soñamos con tener un auto determinado sólo porque un amigo lo tiene y no porque necesitemos ese modelo o esa marca especial (De la Plaza 2012).

Son varios los peligros que enfrentamos al vivir según lo que piensan otros, sin duda el más serio es el pasar por alto nuestra propia vida y, cuando nos damos cuenta, ya es muy tarde. Ello, además de descubrir un día que, en lugar de hacer lo que en verdad nos interesaba, hemos estado aburridos, marcando el paso de otros y abandonándonos a nosotros mismos. En síntesis, hemos descubierto que hemos sido eslavos de la opinión ajena o del espejo social en el que nos reflejamos constantemente (De la Plaza 2012).

Un ejemplo social de este espejo es la moda: nos compramos ropa con determinadas características no porque nos guste o se acomode a nuestro estilo, sino porque es lo que se lleva en la temporada. En muchas ocasiones hemos oído confesiones como la siguiente: "Me compré unas botas blancas porque estaban de moda, y ahora no sé con qué combinarlas. Además, es verano y me da mucho calor".

Cerremos por un instante los ojos y recordemos cuantas veces hemos sido testigos cómo alguien compra determinada prenda que no le sienta bien o que le queda incómoda, aconsejado por el vendedor o un tercero. En este caso se produce en la persona la sensación de haber sido ingenua y de haber cometido un error de confiar en otro más que en ella misma (De la Plaza 2012).

¿Por qué tendemos a valorar más las opiniones ajenas que las propias? ¿Por qué nos dejamos llevar por los gustos de los demás? ¿Por qué confiar más en alguien que nos viene conociendo que en nosotros mismos? Así, podríamos seguir enumerando una serie de distorsiones e invalidaciones podríamos seguir experimentando en nuestra sociedad, como producto de la inseguridad personal.

Es importante darse cuenta de que todas las personas somos valiosas. Independientemente de lo que hayamos estudiado o incorporado como instrucción formal, tenemos el mismo derecho a expresar punto de vista y opiniones, así como también querernos y aceptarnos como somos (De la Plaza 2012).

Lo anterior vale, por ejemplo, para aquellas mujeres que por el solo hecho de no trabajar fuero de su casa no se sienten con el derecho de intervenir o aportar en conversaciones por "no estar en condiciones profesionales de hablar sobre un tema". Ese tipo de declaraciones, que he escuchado muchas veces de ellas, reflejan muy bien la visión que tienen de sí mismas. Por ejemplo, dicen "no tengo nada que aportar, puesto que mi vida se relaciona sólo con la casa", o "Prefiero escuchar, ya que no me siento con conocimiento sobre el tema para opinar", o "Lo mío no es algo importante, es sólo algo doméstico". Todo esto se resume en una frase típica: "Yo no hago nada. Sólo soy ama de casa".

Desde el punto de vista de la asertividad, la invitación es a dejar de pensar que únicamente las personas validadas socialmente son importantes. Porque la verdad es otra: todos somos importantes y únicos, y así como uno respeta a los demás, también debería respetarse a uno mismo, con sus características e historia de vida particulares (De la Plaza 2012).

Hay que aclarar que ser asertivo con uno mismo no significa no tomar en consideración las opiniones ajenas. Lo relevante es que, después de escuchar un juicio externo, uno lo coteje con lo que piensa y tome la decisión final. Es decir, podemos convertirnos en jueces de nuestro propio comportamiento. Claro que tenemos que estar dispuestos a ser responsables de las decisiones escogidas por nuestro propio arbitrio, independientemente de si las consecuencias son positivas o negativas.

Se puede aprender a vivir la vida según nuestros propios gustos y decisiones, y no por lo que dicten otros como "bien visto", educado y conforme al protocolo. Lo peor que nos puede pasar es que nos digan que somos diferentes. Y eso ¿Qué importa?

En gran medida, la calidad de vida o bienestar personal se da porque dejamos de ser parte del rebaño y perdemos el miedo a ser diferentes. Si nos diéramos más permiso para ser directos, sinceros, autónomos y libres internamente, ello redundaría en una calidad de vida más plena y, consecuentemente, mejor vivida o, mejor dicho, vivida y no imitada.

Bibliografía

 

 

Autor:

José Luis Villagrana Zúñiga.

Maestro en Economía de la Empresa por la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), Licenciado en Economía (UAZ), Original y? curioso por naturaleza.

Zacatecas, México. Agosto, 2017.

[1] Tomado del libro: la inteligencia asertiva, De la plaza Javiera.