La filosofía y su importancia en la educación (página 9)




La filosofía tiene como objeto propio el ente en cuanto ente. De la filosofía se puede esperar todo o desesperar de ella como un laberinto interminable y sin salida. Según Aristóteles, el objeto y el ámbito propio de la filosofía lo constituye el estudio científico del ente en cuanto ente.

El objetivo de la filosofía consiste en la investigación de un conjunto particular de fenómenos mediante un repertorio metodológico bien definido, con el fin de contribuir al avance del conocimiento humano. La filosofía estudia la posibilidad del conocimiento mismo, los presupuestos y los límites de conocimiento posible. La filosofía es la forma más general de investigación, cuyo objeto es la estructura fundamental del mundo. Es lo suprarracional, lo incomprensible, lo que se halla por encima de la razón o, por lo menos, en las fronteras de ella. Se ocupa del conocimiento, de los valores, del hombre y del lenguaje. Una de las más importantes funciones de la filosofía es la defensa del pensar genuino frente a la exaltación y el desvarío.

Otra de las tareas (entre muchas otras) es cuestionar nuestras creencias y tratar de sustituirlas por ideas argumentalmente sostenidas.

¿QUÉ HACE LA FILOSOFÍA?

La filosofía se ocupa de formular preguntas, porque la vida es fundamentalmente preguntas. En el acto de preguntar se esconde el verdadero sentido de la filosofía. El preguntar es el terreno propio de la vida entendida como acontecimiento; toda pregunta es por sí misma un proyecto, un lanzarse fuera de sí. En principio el hombre puede preguntar y cuestionarlo todo porque no hay nada de lo que no se pueda dudar y cuestionar. El horizonte del preguntar es infinito. Nunca hay término en el plano del conocimiento, del actuar, del dinamismo de la libertad. El hombre es el ser finito que coloca ante sí lo infinito, es el eterno viajero en un camino de enigmas, problemas y certidumbres puramente provisionales. El sólo sé que nada sé socrático, no sólo es el punto de partida de la filosofía, sino de la comprensión de la existencia, entendida como búsqueda y posibilidad de darse sentido.

La filosofía es un horizonte que se abre y que no es ajeno a quien se pregunta, pues en el preguntar, y en el preguntar por el ser, se evidencia la inmediatez de quien pregunta: el hombre. La pregunta no se da desde la distancia sino en el saberse inmerso en la cercanía con el ser. El preguntar coloca en cuestión lo aceptado en forma pasiva o sin discusión. Preguntar es el modo de saberse humano y, por tanto, distinto de cualquier otro ente. El que pregunta se halla de fondo metido en el interrogante. La verdad de las cosas es puesta en movimiento en el acto mismo del preguntar y el responder.

La filosofía nos plantea cómo contestar a las preguntas que la vida nos sugiere. ¿Cómo lograr entender mejor? ¿Cómo llegar a saber lo que se ignora? ¿Cómo saber qué es lo que se quiere saber? ¿Qué busco preguntando? ¿De dónde puede venir alguna respuesta más o menos válida? ¿Cómo se han obtenido los conocimientos? ¿Hasta qué punto estamos seguros de los conocimientos? ¿Cómo se pueden ampliar, mejorar o sustituirlos por otros más confiables?

Se pregunta desde lo que se sabe o se cree saber, porque parece insuficiente y dudoso. Nuestra facultad de pensar nos incita a plantear preguntas para las cuales nuestras respuestas se antojarán siempre insatisfactorias: ¿Por qué existo? ¿Por qué existe algo? ¿Por qué hay algo más bien que nada? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿En qué consiste vivir bien? ¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿Para dónde vamos?

La filosofía se bandea incómoda entre la apertura de interrogantes y la pretensión de haber hallado las respuestas. El que interroga es para sí un desconocido, un misterio al igual que la realidad entera. Esto suscita la admiración que es el comienzo del filosofar. Sólo el hombre se encuentra inmerso en la posibilidad y necesidad de interrogar.

Cuando se ha resuelto pensar por la vida tomándola en serio y asumiéndola en serio y asumiendo a conciencia lo que la existencia significa, surgen a cada paso una serie de inquietudes y de cuestionamientos que nos obligan a consultar a quienes ya han trajinado los mismos temas, y a repensar los hechos y las circunstancias que nos corresponde vivir. Es allí cuando surge la filosofía en nuestra ayuda, en un intento de darle un sentido lógico a nuestra experiencia existencial. Miles de preguntas surgen entonces: ¿De dónde vengo? ¿Para dónde voy? ¿Qué hago aquí? ¿Cuál es mi misión en esta vida? ¿Por qué las cosas de la vida son así? Y muchas preguntas más.

El filósofo tiene el derecho y el deber de preguntar siempre: ¿Por qué? Cada hombre debe aventurar sus propias preguntas y respuestas ya que si toma en serio su vida, ésta se le presenta como problema radical y abierto. Solamente quien se pregunte verdaderamente y trate de hallar una respuesta en sí y por sí misma penetra en el camino del filosofar, se convierte en filósofo; viviendo en sí mismo la filosofía, podrá saber qué es ella. El hombre vive haciéndose y haciendo preguntas a los demás.

El hombre es un animal que interroga. El animal humano, desde muy niño, se pone en marcha hacia adentro de las cosas preguntando, una y otra vez, qué son y por qué y para qué son. "No sólo es extraordinario aquello que pregunta sino el preguntar mismo", sostiene Heidegger. ¿Por qué pregunta el hombre? ¿Qué sentido tienen sus preguntas, qué implican, qué son? La problematicidad de la pregunta consiste en la necesidad de saber algo que ignoramos. El hombre mismo es interrogante abierto, y por lo mismo, un problema. "Todo preguntar es un buscar", dice Heidegger.

¿QUÉ PERMITE LA FILOSOFÍA?

La filosofía permite conocer qué son verdaderamente las cosas en sí mismas, la realidad que encierran. La filosofía tiene y cumple una función básica para el hombre y la vida, pues es la única forma de acceder lúcidamente a su problematicidad inherente. Sólo el filósofo aspira a conocer, pues sabe que no conoce y siente la necesidad de conocer. Ocupa un lugar intermedio entre la sabiduría y la ignorancia.

Como conocimiento, la filosofía ha pretendido ser una forma rigurosa del saber, una forma de adquirir certeza absoluta sobre el ser de las cosas y para ello se constituye al mismo tiempo en un saber crítico que desinstala la experiencia cotidiana y las apariencias a partir de la duda, del cuestionamiento de todo. El filósofo tiene de extraño y específico que se cuestiona aquello que a los demás les parece obvio.

El itinerario hacia la filosofía responde a tres dimensiones de nuestra propia vida: aceptando nuestra existencia como dato y como tarea, llegar a configurar una actitud crítica, personal que, desintalándonos de lo banal y cotidiano nos lleve al umbral de la pregunta fundamental que somos nosotros mismos; la problematicidad inherente al existir nos conduce a un conjunto básico de temas y problemas que abarcan la totalidad de nuestra experiencia y que exigen una toma de postura crítica y existencial en la búsqueda de la verdad; la criticidad radical del filosofar abarca la totalidad de lo existente, incluida la esfera de la sociedad y la cultura. Dimensión existencial, teórica y práctica de la filosofía.

La filosofía permite, además, abandonar la actitud natural, que consiste en la actitud acrítica, espontánea, inrreflexiva e ingenuamente despreocupada de la vida, en la que toman asiento los modos del lenguaje del creo, el se dice y el parece que. En la actitud natural el yo se mueve directamente hacia el mundo, alejándose de sí mismo. Este alejamiento equivale a una enajenación: el yo se pierde en el mundo, olvidándose de sí. Determinado por este olvido, el yo se interesa sólo por el mundo. Este interés determina el contenido de su saber; el cual no es más que un saber mundano. Además, lo sabido en este saber, lo mundano, adquiere el rango de lo que es en verdad. El mundo se convierte así en el modelo de todo ser. Por ello, cuando en esta actitud se avista de algún modo al yo, se lo concibe como una cosa, como algo perteneciente al mundo. De manera que su modo de ser propio queda oculto, ya sea porque la atención no se dirige a él o porque una interpretación mundana lo deforma.

La filosofía permite al hombre conseguir una unidad psíquica de vida mediante la conexión de conocimientos, valoraciones y fines. Esta conexión natural de operaciones instintivas es elevada a conciencia y dotada de una lógica coherente. De este modo la filosofía libera al hombre de los prejuicios, de las afecciones instintivas, de las creencias tradicionales infundadas e incluso de muchas barreras impuestas por lo desconocido.

En el mundo de la actitud natural se prescinde de toda argumentación y verificación, las que se sustituyen de modo arbitrario por el lenguaje de los juicios de valor, las fraseologías, los juegos de sombra y las opiniones preconcebidas. En una palabra, es el mundo de los intereses particulares y pasajeros, de las acciones aisladas, en las que se gestan las decisiones rápidas y las protestas infundadas o circunstanciales. El hombre en su actitud natural se deja guiar por opiniones recibidas desde fuera sobre lo bueno y lo malo, lo bello y lo feo, lo útil y lo inútil. Aquí el sujeto es enteramente pasivo; no hace más que tomar ciegamente lo que se le ofrece como válido. Por esto carece de claridad sobre los motivos de su obrar, pues dichas opiniones están rodeadas de oscuridades que no lo inquietan. El hombre de la actitud natural vive, por decirlo así, en la irreflexión. La superación se produce en la reflexión, en la vuelta sobre sí mismo, en la cual arriba a la subjetividad.

La actitud natural se caracteriza por su ingenuidad. En ella estamos en relación con las cosas representando, juzgando, queriendo y sintiendo, y lo representando, juzgado, queriendo y sintiendo, y lo representado, juzgado, querido o sentido se pone ingenuamente como existiendo. Pero esta ingenuidad entra en crisis cuando se constata que continuamente somos víctimas de engaños, ilusiones, alucinaciones, en fin, que el mundo de la actitud natural está en flujo incesante. El mundo en el que, sumergido en la experiencia directa de los hechos, olvido mirarme a mí mismo y pierdo la capacidad de comprender mi propia realidad circundante, de descubrir el sentido de aquellas conexiones y relaciones que son propias de todo lo que se manifiesta o de las motivaciones que determinan el comportamiento de nuestros semejantes, motivaciones en las que se fundan a su vez las discordancias personales que son propias de toda praxis interhumana. En el mundo de la actitud natural en el que pierdo la capacidad de asumir críticamente lo que por sí mismo le da sentido al mundo: la experiencia de dar razón de toda toma de posición autónoma y responsable.

¿PARA QUÉ SIRVE LA FILOSOFÍA?

La utilidad de la filosofía sólo es posible vislumbrarla en la medida en que el hombre cuestiona y pregunta radicalmente por su vida y la realidad entera. La filosofía solamente se revela como necesaria cuando desde lo más profundo nos preguntamos por el sentido y el significado de la existencia, cuando queremos tener una visión omnicomprensiva de las cosas, de la historia, de la realidad entera. La principal ocupación de la filosofía es cuestionar y aclarar algunas ideas muy comunes que todos nosotros usamos cada día sin pensar sobre ellas.

La filosofía sirve para encontrar los marcos teóricos y los esquemas conceptuales que nos permiten hacer inteligibles las diversas prácticas en sí mismas, en sus orígenes, y en sus resultados para unificarlas en totalidades dotadas de coherencia lógica.

Es una herramienta importantísima en la búsqueda de respuestas a la compleja problemática en que nos movemos en la vida. El mundo problemático es el campo en el cual se mueve la filosofía. La filosofía sólo se pone en movimiento cuando en el horizonte humano surgen los problemas.

La filosofía facilita la búsqueda de la verdad, de la sabiduría, porque en el hombre existe un afán de saber. Saber y comprender es una de sus necesidades superiores. El hombre aspira a saber y no se da por satisfecho con el saber natural, sino que se siente acosado por preguntas que lo impulsan hacia un saber fundado y del cual pueda hacerse responsable.

La utilidad de la filosofía aparece para el que ha accedido a su ámbito como un conjunto de posibilidades que sólo él entiende, en la medida que el filosofar genera una dinámica que llega a afectar la raíz y la sustancia misma de la existencia. La filosofía muchas veces modifica nuestros puntos de vista en la medida que nos introduce en una forma crítica y sistemática de pensar. La filosofía como sabiduría quiere orientarnos acerca de lo fundamental de la vida, de aquellos valores que no solamente lo hacen saber más sino que lo puede hacer mejor.

La filosofía puede libertarnos de la tiranía del prejuicio y de las aberraciones derivadas de estrechas miras. La filosofía responde a una inquietud o tendencia (amor) característica del hombre, que lo lleva siempre de nuevo a preguntarse qué son las cosas en sus fundamentos mismos. Filosofando se va haciendo el hombre cada vez más libre. Nos permite hacernos cargo de nuestra situación (toma de conciencia); cargar la situación (encarnación), y encargarnos de cambiarla (compromiso). Sirve porque sólo el hombre, mediante la reflexión, puede autoformarse; porque su espíritu lo puede conducir a la liberación, a romper sus cadenas.

La filosofía ha sido también requerida por su función crítica como útil en el esfuerzo por señalar siempre las situaciones que ahogan la vida humana o cuando el hombre está sometido a múltiples peligros que lo alienan de muchos modos. La filosofía no salva a nadie ni al propio filósofo, pues su destino y su horizonte es como el hombre mismo, un viajero incansable que buscándose a sí mismo en un laberinto interminable de preguntas y respuestas no tiene cómo hallar reposo en una meta absoluta y definitiva. La filosofía es un esfuerzo útil para captar la verdad pensando.

La filosofía no brinda soluciones sino respuestas, las cuales no anulan las preguntas pero nos permiten convivir racionalmente con ellas aunque sigamos planteándonoslas una y otra vez: por muchas respuestas filosóficas que conozcamos a la pregunta que inquiere sobre qué es la justicia o qué es el tiempo, nunca dejaremos de preguntarnos por el tiempo o por la justicia ni descartaremos como ociosas o superadas las respuestas dadas a esas cuestiones por filósofos anteriores. Las respuestas filosóficas no solucionan las preguntas de lo real sino que más bien cultivan la pregunta, resaltan lo esencial de ese preguntar y nos ayudan a seguir preguntándonos, a preguntar cada vez mejor, a humanizarnos en la convivencia perpetua con la interrogación. Porque ¿qué es el hombre sino el animal que pregunta y que seguirá preguntando más allá de cualquier respuesta imaginable?

La filosofía tiene dos utilidades fundamentales: nos procura la libertad y nos permite desarrollar el sentido crítico. Aunque la filosofía es una contemplación de los seres y no es un medio para algún fin práctico, sin embargo, ella es muy útil, porque nos hace más libres y más hombres, pues nos libera de la esclavitud de la técnica y nos lleva a reflexionar. Que la vida sea un camino que haya que volver a andar y trasegar en forma personal, es el mejor símbolo de entender el filosofar como autoexperiencia del preguntar radical, del cuestionar, del buscar, de asumir la vocación de pensar por fin por uno mismo para llegar a ser sí mismo.

La filosofía nos da amplitud de miras en esta época de cientificismos especializados, en cierto modo indispensable hoy, pero que nos pueden dejar una mirada miope y aun incompleta de la vida.

Solamente la filosofía, el amor desinteresado a la sabiduría misma, será la que venga a liberar al hombre. A través de su sentido crítico el hombre amplía su visión en el horizonte de posibilidades. Sólo quien logra distanciarse un poco de su mundo por medio de una reflexión profunda es capaz de juzgarlo. Y es la filosofía la que da al hombre esta independencia con respecto a su propio mundo-ambiente.

La filosofía hace de la persona tema de sus reflexiones: cómo el hombre se va haciendo persona a lo largo de su vida. Por donde quiera que se mire, se descubre el tema de la persona como uno de los problemas capitales del pensamiento actual. Una de las funciones más importantes de la filosofía es la defensa del pensar genuino frente a la exaltación y el desvarío.

La filosofía nos permite revisar los conocimientos, compararlos con otros saberes, someterlos a un examen crítico, debatirlos con otras personas que puedan ayudarnos a entender mejor. Sirve para buscar argumentos para asumirlos o refutarlos.

En principio era la ciencia que trataba de la esencia, propiedades y efectos de las cosas naturales. Luego, su ámbito se fue reduciendo, a medida que los diversos saberes que la componían se fueron independizando. Hoy estudia y formula distintas teorías sobre la realidad, el pensamiento y la acción humana. Hace énfasis en el estudio de todas aquellas verdades y principios que son el fundamento del conocimiento. Además, profundiza en las razones esenciales del saber, concentrándose en los principales representantes de su pensamiento y en la evolución de las distintas escuelas.

La filosofía permite entender las grandes dimensiones de la libertad del hombre para liberarlo de las ataduras que lo esclavizan, porque el hombre actual no vive su vida en su nivel personal, se ha dejado alienar; se ha comprometido con la impostura, se encuentra desarraigado, perdido en el anonimato. El hombre de hoy se siente más comprometido con la impostura que con la misma verdad. El hombre está cada día sumergiéndose en la angustia y el descontento; rodeado de tensiones externas, es más que nunca convulsionado por las tensiones de adentro; es la lucha permanente entre el "querer ser" y el "tener que ser". El "querer ser" se ha cambiado por el "tener que ser" y este imperativo le ha robado al hombre su verdad; así los ideales en lugar de producir superhombres, han producido caricaturas.

Vivir y hacer vivir el bien, enseñar y aprender la vía que conduce al remedio y al consuelo, son los móviles fundamentales de la filosofía.

La filosofía abre al hombre el horizonte infinito de la vida espiritual, de la aventura del pensamiento que lo ensancha en sus miras e intereses, no porque lo aparte de este mundo sino porque su forma de mirarlo y asumirlo es diferente.

La utilidad de la filosofía pudiera sintetizarse diciendo que perfecciona la razón enseñando a pensar rectamente; imparte claridad a las ideas, distinguiendo lo esencial de lo accidental; vertebra la inteligencia con el conocimiento de lo universal; fundamenta la ciencia; ejerce influjo en las operaciones y costumbres humanas en lo individual y en lo social.

La filosofía nos permite desarrollar nuevos estilos de cuestionamiento y de comportamiento; nos sirve para fomentar, en actitud filosófico-reflexiva los auténticos valores de la razón, esto es, la emancipación, la argumentación, el sentido de la palabra dicha, intercambiada, aceptada, y la crítica responsable para encontrar modos posibles de unificación de las discordancias intersubjetivas.

La filosofía enseña a pensar, nos dota de los rudimentos necesarios para la argumentación diaria, nos permite afrontar la vida con la necesaria distancia. Sirve para pensar mejor. La educación humanística no es sólo una educación en el saber sino en el saber ser y estar. Una de las mayores satisfacciones es enterarse de lo que ocurre y comprenderlo. La filosofía no puede enseñar a dónde nos dirigimos sino a vivir en la condición de quien se dirige a ninguna parte. Vivir sin filosofía equivale a permanecer extraviado entre los quehaceres cotidianos. Está íntimamente emparentada con los dilemas de la vida por múltiples vías: deshace la ambigüedad de los problemas y ayuda a tomar decisiones; analiza y aclara las ideas complejas de la ética, la política, la ciencia. Se dedica a buscar posibles explicaciones de cuestiones abstractas como lo válido, lo justo o lo injusto, lo cierto y lo falso y plantea preguntas olvidadas por la sociedad y útiles para su desarrollo. El filósofo tiene la misión de enseñar al pez a salirse de su red. Es una guía desde el desorden al orden, desde el mundo de las apariencias al mundo de la verdad.

Platón ve en la filosofía la tabla de salvación, porque ofrece la solución a los problemas más candentes de la sociedad humana.

¿DE DÓNDE SURGE LA FILOSOFÍA?

La filosofía surge del afán del hombre por conocer su realidad, el entorno en el que él ha de actuar; por el afán de situar, ordenar este entorno para actuar racionalmente dentro de él. Conociéndolo podrá enfrentar los problemas que le plantea el mismo. Esto es razonar, tomar conciencia de lo que le es extraño y por ello objeto de tal conocimiento. Dentro del entorno están, entre otras cosas los otros, sus semejantes, en cuyo trato ha obtenido ese instrumento de comprensión; la razón, en su doble y original sentido, tal como lo interpretaron los filósofos en los inicios del filosofar. El logos, como razón y como palabra, como capacidad de comprender lo extremo pero también para comunicarlo a otros y entenderse con ellos. Los otros en cuyo trato ha obtenido la palabra, el conjunto de significaciones, que le permitan no sólo comprender sino convivir en el mundo y convivir con sus semejantes. De este afán, por comprender y hacerse comprender, comprender y comunicar, surge la filosofía.

¿QUÉ ES FILOSOFAR?

Filosofar es aprender a vivir y aprender a morir. La filosofía trata de qué significa vivir y cómo vivir mejor. Filosofar es aprender a vivir y prepararse para morir. Sirve para cuestionar nuestras creencias y tratar de sustituirlas por ideas argumentalmente sostenidas. Filosofar es acceder al único modo de existencia auténtica; en cuanto ella misma, como modo de ser del hombre, es la puesta en cuestión de éste como problema, como interrogante que emerge y se distancia, de lo banal, de lo mecánico, de la superficialidad que no se atreve a afrontar la realidad como problemática. El filósofo se maravilla ante la plasticidad y la belleza del lenguaje, mientras que el común de los mortales, no percibe en ella más que su valor de uso.

Filosofar es pensar con seriedad, y en el pensar serio se patentiza la existencia. Un hombre que piensa seriamente no deja que sus ideas y conceptos floten libremente ante él, sino que los endereza rigurosamente a un fin. El filósofo es un hombre que duda racionalmente. El que duda con sentido crítico es un sabio.

Filosofar es primero y primariamente el proceso de colocar en cuestión la existencia, entrando en un gradual y radical problematización que lo involucra todo. Filosofar es acceder a una existencia auténtica que, distanciándose del entorno de lo cotidiano, se toma por fin en serio en un empeño de radicalidad y de búsqueda incesante de la verdad. Es suscitar una serie de preguntas a las cuales es fácil entrar pero dentro de un complejo laberinto en donde el hombre mismo no sabe de antemano si hay respuestas claras y absolutas. La filosofía es el hombre mismo como viajero de la vida, como eterno problematizador que todo lo desinstala y todo lo cuestiona. Saber simplemente cosas, datos y doctrinas sin este empeño de base, es hacer de la filosofía un inventario estéril que tarde o temprano revelará sus angustiosos límites.

¿ES DIFÍCIL FILOSOFAR?

La respuesta es muy relativa. Para muchos es difícil y para otros no. Sin embargo, la complejidad de la filosofía no reside en el tema que trata sino en nuestra dificultad de comprensión. El carácter problemático de la existencia humana y de la realidad en general constituyen el suelo, la base de cualquier filosofía y punto de partida radical de un pensamiento crítico que desinstala y rompe el marco rutinario de la vida cotidiana. En la medida en que el hombre se contente sólo con vivir y ocuparse de los asuntos prácticos y no se dé cuenta de su propia existencia, que es de por sí un problema, al igual que la totalidad de lo existente, no podrá entender que es la vida misma la que suscita la filosofía y que ésta es la dimensión auténtica de un vivir que no se deja simplemente vivir. Tal como razona José de Ingenieros en si libro El Hombre Mediocre, quienes viven en la rutina razonan con la lógica de los demás. Reducidos a vanas sombras, viven del juicio ajeno; se ignoran a sí mismos, limitándose a creerse como los creen los demás.

Filosofar es entrar en contacto con los problemas más acuciantes y radicales que constituyen ya una tradición, un patrimonio expresado en la historia de la filosofía pero que necesita siempre una reinterpretación continua, una forma personal de preguntar y responder. El punto eje, la referencia básica originante de todo filosofar es siempre la realidad, el hombre, su destino. El punto de partida es la conciencia de que nada que sea humano es ajeno a la filosofía y, aún más, de que ésta es el hombre mismo en cuanto se plantea el problema de sí mismo, el fundamento de su ser y de la realidad en cuanto tal. La realidad misma es el punto originario, originante y terminal de todo filosofar auténtico. Pero claro está, de una realidad pensada en forma crítica y en forma personal, pues la filosofía no es simplemente un conjunto de tesis incoherentes sobre la realidad, sino que es a su vez una forma especial de tematizar la propia experiencia personal y la experiencia en cuanto tal, tanto de la vida cotidiana, como la que se abre a las perspectivas de las ciencias particulares.

No es de maravillar que las opiniones difieran tanto en filosofía. Santo Tomás decía que sólo muy pocos hombres, tras largo tiempo y no sin mezcla de errores, son capaces de resolver las cuestiones fundamentales de la filosofía. Pero el hombre está, quiera o no quiera, destinado a la filosofía. A pesar de su dificultad o de su facilidad, la filosofía es una de las bellas y nobles cosas que puede haber en la vida. El que una vez se haya entrado en contacto con el auténtico filósofo, se sentirá siempre atraído por él.

La disposición a filosofar consiste en decidirse a tratar a los demás como si fueran también filósofos: ofreciéndoles razones, escuchando las suyas y construyendo la verdad, siempre en tela de juicio, a partir del encuentro entre unas y otras.

¿CÓMO SE FILOSOFA?

Se filosofa reflexionando, esto es, volviendo sobre sí mismo para considerar las causas o razones de la realidad; para buscar lo que hoy se llama condiciones de posibilidad de la experiencia: lo que hace posible un dato u objeto de la experiencia y la experiencia misma.

Cuando el hombre se pregunta por los fines y deja de hundirse en la objetividad de los mecanismos y las leyes naturales, cuando se cuestiona por el sentido de todo y supera la explicación para alcanzar la comprensión, está haciendo filosofía. El filósofo se pregunta por qué todo lo que es tiene un sentido.

¿CUÁL ES EL PUNTO DE PARTIDA DE LA FILOSOFÍA?

El punto de partida de la filosofía es el hombre mismo. Es el hombre quien en cada momento está preocupado por lo que le pueda acaecer en el próximo instante y en un futuro más lejano aún. La filosofía trata de la totalidad de las cosas; de la referencia del hombre a la totalidad de las cosas. La filosofía es una ciencia que se distingue de todas las demás por la amplitud del campo que investiga, porque su objeto no está de ninguna manera restringido, puesto que considera toda la realidad.

El carácter siempre problemático y abierto del hombre y la realidad constituyen el suelo nútrico y la fuente permanente del filosofar que desde la admiración o la vivencia de las situaciones límites, hacen de la filosofía la más genuina de las actividades humanas: la filosofía es la medida de lo humano, es el hombre mismo puesto en cuestión y con él toda la realidad. Es la aventura de atreverse a preguntar con profundidad, originalidad y radicalidad.

¿QUÉ HACE EL FILÓSOFO?

El filósofo piensa reflexivamente sobre cualquier objeto en general. Trata de esclarecer la realidad. Busca el fundamento esencial de todas las cosas, el sentido de la existencia y el valor político y social del hombre. La filosofía la hace el hombre, y a través de ella intenta expresar críticamente la realidad como totalidad.

La filosofía quiere dar respuestas a muchas preguntas sobre sí mismo, sobre los demás, sobre el mundo, sobre los seres vivos o inaminados, sobre cómo vivir mejor. El filósofo trata de explicar la realidad por sus causas primeras dentro del orden natural, siendo por eso su conocimiento hijo de la reflexión fundamental y sistemática. Busca, por lo tanto, establecer las causas iniciales, elaborando por medio de esa reflexión un sistema que comprenda explicar fragmentariamente la realidad, que nos diga por qué ha pasado todo.

Queda fácil al filósofo en su soledad despertar la conciencia de responsabilidad, cuando la opinión pública, de mano de los medios, se ha ido acostumbrando a la corrupción por parte de los dirigentes, a la intolerancia y a la violencia por parte de los poderosos, a las violaciones de los derechos humanos por parte de quienes tienen el poder de las armas, a la indiferencia del Estado y de los poderosos frente a la injusticia, y el autoritarismo de quienes dicen tener responsabilidades públicas. Una de las misiones principales del filósofo es la de advertir a la gente que no saque conclusiones precipitadas.

Al intelectual comprometido le corresponde entregarse a la defensa de la auténtica democracia, que sea escenario propicio para respetar y exigir el respeto de los derechos humanos. Cuánto fundamento le asistía a Guillermo Hegel cuando afirmaba que la lucha por los derechos humanos era la trama esencial de la historia. Según Reynaldo Suárez Díaz, el argumento político fundamentales es el de los derechos humanos. El Estado justifica su existencia en el hecho de respetar, hacer posible y defender tales derechos. El Estado existe para hacer posible que el hombre llegue a realizarse como hombre dentro de la naturaleza y del grupo social. Un Estado que no lo haga no tiene razón de ser y debe ser reemplazado por otro. Un Estado debe respetar, hacer posible y defender los derechos humanos, los cuales se caracterizan por ser necesarios, universales, inalienables, limitados, inviolables, y son anteriores al derecho y a la ley.

La labor intelectual del filósofo no se suscribe de manera fácil en las coordenadas convencionales para la creación y desarrollo de un trabajo intelectual en nuestro entorno. La responsabilidad del intelectual, del filósofo, es con el conocimiento, con la investigación, con el pensamiento crítico, con la verdad. El filósofo ha estado siempre comprometido. En la filosofía hay un ideal: la universalidad, que consiste en buscar que las ideas sean válidas en general y no sólo para un punto de vista o unos intereses.

Con respecto a la democracia, la posición del filósofo no puede ser la de un adversario que no quiere convencer sino sólo vencer. El filósofo tiene que aprender a ser un adversario eficaz. Debe estudiar a su país para ver qué posibilidades habría de ampliar la democracia, de hacerla más participativa. No puede darse el lujo de que le sea indiferente vivir en un medio en el que nadie quiere convencer a nadie sino sólo vencerlo, liquidarlo, desaparecerlo y negarlo. Llamamos democracia al derecho del individuo a diferir contra la mayoría; a pensar, a disentir y a vivir distinto; democracia es el derecho a la diferencia.

¿SOBRE QUÉ PIENSAN LOS FILÓSOFOS?

Como hemos visto, la filosofía se ocupa de casi todo: busca explicaciones a enigmas de nuestro mundo. Como hay tantos temas para pensar o para estudiar, los filósofos los han tenido que dividir en varias ramas.

Una de ellas es la metafísica, que se ocupa del ser, sus propiedades y sus causas primeras. Pensemos, por ejemplo, en el asunto más importante para el hombre: la vida. Por otro lado, recordemos que los filósofos suelen hacerse siempre la misma pregunta: ¿por qué? Así, en este caso, la cuestión que se plantearía un pensador sería: ¿por qué existimos? Como no todos los filósofos coinciden en sus conclusiones, algunos dirán que estamos en este mundo por algún motivo, y que hay vida después de la muerte. Otros, por el contrario, opinarán que no hay motivo, y que lo que cuenta es saber vivir de acuerdo con unas ideas, a las que llamamos valores. La libertad, el respeto a los demás o la protección de la naturaleza, por ejemplo, son valores.

Otra importante rama de la filosofía es la ética, que medita sobre lo que es correcto o incorrecto en nuestra sociedad y en nuestra conducta diaria.

¿QUIÉN ES EL FILÓSOFO?

El filósofo es un hombre que piensa racionalmente y trata de llevar claridad al mundo y a la vida. Quien asume en serio su vida y quiere ser él mismo, es decir auténtico, adopta una actitud crítica que cuestiona todo lo dado. Sin dejarse distraer por lo accidental y lo anecdótico, busca en todas las cosas lo esencial de ellas. Es un personaje original, cuyas actitudes llaman la atención.

Un filósofo es un hombre que ve más allá de las apariencias, más allá de lo evidente. El filósofo se pregunta por el ser de las apariencias. Un sujeto que vive despierto, porque los hombres viven soñando y sólo el filósofo trata de despertar. Un amante del conocimiento, de la verdad, de la investigación, del estudio riguroso y sistemático de la realidad. Una persona con sentido crítico, capaz de cuestionar todo aquello que los demás dan por sentado o prefieren no cuestionar. El filósofo es un desmitificador, un iconoclasta, un anticonvencional, un reaccionario, un contestatario, un antitradicional, un crítico, un rebelde sin importar las consecuencias, y un ser auténtico, autónomo, independiente, autoconsciente e íntegro.

El filósofo no se deja arrastrar por lo cotidiano y habitual, por lo esperado y tradicional, por lo sabido y lo tópico, por la inercia mental y la solución dada, por lo previsto y las apariencias. Es un hombre que ha salido del ""rebaño"", que ha dejado su "minoría de edad" (incapacidad de pensar y decidir por sí mismo). Su visión se aparta diametralmente de la visión del hombre común, que vive sumergido entre el afanoso quehacer de la diaria tarea. Para el hombre común, el mundo es un utensilio; para el filósofo, es un tema de estudio. El no filósofo, enfrascado en su mundo propio, procura extraer de sí y del mundo todo lo que es práctico, lo que aumente su capacidad de producir y su anhelo de gozar. Para el pensador su yo y sus circunstancias especiales y temporales dejan de ser utilitarias, para convertirse en materia de reflexión que degusta con placer, aunque no le vayan a aumentar su cuenta bancaria ni le proporcionen bienestar temporal.

El filósofo analiza el lenguaje para clarificar los problemas filosóficos. Elabora descripciones generales del lenguaje desde el punto de vista que tengan relevancia filosófica. Reflexiona acerca de los fundamentos y métodos de cada ciencia. Formula visiones del mundo. Formula y aclara inquietudes acerca de problemas filosóficos. Investiga sobre el conocimiento filosófico. Transmite sus conocimientos a nivel medio y superior.

El filósofo está llamado a constituirse en la conciencia crítica de la sociedad. Un hombre con sentido crítico, porque quien asume en serio su vida y quiere ser él mismo, es decir, auténtico, adopta una actitud crítica permanente que cuestiona todo lo dado. El filósofo no es un sabio, sino un amante, un afanoso del saber; del saber que provoca admiración, los callejones sin salidas, las aporías, que la naturaleza y los otros hombres plantean. Problemas de urgente solución, ya que en ellos va la propia existencia o identidad. El filósofo se erige en conciencia universal: razón de todo lo creado incluyendo el de la relación entre los hombres, lo político.

El sentido crítico, la conciencia crítica o la reflexión crítica es la aptitud para ver los hechos tal como son, para tener en cuenta todas las circunstancias, para desconfiar prudentemente de uno mismo y para librarse de todos los prejuicios. Es esa capacidad para plantearle problemas a la realidad, en búsqueda de respuestas.

El filósofo es un hombre que trasciende su mundo cotidiano a través de la criticidad, que es la capacidad que tiene la persona de analizarse a sí misma y de analizar a los demás, las cosas, las circunstancias, las situaciones, viendo lo que tienen de bueno o de malo, hacia donde van, qué se busca con ello. Es la persona que puede analizarse a sí misma considerando, por ejemplo, la relación que existe entre lo que piensa y lo que hace. Por ello puede juzgar su forma de comportarse.

La criticidad le da al ser humano la posibilidad de analizar el medio social y la realidad externa, para emitir juicios sobre ellos y poder así contribuir a su transformación y mejoramiento. La criticidad se opone a la aprobación sin análisis de todo lo que se dice, a la aceptación incondicional de todo lo que ocurre y a la actitud ingenua que "traga entero" todas las opiniones y la realidad que se nos presentan. La criticidad supone y exige un ver, un juzgar y, sobre todo, un asumir un compromiso que lleve a un cambio personal y social positivo, porque muchas personas, incapaces de vivir de acuerdo como piensan, terminan pensando como viven. El filósofo, a través de su reflexión crítica, cada vez más amplía su capacidad de comprensión de lo existente y rebasa el horizonte común de significaciones existentes.

El filósofo es un hombre capaz de admirarse de todo lo que puede. La admiración no es más que el sentimiento propio del filósofo y el principio mismo de la filosofía y de todas las ciencias. Es, como dice Husserl, un eterno principiante.

El filósofo es un hombre que quiere saber; que aspira a que el saber sea la realización de su ser; el hombre que quiere saber por qué hace algo, para qué lo hace, para quién lo hace; el hombre que tiene una exigencia de autonomía. El hombre que está inscrito en la búsqueda de universalidad, también es un filósofo, así como aquel que quiere ser consecuente con los resultados de su investigación. El filósofo no es un especialista en ideas generales; es un interventor. El filósofo quiere abrir los ojos de los mortales sobre sí mismos para revelarles el fundamento de la vida, para despertarlos de su sueño. El filósofo es la persona encargada de contemplar los misterios de la verdad. El filósofo es el hombre, que conducido por los caminos de la luz, entra en la casa de la verdad.

Según Platón, el filósofo es el hombre que no se entrega a la multiplicidad de las impresiones de los sentidos, dejándose llevar toda la vida por el simple oleaje de las opiniones, sino que orienta su espíritu hacia la unidad de lo que existe. Sólo él posee un conocimiento y un saber en el verdadero sentido de estas palabras; ve a través de la variedad individual de los fenómenos la imagen fundamental general y permanente de las cosas, la idea. Sólo él puede decir lo que es en sí justo y bello; las opiniones de la masa a cerca de éstas y las demás cosas oscilan en la penumbra entre el no ser y el verdadero ser. El que lleva en el alma un paradigma diáfano. En medio de la inseguridad general, su mirada está clavada en esta forma. La capacidad de reconocerla es la capacidad de visión que necesita sobre todo el guardián del Estado, ya que Platón considera que todo gobernante debe ser filósofo.

Platón representa al filósofo como un hombre de gran memoria, de rápida percepción y afanoso de saber. Este hombre desprecia todo lo pequeño, su mirada se remonta siempre al aspecto del conjunto de las cosas y abarca desde una atalaya muy alta la existencia y el tiempo. Todo lo que le sea jactancia le es ajeno. Es grande en todo, pero sin dejar de poseer por ello cierto encanto. Es un amigo y pariente de la verdad, de la justicia, de la valentía, del dominio de sí mismo.

El filósofo es un amante de la sabiduría. Pero, ¿de qué tipo de sabiduría? Para Platón, se trata de un saber racional, reflexivo, adquirido mediante el método dialéctico. Saber o conocer es contemplar, y en esa contemplación llegamos a la verdad, a la belleza, al bien. Para Aristóteles, de todo el conocimiento humano. Para los escolásticos y otros filósofos de la Edad Media, todo el conocimiento humano de las cosas de la naturaleza. Para los filósofos actuales, se trata de todo el saber humano en general. Pero la sabiduría que cultiva la filosofía no es una ciencia concreta y determinada como cualquiera de las ramas del saber, sino que ella quiere llenar un doble acometido: reflexionar sobre las formas del conocer y el obrar humano, expresándolas en sus conclusiones últimas y en su naturaleza esencial, y buscar, más allá de los datos que las conclusiones proporcionan, la verdadera naturaleza y los principios de las tres grandes realidades que a la mente humana se ofrecen: mundo, hombre y Dios.

El auténtico filósofo es aquel que ama la sabiduría, toda y por entero. El filósofo es el que lleva de frente todas las ciencias con ardor igual, que desearía abrazarlas todas y tiene un deseo insaciable de aprender. Los verdaderos filósofos son los que gustan contemplar la verdad. Los contempladores de la verdad son los únicos a quienes conviene el nombre de filósofos. El alma del filósofo auténtico es capaz de elevarse hasta la esencia de la belleza misma, reconocerla y unirse a ella. Sólo el verdadero filósofo es capaz de elevarse hasta lo bello en sí y contemplarlo en su esencia. Sólo el filósofo auténtico, que es capaz de contemplar la belleza, sea en sí misma, sea en lo que participa de su esencia, que no confunde lo bello y las cosas bellas, y que no toma jamás las cosas bellas por lo bello, vive en la realidad y no en el sueño. El filósofo ama la sabiduría, toda y por entero. Sus conocimientos, fundados en una vista clara de los objetos, son una verdadera ciencia; los que descansan en la apariencia, corresponde al universo de la opinión, y ésta no es otra cosa que la facultad que tenemos de juzgar por la apariencia. La opinión es una intermediaria en la ciencia y la ignorancia. Por consiguiente, para los que ven la multitud de cosas bellas, pero que no distinguen lo bello en su esencia, ni pueden seguir a los que intentan demostrárselo, que ven la multitud de cosas justas, pero no la justicia misma, y lo mismo todo lo demás, diremos que todos sus juicios son opiniones y no conocimientos... Los que contemplan la esencia inmutable de las cosas tienen conocimientos y no opiniones. El nombre de filósofo sólo se dará a los que se consagran a la contemplación de la esencia de las cosas.

Los verdaderos filósofos son aquellos cuyo espíritu puede alcanzar el conocimiento de lo que existe siempre de una manera inmutable; quienes giran alrededor de muchos objetos mudables no son filósofos; quienes conocen la esencia de las cosas. El gobernante debe ser capaz de unir la experiencia con la especulación. El filósofo debe amar con pasión la ciencia que puede conducirle al conocimiento de las esencias. El filósofo debe amar la sabiduría y desechar la mentira, porque el espíritu verdaderamente ávido de ciencia debe, desde la primera juventud, amar y buscar la verdad. En el alma del verdadero filósofo no habrá nada que le rebaje, porque la pequeñez no puede tener absolutamente cabida en un alma que debe abrazar en sus indagaciones todas las cosas divinas y humanas. El filósofo es un hombre justo; por consiguiente, es moderado en sus deseos, exento de concupiscencias, de bajeza, de arrogancia y de cobardía. El alma nacida para la filosofía desde pequeña mostrará equidad y dulzura; tiene habilidades para aprender mucho y posee buena memoria. El filósofo está dotado de memoria, de penetración, de grandeza de alma, de afabilidad; es amigo de la verdad, de la fortaleza y de la templanza. Es un hombre perfeccionado por la educación y la experiencia. Para ser un verdadero sabio es necesario amar la verdad, que debe buscarse en todo y por todo. El auténtico filósofo recibe de la naturaleza la facilidad de aprender, la memoria, el valor y la grandeza del alma.

Cuando se pregunta qué sabiduría es la que el filósofo busca, empiezan a disentir los mismos filósofos. Para unos, la filosofía es el sistema de todos los conocimientos humanos o la doctrina de la ciencia; para otros es la ciencia de las ciencias; para los de más allá es una intuición o visión general del mundo, y para el resto, una actividad, que por un lado estudia, forma y analiza conceptos, y por otro examina la realidad en sus causas, razones y principios en un proceso de valoración de la misma.

El filósofo no es un viajero o turista como los ordinarios, sino que a su paso va observando cuidadosamente las cosas para sacar de ellas lecciones importantes desconocidas hasta entonces. Lejos de ser un pedante que cree poseer la sabiduría, empieza por confesar que está lejos de ella y por eso se da a buscarla. Es quien busca un saber superior, un saber que se refiera a todas las cosas y que por eso se puede llamar un saber fundamental. Es aquel que se preocupa no tanto por el uso práctico e inmediato de las cosas, cuanto por lo que estando más allá de ellas les da su sentido y valor. Un filósofo es un ser rico en ideas y en sugerencias, con mil sentidos para captar esencias en donde el resto de los hombres no ve más que palabras. El filósofo es ante todo un espíritu que se recluye para oírse y oír el mensaje del universo y traducirlo luego como visión de vida y visión del mundo.

El filósofo es un idealista. Esto podría sonar como una persona soñadora, ilusa para nuestro mundo actual y su problemática, que busca soluciones rápidas especialmente en las ciencias. Pero sin idealistas sería inconcebible el progreso. Según José Ingenieros, el culto del "hombre práctico", limitado a la contingencia del presente, importa un renunciamiento a toda perfección. El hábito organiza la rutina y nada crea hacia el porvenir; sólo de los imaginativos espera la ciencia sus hipótesis, el arte su vuelo, la moral sus ejemplos, la historia sus páginas luminosas. Son la parte viva y dinámica de la humanidad; los prácticos no han hecho más que aprovechar de su esfuerzo, vegetando en la sombra. Todo porvenir ha sido una creación de los hombres capaces de presentirlo, concretándolo en infinita sucesión de ideales. Lo único malo es carecer de ideales y esclavizarse a las contingencias de la vida práctica inmediata, renunciando a la posibilidad de la perfección moral. Cuando un filósofo enuncia ideales, para el hombre o para la sociedad, su comprensión inmediata es tanto más difícil cuanto más se elevan sobre los prejuicios y el palabrismo convencionales en el ambiente que lo rodea; lo mismo ocurre con la verdad del sabio y con el estilo del poeta.

Para Nietzsche, el filósofo es un ser crítico, que no come entero, amigo de la persona. Es un inventor de posibilidades de vida. Es un fisiólogo y un médico. Un legislador, un creador de nuevos valores. Filósofo médico (es el médico quien interpreta los síntomas), filósofo artista (es el artista quien modela los tipos), filósofo legislador (es el legislador quien determina el rango, la genealogía). El filósofo, en tanto que filósofo, es sintomatologista, tipologista, genealogista. El filósofo no debe dejarse contaminar, para poder disfrutar de una aparente libertad, por el engaño en que se suele vivir y en el cual viven tranquilamente casi todos los hombres. Si el filósofo quiere buscar la verdad, debe luchar por su independencia, debe romper con todas las ataduras que le impiden avanzar en dicha búsqueda, se le pide el desarraigo total. El filósofo debe amar la verdad por encima de todo, pero sin ser dogmático; debe vivir en continua lucha con su época, debe superar el hoy y su meta debe ser siempre el mañana, debe ser legislador y creador de valores. Para ser un filósofo hace falta ser seco, claro, sin ilusiones. El filósofo nietzscheano no puede quedar adherido a ninguna persona, aunque sea la más amada; a ninguna patria, aunque sea la más fuerte y la que más necesita ayuda; a ninguna compasión, aunque se dirigiese a hombres superiores, en cuyo raro martirio y desamparo un azar ha hecho que fijemos la mirada; a ninguna ciencia, aunque nos atraiga hacia sí con los descubrimientos más preciosos, al parecer reservados directamente a nosotros; a ningún tipo de desasimiento, a aquella voluptuosa lejanía y extranjería del pájaro que huye cada vez más lejos hacia la altura a fin de ver cada vez más cosas por debajo de sí. El filósofo del futuro no buscará la gloria en las palabras, pero sabrá ser el hombre de la honestidad, del amor a la verdad, del amor a la sabiduría, del amor a la soledad, se inmolará por el conocimiento, sabrá retraducir el hombre a la naturaleza, sabrá adueñarse de la naturaleza. El filósofo es un desconfiado, libre, audaz, constante, honesto y hasta cruel (en el sentido de que la verdad duele, pero hay que buscarla siempre).

Los filósofos suelen ser esquivos o rebeldes a los dogmatismos que los oprimen. Resisten la tiranía del engranaje nivelador, aborrecen toda coacción, sienten el peso de los honores con que se intenta domesticarlos y hacerlos cómplices de los intereses creados, dóciles, maleables, solidarios, uniformes en la común mediocridad. Las fuerzas conservadoras que componen el subsuelo social pretenden amalgamar a los individuos, decapitándolos: detestan las diferencias, aborrecen las excepciones, maldicen al que se aparta en busca de su propia personalidad. El filósofo, el original, el imaginativo, el creador, no teme sus odios: los desafía, aún sabiéndolos terribles porque son irresponsables. Por eso todo filósofo es una viviente afirmación del individualismo aunque persiga una quimera social: puede vivir para los demás, nunca de los demás. Su independencia es una reacción hostil a todos los dogmatismos. Son forzosamente inquietos, como todo lo que vive, como la vida misma.

Los espíritus afiebrados por algún ideal son adversarios a la mediocridad: soñadores, apasionados contra los ocultistas, indisciplinados contra dogmáticos. Son alguien o algo contra los que no son nadie ni nada. Todo idealista es un hombre cualitativo: posee un sentido de las diferencias que le permiten distinguir entre lo malo que observa y lo mejor que imagina. Los hombres sin ideales son cuantitativos: pueden apreciar el más y el menos, pero nunca distinguen lo mejor de lo peor.

En concepción de Ortega y Gasset, el hombre-masa no se exige nada. No pretende hacer con su vida ninguna cosa particular. No intenta construirse de ninguna manera. Para él, la vida consiste en vivir en cada instante lo que ese instante ya es. La perfección sobre sí mismo es inconcebible. El hombre-masa no se valora a sí mismo, no se construye en ningún sentido. Siente, decide, obra, piensa y expresa como todo el mundo. Se siente tranquilo. A partir de su inauténtica realidad construye su cotidianidad y su proyecto de vida. Su máxima satisfacción reside en fundirse con la multitud, en saberse y sentirse como todos los demás. Por eso se pregunta el pensador español que si ¿pueden las masas, aunque quisieran, despertar a la vida personal?

¿QUIÉN ES UN HOMBRE AJENO AL MUNDO DE LA FILOSOFÍA?

El hombre ajeno a la filosofía es como un pastor ingenuo. Nada lo asombra. Para él, las cosas han sido siempre así y seguirán siéndolo, desde la tierra que pisa hasta el "rebaño" que apacienta. Quien no se apasiona por la filosofía piensa con la cabeza del hombre del "rebaño": no entendería el idioma del que le explique algún misterio del universo o de la vida, la evolución eterna de todo lo conocido, la posibilidad del perfeccionamiento humano en la continua adaptación del hombre a la naturaleza. Permanece sujeto a dogmas que otros le imponen, esclavo de fórmulas paralizadas por la herrumbre del tiempo. Su rutina y sus prejuicios le parecen eternamente invariables; su obtusa imaginación no concibe perfecciones pasadas ni venideras; el estrecho horizonte de su experiencia constituye el límite forzoso de su mente. La sociedad piensa y quiere por él. No tienen voz, sino eco. No hay líneas definidas en su propia sombra, que es, a penas, una penumbra. Se deja engañar por las apariencias y toma en serio todos los dogmatismos sociales: constantemente ocupado de someterse a las farsas mundanas. Su rasgo característico, absolutamente inequívoco, es su deferencia por la opinión de los demás. No habla nunca; repite siempre. Juzga a los hombres como los oye juzgar. Reverencia a su más cruel adversario, si éste se encumbra; desdeña a su mejor amigo si nadie lo elogia. Su criterio carece de iniciativas.

Es un hombre acrítico, y este tipo de ser es una sombra proyectada por la sociedad. Está perfectamente adaptado para vivir en el "rebaño", reflejando las rutinas, prejuicios y dogmatismos útiles para la domesticidad.

¿POR QUÉ FILOSOFAMOS?

Filosofamos en función de la autoliberación y autorrealización humana. Filosofamos porque la reflexión critica y sistemática no sólo tiene por objeto expresar en el ámbito conceptual el mundo vivido sino también el proyectar modelos operativos que posibilitan la transformación de la realidad. El hombre filosofa y filosofará por una condición innata de su naturaleza, en la que el saber y el anhelo de saber más son algo fundamental. Y precisamente, el hombre afirma su propia personalidad en cuanto más sepa acerca de la naturaleza, origen y destino de sí mismo y del universo.

¿QUÉ ES Y CÓMO SE DESENVUELVE LA ACTITUD FILOSÓFICA?

La actitud filosófica es la disposición de la mente para plantearse y resolver los problemas que afectan profundamente al hombre. El asombro y la curiosidad crean la necesidad en el hombre de plantearse la explicación de la realidad como un todo y a considerar a los objetos desde un punto de vista totalitario y universal.

La filosofía se plantea problemas que conducen al filósofo al asombro y a la curiosidad por lo total y universal; contempla mentalmente el desfile de los datos y los organiza, separa reflexivamente lo universal y permanente que tienen esos datos, con el fin de integrar el conocimiento total. En síntesis, la filosofía tiene una disposición problemática, una disposición teorética y una voluntad de abstracción.

En el comienzo la mente filosófica hace un problema de todo aquello que ha excitado su asombro y su curiosidad; la conciencia problemática se pone en marcha ante su extrañeza, ante el contraste entre lo conocido y lo desconocido. Se pregunta el cómo y el porqué de todo aquello.

La curiosidad, la investigación, la indagación o el asombro es la actitud que nos pone en contacto con todo lo existente, y que está ahí, discretamente, para ser buscado y, en muchas ocasiones, encontrado, descubierto.

En una segunda fase se propone responder a sus preguntas iniciales, para lo cual contempla el desfile de sus datos (teoría), y se traza un camino (método), con el fin de organizar dichos datos y dar satisfacción a su afán de saber total. La disposición teorética elabora un sistema de ideas mediante la contemplación y organización de aquellos datos. Cuando se limita a examinarlos, la mente desarrolla una actividad crítica, y cuando los organiza, desenvuelve una actitud especulativa; permitiéndole a esta última establecer la unidad de aquella procesión de elementos mediante una visión sinóptica de los mismos.

¿CÓMO SE HA VISTO A LA FILOSOFÍA?

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