Gnoseología. Lyotard: La condición postmoderna. (página 2)



Inspeccionando el vigente estatuto del saber científico, Lyotard asegura que la cuestión de la doble legitimación lejos de diluirse, se plantea con mayor vigor. De esta forma, saber y poder son las dos caras de una misma moneda: "¿Quién decide lo que es saber, y quién sabe lo que conviene decidir? La cuestión del saber en la edad de la informática es más que nunca la cuestión del gobierno"[3].

El método: Los juegos del lenguaje

En el desarrollo del análisis propuesto por Lyotard, el autor pone énfasis en los actos de habla, específicamente en su aspecto pragmático, y distingue tipos de enunciados:

a) en los enunciados denotativos, el destinador se sitúa en la posición de sabio, el destinatario es colocado en el lugar de tener que dar o negar su asentimiento mientras que el referente queda comprendido como algo que exige ser correctamente identificado y expresado.

b) los enunciados preformativos se caracterizan porque su efecto sobre el referente concuerda con su enunciación y no es tema de discusión ni de verificación para el destinatario. El destinador debe poseer la autoridad para pronunciar el enunciado.

c) los enunciados prescriptivos pueden ser modulados en órdenes, mandamientos, instrucciones, recomendaciones, peticiones, súplicas, ruegos, etc. El destinador está situado en posición de autoridad y espera del destinatario la efectividad de la acción referida.

Lyotard se interesa por los juegos de lenguaje, siguiendo los trabajos realizados por Ludwig Wittgenstein. Desde esta perspectiva se concibe que cada uno de los tipos de enunciados señalados deben poder ser determinados por reglas que especifiquen sus propiedades y el uso que de aquéllas se puedan hacer. El autor enumera tres observaciones a propósito de los juegos de lenguaje. En primer lugar, sus reglas no poseen legitimación en sí mismas, sino que son admitidas mediante un contrato existente entre los jugadores. En segunda instancia, si se carece de reglas no hay juego, y si se modifican las reglas es otro juego el que se inaugura. Por último, todo enunciado debe ser entendido como una jugada que forma parte de un juego que la contiene. De esto último se desprende que hablar es combatir (en el sentido de jugar) y que los actos del lenguaje se derivan de una agonística general (ciencia de los combates). El lazo social esta construido de jugadas de lenguaje.

La naturaleza del lazo social: La alternativa moderna

Para analizar el saber, explica Lyotard, debemos estudiar la sociedad contemporánea en donde éste se manifiesta. La representación metódica que se hace de la sociedad desde la mirada moderna converge en dos grandes discursos: el modelo funcionalista parsoniano (la sociedad es un todo funcional) y el modelo dialéctico marxista (la sociedad está dividida, principio de lucha de clases). Este corte metodológico que establece dos grandes modelos o tipos discursivos acerca de la sociedad tiene su origen en el s. XIX.

El funcionalismo entiende la sociedad como un sistema unitario y autorregulado. Según el autor, de Comte a Luhmann, la sociedad es una totalidad unida, una unicidad. Toda acción realizada en el marco del sistema sólo puede contribuir a su desarrollo o a su decadencia. En su versión alemana más reciente, el funcionalismo se ha vuelto tecnocrático: "la verdadera fiabilidad del sistema, eso para lo que él mismo se programa como una máquina inteligente, es la optimización de la relación global de sus input con sus output, es decir, su performatividad. Incluso cuando cambian sus reglas y se producen innovaciones [...] no se trata más que de reajustes internos..."[4].

La teoría crítica, en cambio, parte del modelo dialéctico marxista que observa a la sociedad como dividida y atravesada por el principio de la lucha de clases. Surge en paralelo con las luchas por el acoso de las sociedades civiles tradicionales por parte del capitalismo. Sus teorías económicas y sociales fueron utilizadas, paradójicamente, como elementos para la programación del propio sistema, pero el modelo crítico ha sobrevivido y se ha profundizado en minorías como la Escuela de Frankfurt o como el grupo Socialismo o Barbarie (del que Lyotard formó parte).

Pareciese que la alternativa es homogeneidad o dualidad, funcionalismo o criticismo del saber. Lyotard afirma que se podría salir de esa alternativa distinguiendo dos tipos de saber, uno positivista que halla su explicación en las técnicas sobre los hombres y los materiales y que se convierte en una fuerza productiva necesaria para el sistema, y otro crítico o hermenéutico que al preguntarse por los valores o los objetivos, entorpece toda recuperación. Sin embargo, para Lyotard, con esta solución dual no se hace más que reproducir las alternativas que se intentaban resolver.

La naturaleza del lazo social: La perspectiva postmoderna

Las transformaciones en las tecnologías y las técnicas transitan paralelamente con la modificación de la función estatal. Los administradores se ven desprovistos de las funciones de regulación y de reproducción, que cada vez más son encomendadas a autómatas. Conforme a esto, el asunto esencial será poseer las informaciones que estos últimos tienen almacenadas con el fin de poder tomar las decisiones correctas. La clase dirigente que cuente con ellas será la denominada decididores, al mismo tiempo se eclipsa la clase política tradicional, para ganar lugar una base formada por jefes de empresas, altos funcionarios, dirigentes de los grandes organismos profesionales, sindicales, políticos, confesionales.

Lyotard manifiesta que los antiguos polos de atracción establecidos por los Estados-naciones (los partidos, las profesiones, las instituciones y las tradiciones históricas) son desestimados. Y no son reemplazados por otros, sino que cada individuo se ve ensimismado, el objetivo vital queda supeditado a la presura de cada individuo.

"El sí mismo es poco, pero no está aislado"[5], afirma. No conforma una masa social de átomos individuales (perspectiva que tiene su origen en una representación paradisíaca de una sociedad orgánica perdida, según Lyotard), pero el sí mismo se encuentra atrapado en medio de relaciones complejas y móviles, situado entre nudos de circuitos de comunicación. Por eso, los juegos de lenguaje son el mínimo de relación exigido para que haya sociedad. En una sociedad postmoderna donde el componente comunicacional toma cada vez mayor ímpetu, los elementos lingüísticos obtienen gran importancia.

El autor propone para comprender mejor las relaciones sociales, que no se utilice solamente una teoría de la comunicación, sino una teoría de los juegos, que incluya a la agonística: cada miembro del juego del lenguaje sufre jugadas que le significan un desplazamiento o alteración de cualquier tipo, pero esas jugadas generan contra-jugadas, las cuales (en vez de ser meramente reactivas, donde serían funcionales al adversario) intentan ser inesperadas. En el uso común del discurso, los interlocutores acuden a cualquier estrategia, cambian de juego de un enunciado a otro, avanzan desordenados durante la batalla.

Pragmática del saber narrativo

El saber (general) no se reduce a la ciencia ni al conocimiento. El conocimiento está formado por enunciados que expresan y describen objetos, y que pueden ser verdaderos o falsos. La ciencia, explica Lyotard, es un subconjunto de conocimientos constituido por enunciados denotativos que, por un lado, deben ser accesibles de modo recurrente (observables), y que por otro lado, deben poder ser aceptados como pertenecientes a un lenguaje científico por parte de los expertos. En cambio, el saber es algo más amplio, no comprende únicamente enunciados denotativos, su esfera abarca el saber-hacer, saber-vivir, saber-oír, etc. Excede el criterio de verdad y asimila otros criterios como los de eficiencia, justicia, belleza sonora, cromática, etc.

El consenso que permite circunscribir este saber y delimitar al que sabe y al que no sabe, constituye la cultura de un pueblo. Actualmente, en las sociedades desarrolladas, este saber de tipo tradicional persiste junto con el saber científico, y en él prevalece lo que Lyotard denomina "forma narrativa" o relato, y posee cuatro características esenciales.

Primeramente, los relatos populares narran los éxitos o fracasos del héroe, que legitiman las instituciones de la sociedad (función de los mitos) o representan modelos negativos o positivos de integración en las instituciones establecidas. Permiten definir los criterios de competencia de la sociedad y en consecuencia, valorar las actuaciones que se realizan con ellos.

En segunda instancia, la forma narrativa acepta una pluralidad de juegos de lenguaje. El relato es un entretejido de enunciados denotativos, deónticos, interrogativos, valorativos, etc.

La tercer característica es la relativa a la transmisión de esos relatos. Su narración obedece generalmente a reglas que fijan la pragmática. Los puestos narrativos (destinador, destinatario, héroe) se distribuyen homogéneamente y no son inamovibles:

El narrador no pretende adquirir su competencia al contar la historia porque haya sido su auditor. El narratario actual, al escucharla, accede potencialmente a la misma autoridad. El relato se declara repetido (...) el narrador actual puede ser el propio héroe de un relato, como lo ha sido el antiguo.[6]

La tradición de los relatos es, a la vez, la de los criterios que determinan tres competencias: saber-decir, saber-escuchar, saber-hacer, donde se ponen en juego las relaciones de la comunidad consigo misma y con su entorno. Los relatos transmiten las reglas pragmáticas que constituye el lazo social.

Finalmente, manifiesta el autor, es importante analizar la incidencia sobre el tiempo por parte del saber narrativo. La forma narrativa respeta un ritmo, es la síntesis de un metro que fracciona el tiempo en períodos regulares y de un acento que modifica la longitud o amplitud de algunos de ellos. Y es que una cultura que hace del relato la clave de sus competencias no tiene necesidad de apoyarse únicamente en su pasado, pues su lazo social descansa, no sólo en el significado de los relatos que narra, sino también en el acto de contarlos. Tampoco tiene necesidad de procedimientos especiales para autorizar sus relatos, ya que éstos poseen por sí mismos esa autoridad. El pueblo los actualiza al contarlos, escucharlos y al interpretarlos en sus instituciones. Los relatos establecen lo que puede decirse y hacerse en la cultura, y al formar parte de ésta, se encuentran por ello legitimados.

Pragmática del saber científico

Lyotard describe la pragmática del saber científico distinguiendo la investigación de la enseñanza. Con respecto a la primera cuestión, cuando un investigador declara una proposición (sea verdadera o falsa) desencadena un conjunto de tensiones que se manifiestan sobre los diferentes puestos pragmáticos (destinador, destinatario y referente). Estas tensiones son prescripciones que establecen la aceptabilidad del enunciado en tanto "científico".

Se presume que el destinador dice la verdad respecto de un referente dado, también se supone capaz de aportar pruebas de lo que afirma y de refutar toda declaración contradictoria a la suya. Además, se supone que el destinatario puede estar de acuerdo o negar el enunciado en cuestión, lo cual implica que sea un destinador potencial (pues cuando manifieste su aprobación u oposición será sometido a similares requerimientos que el destinador actual). Por último, el referente se pretende expresado por el enunciado acorde a lo que es. Lo que el enunciado declara es verdadero porque se ha demostrado. Pero, llegado aquí, Lyotard plantea una dificultad: "¿qué demuestra que mi demostración es verdadera?"[7].

La solución de la ciencia para este problema plantea una doble regla. La primera es de tipo dialéctico: es referente aquello que se puede probar o demostrar. La segunda regla es de tipo metafísico: el mismo referente no puede ofrecer una pluralidad de pruebas contradictorias (o lo que el autor menciona como el "Dios no engaña" cartesiano). Esta doble regla proporciona al debate la posibilidad de consenso.

Ya que la verdad del enunciado y la competencia del que enuncia están sometidas a la aprobación de la colectividad de iguales en competencia, es menester formar iguales: la investigación necesita de la enseñanza. Pero la didáctica difiere del juego de la investigación. En ella el destinatario (el estudiante) no sabe lo que sabe el destinador, de allí que aquél tenga algo que aprender. Al instruirse puede llegar a convertirse en un experto. De todo esto se desprende el presupuesto de que existen enunciados que se consideran suficientes y que son transmitidos a título de verdades indiscutibles de la enseñanza.

Concluyendo, Lyotard realiza una comparación entre el saber narrativo y el saber científico para obtener ciertas propiedades con relación a este último:

1. El saber científico demanda un solo juego de lenguaje, el denotativo, y la exclusión de los demás. Es savant el que puede formular un enunciado verdadero acerca de un referente; y se es científico si se pueden formular enunciados verificables con relación a referentes accesibles a los expertos.

2. El saber científico se encuentra aislado de los demás juegos de lenguaje, no es un componente inmediato y compartido como el saber narrativo. De allí que se vuelva una profesión y que dé origen a instituciones. Surge aquí el problema de la relación de la institución científica con la sociedad.

3. En la investigación, sólo se exige competencia al enunciador. Éste no tiene competencia particular como destinatario ni como referente.

4. El enunciado científico no está nunca exceptuado de una falsificación. Los viejos enunciados pueden siempre ser impugnados, y los nuevos sólo podrán ser admitidos si se refuta el enunciado precedente por medio de argumentos y pruebas.

5. El saber científico posee una temporalidad diacrónica: una memoria y un proyecto. El destinador debe tener conocimiento de los enunciados previos que traten sobre el mismo referente y sólo expresará un enunciado de temas similares si difiere de los enunciados precedentes.

El objetivo del autor al proponer estas propiedades del saber científico es demostrar que éste ya no tiene necesidad del saber narrativo. "No se puede, pues, considerar la existencia ni el valor de lo narrativo a partir de lo científico, ni tampoco a la inversa: los criterios pertinentes no son los mismos en lo uno que en lo otro"[8]. El saber narrativo posee determinada tolerancia respecto del discurso científico, ya que experimenta cierta incomprensión con relación a los problemas que éste plantea y trata. En cambio, el saber científico pregunta por la validez del narrativo y se halla con que no fue sometido a la argumentación ni a la administración de pruebas. Por tanto, lo define como salvaje, primitivo, subdesarrollado, atrasado, alienado, ignorante, etc. Esta relación desigual constituye toda la historia del imperialismo cultural de Occidente.

La función narrativa y la legitimación del saber

Antes del positivismo, la ciencia debió recurrir a procedimientos relacionados al saber narrativo. Lyotard sostiene que actualmente no debe considerarse superado el tema de la independencia científica, y menciona el hecho de que en ocasiones los científicos recurran a la televisión o los periódicos luego de un descubrimiento. Este comportamiento, entre otros, evidencia la relación entre el saber científico y el popular: "El Estado puede gastar mucho para que la ciencia pueda presentarse como epopeya: a través de ella, se hace creíble, crea el asentimiento público del que sus propios decididores tienen necesidad"[9].

Desde los inicios, el nuevo juego del lenguaje aborda el problema de su propia legitimidad. En los diálogos platónicos, se observa cómo el saber científico no puede acceder a lo verdadero sin requerir otro tipo de saber, el relato, al cual condena y califica de no-saber. Lyotard plantea que puede seguirse el rastro de lo narrativo en lo científico a través de los discursos de legitimación que constituyen las grandes filosofías antiguas, medievales y clásicas. Queda exceptuado aquí Aristóteles, que atraviesa los siglos, y diferencia las reglas a las que hay que someter los enunciados que se declaran científicos (el organon) de la búsqueda de legitimidad en un discurso sobre el Ser (la Metafísica); también sugiere que el discurso científico está conformado por argumentaciones y pruebas, es decir, por dialéctica.

La ciencia moderna trae consigo algunos cambios. Renuncia a la búsqueda metafísica de una autoridad trascendente. Por tanto, las reglas de juego de la ciencia son inmanentes a ese juego y delimitadas mediante el consenso de los expertos. Estas transformaciones en el saber se manifiestan paralelamente a la emancipación de las burguesías. La cuestión de la legitimidad sociopolítica adquiere los nuevos rasgos científicos: la legitimidad se logra por el consenso (en este caso del pueblo), su modo de normativización es la deliberación. Así como la comunidad de científicos está en debate sobre lo verdadero y falso, el pueblo lo está con respecto a lo que es justo e injusto.

El nuevo pueblo (moderno) discrepa poderosamente de aquél que contaba con los saberes narrativos tradicionales, que no precisaban ninguna deliberación instituyente, progresión acumulativa, ni pretensión de universalidad. De allí, según Lyotard, que los representantes modernos sean los destructores de los saberes tradicionales de los pueblos, relegados actualmente a minorías o separatismos potenciales.

Los relatos de la legitimación del saber

El pueblo moderno conoce, pero además legisla. Formula enunciados prescriptivos con valor de normas. Este modo de legitimación recupera el planteo del relato como validez del saber, en el cual se definen los criterios de competencia de la sociedad a partir de los cuales es posible valorar las acciones. Llegado aquí, Lyotard describe dos fuertes versiones del relato de legitimación del saber en la era moderna.

El relato especulativo unifica los discursos referidos al criterio de verdad y a la práctica ética, social y política. Lleva a cabo esa unificación al derivar todo de un principio original (modelo que corresponde con la actividad científica), al referir todo a un ideal (modelo que corresponde con la práctica ética) y al reunir ese principio y este ideal en una única Idea, Espíritu o Absoluto. En estas discusiones participarán Humboldt, Fitche, Schleiermacher y el propio Hegel. El sujeto del saber no será el pueblo sino el sujeto especulativo y el juego del lenguaje de legitimación no es político-estatal sino filosófico, no se encarna en un estado (como en la Revolución Francesa) sino en un Sistema, en un metarrelato racional. La enciclopedia del idealismo alemán es la narración de la historia universal del Espíritu: "los discursos del conocimiento sobre todos los referentes posibles son tomados, no con su valor de verdad inmediata, sino con el valor que adquieren debido al hecho de que ocupan un cierto lugar en la Enciclopedia que narra el discurso especulativo"[10]. En la actualidad esta filosofía no ha desaparecido, el lenguaje especulativo encuentra su lugar en su institución exclusiva: la Universidad.

Pero la solución al problema de la legitimación puede tomar otras dimensiones. El saber no encuentra validez en sí mismo, en un sujeto que se desarrolla al actualizar sus posibilidades de conocimiento, sino en un sujeto práctico que es la humanidad. Así surge el relato emancipador. La legitimación por la autonomía de la voluntad privilegia un juego de lenguaje prescriptivo (que Kant denominó imperativo). Contrariamente al saber especulativo, no hay unificación de los juegos de lenguaje en un metadiscurso. Los enunciados prescriptivos formulados por el sujeto práctico son independientes de los científicos. Existe una relación entre el saber y la sociedad y el Estado. Incluso se pueden enfrentar las prescripciones del Estado a favor de la sociedad civil. El saber puede asumir una función crítica.

El marxismo, según Lyotard, osciló entre los dos modos de legitimación mencionados. Por ejemplo, en el stalinismo, el Partido asume el lugar de la Universidad, el proletariado el de la humanidad, el materialismo dialéctico el del idealismo especulativo; pero también el marxismo de la Escuela de Frankfurt puede desarrollarse como saber crítico planteando al socialismo como la constitución del sujeto autónomo y a las ciencias como los medios para lograr su emancipación.

La deslegitimación

En la actualidad, en nuestra sociedad y en nuestra cultura (identificadas como postindustrial y postmoderna, respectivamente) el gran relato, sea éste especulativo o de emancipación, ha perdido credibilidad.

Para Lyotard, el relato especulativo hegeliano no ha encontrado su legitimidad, no es una ciencia auténtica y desciende al rango de una ideología o de un instrumento de poder, representa un saber precientífico, un vulgar relato:

Un enunciado científico es un saber si y, solamente si, se sitúa a sí mismo en un proceso universal de generación. La cuestión que se plantea con respecto a él es: ¿este enunciado es en sí mismo un saber en el sentido determinado por él? Sólo lo es si puede situarse a sí mismo en un proceso universal de generación. Y puede. Le basta con presuponer que ese proceso existe (la Vida del espíritu) y que él es su expresión.[11]

La crisis del saber científico que comienza ya en el siglo XIX no procede de una fragmentación ocasional de las ciencias, sino que resulta del desgaste intestino del principio de legitimidad del saber. Los límites clásicos de las diversas disciplinas cambian, algunos campos científicos desaparecen y otros se reformulan, las universidades se alejan de su papel de legitimación especulativa.

Así como el relato especulativo, el procedimiento de legitimación procedente de la Ilustración, el dispositivo de la emancipación, contiene en sí mismo la potencia de su propia erosión. Su característica es fundar la legitimidad de la ciencia sobre la autonomía de los interlocutores comprometidos en la práctica ética, social y política. La división de la razón en cognitiva o teórica por un lado, y práctica por el otro, embiste contra la legitimidad del discurso de ciencia, demostrando que es un juego de lenguaje provisto de sus propias reglas pero sin ninguna propensión a reglamentar el juego práctico: éste es uno más entre otros juegos o discursos.

Esta deslegitimación, planteada por Nietzsche cuyo concepto de perspectivismo antecede a los juegos de lenguaje, puede observarse en Wittgenstein, Buber y Lévinas. La ciencia juega su propio juego y no puede legitimar a los demás juegos de lenguaje (por ejemplo el de la prescripción) e incluso, no puede legitimarse en sí misma (como creía la especulación).

El lazo social es lingüístico, es un entretejido de un número indefinido de juegos de lenguaje, cada cual con reglas diferentes. Y así surgen nuevos tipos de lenguajes, Lyotard ejemplifica: el simbolismo químico, la notación infinitesimal, lenguajes-máquinas, matrices de teoría de los juegos, nuevas notaciones musicales, notaciones lógicas no denotativas, el código genético, los grafos de las estructuras fonológicas, etc.

La investigación y su legitimación por la performatividad

La pragmática de la investigación científica se halla modificada, en el presente, por el enriquecimiento de las argumentaciones y la complicación de la administración de las pruebas.

Los lenguajes que utiliza la investigación científica están sometidos a la pragmática de formular sus propias reglas y pedir al destinatario que las acepte. Se construye así una axiomática que contiene la definición de los símbolos del lenguaje propuesto. A un lenguaje que satisface las condiciones formales de una axiomática corresponde un metalenguaje determinante: la lógica.

Lyotard cita a Gödel quien ha descubierto la existencia, dentro del sistema aritmético, de una proposición que no es ni demostrable ni refutable en dicho sistema; esto significa que el sistema aritmético no cumple con la condición de completud[12]Esto prueba, para el filósofo francés, que existen limitaciones internas a los formalismos. Lo que equivale a afirmar que, para la lógica, el metalenguaje usado para describir la axiomática es la lengua natural o cotidiana.

La argumentación de un enunciado científico está subordinada a las reglas que fijan los medios de la argumentación. Las jugadas realizadas se someten a un contrato fijado entre los compañeros.

A esta nueva disposición corresponde, evidentemente, un desplazamiento de la idea de la razón. El principio de un metalenguaje universal es reemplazado por el de la pluralidad de sistemas formales y axiomáticos capaces de argumentar enunciados denotativos, esos sistemas que están descritos en un metalenguaje universal, pero no consistente.[13]

Además de la argumentación, el otro aspecto importante para la investigación es la prueba. Ésta presenta algunos problemas. Como los sentidos humanos son limitados (la visión, la audición, etc.), deben intervenir las técnicas, quienes están guiadas por un solo principio, el de la optimización de actuaciones; incrementar el output (informaciones obtenidas) reduciendo el input (energía empleada). En este juego la pertinencia no es la verdadera, la justa o la bella, sino la eficiente. Y las tecnologías que perfeccionan las actuaciones para administrar las pruebas necesitan de dinero. Por tanto, no existe verificación ni verdad sin dinero. Los juegos del lenguaje científico se vuelven juegos de ricos, y el más acaudalado tiene mayor posibilidad de tener razón. Se constituye así una relación directa entre riqueza, eficiencia y verdad.

La administración de la prueba se aleja de la cuestión de la verdad para pasar a otro juego de lenguaje, el de la performatividad (mejor relación input-output). El Estado y las empresas compran sabios, técnicos y aparatos para incrementar su poder.

La realidad suministra las pruebas para la argumentación científica y los resultados para las prescripciones y promesas de orden jurídico, ético y político. Las técnicas permiten apropiarse de ambos aspectos al apoderarse de la realidad. Al manejarlas se puede reforzar la realidad y, en consecuencia, las posibilidades de que sea considerada justa y tenga razón. Es así como se constituye la legitimación por el poder.

Éste legitima la ciencia y el derecho por medio de su eficacia. La performatividad de un enunciado aumenta de acuerdo a las informaciones de las que se dispone con relación a un referente. La ampliación de poder pasa, en estos tiempos, por la producción, memorización y accesibilidad de las informaciones.

La enseñanza y su legitimación por la performatividad

Con respecto a la transmisión del conocimiento (a la enseñanza) cabe señalar que con ella se intenta alcanzar la mejor performatividad del sistema social. Cuando se adopta la teoría de sistemas, se ve a la enseñanza superior como un subsistema dentro del sistema social. Ésta puede asumir diferentes roles.

La enseñanza puede estar dirigida a favorecer a la sociedad en la competición internacional. Varía de acuerdo a las especialidades que los Estados o las Universidades puedan vender en el mercado mundial. Aquí Lyotard predice un aumento en la demanda de las disciplinas referidas a la formación telemática (informáticas, cibernéticas, lógicas, matemáticas, etc.) que adquieren así, una prioridad en cuestiones de enseñanza. Vale mencionar que treinta años después, en la actualidad de nuestro país, se ha lanzado un programa de becas universitarias TICs y Bicentenario, destinadas a favorecer a las carreras científico-técnicas y de tecnologías de la información y las comunicaciones, mientras que las ciencias humanas quedan relegadas en su alcance y con un estipendio hasta cinco veces menor.

Además, la enseñanza superior tendrá como objetivo brindar al sistema social la conservación de su cohesión interna. En el contexto actual de deslegitimación, las universidades no están destinadas a formar una élite que guíe a la nación hacia su emancipación, sino que su tarea es suministrar los jugadores para cubrir los puestos pragmáticos que las instituciones sociales necesiten (tantos médicos, tantos ingenieros, tantos administradores, etc.). Se observa que además de los estudiantes aspirantes a ser profesionales o técnicos, los demás jóvenes vinculados a las ciencias humanas y a las letras, se convierten en excedentes que se encuentran fuera de las estadísticas de demanda de empleo.

En resumen, el principio de performatividad subordina las instituciones de enseñanza superior a los poderes. Una vez que el saber no tiene su fin en sí mismo (como realización de la idea o como emancipación de los hombres), su enseñanza deja de ser responsabilidad exclusiva de ilustrados y estudiantes. La autonomía de las universidades se encuentra mermada, la mayoría de los consejos de enseñantes no dispone de poder sobre el volumen de inversión necesario para su institución.

Lyotard diagnostica un cambio en la pregunta formulada tanto por el estudiante, como por el Estado y la Universidad, ya no es: ¿es verdad?, sino ¿para qué sirve?

Pero si la enseñanza debe garantizar la reproducción de competencias y su progreso, en tal caso, la transmisión del conocimiento no se debería limitar a las informaciones, sino que implicaría aprendizajes de los medios idóneos para optimizar la capacidad de conectar campos: la interdisciplinaridad (lo que para el modelo humboldiano sólo traería confusión al sistema).

Finalmente, la figura del Profesor se ve desplazada por las redes de memorias (para transmitir el saber establecido) y los equipos interdisciplinarios (para imaginar nuevas jugadas).

La ciencia postmoderna como investigación de inestabilidades

Lyotard afirma que el saber científico está en la búsqueda de la salida de la crisis provocada por el determinismo. La legitimación por medio de la performatividad descansa sobre la hipótesis determinista: "es preciso suponer que el sistema en el cual se hace entrar el input está en estado estable: obedece a una trayectoria regular de la que se puede establecer la función continua y derivable que permitirá anticipar adecuadamente el output"[14]. Todo esto encierra la filosofía positivista de la eficiencia.

Pero el desarrollo de la ciencia no responde al positivismo, sino más bien, a su opuesto: buscar e inventar el contraejemplo, buscar la paradoja. Nuevamente el teorema de Gödel es un ejemplo de tal cambio, al que Lyotard suma los trabajos de Mandelbrot sobre los objetos fractales y la teoría de las catástrofes de René Thom.

También, la antigua teoría de sistemas, que proviene de la termodinámica y que admite que los sistemas físicos respetan una regularidad y una evolución predecible, es puesta en duda por la aparición de la mecánica cuántica y de la física atómica.

Todas estas nuevas investigaciones hacen concluir al filósofo en que las ideas de estabilidad y de previsión tienden a desaparecer.

La legitimación por la paralogía

El discurso científico postmoderno descarta la legitimación por medio de los grandes relatos (dialéctica del Espíritu o la emancipación de la humanidad). Según Lyotard, el principio del consenso es insuficiente:

O bien es el acuerdo de los hombres en tanto que inteligencias cognoscentes y voluntades libres obtenido por medio del diálogo. Es en esta forma como se encuentra elaborado por Habermas. Pero esta concepción reposa sobre la validez del relato de la emancipación. O bien es manipulado por el sistema como uno de sus componentes en vistas a mantener y mejorar sus actuaciones. Es objeto de procedimientos administrativos, en el sentido de Luhmann. No vale más que como medio para el verdadero fin, el que legitima el sistema, el poder.[15]

Dentro de la descripción de la pragmática de la ciencia, lo importante es el disenso, pues el consenso funciona como un horizonte, pero nunca es obtenido. El concepto de paralogía difiere del de innovación. Ésta es empleada por el sistema para optimizar su eficiencia, mientras que aquélla es una jugada realizada en la pragmática de los saberes.

El criterio de performatividad tiene sus ventajas dentro de la concepción de consenso de Luhmann. Entre ellas menciona que prescinde de discursos metafísicos, renuncia a las fábulas, requiere mentes claras y voluntades frías, hace a los jugadores responsables de los enunciados y de las reglas de juego, etc.

Pero a menudo en la realidad, advierte Lyotard, no se tienen en cuenta algunas nuevas jugadas, porque desestabilizarían posiciones previamente establecidas por la jerarquía científica o universitaria. Este comportamiento, sostiene el autor, es terrorista, porque obligará a un compañero de juego, bajo la amenaza de ser privado de jugar, a dar su asentimiento o a callar.

En cambio, lo destacable de la pragmática científica actual, es su actividad diferenciadora (de imaginación o de paralogía), que posibilita nuevas ideas, nuevos enunciados, y permite la aparición de metaprescriptivos, que son quienes prescriben las reglas de los juegos de lenguaje. Pero el discurso científico opera sólo con enunciados denotativos. Trasladado al campo social, éste no funciona con la misma simplicidad que las ciencias, pues está formado por enunciados diversos (denotativos, prescriptivos, preformativos, técnicos, evaluativos, etc.). En la pragmática social no se pueden determinar metaprescripciones para todos esos juegos de lenguaje, y por lo tanto, en ella no es posible lograr un consenso. De aquí que Lyotard se oponga terminantemente a la propuesta de Habermas de la búsqueda de un consenso universal por medio del diálogo de argumentaciones. En oposición a esto, Lyotard parece estar más de acuerdo con lograr consensos locales y limitados en el espacio y en el tiempo.

Repercusiones de la obra

Uno de los debates desencadenados a partir de la Condición postmoderna fue el protagonizado por Lyotard y Habermas. El punto esencial de la discusión entre ambos es la valoración que cada uno hace de la modernidad. Mientras que para Habermas la modernidad se encuentra inconclusa y aún no ha terminado de suministrar sus frutos, para Lyotard es una propuesta acabada y fracasada.

Lyotard entiende que la búsqueda de consenso y de unidad son intenciones pertenecientes al discurso moderno, a las que hay que enfrentarles las de disenso, localismo, discontinuidad, disgregación. Las tentativas de cualquier fundamentación son considerados por el filósofo francés como grandes relatos. Ante este afán moderno de legitimación por el consenso, defiende Lyotard un nuevo criterio: la paralogía.

Aun cuando Habermas ha renunciado a la fundamentación metafísica, la crítica de Lyotard persiste contra la idea de consenso y contra la reivindicada preeminencia de la ética discursiva. Un aspecto clave de la polémica es la aspiración moderna de universalidad a la que Lyotard opone el concepto de inconmensurabilidad de los juegos del lenguaje, pues a su entender no existe un metarrelato unificador.

Para él, la postmodernidad debería aceptarse como una realidad sin lamentos, sin la ilusión de un retorno a la modernidad, sin la nostalgia por la unidad o por la totalidad, admitiendo la pérdida de sentidos y de los viejos valores. Los cambios ocurridos en la actualidad deben ser estudiados y tenidos en cuenta, pero deben buscarse nuevas soluciones, siempre con una actitud jovial a la manera del gay saber nietzscheano.

Pero Habermas propone una teoría de los derechos naturales y apuesta por una racionalidad sustantiva. Racionalidad que se apoya en el lenguaje y que abarca a todos los tipos humanos. Éste es el proyecto de la Ilustración que aún ha quedado inconcluso.

Bibliografía

Lyotard, Jean-François. La condición postmoderna. Informe sobre el saber. Traducción de Mariano Antolín Rato, Ediciones Cátedra, Madrid, 1998.

Lyotard, Jean-François. La postmodernidad (explicada a los niños). Traducción de Enrique Lynch, Editorial Gedisa, México, 1990.

Habermas, Jürgen, Modernidad, un proyecto incompleto. Del libro El debate modernidad- posmodernidad (antología), Nicolás Casullo, El Cielo por Asalto, Buenos Aires, 1995.

Habermas, Jürgen. Pensamiento postmetafísico. Traducción de M. Jiménez Redondo, Taurus, México, 1990.

Wikipedia, La enciclopedia libre [online] [Consulta: enero 2009]

 

 

Autor:

Prof. Leonardo Colella

[1] Lyotard, Jean-Fran?ois. La condici?n postmoderna. Informe sobre el saber. Traducci?n de Mariano Antol?n Rato, Ediciones C?tedra, Madrid, 1998, p. 14.

[2] ?d., Ib?d., p. 16.

[3] ?d., Ib?d., p. 24.

[4] ?d., Ib?d., p. 30.

[5] ?d., Ib?d., p. 37.

[6] ?d., Ib?d., p. 47.

[7] ?d., Ib?d., p. 52.

[8] ?d., Ib?d., p. 55.

[9] ?d., Ib?d., pp. 57-58.

[10] ?d., Ib?d., p. 68.

[11] ?d., Ib?d., p. 74.

[12] Una de las propiedades requeridas en general por la sintaxis de un sistema formal es la completud sint?ctica: el sistema pierde su consistencia si se le a?ade un axioma.

[13] Lyotard, Op. Cit., p. 82.

[14] ?d., Ib?d., p. 99.

[15] ?d., Ib?d., pp. 109-110.